Centro Virtual Cervantes. Rinconete
AGUAFUERTES DE ARLT
2. El lunfardo Lunes, 18 de septiembre de 2000
Por Sergio León GómezComo sabemos, el lunfardo es el argot porteño, el de Buenos Aires: se trata de una jerga sólo para iniciados, los lunfas, es decir, los ladrones, que utilizan un lenguaje para excluir a los demás de sus actividades ilícitas, pero también para diferenciarse de ellos. El juguete rabioso es una verdadera mina en este sentido y Roberto Arlt era consciente de que en su escritura incorporaba este argot a la tradición literaria.
Del diccionario italiano español y español–italiano:
Furbo: engañador, pícaro.
Furbetto, Furbicello: picaroncito.
Furberia: trampa, engaño.El autor de estas crónicas, cuando inició sus estudios de filología «lunfarda», fue víctima de varias acusaciones entre las que las más graves le sindicaban como un solemne macaneador. Sobre todo en la que se refería al origen de la palabra berretín, que el infrascripto hacía derivar de la palabra italiana berreto y de la del squenun, que desdoblaba de la squena o sea de la espada en dialecto lombardo.
Ahora, el autor triunfante y magnificado por el sacrificio y el martirio a que lo sometieron sus detractores, aparece en la liza como dicen los vates de los Juegos Florales, en defensa de sus fueros de filólogo, y apadrinando la formidable y bronca palabra furbo que no hay malandrín que no la tenga veinte veces al día en su bocaza blasfema.
Yo insistía en los estudios anteriores que nuestro caló era el producto del italiano aclimatado, y ahora vengo a demostrarlo con esta otra palabra.
Tomado de Roberto Arlt, «El “furbo”», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, págs 63-64
3. El hombre corcho Lunes, 25 de septiembre de 2000
Por Sergio León GómezRoberto Arlt demuestra en sus Aguafuertes un conocimiento de la complejidad del alma humana, que escudriña en sus manifestaciones externas como en sus secretas y vergonzantes motivaciones. El paisaje humano de su ciudad se puebla de vividores que utilizan su ingenio para sortear la miseria, como «el hombre corcho», criatura de una sagacidad animal.
El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los pilletes.
Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablarnos de su asunto, os dice:
—Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen nombre ni mi honor quedan afectados.
Bueno, cuando malandra de ésta o de cualquier otra categoría os diga que «su buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso», póngase las manos en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.
Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.
Tomado de Roberto Arlt, «El hombre corcho», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 119
4. Padres negreros
Miércoles, 4 de octubre de 2000
Por Sergio León Gómez
Las Aguafuertes de Arlt constituyen una suerte de sociología urbana en la que el autor traza dolorosamente los rasgos de ciertos tipos humanos de la clase media porteña. El autor apunta a una sociedad donde la familia también está marcada por relaciones de poder. Pero no generaliza, sino que establece tipologías, como la del «padre negrero», para llamar la atención sobre la explotación que sufren los hijos en manos de estos grotescos e insensibles personajes.
Recuerdo que otra mañana que encontré en una calle de Palermo a un carnicero gigantesco que entregaba una canasta bastante cargada de carne a un chico hijo suyo, que no tendría más de siete años de edad. El chico caminaba completamente torcido, y la gente (¡es tan estúpida!) sonreía, y el padre también. En fin, el padre estaba orgulloso de tener en su familia, tan temprano, un burro de carga, y sus prójimos, tan bestias como él, sonreían, como diciendo:
—¡Vean, tan criatura y ya se gana el pan que come!
Pensé hacer una nota con el asunto; luego otros temas me hicieron olvidarlo, hasta que el otro acto me lo recordó.
Cabe preguntarse ahora, si estos son padres e hijos, o qué es lo que son. Yo he observado que en este país, y sobre todo entre las familias extranjeras, el hijo es considerado como un animal de carga. En cuanto tiene uso de razón o fuerzas lo colocan. El chico trabaja y los padres cobran. Si se les dice algo al respecto, la única disculpa que tienen esos canallas es:
—Y… ¡hay que aprovechar mientras que son chicos! Porque cuando son grandes se casan y ya no se acuerdan más del padre que les dio la vida. (Como si ellos hubieran pedido antes de ser que les dieran la vida.).
Tomado de Roberto Arlt, «Padres negreros», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 128
Encontrado en: http://213.4.108.133/actcult/arlt/