El centenario de Roberto Arlt
El mito del bárbaro y sus ecos
Ricardo Szmetan. Georgia College and State University
SI algún escritor rioplatense se ha acercado a eso que llamamos genio, escribió aproximadamente Juan Carlos Onetti, ese escritor fue Roberto Arlt. Sobre este punto parecería haber cierto acuerdo. Excepción hecha de Sarmiento, no hay otro escritor argentino -ni siquiera José Hernández, ni siquiera Borges-, a quien esa ambigua palabra (genio), signifique lo que signifique, le siente mejor. La incomprensión de sus contemporáneos, la agresiva amoralidad de su obra, el desprecio de Arlt por casi todo lo que no fuera él mismo, y su muerte prematura fueron armando ese icono algo enfático: el bárbaro desdichado y genial. Si Arlt además se hubiese pegado un tiro o, por lo menos, hubiera sido drogadicto o alcohólico, el calificativo se le aplicaría ya sin cautela alguna. Esta caracterización emotiva -que íntimamente comparto, debo aclararlo, pues tengo la fuerte sospecha de que Arlt era, en efecto, un hombre de genio- tiene un inconveniente. Nos desembaraza del escritor Roberto Arlt, lo saca del orbe de la literatura y lo instala en esa especie de cielo habitado por los poetas locos, los enfermos iluminados, los niños irresponsables del arte. Roberto Arlt deja de ser un novelista, un dramaturgo, un hombre de ideas, para transformarse en un caso clínico o en un enigma literario. La afirmación -por no decir la acusación- de la genialidad de Arlt se articula con otras dos, que parecen oponérsele pero conducen al mismo resultado: Arlt escribía mal; Arlt era poco menos que un analfabeto. La imagen ya está casi completa. Roberto Arlt viene a ser una especie de Pitonisa, una cruza entre el aduanero Rousseau y el marqués de Sade, que escupía sobre los porteros o lloraba ante una rosa marchita en un vaso y que, mediúmnicamente, no tenía más remedio que escribir Los siete locos. Resultado: a casi sesenta años de su muerte, seguimos ignorando quién era. Que yo sepa, nadie se ha tomado el trabajo de anotar críticamente su obra, sus ediciones "completas" siguen siendo fragmentarias e incluso absurdas (en una de ellas, la novela El amor brujo figura en el apartado "ensayos") y hasta la aparición, hace unos pocos días, del minucioso y excelente libro de Sylvia Saítta sólo existía una biografía, Arlt el torturado, escrita por Raúl Larra hacia 1950.Esta página no es el lugar adecuado para intentar la reconstrucción de Arlt, ni yo sería capaz de llevarla a cabo. He escrito alguna vez sobre él, me he limitado, como todos, a notar que humanamente hablando era un hombre desesperado e incomprensible -"no sé si fue un ser angélico, un hijo de puta o un farsante", escribió Juan Carlos Onetti, "acaso era las tres cosas"- y, como todos, he terminado admitiendo que el fenómeno Arlt me excedía. Onetti, en su ensayo sobre Arlt, no puede dejar de sentir que Arlt lo está mirando por sobre el hombro con sarcasmo y desdén. Julio Cortázar, en su discutible prólogo a las Obras Completas, lo compara con un "Goya canyengue" o con "un Villon de quilombo", y escribe: "Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto." Es un hecho: ese bárbaro intimida. Pero bien. ¿Qué hacemos con un genio casi analfabeto que escribía mal pero a quien le salían novelas como Los siete locos; cuentos como "El jorobadito", "Las fieras", "Luna roja" o "El traje del fantasma"; obras de teatro como El desierto entra en la ciudad, Saverio el cruel, La isla desierta? O admitimos que es algo así como el Mahoma de nuestra letras (es sabido que Mahoma nunca aprendió a leer, lo que no le impidió dictar El Corán) o nos decidimos de una vez a examinar más de cerca nociones como "cultura" y "estilo" cuando se habla de Arlt.Ya he dicho en otro lugar que el hecho de que Arlt escribiera "mal" no debería inquietarnos. Fueron sus contemporáneos quienes señalaron su torpeza estilista, su casi brutalidad, su mal gusto. Lo mismo se dijo de Horacio Quiroga. Lo mismo dijeron de Cervantes y de Dostoievski los contemporáneos de Dostoievski y Cervantes. Borges, por su parte, ya notó que cualquier maestra podría corregir una página de Sarmiento, aunque tal vez le resultara un poco menos fácil escribirla. Pero admitámoslo, es cierto: algo anda