Por Verónica Abdala
“¿Qué
hacemos con un genio casi analfabeto a quien le salían novelas como
Los siete locos, cuentos como ‘El jorobadito’, ‘Las fieras’,
‘Luna roja’ o ‘El traje del fantasma’ y obras de teatro como
El desierto entra en la ciudad, Saverio el cruel, La isla desierta? O
admitamos que es algo así como el Mahoma de nuestro tiempo (ya se
sabe que Mahoma nunca aprendió a leer, lo que no le impidió dictar
el Corán) o nos decidimos de una vez a examinar más de cerca
nociones como cultura y literatura cuando se habla de él.” La
definición de Abelardo Castillo parece resumir lo que Roberto Arlt
significa para por lo menos las dos últimas generaciones de
escritores argentinos: un hombre que obliga a redefinir las bases de
la literatura nacional. Desde el punto de vista temático y lingüístico,
pero sobre todo en la relación entre el artista y su época. En
palabras de Noé Jitrik: “Después de Arlt, es imposible
desentenderse de lo que a uno le toca en relación con lo que
describe. Hacer eso sería traicionar finalmente la tarea, y por
cierto desvirtuar lo que se quiere decir”.
Para el escritor y crítico literario Ricardo Piglia, “Arlt lisa y
llanamente inaugura la novela moderna argentina. Porque tiene una
decisión estilística nueva, quiebra con el lenguaje de ese momento.
Es el primer novelista argentino, y el mayor, por donde se lo mire. Si
la familia de escritores de cada uno se elige, elijo a Macedonio como
padre y a Arlt como hermano mayor”. Guillermo Saccomanno, sobre cuya
formación Arlt tuvo una influencia decisiva, lo explica de este modo,
en diálogo con Página/12: “Para todos los escritores de mi
generación y los de la anterior, él es una referencia obligada. Para
mí, leer El juguete rabioso a los 15 años fue no sólo el
descubrimiento de la literatura, sino además el descubrimiento de la
ciudad y del conflicto del tipo solo en la ciudad. Pienso que es El
Gran Escritor Argentino, ni más ni menos, junto a Sarmiento,
Mansilla, Cortázar, Walsh. Es nuestro Dostoievski”. Castillo tiene
claro que su influencia “es central en la literatura argentina
contemporánea” y que de alguna manera su obra “es el único parámetro
que habilita a medir la grandeza de un escritor”. “La inmensidad
de su influencia se revela en la medida y la manera en que su obra
subyace en la obra de los otros escritores”, afirma Castillo. “En
el caso de Arlt, su influencia se nota en la obra de todos los grandes
de la actualidad e, incluso, en la de sus contemporáneos. El cuento
‘El indigno’ de Borges, por ejemplo, no es más que una
reescritura de El juguete rabioso. Nuestra generación, sencillamente
saqueó el talento de Arlt. Lo más llamativo en él es su
extraordinaria tensión espiritual, el alma de su escritura.” La
grandeza de Arlt, sin embargo, no se comprende si se deja de lado que
“definitivamente, no fue sólo un escritor de escritores, sino,
fundamentalmente, como un escritor para la gente”.
En los antípodas de muchos de los escritores nacionales de la primera
mitad de siglo de raigambre aristocrática o apellido tradicional
–Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo, Silvina
Bullrich, Leopoldo Lugones, etc.–, Arlt provenía de una familia de
inmigrantes de clase media baja que, además, nunca llegó a hablar
del todo bien el español. Acaso su origen explique su tendencia
permanente a darle voz a los desclasados y a rechazar de plano
cualquier tipo de conformismo, actitud que se percibe en su escritura,
en su actitud ante la vida. Saccomanno primero se resiste y luego
acepta contrastar su estilo con el de Borges. “Arlt y Borges son dos
maneras de entender la literatura, que se ubican en los antípodas. La
de Arlt es una escritura absolutamente combativa desde el punto de
vista ideológico-político, subversiva, mientras que en este sentido
la de Borges es totalmente light, porque privilegia la forma por sobre
el contenido.”
