Los
lugares de Arlt. Antecedentes de una nota.
Antes de ir al texto de
Arlt, identifiquemos primero algunos lugares de su infancia. Me interesa
señalar cuatro: la casa y las tres escuelas a las que concurrió. Entre
éstas, las calles de Flores, fueron otro ámbito importante de su
infancia. Podríamos decir, un quinto lugar.
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Las
aguafuertes
Se
llamaron "Aguafuertes" una serie de notas
que Roberto Arlt escribió en el diario El Mundo, a
partir de 1928. Algunas de estas
"Aguafuertes", con el título de
"Aguafuertes Porteñas", se ocuparon de las
más diversas cuestiones, relacionadas con la Ciudad
de Buenos Aires.
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A través de estos
lugares, empezó a llegarle el mundo. La casa de la infancia de Arlt, es
una vivienda ubicada en la calle Méndez de Andés 2138, a unas diez
cuadras de la Plaza de Flores. La casa es una casa bien modesta, aunque
de material. Es una casa sin zaguán, típica en las construcciones más
modestas de principios de siglo, donde las habitaciones dan a una galería
lateral y a un pequeño jardín en el frente.
La casa de Méndez de
Andés 2138, lo albergó, por lo menos hasta que cumplió dieciséis años.
Arlt, había nacido en abril de 1900, y sus padres, Carlos Arlt y
Catalina Iobstraibitzer, se mudaron a Flores poco después. De modo que
toda su infancia y adolescencia transcurrió allí. Probablemente hasta
los veinte años. (Incluso después, ya casado, vivió un tiempo en otra
casa a la que se mudaron sus padres, que estaba exactamente a una cuadra
de la anterior, en la calle Canalejas 2137 -actual Felipe Vallese-. Allí
falleció Carlos Arlt, en marzo de 1927).
Desde la casa de Méndez
de Andés, la salida, suponemos más cotidiana de Roberto Arlt, habrá
sido para dirigirse a los colegios en los que cursó la primaria. Arlt,
como lo ha demostrado Silvia Saítta, en su libro "El escritor en
el bosque de ladrillos"; concurrió hasta el quinto grado, y no
hasta tercero, como solía afirmar el escritor, para exagerar sus difíciles
comienzos.
Arlt fue a tres
escuelas, pero no está del todo establecido el motivo de los cambios.
La primer escuela a la que concurrió se hallaba en la calle Paramaribo
610. Esa calle, es actualmente Fragata Sarmiento, que corta Gaona. La
escuela, entonces la número 12, se ubicaba a la altura de Méndez de
Andés, la calle de Arlt. De manera que para llegar a ella, Arlt
caminaba diez cuadras en dirección a Caballito, por su calle. El niño
debía cruzar Boyacá y Donato Álvarez -entonces Bella Vista-. Después
de unas cuadras, se internaba en otro barrio, el de Caballito. Según el
texto de Saítta, en esta escuela, cursó primer grado -inferior y
superior- y segundo, en el turno tarde, bajo la dirección de Carmen C.
De Cantén. Ubicamos a Arlt, entonces entre Méndez de Andés al 2100 y
la misma calle, pero al 1100. Ida y vuelta. Durante tres años.
En 1910 se produjo un
cambio importante. Arlt fue anotado en la escuela más tradicional de
Flores, ubicada casi frente a la plaza, en el centro de Flores, en la
calle Yerbal 2368. El cambio fue doble, porque allí empezó a concurrir
en turno mañana. En 1911 repitió tercero en la misma escuela y en 1912
cursó cuarto grado. Así pasaron otros tres años de escuela. Pero esta
vez, las caminatas, también de alrededor de diez cuadras, fueron en
dirección al corazón del barrio Arlt "bajaba" desde Méndez
de Andés, en la zona norte de Flores, probablemente, por las calles
Gavilán, Caracas o Fray Cayetano. Cualquiera de ellas lo conducía
hasta la esquina de Yerbal y Fray Cayetano, donde se encontraba la
escuela número 1. Diez cuadras de ida, diez cuadras de vuelta, Arlt
cruzaba, todos los días, entre 1910 y 1912, las calles Aranguren, la
Avenida Avellaneda, Bogotá, Bacacay y las vías del Ferrocarril del
"Oeste", el "Sarmiento". Toda una experiencia.
Y ya van seis años de
caminatas rumbo a las escuelas, que suponemos también, de
"callejeo". Tres años de caminatas hacia el este, tres años
hacia el sur.
