Molinos de viento en Flores
 
Por Héctor Salas

 

Roberto Arlt de la Mano de Flores

Roberto Arlt, vivíó su infancia en el barrio de Flores, cuando el barrio, estaba dejando de ser un pueblo de provincia, para convertirse en un suburbio porteño.

No imagino que Roberto Arlt, de no haberse convertido en 1a figura que fue, hubiera sido reivindicado desde una historia o una literatura barriales. Más bien, la relación de Arlt, con el barrio, me parece una relación ambigua. Probablemente, algunos sitios específicos, como las librerías, o las mismas calles de Flores, tengan recuerdos de Roberto Arlt; no así la pequeña sociedad local, para quien el hombre, no era sino el hijo irreverente de una familia más bien marginal. El título de esta nota, sin embargo, es el mismo que utilizó Roberto Arlt en una de sus "Aguafuertes porteñas". En ella, el escritor, saca a luz, algunos de sus recuerdos de Flores.

A partir de aquella nota, "Molinos de Viento en Flores", que fuera publicada en el diario El Mundo, el día 10 de setiembre de 1928, seguimos a Arlt en su barrio.


Los lugares de Arlt. Antecedentes de una nota.

Antes de ir al texto de Arlt, identifiquemos primero algunos lugares de su infancia. Me interesa señalar cuatro: la casa y las tres escuelas a las que concurrió. Entre éstas, las calles de Flores, fueron otro ámbito importante de su infancia. Podríamos decir, un quinto lugar.

Las aguafuertes

Se llamaron "Aguafuertes" una serie de notas que Roberto Arlt escribió en el diario El Mundo, a partir de 1928. Algunas de estas "Aguafuertes", con el título de "Aguafuertes Porteñas", se ocuparon de las más diversas cuestiones, relacionadas con la Ciudad de Buenos Aires.

A través de estos lugares, empezó a llegarle el mundo. La casa de la infancia de Arlt, es una vivienda ubicada en la calle Méndez de Andés 2138, a unas diez cuadras de la Plaza de Flores. La casa es una casa bien modesta, aunque de material. Es una casa sin zaguán, típica en las construcciones más modestas de principios de siglo, donde las habitaciones dan a una galería lateral y a un pequeño jardín en el frente.

La casa de Méndez de Andés 2138, lo albergó, por lo menos hasta que cumplió dieciséis años. Arlt, había nacido en abril de 1900, y sus padres, Carlos Arlt y Catalina Iobstraibitzer, se mudaron a Flores poco después. De modo que toda su infancia y adolescencia transcurrió allí. Probablemente hasta los veinte años. (Incluso después, ya casado, vivió un tiempo en otra casa a la que se mudaron sus padres, que estaba exactamente a una cuadra de la anterior, en la calle Canalejas 2137 -actual Felipe Vallese-. Allí falleció Carlos Arlt, en marzo de 1927).

Desde la casa de Méndez de Andés, la salida, suponemos más cotidiana de Roberto Arlt, habrá sido para dirigirse a los colegios en los que cursó la primaria. Arlt, como lo ha demostrado Silvia Saítta, en su libro "El escritor en el bosque de ladrillos"; concurrió hasta el quinto grado, y no hasta tercero, como solía afirmar el escritor, para exagerar sus difíciles comienzos.

Arlt fue a tres escuelas, pero no está del todo establecido el motivo de los cambios. La primer escuela a la que concurrió se hallaba en la calle Paramaribo 610. Esa calle, es actualmente Fragata Sarmiento, que corta Gaona. La escuela, entonces la número 12, se ubicaba a la altura de Méndez de Andés, la calle de Arlt. De manera que para llegar a ella, Arlt caminaba diez cuadras en dirección a Caballito, por su calle. El niño debía cruzar Boyacá y Donato Álvarez -entonces Bella Vista-. Después de unas cuadras, se internaba en otro barrio, el de Caballito. Según el texto de Saítta, en esta escuela, cursó primer grado -inferior y superior- y segundo, en el turno tarde, bajo la dirección de Carmen C. De Cantén. Ubicamos a Arlt, entonces entre Méndez de Andés al 2100 y la misma calle, pero al 1100. Ida y vuelta. Durante tres años.