En relación con las diferencias, de forma y de fondo, que mantienen
Arlt y Borges, Piglia pensó lo siguiente: “Unir y mezclar a Borges
y a Arlt es una de las utopías de la literatura argentina, pero eso
no es posible, aunque el intento de la cruza está en Cortázar, en
Marechal, muy nítido en Onetti. (...) Un escritor puede quebrar la
estructura de las palabras, mezclar diversas lenguas, atomizar el
lenguaje, pero en algún lado debe mantener la unidad. Yo creo que
Arlt es uno de los pocos que marca su estilo a partir de la mezcla,
del entrevero, a diferencia de Borges, que más bien es el descarte,
la precisión”.
Buena parte de los personajes de El juguete rabioso, Los siete locos,
Los lanzallamas y Las fieras, como muchas de las geografías de las
acciones que narra su autor, son marginales. En otras palabras, Arlt
describe el mundo desde los márgenes. Y lo suyo no es una pose: su
vida entera transcurre de ese lado de las cosas. Miembro de una clase
que, en la primera mitad del siglo XX sentía que su situación
declinaba invariablemente, trasladó ese sentimiento descorazonado a
las páginas de la mayor parte de sus libros y al carácter de muchos
de sus personajes. “Para ellos no hay nada que hacer: Buenos Aires
es una enorme campana indiferente donde en cuestión de horas, más o
menos, todos esos infelices serán exterminados”, escribió Jitrik.
Arlt se mantuvo al margen de los círculos literarios durante años y
debió luchar en vida contra los prejuicios de quienes le criticaban
su supuesta “incultura” y la “desprolijidad” e “incorrección”
de su escritura (ver aparte un texto suyo al respecto). Se podría
decir que, en más de un sentido, era un ousider.
Para los investigadores de su vida el propio escritor era, por
distintos motivos, bastante afecto a cultivar la imagen del gran
incomprendido. Sylvia Saítta, por ejemplo, afirma en la biografía El
escritor en el bosque de los ladrillos, que acaba de publicar
Sudamericana, que las expresiones de Arlt del tipo “se dice que
escribo mal” o “yo no tengo la culpa de llamarme Arlt” no hacen
sino “consolidar en su reiteración la imagen del escritor nunca
felizmente reconocido por sus pares y por la crítica, cuyos valores
estarían más allá de una escritura desprolija, llena de
imperfecciones”.
Acaso, Arlt adelantaba: si en su época lo criticaban, y mal, desde la
década del 50, con las relecturas de la historia oficial de la
literatura, su figura se agiganta, al punto de que en la actualidad es
casi un profeta de las letras argentinas, y su obra, cuyo valor muy
pocos se atreverían a cuestionar, se lee con devoción. Prestigiosos
intelectuales reivindican desde hace décadas la necesidad de
revalorizar su obra –entre ellos Raúl Larra, Ricardo Piglia, David
Viñas, Oscar Massota y Noé Jitrik– y su nombre es recordado (y
seguramente reverenciado) cada vez que un lector se deja cautivar por
sus libros o por alguna de sus dos mil Aguafuertes que publicó entre
1928 y 1942, el año de su muerte, en el diario El Mundo. “Fueron
esos artículos los que lo ubicaron rápidamente en la categoría de
escritor popular”, explica Castillo, para quien el triángulo de los
grandes de esa generación está conformado por Borges, Arlt y
Marechal. Sin embargo, aquella postergación durante su vida sigue
operando de modo tal que Arlt no ha salido del lugar del maldito por
excelencia de las letras argentinas. Una mirada objetiva, si es que
existe, podría subrayar que este hombre que se ganaba la vida como
periodista y cometía algunos errores de ortografía supo sintetizar
en su obra literaria, como nadie, el desencanto de las clases medias
urbanas de la Argentina de los años ‘20 y ‘30. Los argentinos
imposibilitados de cumplir sus sueños, para quienes el orden social
es el velo que pretende ocultar la desigualdad, desfilan por su obra
como desfilan por la de Borges compadritos arquetípicos, figurones
inventados o personajes extraídos de la historia universal de la
literatura.
