Rose Corral

Roberto Arlt, entre la crónica y la ficción


Decía Julio Cortázar que Arlt es uno de los videntes mayores de la realidad argentina. Cronista y narrador, supo mezclar los géneros y crear híbridos originales y eficaces. Rose Corral nos entrega esta biografía de Arlt que contiene acertados comentarios sobre el quehacer literario del "vidente" autor de la genial novela Los siete locos. Arlt inició "la narrativa humana del Río de la Plata" e influyó en el desarrollo del teatro porteño con obras, reseñas y comentarios. Sus famosas "aguafuertes porteñas" son un ejemplo de crónica ligera y profunda a la vez. En 1939 constata el ascenso del nazismo y sus repercusiones en la vida social y política de Argentina. "Aquí, ficción y crónica son igualmente premonitorias del horror que vivirá Argentina durante la dictadura de los años setenta."

El 26 de abril pasado se cumplió el centenario del nacimiento del escritor argentino Roberto Arlt, contemporáneo de Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, "uno de nuestros videntes mayores", escribió Julio Cortázar en 1981 al prologar la primera edición de su Obra completa que reúne por fin la narrativa, el teatro y dos volúmenes que recogen una parte de sus crónicas, las aguafuertes porteñas y las españolas. La narrativa de Arlt se compone de un intenso ciclo novelístico -cuatro novelas en sólo seis años- que cambia el rumbo de la literatura argentina: El juguete rabioso en 1926, con la que inicia la narrativa urbana en el Río de la Plata, Los siete locos en 1929 y Los lanzallamas en 1931, que forman en realidad una sola novela, y El amor brujo en 1932. A pesar de que promete varias novelas más y anuncia incluso los títulos (El ladrón en el bosque de ladrillos, El pájaro de fuego), en los treinta se dedica sobre todo al teatro: escribe varias piezas teatrales para el Teatro del Pueblo, un teatro independiente y marginal que se funda en esos años y deja sin estrenar su última obra, El desierto entra a la ciudad. Cuando Arlt muere, en 1942, a los cuarenta y dos años, nada dejaba presagiar la formidable persistencia de su obra, la relectura y reivindicación constante que harían del escritor porteño las sucesivas generaciones de escritores argentinos a lo largo de los últimos cincuenta años. Arlt es una presencia viva, actual, un fundador de múltiples linajes literarios, una figura imprescindible de la tradición narrativa rioplatense del siglo que termina.

El interés sostenido -e incluso en ascenso- por su obra contrasta con el olvido en que han caído escritores prestigiados de la misma época en que escribe Arlt: Eduardo Mallea, por ejemplo. El tiempo, ese "futuro nuestro" que Arlt invoca en una actitud desafiante en contra de quienes al principio fueron detractores de Los lanzallamas, ha sido el mejor aliado de su obra. En una de las pocas entrevistas que se conocen del escritor porteño, de 1929, afirma tener "una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor". Arlt tiene sólo veintinueve años, ha publicado tres años antes su primera novela y, gracias a sus crónicas, las famosas "aguafuertes porteñas" que aparecen en un principio diariamente en el nuevo periódico El Mundo, pronto se convierte en un periodista muy conocido y leído. Contemporáneas de su mejor narrativa, estas crónicas, escritas con una prosa ágil y amena, son testimonio de la vida cotidiana en Buenos Aires a finales de la década de los veinte. Es también el género que populariza en forma inmediata la escritura de Arlt. Rodeadas de malentendidos, sus novelas se impondrán mucho más tarde. Desde un principio se hace presente en Arlt esta tensión entre periodismo y literatura, que evoca sin duda el conflicto real en el que siempre se debatió, pero que no es sólo un dato de su biografía: anticipa los múltiples cruces entre ficción y crónica que recorren su narrativa.