En 1910 se produjo un cambio importante. Arlt fue anotado en la escuela más tradicional de Flores, ubicada casi frente a la plaza, en el centro de Flores, en la calle Yerbal 2368. El cambio fue doble, porque allí empezó a concurrir en turno mañana. En 1911 repitió tercero en la misma escuela y en 1912 cursó cuarto grado. Así pasaron otros tres años de escuela. Pero esta vez, las caminatas, también de alrededor de diez cuadras, fueron en dirección al corazón del barrio Arlt "bajaba" desde Méndez de Andés, en la zona norte de Flores, probablemente, por las calles Gavilán, Caracas o Fray Cayetano. Cualquiera de ellas lo conducía hasta la esquina de Yerbal y Fray Cayetano, donde se encontraba la escuela número 1. Diez cuadras de ida, diez cuadras de vuelta, Arlt cruzaba, todos los días, entre 1910 y 1912, las calles Aranguren, la Avenida Avellaneda, Bogotá, Bacacay y las vías del Ferrocarril del "Oeste", el "Sarmiento". Toda una experiencia.

Y ya van seis años de caminatas rumbo a las escuelas, que suponemos también, de "callejeo". Tres años de caminatas hacia el este, tres años hacia el sur.

Pero entonces se produce un nuevo cambio de escuela. En 1913, Arlt es anotado en la escuela número 17, que se halla sobre la calle Franklin, a metros de Trelles. Allí, en el turno mañana, cursa y aprueba quinto grado con la maestra Juana María Zérbola. La ubicación del colegio, nos aleja, nuevamente, del corazón del Barrio de Flores. La escuela se halla a cien metros de la avenida Gaona. Y alrededor de ocho cuadras "arriba" de la casa de Méndez de Andés. De modo, que Arlt, ya adolescente, sube, cada mañana, posiblemente, por las calles Granaderos, Boyacá o Terrero hasta encontrarse con la calle Franklin. En la caminata hacia la escuela, Arlt, se aleja de Flores, esta vez en dirección al antiguo "Camino de Gauna".

Hubo otros varios lugares en la infancia y adolescencia de Roberto Arlt, y muchas caminatas por Flores, entre 1914 y 1928, antes de que el escritor publicara el artículo sobre los molinos de viento, pero prefiero resumir toda mi teoría en esas primeras caminatas, las más antiguas.


Recordando el callejeo

"Molinos de vientos en Flores", publicado por el diario El Mundo en su edición del 10 de setiembre de 1928, es un texto que tiene muy cerca los recuerdos de las caminatas por Flores. Comienza con una palabra que es toda una declaración en torno al tema del recuerdo: "callejeando". "Callejear" no es sólo caminar por una calle. Para empezar, es andar por varias calles, pero también, es andar sin rumbo, es caminar hacia adentro, es apenas percibir, o percibir de una manera "inconsciente" el mundo que rodea nuestra caminata. No se callejea para ir al trabajo. Pero los niños, solían "callejear" cuando iban a la escuela. A veces, los "callejeos" terminaban en improvisadas ratas. El "callejeo", se sabe, impone cierto tipo de pensamientos, que combinan muy bien, en lo profundo de cada uno, el espacio exterior con el interior. El "callejeo" suele conectarnos con la propia realidad. Vayamos al texto:

"Hoy, callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado. Uno de esos molinos de viento antiguos, de recia armazón de hierro oxidada profundamente. Algunas paletas torcidas colgaban del engranaje negro, allá arriba, como la cabeza de un decapitado; y me quedé pensando tristemente en qué bonito debía de haber sido eso hace algunos años, cuando el agua de uso se recogía del pozo. Cuántos han pasado desde entonces!"

El texto, parece apuntar a la nostalgia triste. Es decir, el callejeo, ha llevado a Arlt a pensar en otros tiempos. Pero no dice lo bonito que fue ese tiempo, sino lo bonito que "debía de haber sido". Es decir, Arlt, parece remitirse a una época que no conoció. Ese tiempo, más adelante, se confunde con un tiempo mítico.

