Arlt o el golpe del futuro
Ariel González Jiménez
Roberto, entonces, trabajaba como secretario privado de Güiraldes.
Georgie llegó a la revista para entregar una nota.-Traía... un... artículo -dijo Georgieespaciando las palabras, avergonzado por ser obvio.
-Güiraldes no está. Si querés, dejámelo a mí. Para eso soy su secretario.
-Me hablaron de vos. Ricardo dice que escribís bien...
-No, el que escribe bien es él; yo escribo con rabia.
-¿Como un ruso, entonces? ¿Viste que los rusos siempre están desesperados?
-¡Sos gracioso vos! Sí, es cierto, escribo como un ruso, por fatalidad, porque no sé hacer otra cosa.
-La incógnita es saber si uno puede ser y escribir como otro...Pedro Orgambide, El Escriba
"Arlt explora Buenos Aires y,
a la vez, se deja conducir por sus
extraños e inquietantes seres"Realidad y capricho se entrelazan en el centenario de Roberto Arlt. Nos valemos de su acta de nacimiento para celebrarlo el pasado 26 de abril. Damos por hecho su nombre y admitimos como un lugar común su genialidad literaria. Pero él tal vez hubiera preferido nacer el 2 o el 7 de abril -como efectivamente llegó a asegurar que había ocurrido- "bajo la conjunción de los planetas Saturno y Mercurio". O llamarse Roberto Christophersen Arlt y, ocasionalmente, Roberto Godofredo Christophersen Arlt, sumando su voluntad a la de sus padres. Y ser reconocido y admirado no sólo por su talento artístico sino por sus inventos. (¡Ah, esas medias vulcanizadas cuyo punto no se corre y que le hubieran acarreado la mayor simpatía femenina!)
Todo ello se inscribe en el campo de la provocación y las preferencias más singulares. Lo ideal es poderse inventar uno mismo los derroteros de su existencia. Decidir alegremente este o aquel destino. Arlt lo desea, pero sabe que la suerte está echada de manera dispar; que la sustancia de su vida no se corresponde con la de esos triunfadores de la literatura, el teatro, el periodismo o la política que él conoce muy bien. Los envidia, es cierto, pero también los observa en toda su pequeñez, con odio y burla.
Hijo de inmigrantes, mantiene y desarrolla todas las angustias de quienes sueñan con otra fortuna y para ello no tienen más que su laburo, el trabajo interminable. A éste y a sus resultados se atiene hasta el final (cuando su corazón cesa de latir a los 42 años), como una certeza vital: "Lo único que sé es que voy a trabajar, vaya adonde vaya. La única válvula de escape que tengo en la vida es eso: escribir. El agrado que recibo es saber que me leen".
No exagera, pues, al señalar que para él escribir "es un lujo" que se debe pagar con gran esfuerzo. "No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo". Su obra tendrá que ser escrita a contracorriente, venciendo limitaciones objetivas, así como las que se desprenden de una autoestima devaluada. Su espacio: la casa paterna del barrio de Flores, humildes pensiones, la congestionada redacción de los diarios donde trabajó (Crítica y El Mundo, entre otros) o la mesa de algún bar o confitería ("La Brasileña", de la calle Maipú).
La escritura de Arlt se produce incesacente, copiosa y original a través de un ejercicio que aparentemente no conoce mayores placeres ni refinamientos estilísticos pero que es eficaz. Su prosa se realiza en un estallido de frenética hiperactividad: apuntando, escribiendo, corrigiendo, pegando y recortando una y otra vez. Nada lo detiene. Ni los correctores ni los editores, menos aún los críticos. Uno de éstos llegó a decir: "De conocer el idioma en que escribe, Arlt podría llegar a conquistar nombre y fortuna escribiendo novelas de aventuras: ésa es su verdadera vocación".
Y sus novelas son de aventuras, ciertamente, pero de un tipo que no toda la crítica de su tiempo supo ver. O ¿qué es El juguete rabioso sino la aventura de un joven desesperado por la miseria? Y Los siete locos y Los lanzallamas, ¿no son ejemplos de una zaga caótica y extraña con abismos y desfiladeros de la razón?
