Clarín, Domingo 02 de abril de 2000
Autodidacta y genial

Vida y ficción bajan revueltas a sus textos. Arlt arrastra hasta el papel retazos personales de una miseria extendida como epidemia en los suburbios de la primera posguerra. "Me llamo Roberto Godofredo Christophersen Arlt y he nacido en la noche del 26 de abril de 1900, bajo la conjunción de los planetas Mercurio y Saturno", declara en confesión autobiográfica. La fecha, en esta declaración es exacta, pero agrega dos nombres falsos al Roberto elegido por sus padres. En esa misma cita le endilga a su astrólogo el augurio de un quimérico bienestar económico y el preciso vaticinio de un carácter "melancólico y huraño".

Cursó hasta quinto grado de la primaria -y no hasta tercero, como él mismo repitió hasta el hartazgo-. Sí es cierto, en cambio, que cambió de escuela varias veces por problemas de conducta. Ejerció los oficios más variados: "Hice, sucesivamente, los trabajos de dependiente de librería, aprendiz de pintor, mecánico y vulcanizador. He dirigido una fábrica de ladrillos; después fui corredor, director de un periodicucho y trabajador en el puerto". Esa larga lista de rebusques comienza por donde culmina: la tarea literaria. Tenía sólo ocho años cuando le vendió, por cinco pesos, un cuento a un vecino de Flores, su barrio natal. A los 19 publica una investigación sobre Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires y, paralelamente, redacta El juguete rabioso. Esa primera novela, después de varios rechazos, será apadrinada por Ricardo Güiraldes e impresa en 1926.

Para entonces, este hombrón ciclotímico y nervioso, de ademanes ampulosos y pronunciar extraño, se gana el pan como periodista: primero en la revista humorística Don Goyo, después en la sección policiales del diario Crítica y luego de 1928, como columnista en El Mundo. Sus aguafuertes se convierten en un éxito que duplica la tirada del diario cuando aparecen dos veces por semana. Incubada al calor de su creciente popularidad, Arlt saca, en 1929, Los siete locos. A este libro le siguen, en 1931, Los lanzallamas y El amor brujo, un año después. A partir de allí aparecen sus únicos dos volúmenes de cuentos (El jorobadito, 1933, y El criador de gorilas, 1941) y toda su obra teatral a la que dedicará lo que le queda de vida. Una tras otra, se estrenan 300 millones, La isla desierta, Saverio el cruel, El fabricante de fantasmas y La fiesta de hierro.

Ese flequillo a dos aguas convertido en icono se vuelca ante las páginas con el mismo ardor con que se desparrama sobre soluciones químicas y hallazgos mecánicos. Obsesionado por dar el batacazo, Arlt confía en sus inventos tanto como en su prosa. Su creación más conocida consistió en una media de mujer gomificada para evitar que se corriera. En esas búsquedas desesperadas e insensatas invirtió ilusiones, tiempo y dinero logrando, a cambio, que lo echaran de varias pensiones con sus amenazantes bagayos.

Su temperamento minó con peleas y discusiones sus dos matrimonios. Arlt se casó a los 22 con Carmen Antinucci (a quien conoció en Córdoba y con quien tuvo una hija, Mirta, en 1923) y a los 40 con su amante Elizabeth Mary Shine, secretaria en la editorial Haynes, que sacaba El Mundo. Con ella tuvo un varón, Roberto, que nació poco después de su muerte, ocurrida el 26 de julio de 1942, de un ataque al corazón.

Arlt cuidó de su hija como jamás lo hizo su propio padre con él. Karl Arlt, un alemán autoritario y golpeador, filtró en Roberto una angustia existencial que lo siguió como una sombra aun después de huir de su casa, a los 16 años. Su madre tirolesa, Ekatherine Iobstraibitzer, le transmitió el interés por la lectura, las ciencias ocultas y un resto de pronunciación cocoliche tan identificatoria como sus antológicas faltas ortográficas y sintácticas.

Símbolo de escritor torturado, autodidacta y genial, a Arlt no le parecía suficiente el reconocimiento que tuvo en vida. El respondió con indiferencia al mundillo literario que se dividía entre Boedo y Florida. "Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad y que no nos queda otro remedio que escribir desechos de pena, para no salir a la calle a poner bombas o a instalar prostíbulos", se exculpaba.

Conocedor del paño, asumía que la gente hubiera agradecido más la instalación de prostíbulos.

Encontrado en: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2000-04-02/e-00501d.htm