mal a veces en la prosa de Arlt. Palabras como "menestrala", "morcona", "doncella", verbos como "soliloqueó", para decirnos que Erdosain pensó, producen cierta incomodidad. Sólo que esto es casi exactamente lo contrario de lo que aparenta ser. González Lanuza se tomó el trabajo estadístico de contar las palabras diferentes que han utilizado nuestros escritores más representativos: no fueron Lugones ni Sarmiento, no fueron Marechal ni Güiraldes ni el suntuoso Martínez Estrada de Radiografía de la pampa, fue Roberto Arlt el escritor que tuvo el vocabulario más vasto.Dicho de otro modo, el defecto de Arlt era un exceso de lo mismo que aquejaba a casi todos los escritores de su generación. Precisamente por su insularidad entre los hombres de letras de su tiempo -que es el tiempo de Lugones, de Gálvez, del Güiraldes simbolista, de Capdevila, del Borges barroco que escribía su ensayo sobre el idioma de los argentinos utilizando adjetivos como "vuestro" y sustantivos como "embeleco"-, Arlt creyó candorosamente que debía escribir según el canon de las traducciones españolas y del diccionario. Por fortuna, no podía llevarse bien con las normas académicas y nunca dejó de escribir como un salvaje. Hoy notamos las disonancias de esa prosa bárbara por una sola y elocuente razón: lo leemos. Hay muchas maneras de probar la excelencia de una obra; la más educada y sencilla es buscar sus ecos en los que vinieron después. En el teatro inglés contemporáneo resuena aún la palabra de Shakespeare; Kropotkin y Dostoievski notaron que la literatura rusa sólo anhelaba repetir un arquetipo, "El capote" de Gogol. En la Argentina, desde hace cincuenta años, no hay casi escritor que no le deba algo a Arlt. Onetti, Sabato, el Marechal de El banquete de Severo Arcángelo, toda mi generación -con resultados lamentables a veces- han ido casi fatalmente a parar a Arlt. También Borges. Algún crítico ya ha denunciado con vehemencia lo que el propio Borges admitió con naturalidad: el cuento "El indigno", de El informe de Brodie, es apenas la reescritura de uno de los temas de El juguete rabioso, un homenaje a Arlt. Hoy Arlt sigue siendo nuestro contemporáneo; libros como La guerra gaucha, El mal metafísico o Zogoibi, son piezas de museo. Arlt escribía mal -cuando escribía mal- porque se había propuesto lúcidamente escribir bien. Y cuando realmente escribía bien fundó, con Borges y Marechal, un modelo de prosa argentina que está en el origen de la mejor narrativa de nuestros días. La incultura de Arlt: él mismo fomentó esa fábula. Le gustaba repetir que lo habían expulsado de la escuela por inútil. Decía haber ido hasta tercer grado aunque, en rigor, había terminado el ciclo primario de un colegio donde no existía sexto grado, y Laura Isola rescata un aguafuerte de 1930 donde declara: "Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto Arlt. Cierto es que preferiría llamarme Pepont o Henry Ford o Edison...", lo que sencillamente significa, siendo escritor, no preferir ser Valéry, Gide o Pirandello, vale decir: significa sacarse a sí mismo de las letras y de la cultura. Julio Cortázar deplora que Arlt no leyera a los catorce años los libros que debió leer. Cita la primera página de El juguete rabioso, donde el narrador dice que lo inició en la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz, y se pregunta: "¿Qué leíamos Jorge Luis Borges y yo a los catorce años?". Paso por alto el malestar que causa ese maniqueísmo coqueto (por un lado, el pobre Roberto Godofredo, por el otro, nada menos que "Borges y yo") y me limito a señalar su inexplicable ingenuidad. Creer seriamente que Roberto Arlt, a los veintiséis años, era Silvio Astier a los catorce sólo porque El juguete rabioso está escrito en primera persona, da lo mismo que creer que Kafka era un orangután porque escribió "Informe para una Academia", donde el narrador es notoriamente un mono. Por otra parte, las alusiones literarias de esas primeras páginas de El juguete rabioso son de alguien que ha hojeado algo más que Rocambole. Allí están Baudelaire, Fenimore Cooper, la Historia de Francia de Guizot, Chateaubriand, Darwin, Hesíodo, la tragedia griega. Que Arlt había leído muy bien a los rusos es algo que nadie ignora. Que opinaba a mansalva sobre