NOTAS SOBRE EL CINEMATOGRAFO
Por Roberto Arlt
(Simurg)
124 páginas - ($ 16)
COMO para Horacio Quiroga o para Borges, entre otros escritores de prestigio, también para Roberto Arlt el cine fue objeto de reflexión frecuente. Pero aunque el título lo sugiera y haya en esta recopilación unas pocas páginas que el autor define como impresiones sobre "los elementos que hacen dignas de atención a algunas películas", no es mucho lo que se hallará aquí de un presunto Arlt crítico de cine. En primer lugar, porque él mismo desiste del propósito considerando que cualquier juicio negativo resultaría insatisfactorio para el espectador ante el "hecho consumado". Pero, fundamentalmente, porque para un cronista como él, dueño de tal sagacidad y de tal espíritu socarrón, el cine era, sobre todo, un fenómeno popular cuya efervescencia le acercaba a cada rato escenas y personajes merecedores de su apunte revelador.
Por eso, hasta en las cinco "impresiones" que Arlt publicó en la sección Espectáculos del diario El Mundo y que aquí aparecen al comienzo -tras el sucinto e ilustrativo prólogo de Jorge B. Rivera-, en medio de la jugosa reseña del film en cuestión irrumpe el cronista para consignar o presumir -casi siempre en tono risueño- la reacción del espectador.
En el resto de los artículos -en su mayoría pertenecientes a la célebre columna de sus aguafuertes porteñas-, el creador de "El jorobadito" observa a sus congéneres en su más o menos reciente condición de espectadores de ese prodigio que ofrece "horas de olvido y ensueño por veinte guitas". Ve pasar así el entreverado desfile de personajes estimulado por el cine: las aspirantes a artistas que fatigan sus gargantas en clases de declamación, los que se esmeran por hallarle a cada uno su doble en la pantalla, los que arman picnics y comilonas en los cines (especie que, infelizmente, perdura), los fotogénicos, los vivillos que explotan la ilusión del candidato a estrella; las señoras que se desbaratan en suspiros por Valentino o por Ramón Novarro.
Son, claro, otros los personajes de la pantalla que encienden la emoción de Arlt. Lo impresiona Emil Jannings con su cuerpazo paquidérmico, su carota ancha y su mandíbula de buey, casi tanto como la humanidad de Chaplin, el de la sonrisa prodigiosa y contradictoria, el que es grande como Shakespeare y sabe encogerse regalonamente ante el poderoso cuando quiere hacerle "mimos a la adversidad".
En el fondo, más que el cine, a Roberto Arlt le interesaban sus ecos, quizás porque comprendió pronto que "la película pasa, pero la ardiente arenilla suspendida de sus imágenes queda fijada dentro de las conciencias".
Fernando López
(c) La NacionEncontrado en: http://www1.lanacion.com.ar/suples/cultura/980429/c-07.htm