Domingo 28 de mayo de 2000
EXHAUSTIVO RETRATO DE ARLT
Novela de una vida

JORGELINA NUÑEZ


De los muchos peligros que acechan la tarea del biógrafo, Sylvia Saítta ha sorteado casi todos. Probablemente porque ha decidido no situarse en el lugar de quien tiene en sus manos el poder de componer el mosaico de una vida, sino en el más cauteloso de quien toma al sujeto en cuestión bajo la luz de una mirada analítica. Por eso no cae en la fascinación amorosa que fatalmente pone en riesgo la construcción biográfica ni se abandona al placer que proporciona la narración a la hora de hacer más atractivos algunos pasajes. La mesura y el rigor rigen su trabajo pero, por sobre todo, la claridad de su objetivo: iluminar a Roberto Arlt como una figura histórica "producto de la masificación y la comercialización de la prensa y de la literatura" que condensa ciertos problemas de la sociedad y de la cultura de su época. En la composición de esa figura, la imagen del novelista torturado (la más difundida) no opaca las restantes. Por el contrario, ella constituye el primer mito que Saítta se vio en la obligación de cuestionar y al cual siguieron otros que fueron apareciendo a medida que la investigación avanzaba.

Porque la tentación de ofrecer a su público una determinada imagen de sí es muy fuerte; la primera premisa que debe asumir quien se encarga de la biografía de un escritor es la de poner en duda las palabras de éste. Como si se tratara de una lucha entre géneros -biografía versus autobiografía- a menudo la primera corrige y desmiente a la segunda. Al igual que Macedonio Fernández, Arlt falsea los datos de su nacimiento y se inventa un nombre. Pero mientras en Macedonio lo primero constituye un recurso lúdico para burlarse de la autenticidad de cualquier autobiografía, en Arlt responde a motivaciones más oscuras, o al menos, reside en la intención de encontrar en su nombre una filiación literaria. Saítta comprueba que en la partida de nacimiento no figuran ni Godofredo ni Christophersen, los nombres que según el escritor su madre le había dado, en alusión a la Jerusalén Liberada de Torcuato Tasso. Arlt fue inscripto como Roberto, a secas.

Entre los años de los que poco se sabe, se cuentan los cuatro que pasó en Córdoba, a partir de 1920. Fue allí donde conoció a su esposa, Carmen Antinucci, donde se casó y tuvo a su hija Mirta. A pesar de que Saítta se cuida bien de no extrapolar los hechos sobre la ficción, no puede dejar de señalar en esta etapa algunos aspectos que ocupan un lugar significativo dentro de su narrativa. La incomprensión de su esposa y de toda su familia política, que descreen de su talento de escritor y le exigen que trabaje de cualquier otra cosa para mantener el hogar, cimentan un odio que tendrá consecuencias. "Arlt comienza a urdir una venganza que tendrá a la literatura como herramienta. Porque con la suegra ingresarán a su literatura las Elsas y las Irenes, que torturarán y humillarán a sus hombres hasta convertirlos en víctimas". La protección y el cariño que sus vínculos familiares le negaron pudo encontrarlos, en cambio, en la persona que representaba su antítesis: Ricardo Güiraldes ofició de padre en lo laboral, lo económico y lo afectivo.

De la mano de Güiraldes y con su primera novela bajo el brazo, Arlt ingresa en el mundo de la literatura y del periodismo casi al mismo tiempo. Empieza a escribir una columna en la revista Don Goyo y entra en contacto con los escritores vanguardistas. Saítta analiza las declaraciones del escritor en esa época y señala que es entonces cuando empieza a construir el mito del autor postergado. "Su posición en el campo cultural", apunta con acierto, "está lejos de ser la de un vanguardista: Arlt desdeña el reconocimiento de los pares -pues no lo considera suficiente- y busca un reconocimiento que la crítica oficial no está dispuesta a otorgar. ¿Cómo ser rupturista y buscar, al mismo tiempo, el aval de la tradición? Esta paradoja describe, mejor que ninguna, la ubicación siempre incómoda de Roberto Arlt." Es fácil advertir por qué el espacio que se le dedica a su labor como novelista es escaso en comparación con el que reciben sus afanes como periodista. Terreno profusamente trabajado por la crítica, a la que la autora le cede la palabra en varias ocasiones, desde el punto de vista biográfico es menor en relación con una profesión a la que se entregó en cuerpo y alma. Y no sólo porque ella representa su mayor medio de subsistencia sino porque constata que a través de sus notas produce efectos concretos sobre la realidad. Mucho más que un aguafuertista que escribe con mordacidad e ironía, Arlt encarna al personaje del periodista investigador que se mete a fondo en los problemas para denunciar y presentar pruebas. Sus intervenciones fueron tan decisivas en algunos temas -cuya exposición es otro de los logros de esta biografía-, que Saítta no duda al afirmar que "la historia del periodismo argentino y la historia de Arlt coinciden y se suporponen; leer una sin leer la otra es empobrecer a ambas".

Las razones por las cuales el autor de Los siete locos se interesa por el mundo del teatro parecen ser las mismas que lo acercan a la militancia política. La minuciosidad con la que se abordan sus incursiones en este terreno pone al desnudo ya no la paradoja sino la franca contradicción. Los grupos de izquierda a los que se acerca codician su presencia pero pronto la rechazan, al descubrir su irreductible heterodoxia y su confusión en materia ideológica. Ya en la madurez, Arlt pretende subsanar su falta de formación y se entrega de lleno al estudio, recomienda la lectura de los textos clásicos del marxismo y, cuando regresa luego de un año de viajar por Europa, se impone una disciplina que pronto lo agota: "Pese a trasnochar, se levanta todos los días a las nueve de la mañana, estudia dos horas diarias de inglés, tres horas de piano, trabaja en el diario, asiste a las representaciones del Teatro del Pueblo y, en las horas libres, continúa con la escritura de ficción". El ritmo vertiginoso que lleva es el mismo que imprime a sus tumultuosas relaciones amorosas. Resulta invalorable el reciente testimonio que Saítta obtuvo de su segunda esposa, Elisabeth Mary Shine, para conocer un poco mejor el complejo mundo afectivo del escritor.

La biografía es el arte de exponer una vida atendiendo a los datos que brinda la documentación, a los que se le imprimen una determinada estructura y un estilo narrativo. Pero no se trata sólo de un proceso intelectual. Para estar plenamente lograda, debe saber leer con astucia y sensibilidad ciertas claves que constituyen los núcleos de la experiencia del otro en relación con determinado contexto. Tarea ardua que El escritor en el bosque de ladrillos cumple con cuidadoso equilibrio.

Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/suplementos/cultura/2000-05-28/e-00801d.htm