sus contemporáneos argentinos (o sea que los leía) tampoco es un secreto. Y la simple enumeración de los poetas y escritores citados en su ensayo sobre las ciencias ocultas, escrito alrededor de los veinte años, terminaría de probar lo que sólo puedo indicar aquí: entre otros cientos, los nombres de Swinburne, Poe, Verlaine, Darío, Walt Whitman, Tagore, Valle Inclán, Maeterlinck, Oscar Wilde. Si además se tiene en cuenta que un escritor siempre ha leído muchos más autores de los que necesita (o quiere) recordar, la imagen del Arlt casi analfabeto, del Goya canyengue, empieza a ser bastante menos creíble que la del Arlt que siempre hemos sospechado todos: un lector voraz y desordenado, un autodidacta a la manera de los tantos que ha dado la literatura argentina, empezando por Sarmiento, siguiendo por Lugones o Martínez Estrada y terminando en Borges. Creer que es posible escribir bien o mal, aunque en general muy bien, Los siete locos, sus obras de teatro, los cuentos de El jorobadito y de El criador de gorilas, sin haber leído otra cosa que Rocambole, no sólo es creer en la fábula que todo escritor inventa para mostrarse ante el mundo, sino ignorar el trabajo espiritual, íntimo, secreto, de lo que llamamos el oficio de escribir. Y si de credulidad se trata, por qué no creerle también cuando, dejando de jugar al inventor analfabeto, dice con brutal sinceridad: "Soy el mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Quizá por eso soy el mejor."Ya he hablado muchas veces de ese otro Arlt, el que de veras parecía no necesitar de ningún libro ajeno para ser quien era, de su existencialismo natural, del parentesco entre el Calígula de Camus o El Diablo y Dios de Sartre y su inconclusa El desierto entra en la ciudad, del casi misterioso paralelismo entre ciertas escenas de sus novelas con otras que más tarde escribiría Sartre (personajes que se clavan la mano a una mesa, hombres que miran a una mujer desnuda como si fuera un objeto, Erdosain que se trepa a un árbol para mirar a la gente desde arriba, como el Eróstrato sartriano lo hace desde un balcón, títulos de capítulos como "Ser a través del crimen" que parecen tomados de El Ser y la nada). Y ya sabemos cuál fue su propósito xistencial. Ser feliz. "Yo escribo para ser feliz", decía, "escribo para saber cómo se puede llegar a ser feliz dentro o fuera de la ley". Ese Arlt no es quizá el tema de esta página, ese Arlt se situó para siempre más allá de nuestra literatura.
Crímenes de un corazón herido. Para el prestigioso escritor mexicano, la obra de Arlt se impone con la fuerza del milagro o del truco científico. Las novelas del argentino tienen un vigor que entusiasma a los jóvenes hasta tal punto que un conjunto de rock, en México, se ha bautizado El Juguete Rabioso. En un pasaje de magnífico hartazgo, Juan Carlos Onetti confesó su impotencia para convencer a los demás de las virtudes de Roberto Arlt. Es difícil razonar el entusiasmo que provocan El juguete rabioso, Los siete locos o Los lanzallamas porque se trata de territorios rebeldes, influidos por una cultura muy poco convencional: las intuiciones del periodismo, los azares de la teosofía, el industrioso asombro de los aparatos. Arlt escribe con una gramática fantasiosa, hace que sus historias avancen en saltos argumentales, se apropia con franqueza de Dostoievski, y sin embargo, su obra se impone con la fuerza indemostrable del milagro o del truco científico.
Onetti renunció a polemizar en favor de Arlt en un momento en que la literatura argentina se dividía, a la manera de la lucha libre, en técnicos contra rudos, cosmopolitas contra lunfardistas, derechistas contra izquierdistas, Borges contra Arlt. Hoy en día, estas oposiciones se han replegado, y a nadie extraña que cuentos como los de Ricardo Piglia se beneficien de ambas vertientes. Con todo, el autor de El juguete rabioso aún se resiste a entrar con los zapatos recién lustrados a las criptas de la tradición. Pocos novelistas hacen sonar tan pedantes a los críticos. En vida, Arlt se negaba a enviar sus libros a los diarios, convencido de que su singularidad sería descalificada como "desaliño" por los rutinarios jefes de redacción que concedían a cada novela el tiempo justo entre dos llamadas telefónicas.