Quizá por explorar algunas regiones oscuras y marginales de la realidad (precisamente aquéllas que en la floreciente Argentina de los años 20 y 30 más se encuentran ocultas) a Roberto Arlt se le exige desde distintos flancos corrección y estilo, compromiso político y estético. Y el autodidacta justificará, convencido: "Me atrae ardientemente la belleza... Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados". En otro lugar precisará: "En literatura leo sólo a Flaubert y a Dostoievski, y socialmente me interesa más el trato con los canallas y charlatanes que el de las personas decentes".
Obviamente Arlt no estaba pensando en el realismo socialista ni mucho menos en exaltar a los pobres moral o socialmente, pero tampoco su obra mantiene vinculación alguna con las preocupaciones ni el lenguaje que moviliza obras como las de Ricardo Güiraldes (que fue para él como un padre) o Borges.
"Su féretro sobre Buenos Aires,
imagen de Arlt en la literatura argentina"Para Arlt todo esto no forma ni siquiera un paisaje extremo. Su perspectiva está en la desesperanza, el fastidio, la miseria de las calles y sus hombres... Y lo que de ahí resulta no es simplemente una "novela social", sino una novelística que juguetea rabiosamente -valga la paráfrasis- con los personajes humillados y desalentados, desviados, delirantes y marginados, de la sociedad.
El lenguaje que refleja todo esto es novedoso, rico en posibilidades. Con plena conciencia Arlt defiende este carácter renovador de su obra, porque sabe que más allá de su incorrección lo que está en juego es el valor mismo de un habla popular: "Escribo -dice- en un `idioma` que no es propiamente el castellano sino el porteño. Sigo toda una tradición: Fray Mocho, Félix Lima, Last Reason... Y es acaso por exaltar el habla del pueblo, ágil, pintoresca y variable, que interesa a todas las sensibilidades. Este léxico, que yo llamo idioma, primará en nuestra literatura a pesar de la indignación de los puristas, a quienes no leen ni leerá nadie".
Con esta habla y escritura Arlt explora Buenos Aires y, a la vez, se deja conducir por sus adivinos, prostitutas, anarquistas, astrólogos, teósofos y ladrones, extraños e inquietantes seres que luego le servirán de modelo para sus obras. Noé Trauman, ácrata y rufián polaco, mutualista y tratante de blancas a un tiempo, con quien Arlt bebe pernaud y pasa horas escuchando el relato de su existencia, inspirará a Haffner, personaje de Los siete locos.
También el mismo Arlt pone mucho de sí en Silvio Astier, protagonista de El juguete rabioso, para contarnos de su percepción de la vida "como un gran desierto amarillo" y del inmenso vacío en esta tierra impía: "Míseros, no tenemos un Dios ante quien postrarnos y toda nuestra pobre vida llora".
En su obra todas las situaciones y posibilidades están organizadas para que la trampa de la vida se complete, mostrando el tránsito a un (re)sentimiento maldito o desquiciante. Ser canallas o locos, triunfadores o fracasados. Ahí está el centro de un conflicto que destruye toda buena conciencia. Arlt, el cronista de La vida puerca (así era el primer título de El juguete rabioso), convoca todos los temores, excesos y delirios que el mundo ha sembrado para seguir siendo mundo.
Cuenta Ricardo Piglia: "Una tarde Juan C. Martini Real me mostró una serie de fotos del velatorio de Roberto Arlt. La más impresionante era una toma del féretro colgado en el aire con sogas y suspendido sobre la ciudad. Habían armado el ataúd en su pieza pero tuvieron que sacarlo por la ventana con aparejos y poleas porque Arlt era demasiado grande para pasar por el pasillo".
"Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires -añade Piglia- es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina... siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana."
Leer a Arlt significa indagar en esta metáfora. No es difícil. El, que había escapado del fracaso haciéndolo la materia prima de su literatura, confiaba por fin en el futuro. "Es nuestro", decía, como robándole esta palabra a un manifiesto, mientras anunciaba la creación "en orgullosa soledad" de obras que encerrarían "la violencia de un `cross` a la mandíbula". El futuro siempre pega fuerte.
Ariel González Jiménez es periodista. Actualmente radica en Argentina.
Encontrado en: http://www.etcetera.com.mx/2000/380/agj380.html