Pero entonces se
produce un nuevo cambio de escuela. En 1913, Arlt es anotado en la
escuela número 17, que se halla sobre la calle Franklin, a metros de
Trelles. Allí, en el turno mañana, cursa y aprueba quinto grado con la
maestra Juana María Zérbola. La ubicación del colegio, nos aleja,
nuevamente, del corazón del Barrio de Flores. La escuela se halla a
cien metros de la avenida Gaona. Y alrededor de ocho cuadras
"arriba" de la casa de Méndez de Andés. De modo, que Arlt,
ya adolescente, sube, cada mañana, posiblemente, por las calles
Granaderos, Boyacá o Terrero hasta encontrarse con la calle Franklin.
En la caminata hacia la escuela, Arlt, se aleja de Flores, esta vez en
dirección al antiguo "Camino de Gauna".
Hubo otros varios
lugares en la infancia y adolescencia de Roberto Arlt, y muchas
caminatas por Flores, entre 1914 y 1928, antes de que el escritor
publicara el artículo sobre los molinos de viento, pero prefiero
resumir toda mi teoría en esas primeras caminatas, las más antiguas.

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Recordando
el callejeo
"Molinos de
vientos en Flores", publicado por el diario El Mundo en su edición
del 10 de setiembre de 1928, es un texto que tiene muy cerca los
recuerdos de las caminatas por Flores. Comienza con una palabra que es
toda una declaración en torno al tema del recuerdo:
"callejeando". "Callejear" no es sólo caminar por
una calle. Para empezar, es andar por varias calles, pero también, es
andar sin rumbo, es caminar hacia adentro, es apenas percibir, o
percibir de una manera "inconsciente" el mundo que rodea
nuestra caminata. No se callejea para ir al trabajo. Pero los niños,
solían "callejear" cuando iban a la escuela. A veces, los
"callejeos" terminaban en improvisadas ratas. El
"callejeo", se sabe, impone cierto tipo de pensamientos, que
combinan muy bien, en lo profundo de cada uno, el espacio exterior con
el interior. El "callejeo" suele conectarnos con la propia
realidad. Vayamos al texto:
"Hoy,
callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de
una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un
molino de viento desmochado. Uno de esos molinos de viento antiguos, de
recia armazón de hierro oxidada profundamente. Algunas paletas torcidas
colgaban del engranaje negro, allá arriba, como la cabeza de un
decapitado; y me quedé pensando tristemente en qué bonito debía de
haber sido eso hace algunos años, cuando el agua de uso se recogía del
pozo. Cuántos han pasado desde entonces!"
El texto, parece
apuntar a la nostalgia triste. Es decir, el callejeo, ha llevado a Arlt
a pensar en otros tiempos. Pero no dice lo bonito que fue ese tiempo,
sino lo bonito que "debía de haber sido". Es decir, Arlt,
parece remitirse a una época que no conoció. Ese tiempo, más
adelante, se confunde con un tiempo mítico.
Pero los recuerdos,
también parecen llevarlo a un tiempo que sí conoció.
El texto sigue así:
"Flores, el
Flores de las quintas, de las enormes quintas solariegas, va
desapareciendo día tras día. Los únicos aljibes que se ven son de
"camouflage", y se les advierte en el patio de chalecitos que
ocupan el espacio de un pañuelo. Así vive la gente hoy día.
Qué lindo, qué
espacioso que era Flores antes! Por todas partes se erguían los molinos
de viento. Las casas no eran casas, sino casonas. Aún quedan algunas
por la calle Beltrán o por Bacacay o por Ramón Falcón. Pocas, muy
pocas, pero todavía quedan. En las fincas había cocheras y en los
patios, enormes patios cubiertos de glicina, chirriaba la cadena del
balde al bajar al pozo. Las rejas eran de hierro macizo, y los postes de
quebracho. Me acuerdo de la quinta de los Naón. Me acuerdo del último
Naón, un mocito compadre y muy bueno, que siempre iba a caballo. Qué
se ha hecho del hombre y del caballo? ¿Y de la guinta? Sí, de la
quinta me acuerdo perfectamente.
Era enorme, llena de
paraísos, y por un costado tocaba a la calle Avellaneda y por el otro a
Méndez de Andés. Actualmente allí son todas casas de departamentos, o
"casitas ideales para novios".
¿Y la manzana
situada entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán?
Aquello era un
bosque de eucaliptos. Como ciertos parajes de Ramos Mejía, aunque también
Ramos Mejía se está infectando de modernismo."
Aquí, el "callejeo" lo ha llevado a constataciones más
personales. Aquí, la referencia es a un Flores que él conoció.
Menciona lugares, los describe, incluso recuerda a algún personaje del
barrio. Y frente a todo eso que recuerda, se levanta otra realidad: la
del modernismo. El "modernismo", unido a la persistencia de un
pasado-presente, ofrece un nuevo dato al callejeo:
"La tierra
entonces no valía nada. Y si valía, el dinero carecía de importancia.