No es casual que en México un grupo de rock, fundado por exiliados argentinos, haya bautizado su estruendo como El Juguete Rabioso. Arlt publicó la novela a los 26 años y sus cuatro capítulos tienen algo decididamente juvenil y primigenio. Para hacer justicia a un fanático de los inventos, quizá habría que hablar de patentes narrativas. Arlt es un goloso de la originalidad; para él, escribir significa siempre escribir de otro modo. Sus adjetivos son los de un cocinero que sólo se interesa en mezclas tramposas: un "secreto salado", una "idea fría", una "sabrosa violencia". Aunque sus personajes y sus arrabales poseen una fuerte dosis de realidad, las anécdotas son tan extremas y las metáforas tan refulgentes que todo sesgo documental se subordina a la invención. Incluso el lector mexicano o colombiano advierte en los diálogos populares de El juguete rabioso un pulido artificio; el lunfardo, el ritmo telegráfico, las voces sueltas dan una impresión de estupendo desorden, pero siguen un diseño, se articulan para llegar a la poesía por el camino "equivocado". En este idioma revuelto nada es gratuito; las palabras reflejan los padecimientos que recorren la novela. Para Arlt, la confusión emocional intensifica la experiencia: "la angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales". Quien se atreve a sufrir en forma conveniente, se libera de las presiones del entorno. Una vez escindido de los otros, el héroe existencial pronuncia las frases de su diferencia: "así veo la vida, como un gran desierto amarillo". Los solitarios hablan raro; sus comparaciones inauditas no son alardes formales sino señas de que pasaron una prueba que los desgajó por dentro. La paradoja de este estilo literario es que prepara la singularidad como un accidente; aunque sean deliberados, los efectos quiebran el texto a la manera de un pintor que culmina su lienzo con tijeretazos.
Pocos escritores han dependido tanto de los ojos como Roberto Arlt. Silvio Astier, narrador de El juguete rabioso, ve el mundo "como en la óptica fantástica de una fiebre"; los escenarios adquieren los colores contrastados del cómic o del experimento químico ("sobre la sonrosada cresta de un muro, resplandecía en lo celeste un fúlgido tetragrama de plata"). Con frecuencia, la geometría se transforma en una forma de la pasión (alguien padece "un rencor cóncavo") y la página, en la pantalla de un iluminador expresionista ("La alta claridad de los arcos voltaicos, cayendo sobre los árboles, proyectaba en el firmamento largas manchas temblorosas" o "Un rayo descubría un lejano cielo violeta desnivelado de campanarios y techados. El alto muro alquitranado recortaba siniestramente, con su catadura carcelaria, lienzos de horizonte").
El juguete rabioso narra la educación sentimental de Silvio Astier. La novela lo encuentra a los 14 años, dispuesto a la aventura. En un barrio de clase media baja, descubre las novelas de peripecias. La lectura secuestra su atención y lo sensibiliza para otros hurtos: la vida revela misterios sin fin cuando transcurre al margen de la ley. Con sus amigos de adolescencia, Silvio forma una cofradía de ladrones. En este primer episodio, el hampa es una variante exagerada de la infancia: los ladrones festejan sus fechorías bebiendo chocolate con vainilla y sesionan en el cuchitril de un titiritero fracasado, entre telarañas y muñecos rotos. El protagonista habla del "emocionante espectáculo de un corazón perforado por tres puñales"; el delito carece de vericuetos y complicaciones, es una manera entrañable de tener miedo. En las calles de Buenos Aires, Astier prolonga los asombros de sus lecturas; está en una "isla del tesoro" donde los piratas son inexpertos y carecen de cuerpos historiados por descalabros. Hay algo deportivo e ingenuo en los jóvenes que persiguen el "dinero agilísimo del robo" y piensan con delicioso espanto en la goma del Departamento de Policía, el arma con que se tortura a los criminales sin dejarles huellas en el cuerpo.
