Periférico Arlt
Esperanza López Parada
El relato que hace Ricardo Piglia del velorio de Roberto Arlt en 1942, con un féretro que, al no poder sacarse por la puerta, se desciende mediante polea y sogas en la atmósfera contaminada de una ciudad convulsa, funciona como una nota, escueta pero elocuente, de lo que es y significa este autor. En el ataúd, que se bambolea peligrosamente sobre Buenos Aires con su carga más penosa, está toda la novela confusa, subterránea, esperpéntica, grotesca, dolorida de este novelista y dramaturgo incalificable, él mismo en el límite entre la vida y la muerte, lo decente y lo serio, lo trágico y lo cómico.
Desde allí arriba, por última vez, contemplaría Arlt la ciénaga urbana que había sido su material literario, que había conocido en sus peores entresijos e intimidades y que había descrito sin ascos a sus más sucios detalles o sus truculentas escenas. Lo que no quiere decir que hubiera trabajado nunca y exclusivamente como un escritor atento y costumbrista, el realista tenaz al que, en algún momento de su recepción, se le quiso reducir. A Roberto Arlt se le consideró un narrador naturalista y comprometido frente a los encajes de bolillos del Borges ciego, desmemoriado y onírico. La guerra que algunos argentinos mantienen entre esos dos nombres alcanza incluso a suponer lo que habría sido de la literatura nacional, si el modelo y patrón de medida no lo hubiese suministrado éste último y dependiese enteramente de aquél. Una suposición, por otro lado, más que improbable, dado que con ella se pretendería conceder poder de representatividad a alguien que, como Arlt, será siempre un periférico.
Él parece sentirse muy bien al margen del dictamen con su indiferencia hacia la adversa crítica que recibiera, al margen del gusto y de lo supuestamente honesto con su desprecio por hipócritas convenciones morales y hasta en la frontera de lo legible con su descoyuntado estilo, sus faltas ortográficas o de sintaxis, sus caídas léxicas en la jerga y el lunfardo.
Y aunque retrata puntualmente espacios paranoicos como los del Estado, el anarquismo, el golpismo fascista, el capitalismo salvaje o el despropósito industrial, aunque reúne una completa galería de tipos, catálogo de horrores o corte de los milagros, tropel de mutilados, paranoicos, rufianes, prostitutas, proxenetas, ladrones y culposos, Arlt lo combina todo con peculiares cargas de profundidad metafísica.
Hijo de inmigrantes, enajenado él mismo, se mueve por la ciudad con la agilidad traqueteante de un sonámbulo. Son personajes suyos los «genios apócrifos, los literatos de mostrador, los inventores de barrio y profetas de parroquia, los filósofos de centros recreativos y confesores de café», la muchedumbre errante de desposeídos que se traslada continuamente de un punto a otro. La urbe que se desborda a sí misma y que expulsa a sus hijos se convierte en su escenario; el lumpen es su atmósfera, su modus operandi, el lugar donde decide establecer su irregular prosa, su verbo cojo.
Y el dolor se transforma en su cometido principal, dolor sin grandiosidad ni virtud, dolor sin lenitivos, en lo más crudo de sus peores muecas. Así, sus seres de la calle y del extrarradio no tendrán fuerzas ni para resultar de verdad canallas o antihéroes y acaban comportándose con una miserabilidad que supone el mayor sufrimiento: el protagonista de Los lanzallamas (1931) es un obsesivo, un perturbado que ambiciona el más alto homicidio o el atentado terrorista y termina su existencia con un asesinato apenas vulgar y doméstico.
No hay pausa ni comedimiento en este retrato de almas demediadas que se afanan a la búsqueda de alguna redención, que persiguen la pureza a veces hasta lo abyecto y delinquen como otra vía posible para redimirse. Porque, igual que en un relato ruso de Dostoievski, del que era Arlt rendido admirador, el hombre es aquí un pobre simio pálido o un místico laico, a la caza y captura del hecho, noble o aberrante, que le otorgue un principio básico de sentido. Esa salvación perseguida para alcanzar algún atisbo de realidad puede encarnar en sus contrarios y articularse de una manera extrema, bajo el aspecto del vicio, la degradación, la iniquidad, la delación: un gesto último cuya radicalidad lo vuelva irrevocable, un gesto definitivo y desesperado que calme la exigencia de plenitud y restituya las fuerzas. La falta, el pecado se convierten en una prueba de esencia, se peca para existir y obtener una cierta conciencia de sí, para «ver cómo se comporta mi sensibilidad en la acción de un crimen».
Realmente, una novela de Roberto Arlt se despliega como un laboratorio en que se experimentase con todas las posibilidades de la condición humana y con los actos más corruptos. Constituye de este modo una curiosa antropología, una antropología señala Juan José Saer «atravesada por el mal, por la imposibilidad y la impotencia» a las que Arlt fue capaz de mirar de frente. Y lo más interesante es que dicha antropología se articula con ayuda de modalidades populares y géneros humildes de la cultura de masas: el melodrama, del que parece extraer un sentimentalismo siempre puesto en solfa, o el folletín y la novela negra, que proporcionan el corazón de sus textos en forma de conspiración, de complot, de dato delictivo y anagnórisis brutal. La potencia de transgresión de Arlt llega hasta ese punto, hasta elegir escrituras no prestigiadas para contar una historia de tragedia y de horror.
Pero esa ambivalencia suele ser en él habitual y los tonos se mezclan, se confunden, se degradan: el materialismo se puede vislumbrar como un modo subrepticio de ascetismo, el terrorismo como una operación higiénica; la prostitución, uno de los caminos del conocimiento. Y la tarea política puede parodiarse en sociedad secreta que conspira para instaurar un nuevo orden, mezcla de excelsitud y de oportunismo, de agrupación bolchevique y corporación comercial. En realidad, parece haber poca distancia entre los discursos y las voces. La arenga gubernamental no puede, por ejemplo, distinguirse de la profecía ocultista. Una conjura esotérica y un programa revolucionario son lo mismo y un político es igual a un astrólogo, ambos manejan el mismo potencial de fabulación, de charlatanería y de espejismo ilusorio.
A Arlt le interesan este tipo de cambalaches que en el fondo demuestran cómo todo depende del modo en que se cuente, cómo el contenido depende de la fábula y cómo la ficción es el primer motor del mundo, lo que uno de sus personajes llama «la verdad de la mentira».
Con esos elementos, era simplemente imposible que la crítica de la época no le reprochara incoherencias, infracciones a la ortodoxia y monstruosidades arbitrarias; imposible también que no intentara, más tarde, amansar ese capital de desorden con expresiones y etiquetas del tipo expresionismo y existencialismo para aprehender lo que, con su desproporción, esta obra estaba poniendo en movimiento. Porque lo que esta obra inaugura es una experiencia de la angustia como no volvemos a escuchar hasta Onetti, uno de sus más rigurosos herederos, y una capacidad de denuncia y de desmesura, difícilmente sofocables.
De hecho, se ha hablado de los textos de Arlt en tanto textos de crisis para la que no hay salida alguna, prosas violentas, dotadas de un imaginario extremista, frente al que no se cede un instante y no hay paliativos. El ataúd del escritor, ladeándose en un aire depauperado, no parece que vaya a dejar de atentar con su morboso peso sobre las cabezas de viandantes y lectores.
Encontrado en: http://abc.es/cultural/historico/semana-68/fijas/libros/escaparate_010.asp