Arlt escribió volúmenes de cuentos (“El jorobadito”, “El
criador de gorilas”), novelas (Los siete locos, El juguete rabioso,
Los lanzallamas, El amor brujo), una docena de obras de teatro
(Trescientos millones, de 1932; Saverio el cruel, de 1936; La isla
desierta, La fiesta del hierro, entre otras) y artículos y columnas
periodísticas, en El Mundo, Mundo Argentino, El Hogar y Crítica,
entre otros medios gráficos. Se ganó un lugar en la historia, como
él decía, por “prepotencia de trabajo”. Creía que su obligación
era escribir libros que encerraran “la violencia de un cross a la
mandíbula” y se burlaba de los literatos de extracción aristocrática
que suponían que detentaban la cultura como parte de su herencia de
clase.
Roberto Arlt, el segundo de tres hermanos, nació con el siglo, el 26
de abril del 1900, en el barrio de Flores, fruto de la unión de Karl
Arlt, un alemán con aspecto rudo, y su esposa, Ekatherine
Iobstraibitzer, una campesina austríaca que en sus más secretas
fantasías soñaba con tener como marido a un músico como Wagner o a
un filósofo como Nietzsche. No queda claro por qué él se hacía
llamar Roberto Godofredo Christophersen Arlt, si ése no era su
verdadero nombre. Tampoco por qué cambiaba la fecha de su nacimiento
en los reportajes (decía alternativamente haber nacido el 2, o el 7
de abril), generando una confusión que hasta hoy perdura, pese a que
es sabido que en su libreta de nacimiento está fechada el 26 de abril
su llegada al mundo. Lo cierto es que la posibilidad de narrar lo
fascinó desde la infancia. Contaba sólo 8 años cuando vendió, por
cinco pesos, su primer cuento: en ese sentido, se jactaba de haber
batido un record.
Muchas de sus experiencias infantiles sirvieron de materia prima para
El juguete rabioso, obra que reúne, según él mismo se encargó de
aclarar, algunas de sus más preciadas experiencias juveniles. A los
veintiséis años, seis después de conocer a Carmen Antinucci, la
mujer que se convertiría en su primera esposa, publicó la novela (el
mismo año en que se publicaría Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes).
Durante cuatro años, El juguete... había sido rechazada por
distintas editoriales. La única hija de su primer matrimonio, Mirtha
Arlt, que nació en 1923, explica en el prólogo de una de las
ediciones de su obra: “La revolución rusa, la Tercera
Internacional, el arresto de Trotski en lo político, Tolstoi y
Dostoievski en lo literario, son el caldo de cultivo que alimenta sus
lucubraciones, en ese momento. Aquí comienzan verdaderamente sus
andanzas como periodista y escritor”.
Aunque los comienzos no fueron fáciles –debió trabajar
alternativamente como aprendiz de pintor, ayudante de hojalatero, mecánico,
vulcanizador, editor de un “periodicucho” y trabajador del
puerto–, nunca se desvió de su propósito original. “Sobre todas
las cosas –escribió en El juguete rabioso– deseaba ser
escritor.” En sus últimos años se jactaba de haber escrito sus
libros entre un trabajo y otro.
En general, los escribía en los pocos ratos que le quedaban libres.
En una oportunidad contó: “El jefe de redacción del diario ha
pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3
de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre
rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días,
tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose.
Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede
saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino
cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe,
confieso que aquí comienzo y termino mis novelas’”.
En 1927 se incorporó como cronista policial al diario Crítica (“Yo
era uno de los cuatro encargados de la nota carnicera y truculenta que
estaba obligado a hacer un drama hasta de un simple e inocuo choque de
colectivos”, relataría años más tarde), y pocos meses después a
El Mundo, en donde publicaría hasta su muerte las famosas
Aguafuertes. El recuerdo del día en que se publicó su primera
columna lo acompañó durante toda la vida: “¡Cuántas
preocupaciones cruzaron por mi mente aquel día!”, relataba. “Me
había confeccionado una lista de lo que creía debían ser los temas
a desarrollar en las columnas, diariamente. Logré reunir argumentos
para 22 aguafuertes. Con qué emoción me preguntaba entonces: cuando
se agote esta lista de temas, ¿de qué escribiré?” Está claro que
encontró la forma de que su lista de temas no se agotara,
considerando que escribió artículos durante catorce años. Esos artículos
periodísticos fueron posteriormente reunidos en los libros
Aguafuertes porteñas (1933) y Nuevas Aguafuertes porteñas (1960).
Durante los años posteriores, también escribiría en Mundo Argentino
y El Hogar.