Entre los ritos de paso que integran la educación de Astier, el sexo es un dolor intermitente. El deseo aparece como una ráfaga destructora, sin relación directa con la trama. El cuerpo es una oportunidad de herida, atrae por "la magnífica pequeñez de sus partes destrozables". También en la sensualidad Astier busca causar un daño que lastime su psicología. El límite de esta experiencia es el encuentro con un homosexual en una habitación de alquiler. La escena es una de las más logradas del libro. Un tipo destruido, sin otra singularidad que sus muchas vejaciones, aprovecha la cercanía para iniciar un cortejo. La situación crece a la medida del protagonista; sin embargo, al ver las piernas con medias de mujer, sólo siente asco; de algún modo, está hecho para tragedias menores, más pausadas. Con aire triunfal, el rechazado canta: "Arroz conleche/ me quiero casar".
En este pasaje de negra comicidad, Arlt provoca en el lector las contradictorias emociones que animan a su personaje: la mezcla de humillación y humor reclama una risa averiada, incómoda. El deseo insatisfecho aparece en diversas zonas del libro, pero siempre como un aspecto secundario; la verdadera escuela moral de Astier es el crimen. Los cuatro episodios de la novela significan una exploración del mal como camino de trascendencia. Astier se convierte en delincuente como quien entra a un club; poco a poco, el juego cambia de signo hasta llegar a un desenlace ruin, que violenta al lector porque lo obliga a volverse en contra del protagonista.
En "Sexo y traición en Roberto Arlt", Oscar Masotta se ha referido a las diversas versiones del mal que Astier enfrenta y provoca en la novela. Todo empieza con un artefacto, un cañón construido por el aprendiz de pillo: "-Este cañón puede matar, este cañón puede destruir- y la convicción de haber creado un peligro obediente y mortal me enajenaba de alegría." El mal es en este caso un prodigio técnico, algo que explota a conveniencia y produce dicha, no porque mate, sino porque funciona.
Después de sus primeros robos, Astier comete una maldad superior. Trabaja en una librería y una noche tira una brasa en el cesto de papeles; se aleja del negocio y fantasea con las llamas y con el cuadro con que un pintor inmortalizará su incendio. Al día siguiente, descubre que la brasa se apagó sin causar destrozos y decide abandonar el empleo. Este acto es menos gratuito: Astier quiere ser un pirómano famoso y vengarse del patrón de la librería, que es un tigre para los negocios y la víctima humillada, casi obscena, de una mujer con ojos de "crueldad verde".
Del crimen como aventura -la noche impune que permite asumir identidades de fábula-, pasamos al crimen como revancha. Ambos son delitos menores, comprensibles, y en buena medida por eso decepcionan a Astier. El protagonista busca escapar a su comunidad, causar un daño irreversible, semejante a un invento excepcional, algo que modifique para siempre su destino. ¿Cuál es el siguiente peldaño de la escala? El afán incendiario de Astier regresa en forma cruel: arroja un fósforo encendido sobre un hombre que duerme en la calle; una maldad sin porqué, contra un pordiosero inerme. Sin embargo, tampoco ahora provoca mayor daño, entre otras cosas porque no le interesa el destino del pordiosero. En su peculiar camino de perfección, Astier necesita sufrir un quiebre interno. Sólo como traidor podrá llegar a esa peligrosa orilla. En el cuarto episodio, imita a Judas Iscariote y delata al Rengo, un ladrón que planeaba robar la casa del millonario Arsenio Vitri. El hecho decisivo es que Astier es amigo del Rengo y detesta a Vitri; la traición le duele, lo envilece: "Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta dentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos".
La atroz liberación de Astier conduce a una perversa normalidad, donde se camina sin apuros después de condenar al amigo. El juguete rabioso termina con un extraño elogio para el protagonista. Arsenio Vitri pasa del repudio a la admiración: el Judas que lo ayudó necesitaba hundirse para fortalecer sus ilusiones; ahora Astier desea viajar al sur, ver nubes, montañas, hielos enormes. Este romanticismo de la inquietud le hace decir a Vitri: "Su alegría es muy linda"; luego estrecha la mano del villano. Abrumado, el protagonista tropieza con una silla y abandona la novela.