Pero los recuerdos, también parecen llevarlo a un tiempo que sí conoció.

El texto sigue así:

"Flores, el Flores de las quintas, de las enormes quintas solariegas, va desapareciendo día tras día. Los únicos aljibes que se ven son de "camouflage", y se les advierte en el patio de chalecitos que ocupan el espacio de un pañuelo. Así vive la gente hoy día.

Qué lindo, qué espacioso que era Flores antes! Por todas partes se erguían los molinos de viento. Las casas no eran casas, sino casonas. Aún quedan algunas por la calle Beltrán o por Bacacay o por Ramón Falcón. Pocas, muy pocas, pero todavía quedan. En las fincas había cocheras y en los patios, enormes patios cubiertos de glicina, chirriaba la cadena del balde al bajar al pozo. Las rejas eran de hierro macizo, y los postes de quebracho. Me acuerdo de la quinta de los Naón. Me acuerdo del último Naón, un mocito compadre y muy bueno, que siempre iba a caballo. Qué se ha hecho del hombre y del caballo? ¿Y de la guinta? Sí, de la quinta me acuerdo perfectamente.

Era enorme, llena de paraísos, y por un costado tocaba a la calle Avellaneda y por el otro a Méndez de Andés. Actualmente allí son todas casas de departamentos, o "casitas ideales para novios".

¿Y la manzana situada entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán?

Aquello era un bosque de eucaliptos. Como ciertos parajes de Ramos Mejía, aunque también Ramos Mejía se está infectando de modernismo."

Aquí, el "callejeo" lo ha llevado a constataciones más personales. Aquí, la referencia es a un Flores que él conoció. Menciona lugares, los describe, incluso recuerda a algún personaje del barrio. Y frente a todo eso que recuerda, se levanta otra realidad: la del modernismo. El "modernismo", unido a la persistencia de un pasado-presente, ofrece un nuevo dato al callejeo:

"La tierra entonces no valía nada. Y si valía, el dinero carecía de importancia. La gente disponía para sus caballos del espacio que hay compra una compañía para fabricar un barrio de casas baratas. La prueba está en Rivadavia entre Caballito y Donato Álvarez. Aún se ven enormes restos de quintas. Casas que están como implorando en su bella vejez que no las tiren abajo.

En Rivadavia y Donato Álvarez a unos veinte metros antes de llegar a esta última, existe aún un ceibo gigantesco. Contra su tronco se apoyan las puertas y contramarcos de un corralón de materiales usados. En la misma esquina, y enfrente, puede verse un grupo de casas antiquísimas en adobe, que cortan irregularmente la vereda. Frente a éstas hay edificios de dos o tres pisos, y desde uno de esos caserones salen los gritos joviales de varios vascos lecheros que juegan a la pelota en una cancha. "

Ese pasado presente, aparece mezclado con una nueva realidad; en esa conjunción, el escenario que describe, alberga tanto al viejo ceibo, como a los edificios de dos y tres pisos. Y todo ello en una misma esquina. Aquí, la memoria, que lo ha instalado sucesivamente, en el tiempo mítico -"qué lindo debió haber sido"- en el tiempo pasado -"qué lindo que era"- y en el presente agota sus recursos, y lo remite, nuevamente al origen. Y la cadena se repite. Primero el tiempo mítico:

"En aquellos tiempos todo el mundo se conocía."

Esta frase, en Arlt, no parece auténtica.

Sí es auténtico lo que viene después. Todos los recuerdos por donde lo ha llevado el "callejeo", de aquí en en más, son de un pasado conocido, un pasado, que además, al momento de publicarse el escrito, referían lugares y personas presentes.

"Las librerías. Es de reírse! En todas las vidrieras se veían los cuadernillos de versos del gaucho Hormiga Negra y de los hermanos Barrientos. Las tres librerías importantes de esa época eran las de los hermanos Pellerano, 'La Linterna'; y la de don Ángel Pariente. El resto eran boliches ignominiosos, mezcla de juguetería, salón de lustrado, zapatería, tienda y qué sé yo cuántas cosas más."