Sus obligaciones como columnista en el diario El Mundo se vieron únicamente
interrumpidas durante dos meses de 1929: en ese tiempo terminó su
segunda novela, Los siete locos, que se publicó a fin de año. Los
lanzallamas se editó dos años después, en 1931, y El amor brujo,
muy poco tiempo después, en 1932.
Más allá de sus evidentes diferencias, las novelas comparten algunos
elementos en común. Varios de los personajes de sus ficciones, por
ejemplo, “viven en una actitud de espera romántica por lo
irracional, en una espera angustiada de ‘algo’ que los sumerge en
la inquietud y que los hace circular a través de los días como sonámbulos”,
en palabras de su hija, que se dedicó a prologar y estudiar la obra
de su padre. Cuando en una oportunidad un periodista lo interrogó
sobre el origen y la naturaleza de sus personajes, Arlt respondió:
“Lo único que sé es que un personaje se forma en el subconsciente
de uno, como el niño en el vientre de una mujer. Que estos personajes
tienen a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que
realizan actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de
contener tales fantasmas. En síntesis, uno trabaja de componer
novelas, soñar y andar a las cavilaciones con monigotes
interiores”. También admitió que modelar estos personajes era para
él una forma de comprobar si “el modo A, B o C de vivir” podrían
enseñarle qué era eso llamado felicidad.
“Sus personajes son maravillosos”, opina Castillo. “La arruinaba
únicamente cuando se quería hacer el pituco o el español y
modificaba las expresiones lingüísticas: escribía ‘doncella’ en
lugar de muchacha o palabras como ‘encristalado’, ‘sentóse’,
soliloquio, etc... Es obvio que su capital no era ése, sino
precisamente lo que hacía cuando tomaba al idioma por las astas y
para utilizarlo tal cual lo usan los argentinos. Su enseñanza es
doblemente valiosa, en este sentido: nos enseñó lo que hay que hacer
y lo que no.”
En los últimos años de su vida se estrenaron algunas de sus obras de
teatro más famosas: Trescientos millones (1931) –inspirada en un
caso de suicidio que le había tocado cubrir para el diario Crítica–
, Africa, en 1938, La fiesta del hierro, en 1940, año en que se casó
con su segunda mujer, Elizabeth Mary Shine, y El desierto entra en la
ciudad, en 1942. “Esa parte de su producción, que incluye también
obras como Prueba de fuego, Saverio el cruel, y El fabricante de
fantasmas, a mí me fascina especialmente, y está poco difundida”,
advierte Castillo.
Por esos mismos años patentó uno de sus inventos más famosos: se
sabe que, como varios de sus personajes, era un fantaseoso inventor,
que soñaba con llegar a hacer dinero con sus muchas veces insólitas
creaciones. Las medias de mujer “irrompibles” con puntera de
caucho, que en opinión de uno de sus amigos más realistas “se
parecían a unas botas de bombero antes que a unas medias de mujer”,
y en la de su segunda esposa a “una piel de pescado”, aparecieron
en 1942, pero, previsiblemente, no tuvieron el éxito que él ansiaba.
El mismo destino corrieron los puños de metal para camisa, destinados
a retrasar el desgaste de las prendas, y la rosa galvanizada
–pensada para resistir el paso del tiempo–, que hubieran sido
olvidadas completamente si no fuera por la fama que alcanzó su
creador.
El escritor sobre el que otro escritor, Augusto Roa Bastos, escribió
“Más que acercarse a una victoria, fue un artista que demoró
heroicamente la derrota”, murió de un paro cardíaco el domingo 26
de julio de 1942, en el cuarto de una modesta pensión del barrio de
Belgrano. Quizá, en esos momentos, sintió lo mismo que el día en
que expresó: “Algún día moriré y los trenes seguirán caminando,
y la gente irá al teatro como siempre y yo estaré muerto para toda
la vida”. “¿Qué hora es?”, le preguntó su segunda esposa,
embarazada de seis meses, sin sospechar que el final se acercaba.
“No sé”, contestó él, acaso con la intuición de que cualquiera
de las que pronunciaba entonces podían llegar a ser sus últimas
palabras. Afuera, la lluvia le lavaba la cara a Buenos Aires.