Resulta difícil no simpatizar con Astier en los primeros tres episodios, y resulta casi imposible acompañarlo en su traición. El juguete rabioso no impone un castigo para el delator; al contrario, lo recompensa con la libertad. Astier irá a las heladas estepas de quienes se atreven a modificar su destino. Como Raskolnikov, es un héroe de la elección individual; sus decisiones pueden parecer equivocadas; sin embargo, desdeñarlas sólo sirve para confirmar que se apartan de la norma. Esta es la tensión última de la novela: el lector se siente obligado a cambiar de bando, a "traicionar" al protagonista. También él sale de la novela con un tropiezo.
A los catorce años, Silvio Astier inventó su "pequeño monstruo", el cañón que pone a prueba a quien lo usa, un recipiente de estallidos, heroísmos, fulgores y daños posibles. El juguete rabioso es un artefacto de idéntica naturaleza, el peligro obediente que Roberto Arlt ha puesto en nuestras manos. Por Juan Villoro Para La Nación - México, 2000.
Perfil. Formación: según sus documentos, Roberto Arlt nació el 26 de abril de 1900. Su padre, Karl Arlt, era un alemán autoritario que a menudo golpeaba al hijo. Su madre, Ekatherine Lobstraibitzer, era tirolesa y le transmitió al muchacho el interés por las ciencias ocultas. A los 16 años, Roberto abandonó el hogar paterno. Fue un autodidacta, lector voraz, que se forjó una buena cultura literaria.
Casamientos: a los 22 años, Arlt se casó con Carmen Antinucci, con la que tuvo a su hija Mirta. A los 40, se casó con Elizabeth Mary Shine. Con ella tuvo un hijo, Roberto, que nació poco después de la muerte del escritor. Obras: El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo, Aguafuertes porteñas, Nuevas aguafuertes españolas, El jorobadito, El criador de gorilas. Entre sus piezas teatrales, se destacan: 300 millones, Saverio, el cruel, El fabricante de fantasmas, La isla desierta, La fiesta del hierro.
La creación de una leyenda. La autora de El
escritor en el bosque de ladrillos, flamante biografía de Arlt, se refiere a la
vida del novelista y cuenta que éste alteró datos reales como la fecha de su
nacimiento para inventarse una existencia más acorde con su producción
literaria. "PENSA que yo puedo ser Erdosain, pensá
que ese dolor no se inventa ni tampoco es literatura", escribió Roberto
Arlt a su hermana Lila en una carta del año 1930. Expresiones parecidas se
encuentran en autobiografías y aguafuertes; en ellas, Arlt se presenta con los
rasgos de sus personajes novelescos intentando borrar así los límites que
separan su biografía de muchacho de barrio, de la seductora vida de sus
personajes de ficción. Porque no es Arlt sino Silvio Astier quien traiciona a
un lumpen que pretendía robar la caja fuerte de un ingeniero de clase media;
tampoco es Arlt sino Remo Erdosain quien roba el dinero de sus cobros y mata
para ser a través del crimen. Arlt es, en cambio, el adolescente que,
obedeciendo al mandato materno, sale a trabajar aun sintiéndose un humillado;
el joven que, resignado, se incorpora en las filas del periodismo moderno del
diario El Mundo donde escribirá una nota diaria; el escritor que, en rigor,
teme ser uno más o desaparecer en una suerte de anonimato.
Tanto es así que la fecha de nacimiento y el nombre de Arlt son, en las publicaciones de la época, datos inciertos: a veces, afirma llamarse Roberto Godofredo y haber nacido un 2 de abril; otras, que su nombre es Roberto Christophersen y que nació el 7 o quizá el 26 de abril. Lo cierto es que Arlt nació -según consta en su Partida de nacimiento del Registro Civil- el 26 de abril de 1900 y fue anotado con el nombre Roberto Arlt. Asimismo, su personaje público se presenta como un enfant terrible, autodidacta, reacio a la escolarización, expulsado de la escuela primaria en tercer grado, y que de adulto conserva esas faltas de ortografía que el director de El Mundo corrige pacientemente todas las noches, antes de publicar cada aguafuerte porteña. Sin embargo, Arlt no fue expulsado de la escuela en tercer grado, como orgullosamente afirma, sino que cursó y aprobó hasta quinto grado, sólo le faltaba un año para culminar los estudios primarios.