Las librerías son un recuerdo legítimo de Roberto Arlt. Las tres que menciona, se encontraban sobre la Avenida Rivadavia. En una de ellas, en la de Ángel Pariente, se realizaban encuentros de escritores del barrio. Y según algunos testimonios, Roberto Arlt había sido empleado de esa librería. Al momento de publicarse "Molinos de Viento en Flores"; "don" Angel Pariente, no tenía muchos más años que el propio Roberto Arlt, y trabajaba y escribía en medios reconocidos. La librería de Pellerano, cerró sus puertas en 1958. El texto continúa con los recuerdos presentes:

"El Primer cinematógrafo se llamaba 'El Palacio de la Alegría'. Allí me enamoré por vez primera, a los nueve años de edad, y como un loco, de Lidia Borelli. En el terreno de las caballerizas de Basualdo, se instaló entonces el primer circo que fue a Flores.

El único café concurrido era "Las Violetas ", de don Jorge Dufau. Félix Visillac y Julo Díaz Usandivaras eran los genios de la parroquia, para entonces. La gente era tan sencilla que se creía que los socialistas se comían crudos a los niños, y ser poeta -"pueta" se decía- era como ser hoy gran chamberlán de Alfonso XIII o algo por el estilo.

Las calles tenían otros nombres. Ramón Falcón se llamaba entonces Unión. Donato Álvarez, Bella Vista."

En todos estos parrafos, la utilización del "era", sólo es posible como una vía de escape al tiempo mítico. Respecto de este tiempo, Arlt introduce ahora, algo más propio de la literatura que le conocemos: utiliza el humor para referirse a los poetas del barrio,y la sencillez de la gente. Pero con ello no llega a desacralizar el tiempo mítico. De modo que hasta el final de esta aguafuerte, se repite la tríada tiempo feliz, tiempo que viví, tiempo presente. Obviamente, el tiempo feliz, el tiempo mítico, realmente no tiene un lugar, son más bien las costumbres, el modo de vida, la fe, de "otro tiempo", que en realidad, tampoco encajan en una ubicación temporal precisa.

Ese tiempo, se mezcla con los recuerdos de un tiempo cercano, -Arlt escribe todo esto, con recuerdos personales, que se remontan hasta incluso un año antes- los que a su vez, se mezclan con los recuerdos del presente. En esa tríada, sin embargo, el tiempo mítico y el tiempo presente no se tocan; están irremediablemente alejados uno del otro.
El texto termina así:

"A diez cuadras de Rivadavia comenzaba la pampa. La gente vivía otra vida más interesante que la actual. Quiero decir con ello que eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables. Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico. Se creía en el amor. Las muchachas lloraban cantando La loca del Bequeló. La tuberculosis era una enfermedad espantosa y casi desconocida. Recuerdo que cuando yo tenía siete años, en mi casa solía hablarse de una tuberculosa que vivía a siete cuadras de allí, con el mismo misterio y la misma compasión con que hoy se comentaría un extraordinario caso de enfermedad interplanetaria.

Se creía en la existencia del amor. Las muchachas usaban magníficas trenzas, y ni por sueño se hubieran pintado los labios. Y todo tenía entonces un sabor más agreste, y más noble, más inocente. Se creía que los suicidas iban al infierno. Quedan pocas casas antiguas por Rivadavia, en Flores. Entre Lautaro y Membrillar se pueden contar cinco edificios. Pintados de rojo, de celeste o amarillo. En Lautaro se distinguía, hasta hace un año, un mirador de vidrios multicolores completamente rotos. Al lado estaba un molino rojo, un sentimental molino rojo tapizado de hiedra. Un pino dejaba mecer su cúpula en los aires los días de viento.

Ya no están más ni el molino ni el mirador ni el pino. Todo se lo llevó el tiempo. En el lugar de la altura esa, se distingue la puerta del cuchitril de una sirvienta. El edificio tiene tres pisos de altura.

También la gente está como para romanticismo! Allí, la vara de tierra cuesta cien pesos. Antes costaba cinco y se vivía más feliz. Pero nos queda el orgullo de haber progresado, eso sí, pero la felicidad no existe. Se la llevó el diablo."


