Centro Virtual Cervantes. Rinconete

AGUAFUERTES DE ARLT

 

11. Hombre de ciudad en el pueblo


Martes, 28 de noviembre de 2000


Por Sergio León Gómez

Nostalgia de la vida provinciana expresa Arlt en estas dos instantáneas en las que subraya los contrastes entre las incomodidades y sinsabores de la gran urbe y la plácida vida de los pueblos. La narrativa de las tres primeras décadas del siglo XX en Hispanoamérica plantea ese conflicto en obras como La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera y Don Segundo Sombra (1926), de Ricardo Güiraldes. Del mismo modo, Arlt resuelve ese conflicto en El juguete rabioso (1926) con la huida de Silvio Astier de Buenos Aires hacia la provincia de Neuquén.

Yo, hombre de ciudad, sujeto que me encuentro perfectamente cómodo en los cafés humosos y en las bocacalles ensordecedoras con el estrépito de los claxons y los letreros parlantes, me imagino que la vida en estos pueblos debe ser sustancialmente distinta de la que hacemos nosotros, pobladores de cuevas de cuatro por cuatro y balconcitos para pigmeos. Porque nosotros, hombres de ciudad, estamos acostumbrados a un espacio de dieciséis metros cuadrados. A la oscuridad de los departamentos. Y a todo lo francamente abominable que el progreso, la tacañería de los propietarios y los digestos municipales han amontonado sobre nuestras cabezas.

En cambio estos pueblos…

Uno va por las calles como si fuera inquilino de la pequeña ciudad. Solo. Nadie lo empuja, no hay círculos de papanatas, ni vigilantes en las esquinas. Se puede pensar. Se puede reír sólo.

Los trenes pasan dejando con sus pitadas un reguero de distancia, luego el silencio, un pájaro que tiembla encima de una rama, una mujer distante que con la cabeza cubierta de un velo negro va hacia la iglesia, y todo ese conjunto de pequeñísimas cosas: un postigo que se entorna, una mujer que tras una reja lo mira, un señor gordo que entra a la farmacia, un coche que pasa, le deja a uno en los labios el sabor de la vida añeja.

Y el alma más tumultuosa se siente aquietada.

Tomado de Roberto Arlt, «Hombre de ciudad», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol II, pág 237

 

12. La inteligencia de las mujeres

Jueves, 7 de diciembre de 2000


Por Sergio León Gómez

Demoledora imagen del género femenino la que nos ofrece Arlt en esta Aguafuerte en la que pone de manifiesto la lucha de sexos a la que se ven abocadas las parejas. Este enfrentamiento parece inevitable en una sociedad de apariencias e intereses en la que los seres humanos son instrumentalizados. No se libran las mujeres de su brutal análisis, en cuanto ellas participan de un juego cuya finalidad es mantener el orden establecido, a través de la institución del matrimonio. Víctima o verdugo, Arlt rechaza este tipo humano convencional, quizás porque aspira a una pureza imposible en un mundo degradado por la ambición y el afán de progreso.

La inteligencia de las mujeres

«La mujer tiene una antipatía instintiva por el hombre inteligente. Sabe que podrá engañarlo relativamente. Sabe (y eso, sin que les hayan enseñado, son más advertidas que el hombre) que el individuo inteligente es su enemigo, que la sondeará tanto y tanto hasta que toda la apariencia de que está revestida se va a desmoronar, y de allí que una mujer, cuando se encuentra en presencia de un individuo que sospecha poco común, calla y lo observa. Su sistema es callar. El otro habla, se descubre; ella observa. ¿De qué modo puede engañarse a ese hombre? ¿De qué manera se le puede destrozar el alma, dominarlo, hundirlo, moverlo como un fantoche?

Lucha endemoniada y curiosa.

Aquello que comenzó como un insignificante «programa»; la muchachita que de primera intención usted juzgó equivocadamente, despacio va desenvolviendo su carácter terrible, mostrando las uñas; y si usted es un imbécil, ella juega con su alma como el gato con el ratón.

Claro está que ese juego fracasa con un individuo medianamente observador. Usted lentamente irá anotando las contradicciones, las mentiras pequeñas o grandes, acumulando pruebas que un día dan como resultado un conjunto negativamente psicológico, y la mujer lo sabe. De allí que esas muchachas que por las calles vemos acompañadas de solemnes marmotas, no son tan tontas como creemos. No, amigo. Son vivísimas. Demasiado vivas, siempre que encuentren a un gilito, como dicen ellas.»