Arlt necesitó inventarse una autobiografía más sugestiva que la real para consolidar un espacio particular en el campo literario argentino. El acceso al mundo de la literatura no era fácil para un muchacho pobre y desconocido, sin más cartas de presentación que un manuscrito ajado y la inmensa ambición de ser a través de la literatura. El periodismo escrito de los años veinte le ofreció un lugar desde el cual consolidar un nombre propio, un estilo literario. Si bien le impuso sus tiránicos tiempos de escritura, sus ajustados formatos y también la censura sobre ciertos temas, el periodismo, al mismo tiempo, sostuvo económicamente su ficción y le abrió las puertas de entrada a situaciones que tenía vedadas de antemano, como una publicidad constante de todas sus obras, el viaje a Europa o la gira por varios países de América Latina.
La biografía de Roberto Arlt se podría escandir en tres tiempos. Un primer momento estaría representado por el Arlt-novelista, aquel que, desde 1926 hasta 1932, publicó "un libro tras otro" para afirmar un proyecto narrativo que se diferenciara notablemente del de sus contemporáneos. Los años treinta representan un momento de viraje en su trayectoria y dan inicio a un segundo tiempo: el de una búsqueda intelectual que se tradujo en varias actividades, nuevas en Arlt. En 1932, a instancias de Leónidas Barletta, Arlt no sólo asistió en el Teatro del Pueblo a la representación de una obra teatral basada en "El humillado", un fragmento de Los siete locos, sino que también escribió su primera obra de teatro, Trescientos millones, inspirada en un episodio del que había sido testigo como cronista policial del diario Crítica unos años antes. También en 1932 Arlt, siempre reacio a embanderarse en un grupo o cenáculo, aceptó integrar el staff de redacción de dos publicaciones vinculadas al Partido Comunista Argentino, Bandera Roja y Actualidad. En Actualidad, la revista dirigida en su primera etapa por Elías Castelnuovo, Arlt encontró un espacio de militancia y participó en la formación de la Unión de Escritores Proletarios, impulsada por él y por Castelnuovo en mayo de 1932, cuyos objetivos principales eran la defensa de la Unión Soviética, la lucha contra la guerra imperialista, el fascismo y el social fascismo.
En la década del treinta Arlt se convirtió en un cronista viajero. Su primer viaje fuera del país lo llevó a Uruguay y a Brasil, en una gira que contemplaba inicialmente un recorrido por Colombia, las Guayanas y tal vez Ecuador, pero que fue suspendida cuando Arlt volvió a la Argentina para recibir el tercer premio del Concurso Municipal de Literatura, en mayo de 1930, por su novela Los siete locos. Su segundo viaje duró más de un año. En febrero de 1935 partió hacia Europa. Recorrió toda España, donde fue testigo de la violencia y la intensidad de un país al borde del estallido de la guerra civil, y luego visitó algunas ciudades del norte africano, saturado por entonces de espías y soplones. El regreso de Arlt a la Argentina señala el comienzo de un tercer tiempo, el de la reflexión. De esos últimos años de su vida poco se sabe y los escritos de ese período todavía están perdidos, dispersos entre diarios y revistas. El año vivido fuera de su ciudad y de su país repercutió notablemente en su quehacer diario. Y así como había abandonado la escritura de novelas con la publicación de El amor brujo en 1932, también abandonó sus "Aguafuertes Porteñas" para dedicarse a un periodismo más reflexivo y crítico de la situación política, social y cultural, ya no de la Argentina sino de todo Occidente.
Así, a partir de 1937, Arlt inauguró en el diario El Mundo su columna "Al margen del cable" (que alternaba con "Tiempos Presentes"). Estas notas se diferenciaron notablemente de las que había publicado hasta entonces, pues tenían como punto de partida las informaciones extranjeras que llegaban a su mesa de redacción. La mañana del 26 de julio de 1942 Roberto Arlt murió, en una pensión del barrio de Belgrano, de un ataque al corazón. Como una premonición, su última nota se tituló "El paisaje de las nubes".
Ricardo Szmetan
Georgia College and State University
Dept. of Modern Languages
Milledgeville, GA 31061
Phone/voice Mail (912) 445-4018
Fax: (912) 445-0873
Encontrado en: http://dramateatro.fundacite.arg.gov.ve/ensayos/ecos.html