Como completando una historia circular, tres meses después de su
muerte, nació su hijo, a quien su madre anotó con el mismo nombre de
su padre. Y fue como un eco de lo irrepetible. En la actualidad,
Roberto Arlt (hijo) visita a su madre, Elizabeth Mary Shine, de 87 años,
todos los sábados, en la residencia para ancianos en la que se
encuentra alojada desde 1994.
Y que los
eunucos bufen
Por Roberto Arlt
Escribí siempre en
redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la
columna cotidiana. Digo esto para estimular a los
principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa
el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene qué
decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de
papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a
uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un
lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o
sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es
penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que
existe gente a quien la preocupación de buscarse
distracciones le produce surmenage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es
posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar
a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen
correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son
necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo
general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita
siempre la molestia de la literatura. O la encara como un
excelente procedimiento para singularizarse en salones de
sociedad. (...)
El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos
nuestra literatura, no conversando continuamente de
literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que
encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí,
un libro tras otro, y “que los enucos bufen”.
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes,
frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos
fatigadas, hora tras hora. a veces se le caía a uno la cabeza
de fatiga, pero... Mientras escribo estas líneas pienso en mi
próxima novela. Se titulará El amor brujo. Y que el futuro
diga.
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opinion
Por Juan Sasturain
|
| No hay vacuna
En la memoria y las
sensaciones de este desprolijo lector, la mejor novela de Arlt
es El juguete rabioso, la primera. Se publicó en 1926, el
mismo año que la última de Güiraldes, Don Segundo Sombra, y
no es el único dato que los une en recuerdo puntual. Se sabe,
son dos novelas (opuestas) de aprendizaje: la postrera de un
mundo rural idealizado; la que inaugura otro mundo –éste–,
urbano e impiadoso. Pero esos pibes tan diferentes, Fabio Cáceres
y Silvio Astier, convivieron en cabezas contiguas. Cuenta la
leyenda que el sabio y sensible estanciero don Ricardo lo tenía
a Roberto Godofredo de improbable secretario por entonces
–se leyeron mutuamente de reojo– y que fue él quien
persuadió a Arlt de que le cambiara de nombre al raro
engendro que había parido. Dentro del más alevoso terrorismo
verbal a la Castelnuovo, el novel le había puesto sin ambages
“La vida puerca”, casi un carnet de identidad boedista. La
literatura y la historia literaria eternamente agradecidas a Güiraldes
por el regalo –El juguete rabioso es un título inolvidable,
como todos los (genuinos) de Arlt, por otra parte– pero además,
sanamente preocupadas por el enigma abierto: ¿Por qué? ¿Por
qué, oh dioses de la alusión, se llama así?
Es probable que este desprolijo lector esté solo o poco
acompañado en su perplejidad y que el famoso juguete sea una
cita alevosa por lo conocida, una referencia explícita o no
tanto dentro de las aventuras del inolvidable Silvio Astier.
No lo sé, y tal vez sea una vergüenza no saberlo. Pero es bárbaro
así. Y cuando lo sepa o me lo enseñen –como “la
sangrienta luna” del poema de Quevedo que Borges prefiere
sin explicaciones–, el título no será mejor que ahora, tan
inmotivado pero sugerente como un apellido o un color de ojos.
La ignorancia permite inferencias libres y acaso el juguete
sea el mismo Silvio que –en manos de un mundo que lo usa, no
le da lugar– se revuelve, rompe con él, muerde la equívoca
mano, traiciona y se libera a través de la transgresión.
Silvio es Arlt también, claro. La literatura, los mismos
libros de Arlt son ese equívoco juguete. Pero... ¿y la
rabia? Los psicoanalistas que suelen hacerse un triste pic-nic
de soda y tostadas frías con Arlt deben saber quién lo mordió
para que se enrabiara.
Como un cross a la mandíbula quería pegar Arlt cuando escribía.
Todavía, donde te agarra te voltea. Por eso hay que
bailotear, tirarle jabs de explicación para contenerlo,
neutralizarlo con el clinch crítico cuando lo sentís muy
cerca. Porque además, contrariando lo que decía el Ñato
Desiderio, esos libros muerden. Están rabiosos y no hay
vacuna.
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