Tomado de Roberto Arlt, «Antipatía», Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 309

 

13. Esto es el paraíso

Jueves, 14 de diciembre de 2000


Por Sergio León Gómez

El discurso de Arlt se inserta en el de la crisis social, consecuencia de fallidos intentos de la burguesía por afianzar modelos democráticos en Hispanoamérica. Prueba de ese fracaso es el cuartelazo del 30 en Argentina. No es esta la época de Lugones que creía en el progreso. Arlt, en cambio, ve el lado amargo de la emigración, la desesperanza y la angustia del ser humano, abandonado a su suerte, en las calles de una ciudad despiadada. Por esta razón no quiere contemporizar ni con la estética modernista, ni con la vanguardia.

Esto es el Paraíso

Muchos se dirán (¿qué tiene que ver el conventillo con todo lo que voy escribiendo? Pero ya llegaremos al grano.)

El señor Lugones encuentra bolcheviques a los escritores que, como Mariani, Barletta, Castelnuovo, Tuñón y yo, quizá, se han ocupado de la mugre que hace triste la vida de esta ciudad.

El señor Lugones encuentra mal que todos los muchachos de la izquierda, es decir, del grupo llamado de Boedo, se ocupen de la miseria y de la angustia de los hombres argentinos. Él prefiere las frases, las rimas de azul de metileno con las durezas del tungsteno y otras combinaciones por el estilo que, con un poco de dificultad y otro poco de ingenio, constituye cualquier estudiante aventajado, y las prefiere porque mentalmente está constituido para eso y porque todo lo útil que dejó de escribir, habiéndolo podido hacer, se resuelve en su entendimiento, que no puede admitir sino que el camino que ha seguido es el verdadero.

Esto no tendría importancia si no desviara el criterio de los lectores, sobre todo el de aquellos lectores para quienes la letra de imprenta y una firma que ha hecho ruido en torno de sí, son artículo de fe.

Tomado de Roberto Arlt, Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 391

 

14. Analfabetismo parlamentario

Miércoles, 20 de diciembre de 2000


Por Sergio León Gómez

Hacer discursos a los políticos ha sido y es una de las formas de ganarse la vida que han encontrado los escritores hispanoamericanos. A cambio de poner su pluma al servicio de los caudillos de turno, muchos de ellos fueron premiados con cargos diplomáticos. Rubén Darío, el príncipe de las letras fue premiado por el déspota Rafael Núñez, que lo envió como representante de la legación colombiana en Buenos Aires. También es cierto que, gracias a esa intervención, digamos que de la providencia, el modernismo como movimiento se fue gestando en Buenos Aires, ciudad que Darío designó «Cosmópolis». Del mismo modo, pusieron su pluma al servicio de los gobernantes de turno de sus países o de los vecinos, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y el radical colombiano José María Vargas Vila, conocido como el más grande panfletario de América. Protegido por el venezolano Joaquín Crespo, éste pudo lanzar sus diatribas contra el tirano Rafael Núñez que lo había condenado al exilio. Roberto Arlt no puede evitar ironizar sobre la triste realidad de los escritores a merced de sus mecenas.

Analfabetismo parlamentario

¡Oh, cruel González Iramain!… No, esto no se le puede perdonar.

¿Qué hacía uno antes, cuando estaba aburrido? Pues, concurrir al Congreso. El elemento recreativo del «salón de los pasos perdidos» eran los discursos. La literatura parlamentaria. La poética parlamentaria. La metáfora parlamentaria.

Cada señor diputado caía con su discursito escrito. Por lo general el discurso no era suyo. Lo sé de buena fuente. Así, Roberto Mariani, escritor, estuvo mucho tiempo haciéndole discursos a un actual diputado de la Boca. «Me ganaba la vida» —decíame éste—. Y el otro ganaba popularidad.

Bueno, caían los diputados..., todos con su discursito en la faltriquera..., y para despistar escrito a máquina y en papel de seda. El mamotreto espantable regocijaba a la «barra». Había algunos de los concurrentes que acudían allí cuando sabían que hablaría un diputado de su predilección. Hay diputados con estilo. ¡Y qué estilo! Por ejemplo, Oyhanane es un admirable estilista. Cultiva la nueva sensibilidad en sus metáforas. Yo lo leo devotamente sin entenderlo. Se trata de un hombre tan superior que, precisamente, para que ustedes se den cuenta les contaré:

El día lunes, y 13, pensaba yo suicidarme, cuando comencé a leer el discurso de Oyhanarte. Al llegar a este párrafo: «el ojo de los grandes designios, con su pupila insomne, se clava obsedante...», me eché a reír y abandoné toda idea de mortandad. La literatura de floripondio me había salvado. Y el crudo e inexorable González lramain quiere privarnos de este único placer que nos queda. Pero ¿se dan cuenta ustedes?

Tomado de Roberto Arlt, Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 624

 

Encontrado en: http://213.4.108.133/actcult/arlt/