Primeras lecturas, primeras apropiaciones

La historia pormenorizada de la recepción de Arlt está todavía por hacerse y poco se sabe en realidad de lo que sucede en vida del autor, en la época misma en que escribe. Los testimonios resultan contradictorios. Por un lado, prevalece la imagen que de sí mismo fue armando el propio Arlt en prólogos y esbozos autobiográficos: la de un escritor autodidacta ("me he hecho solo"), "un improvisado" o un "advenedizo de la literatura", un autor inspirado que escribe por vocación, pero incomprendido o relegado por la crítica de su tiempo, que le reprocha su escritura desaliñada, llena de imperfecciones, y también su realismo de "pésimo gusto". Por otro lado, la leyenda recuerda que Arlt fue apoyado en un principio por Ricardo Güiraldes, que además de fungir como una suerte de protector intuye muy pronto la fuerza y el talento del joven escritor. Sólo así se explica que se publiquen dos capítulos de El juguete rabioso en la revista de vanguardia Proa (cuyos directores son Borges, Brandán Caraffa y el propio Güiraldes) y que promueva la publicación de la primera edición de la novela en la Editorial Latina. También están los elogios de escritores tan diversos como Eduardo Mallea -una voz que entonces pesaba mucho-, que lo incluye en 1941 en un ensayo sobre los "escritores jóvenes" de la América Hispana; del vanguardista peruano Alberto Hidalgo; Córdova Iturburu, cercano al grupo de la revista Martín Fierro, que reseña sus novelas en La Gaceta Literaria de Madrid; los comentarios favorables de Ulises Petit de Murat, amigo y compañero de Borges en el suplemento del diario Crítica; e incluso los del mismo Borges, que ya en los años veinte afirma en una entrevista que la prosa de Arlt es "notable". En el prólogo a Los lanzallamas, que ha sido leído como una suerte de manifiesto personal, Arlt insiste sólo en las descalificaciones a su obra, en los juicios adversos a su estilo y él mismo parece contribuir a propagar esta leyenda que mucho después de su muerte repetirán escritores y críticos. Una sola muestra, que importa por ser José Bianco quien la formula y por ser seguramente sintomática de una actitud frecuente en aquellos años: "Por haber leído algunas crónicas suyas en un diario de la mañana, estoy familiarizado con su nombre. Ignoraba, en cambio, sus relatos y novelas... Arlt hablaba el lunfardo con acento extranjero, ignoraba la ortografía, qué decir de la sintaxis... Le faltaba no sólo cultura, sino sentido poético, gusto literario."

A partir de los años cincuenta distintas voces empiezan a rescatarlo del olvido: la temprana y apasionada biografía de Raúl Larra, primer libro que se publica sobre Arlt, llama la atención sobre el autor e inicia el mito del "escritor torturado", a semejanza de los personajes angustiados de sus novelas. Poco después, los jóvenes escritores agrupados en la revista Contorno (el más notorio es, sin duda, David Viñas) le dedican un número completo de la revista y, tomándolo como bandera, contribuyen a fraguar la célebre contraposición entre Borges y Arlt que alimentará las polémicas literarias y sobre todo ideológicas en la Argentina de los años sesenta y setenta. Es también un intento por revivir o reproducir el viejo conflicto de los años veinte entre Boedo y Florida, entre literatura social, comprometida, y literatura de vanguardia. En todo caso, la reivindicación de Arlt por Contorno es un punto de partida insoslayable que redefine y reestructura su lugar en la herencia cultural nacional: de marginal pasa a ser un autor central.

La respuesta al vapuleado estilo de Arlt, a su escritura "desacreditada", la dará Ricardo Piglia en 1980, en la estupenda novela Respiración artificial: la escritura de Arlt está hecha de restos, de fragmentos, es una escritura híbrida que entronca (y es su mejor defensa) con la tradición argentina del libro "extraño", mezcla de géneros y materiales heterogéneos, presentes ya en el Facundo. En una tremenda vuelta de tuerca, Piglia legitima el estilo de Arlt al integrarlo a una especie de historia de los estilos literarios en Argentina.

"Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires"

El primer texto que publica Arlt a los veinte años, "Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires", es un extraño texto periodístico, un relato a medio camino entre la autobiografía, el ensayo y la ficción, que prefigura la ficción futura de Arlt. Crónica de una iniciación en las artes teosóficas, es también la historia de un aprendizaje que fracasa, como el de su primer héroe, Silvio Astier, y con el cual el narrador comparte las andanzas por las calles de la ciudad, una adolescencia desvalida y marginal, algunas de las lecturas que encienden la imaginación y los sueños de aventura de ambos jóvenes. Aunque Arlt condena finalmente las malas artes de los centros de ocultismo que pululan entonces por Buenos Aires y denuncia sus aparentes maravillas, los engaños y los fraudes de sus miembros, es innegable también la seducción que ejercen sobre el escritor la teosofía, sus teorías confusas y contradictorias. Parece claro que es esta experiencia temprana y su relato lo que está en el origen de la trama de la sociedad secreta y de uno de los personajes más extraordinarios del mundo literario de Arlt, el Astrólogo. Su proyecto fantástico de revolución, en el que se mezclan de manera deliberada los discursos más dispares, la ciencia, la magia, la religión, la economía, y en el que aparecen asociados ocultismo y política, encuentra su modelo en este primer texto de Arlt. Lejos de reproducir simplemente lo real o de construir un testimonio con la experiencia vivida, Arlt desplaza la ficción, la denuncia, y transforma el discurso del Astrólogo en una propuesta subversiva, reacia a cualquier esquema o jerarquía, que se resiste hasta hoy a la interpretación.

En una de sus últimas crónicas, "1939 en el horóscopo de Hitler", vuelve sobre el tema para comentar la actualidad política internacional dominada por el ascenso del nazismo: destaca el siniestro vínculo que une a las ciencias ocultas con el poder de los nazis, la amenaza generalizada y el clima de conspiración que crea ese estado, las maquinaciones perversas que pretenden justificar su predominio y expansión. Aquí, ficción y crónica son igualmente premonitorias del horror que vivirá Argentina durante la dictadura de los años setenta.

El lugar de la crónica en la ficción

Cuando Arlt escribe sus novelas mayores, Los siete locos y Los lanzallamas, vive inmerso en el periodismo, en su nuevo trabajo de redactor de El Mundo. Como lo cuenta en una de sus notas ("Cómo se escribe una novela"), en la mesa de redacción del diario escribe tanto sus aguafuertes como sus novelas. En Arlt, la crónica es un género que corre paralelo a la ficción, la alimenta en varios sentidos y a la vez se nutre de los dotes narrativos del novelista. Hay varias huellas de esta interacción o permeabilidad entre ambos discursos en las novelas mismas. El contacto con Buenos Aires y sus gentes provee al escritor de atmósferas, situaciones, motivos, que apenas esbozados en las crónicas reaparecen transformados en la narrativa. Los recorridos del cronista Arlt por la ciudad se duplican en los vagabundeos de los personajes de sus novelas. Pero el tono risueño y desenfadado de las crónicas desaparece. En Los siete locos el mundo mismo del periodismo, los cables, las noticias internacionales del momento, los reportajes, recorren el cuerpo entero de las novelas. Al fusionar la historia de los personajes y la trama misma de la novela con la historia inmediata, al parecer el autor pretende legitimar y dar credibilidad a los sucesos narrados. Asimismo, busca establecer una especie de continuidad o incluso simultaneidad sin fronteras rígidas entre la ficción y la realidad.

Sin embargo, en estas novelas Arlt va mucho más allá de los préstamos o cruces acostumbrados entre un género y otro. Al final de Los lanzallamas cuestiona el valor de la crónica para narrar y cerrar la historia del personaje principal: reproduce textualmente una nota periodística que resume y simplifica la historia de su vida. El lenguaje superficial de la crónica periodística, su estilo estereotipado y sensacionalista, la supuesta veracidad y objetividad de su discurso, representan la culminación engañosa del relato de una vida. El poder legitimador del periódico, apuntado una y otra vez a lo largo de las novelas, acaba siendo socavado en la práctica, al volverse el dudoso transmisor de los hechos de la ficción. Del mismo modo, el cronista "oficial" de la historia es desplazado en su función de relator por las voces plurales y verdaderas de los personajes. En suma, sólo superficialmente las novelas se parecen a una crónica: Arlt subvierte el modelo de la crónica, los signos de realidad y verdad que exhibe, para dejar paso al mundo enigmático de la ficción. Un final que permite asimismo repensar el lugar de la crónica en la obra de Arlt y que bien puede leerse como el triunfo de la ficción sobre la crónica.

La Jornada Semanal, 16 de julio del 2000

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/2000/jul00/000716/sem-corral.html