La gente disponía para sus caballos del espacio que hay compra una
compañía para fabricar un barrio de casas baratas. La prueba está en
Rivadavia entre Caballito y Donato Álvarez. Aún se ven enormes restos
de quintas. Casas que están como implorando en su bella vejez que no
las tiren abajo.
En Rivadavia y
Donato Álvarez a unos veinte metros antes de llegar a esta última,
existe aún un ceibo gigantesco. Contra su tronco se apoyan las puertas
y contramarcos de un corralón de materiales usados. En la misma
esquina, y enfrente, puede verse un grupo de casas antiquísimas en
adobe, que cortan irregularmente la vereda. Frente a éstas hay
edificios de dos o tres pisos, y desde uno de esos caserones salen los
gritos joviales de varios vascos lecheros que juegan a la pelota en una
cancha. "
Ese pasado presente,
aparece mezclado con una nueva realidad; en esa conjunción, el
escenario que describe, alberga tanto al viejo ceibo, como a los
edificios de dos y tres pisos. Y todo ello en una misma esquina. Aquí,
la memoria, que lo ha instalado sucesivamente, en el tiempo mítico -"qué
lindo debió haber sido"- en el tiempo pasado -"qué
lindo que era"- y en el presente agota sus recursos, y lo
remite, nuevamente al origen. Y la cadena se repite. Primero el tiempo mítico:
"En aquellos
tiempos todo el mundo se conocía."
Esta frase, en Arlt, no
parece auténtica.
Sí es auténtico lo
que viene después. Todos los recuerdos por donde lo ha llevado el
"callejeo", de aquí en en más, son de un pasado conocido, un
pasado, que además, al momento de publicarse el escrito, referían
lugares y personas presentes.
"Las librerías.
Es de reírse! En todas las vidrieras se veían los cuadernillos de
versos del gaucho Hormiga Negra y de los hermanos Barrientos. Las tres
librerías importantes de esa época eran las de los hermanos Pellerano,
'La Linterna'; y la de don Ángel Pariente. El resto eran boliches
ignominiosos, mezcla de juguetería, salón de lustrado, zapatería,
tienda y qué sé yo cuántas cosas más."
Las librerías son un
recuerdo legítimo de Roberto Arlt. Las tres que menciona, se
encontraban sobre la Avenida Rivadavia. En una de ellas, en la de Ángel
Pariente, se realizaban encuentros de escritores del barrio. Y según
algunos testimonios, Roberto Arlt había sido empleado de esa librería.
Al momento de publicarse "Molinos de Viento en Flores";
"don" Angel Pariente, no tenía muchos más años que el
propio Roberto Arlt, y trabajaba y escribía en medios reconocidos. La
librería de Pellerano, cerró sus puertas en 1958. El texto continúa
con los recuerdos presentes:
"El Primer
cinematógrafo se llamaba 'El Palacio de la Alegría'. Allí me enamoré
por vez primera, a los nueve años de edad, y como un loco, de Lidia
Borelli. En el terreno de las caballerizas de Basualdo, se instaló
entonces el primer circo que fue a Flores.
El único café
concurrido era "Las Violetas ", de don Jorge Dufau. Félix
Visillac y Julo Díaz Usandivaras eran los genios de la parroquia, para
entonces. La gente era tan sencilla que se creía que los socialistas se
comían crudos a los niños, y ser poeta -"pueta" se decía-
era como ser hoy gran chamberlán de Alfonso XIII o algo por el estilo.
Las calles tenían
otros nombres. Ramón Falcón se llamaba entonces Unión. Donato Álvarez,
Bella Vista."
En todos estos parrafos,
la utilización del "era", sólo es posible como una vía de
escape al tiempo mítico. Respecto de este tiempo, Arlt introduce ahora,
algo más propio de la literatura que le conocemos: utiliza el humor
para referirse a los poetas del barrio,y la sencillez de la gente. Pero
con ello no llega a desacralizar el tiempo mítico. De modo que hasta el
final de esta aguafuerte, se repite la tríada tiempo feliz, tiempo que
viví, tiempo presente. Obviamente, el tiempo feliz, el tiempo mítico,
realmente no tiene un lugar, son más bien las costumbres, el modo de
vida, la fe, de "otro tiempo", que en realidad, tampoco
encajan en una ubicación temporal precisa.
Ese tiempo, se mezcla
con los recuerdos de un tiempo cercano, -Arlt escribe todo esto, con
recuerdos personales, que se remontan hasta incluso un año antes- los
que a su vez, se mezclan con los recuerdos del presente. En esa tríada,
sin embargo, el tiempo mítico y el tiempo presente no se tocan; están
irremediablemente alejados uno del otro.