Describir y ubicar

Esta nota de Arlt, nos permite dos cosas a un tiempo. Hacer una recorrida por el Flores de principio de siglo, de la mano de Arlt, tanto como hacer una recorrida por Roberto Arlt, de la mano de Flores. Tenemos los mapas del lugar, los lugares que Arlt menciona y algunos datos sobre personas que él menciona. Lo interesante, es ver, también, cómo esos datos de la memoria, emergen a partir de la simple vista de un molino viejo.

A lo largo del texto, el "callejeo" ha llevado a Arlt, a penetrar en diversos niveles de profundidad en el pozo del tiempo. Allí, la memoria aflora, fluctuando entre un tiempo más personal y otro menos auténtico e incluso podríamos decir, ajeno. A partir de la visión original del molino, la memoria se ha remontado a vivencias personales, pero también a un implacable, reaccionario, tiempo mítico. Del tiempo mítico, nada podemos decir. Sí en cambio, de los recuerdos puntuales. Existe una serie de referencias históricas para cada uno de esos recuerdos. Con lo cual formamos un cuadro de doble entrada: aquí los recuerdos, aquí las referencias. Y la hipótesis que sustenta esa tabla de doble entrada, está en las viejas caminatas de Arlt. Muchas de ellas, fueron, seguramente las caminatas a los colegios. En cierta forma, las caminatas abrieron su camino a la literatura. Y en los momentos en que anduvo mal, se dice que Arlt "caminaba como un endemoniado". En esos "callejeos", Arlt encontró una parte importante del archivo de su literatura. Entre el espacio de las cosas que no le eran propias, pero que podía ver desde afuera como una expansión de su territorio -las quintas, las casonas, los molinos de viento- y la realidad de aquellas que sí le pertenecieron -la propia calle, su casa, las escuelas, las librerías, los cafés- Arlt armó parte de su propio diccionario.

Aquel mundo del barrio de Flores -la "parroquia" de los escritores, que era bien distinta de la "sociedad local" o el lugar donde "todo el mundo se conocía", los portones, los frentes, los molinos y los jardines de las quintas, que eran bien distintos de las familias que residían en su interior; el cine, el café, en fin, la misma calle- se inscribieron como otro mundo dentro del propio Roberto Arlt.

Ese barrio de Flores, inmerso en las contradicciones del progreso, del cual la presencia de la familia Arlt en él, extranjera, nueva, pobre, era precisamente un síntoma, se trata de presentar aquí, en "Molinos de viento en Flores"; desde la óptica del viejo conocedor. Pero este viejo conocedor, posee recuerdos muy particulares, recuerdos que pintaron mejor para una literatura que para una historia. Recuerdos que echan mano del del tiempo mítico, recuerdos que incurren en errores, errores que no perdonan las memorias localistas.


Recuerdos marginales, lugar marginal

Curiosamente, la memoria de Arlt, no está en el centro de la historia de Flores. Su casa no forma parte de los circuitos turísticos que organiza el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Sus recuerdos, son más bien marginales, tocan a la sociedad local sólo desde un pequeño costado, el de un niño que vivió en una humilde casa, en la calle Méndez de Andés, a unas cuantas cuadras del centro. La historia del barrio de Flores, prefiere recostarse sobre la quinta de Marcó del Pont, sobre la vieja Escuela 1 -hoy Escuela-Museo- o sobre el recuerdo de otros escritores como Pariente, en cuya librería trabajó Arlt.

Tengo ante mí, la tapa de una revista en la que se observa una vieja quinta, la quinta Saint Germaine, ubicada en Caracas y Méndez de Andés. Arlt vivía a unos metros. Pero la memoria de Arlt, no ingresa, tal vez, en el pasado de un barrio. Tal vez sí lo haría en su tiempo mítico, en un tiempo literario. O tal vez, sí, en una historia capaz de andar por los intersticios sobre los que avanzó Gran Buenos Aires.

En esa historia, vemos la quinta Saint Germane, y alado, la casa de la infancia de Roberto Arlt.


Artículo extraído de:
Año 5 Número 52 Julio de 2000