El texto termina así:
"A diez cuadras
de Rivadavia comenzaba la pampa. La gente vivía otra vida más
interesante que la actual. Quiero decir con ello que eran menos egoístas,
menos cínicos, menos implacables. Justo o equivocado, se tenía de la
vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico.
Se creía en el amor. Las muchachas lloraban cantando La loca del Bequeló.
La tuberculosis era una enfermedad espantosa y casi desconocida.
Recuerdo que cuando yo tenía siete años, en mi casa solía hablarse de
una tuberculosa que vivía a siete cuadras de allí, con el mismo
misterio y la misma compasión con que hoy se comentaría un
extraordinario caso de enfermedad interplanetaria.
Se creía en la
existencia del amor. Las muchachas usaban magníficas trenzas, y ni por
sueño se hubieran pintado los labios. Y todo tenía entonces un sabor más
agreste, y más noble, más inocente. Se creía que los suicidas iban al
infierno. Quedan pocas casas antiguas por Rivadavia, en Flores. Entre
Lautaro y Membrillar se pueden contar cinco edificios. Pintados de rojo,
de celeste o amarillo. En Lautaro se distinguía, hasta hace un año, un
mirador de vidrios multicolores completamente rotos. Al lado estaba un
molino rojo, un sentimental molino rojo tapizado de hiedra. Un pino
dejaba mecer su cúpula en los aires los días de viento.
Ya no están más ni
el molino ni el mirador ni el pino. Todo se lo llevó el tiempo. En el
lugar de la altura esa, se distingue la puerta del cuchitril de una
sirvienta. El edificio tiene tres pisos de altura.
También la gente
está como para romanticismo! Allí, la vara de tierra cuesta cien
pesos. Antes costaba cinco y se vivía más feliz. Pero nos queda el
orgullo de haber progresado, eso sí, pero la felicidad no existe. Se la
llevó el diablo."

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Describir
y ubicar
Esta nota de Arlt, nos
permite dos cosas a un tiempo. Hacer una recorrida por el Flores de
principio de siglo, de la mano de Arlt, tanto como hacer una recorrida
por Roberto Arlt, de la mano de Flores. Tenemos los mapas del lugar, los
lugares que Arlt menciona y algunos datos sobre personas que él
menciona. Lo interesante, es ver, también, cómo esos datos de la
memoria, emergen a partir de la simple vista de un molino viejo.
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A lo largo del texto,
el "callejeo" ha llevado a Arlt, a penetrar en diversos
niveles de profundidad en el pozo del tiempo. Allí, la memoria aflora,
fluctuando entre un tiempo más personal y otro menos auténtico e
incluso podríamos decir, ajeno. A partir de la visión original del
molino, la memoria se ha remontado a vivencias personales, pero también
a un implacable, reaccionario, tiempo mítico. Del tiempo mítico, nada
podemos decir. Sí en cambio, de los recuerdos puntuales. Existe una
serie de referencias históricas para cada uno de esos recuerdos. Con lo
cual formamos un cuadro de doble entrada: aquí los recuerdos, aquí las
referencias. Y la hipótesis que sustenta esa tabla de doble entrada,
está en las viejas caminatas de Arlt. Muchas de ellas, fueron,
seguramente las caminatas a los colegios. En cierta forma, las caminatas
abrieron su camino a la literatura. Y en los momentos en que anduvo mal,
se dice que Arlt "caminaba como un endemoniado". En esos
"callejeos", Arlt encontró una parte importante del archivo
de su literatura. Entre el espacio de las cosas que no le eran propias,
pero que podía ver desde afuera como una expansión de su territorio
-las quintas, las casonas, los molinos de viento- y la realidad de
aquellas que sí le pertenecieron -la propia calle, su casa, las
escuelas, las librerías, los cafés- Arlt armó parte de su propio
diccionario.
Aquel mundo del barrio
de Flores -la "parroquia" de los escritores, que era bien
distinta de la "sociedad local" o el lugar donde "todo el
mundo se conocía", los portones, los frentes, los molinos y los
jardines de las quintas, que eran bien distintos de las familias que
residían en su interior; el cine, el café, en fin, la misma calle- se
inscribieron como otro mundo dentro del propio Roberto Arlt.
Ese barrio de Flores,
inmerso en las contradicciones del progreso, del cual la presencia de la
familia Arlt en él, extranjera, nueva, pobre, era precisamente un síntoma,
se trata de presentar aquí, en "Molinos de viento en Flores";
desde la óptica del viejo conocedor. Pero este viejo conocedor, posee
recuerdos muy particulares, recuerdos que pintaron mejor para una
literatura que para una historia. Recuerdos que echan mano del del
tiempo mítico, recuerdos que incurren en errores, errores que no
perdonan las memorias localistas.

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