Centro Virtual Cervantes. Rinconete
AGUAFUERTES DE ARLT
5. Fauna tribunalesca Lunes, 16 de octubre de 2000
Por Sergio León Gómez
En su antropología urbana, Arlt no deja por fuera a los abogados tan denostados por su maestro Quevedo, quien arraiga en Hispanoamérica en autores como Valle y Caviedes y Terralla y Landa, españoles emigrados a las Indias. Los dos nos dejaron sus desencantos en la sátira que Arlt recoge como herencia y que nos devuelve en textos tan breves como contundentes.
Fauna tribunalesca
Bien lo dijo Quevedo:
Abogados y escribanos son aprendices de tósigo y ponzoña graduada», queriendo dar a entender con ellos que era preferible sufrir la acometida de un toro furioso a entrar en relaciones con semejantes bicharacos, despojadores de viudas y enemigos natos del huérfano.
Y hoy escribo esto porque una magnífica sociedad compuesta por el abogado Galina y el escribano Virginillo, ha sido acusada por una respetable viuda de haberla despojado de todos sus bienes en forma dolosa, lo cual es sumamente grave.
Tan grave que el juez ha dictado prisión preventiva contra uno de los acusados y el otro pasará raspando a la cárcel, si no deja bien sentada su inocencia.
¿Quién no ha visto el gato y el bofe?
Llega la dueña de la casa de la carnicería con un trozo de bofe envuelto en un papel de diario, y aún nadie la ha visto entrar, que el gato, tiesa la cola, enarcado el lomo, plañidero el maullido, implora su partición de una manera conmovedora.
Lo mismo ocurre con ciertos abogados y escribanos en presencia de una herencia. El olor del dinero les pone tan nerviosos, que antes de enfriarse el difunto están ya merodeando por la casa mortuoria, ¡ y hay que verlos para creer!
Se acercan a la viuda y al huérfano, compungidos de tanta desgracia, y ellos, cuyo corazón es de duro pedernal y de resistentísimo acero, vierten lágrimas de cocodrilo, y vigilan a los parientes con mirada avizora, temerosos de que se les escape la sucesión.
Tomado de Roberto Arlt, «Fauna tribunalesca», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág 139
6. El hombre del apuro Martes, 24 de octubre de 2000
Por Roberto ArltLa eficacia de Arlt está quizás en la cercanía que establece con los lectores, convirtiéndose él también en blanco de sus ironías. Él, «el hombre del apuro», les habla de la penosa situación del escritor que a diario se esfuerza por ganarse a su público para asegurar su sustento.
El hombre del apuro
El hombre que «necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta» no es un mito ni una creación de los desdichados que tienen que servirle todos los días un plato humorístico a los lectores de un periódico; no.
El hombre que «necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta», es un fantasma de carne y hueso que pulula en rededor de los Tribunales…
En el momento en que terminaba de escribir la palabra «los tribunales» una ráfaga tibia ha venido de la calle, y el tema del hombre que necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta, se me ha ido al diablo. Y he pensado en el hombre del umbral; he pensado en la dulzura de estar sentado en mangas de camisa en el mármol de una puerta. En la felicidad de estar casado con una planchadora y decirle:
—Nena, dame quince guitas para un paquete de cigarrillos.
[…] Porque todos los consortes de las planchadoras son fiacas declarados. El que más labura es aquel que hace diez años fue cartero. Luego lo exoneraron y no ha vuelto a laburar. Deja que la mujer pare la olla con la cera y el fierro. Él es cesante. ¡Quién fuera cesante!
Tomado de Roberto Arlt, «El hombre del apuro», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 147
7. El idioma de los argentinos Lunes, 30 de octubre de 2000
Por Sergio León GómezEn sus opiniones sobre el idioma de los argentinos Arlt y Borges, coinciden. La energía con la que Arlt rechaza las opiniones de
este señor Monier es la misma que manifiesta Borges contra el
insigne Américo Castro en el paradigmático texto «Las alarmas
del doctor Américo Castro», donde lo acusa de padecer las supersticiones convencionales de los gramáticos y de ser incapaz de acoger en su corpus lingüístico la riqueza léxica de un Martín Fierro.El idioma de los argentinos
El señor Monner Sans, en una entrevista concedida a un repórter de El Mercurio, de Chile, nos alacranea de la siguiente forma:
«En mi patria se nota una curiosa evolución. Allí, hoy nadie defiende a la Academia ni a su gramática. El idioma en la Argentina atraviesa por momentos críticos… La moda del “gauchesco” pasó, pero ahora se cierne otra amenaza, está en formación el “lunfardo”, léxico de origen espurio, que se ha introducido en muchas capas sociales, pero que sólo ha encontrado cultivadores en los barrios excéntricos de la capital argentina. Felizmente, se realiza una eficaz obra depuradora, en la que se hallan empeñados altos valores intelectuales argentinos.»
¿Quiere usted dejarse de macanear? ¡Cómo son ustedes los gramáticos! Cuando yo he llegado al final de su reportaje, es decir, a esta frasecita: «Felizmente se realiza una obra depuradora en la que se hallan empeñados altos valores intelectuales argentinos», me he echado a reír de buenísima gana, porque me acordé de que a esos «valores» ni la familia los lee, tan aburridos son.
¿Quiere que le diga otra cosa? Tenemos un escritor aquí —no recuerdo el nombre— que escribe en purísimo castellano y para decir que un señor se comió un sandwich, operación sencilla, agradable y nutritiva, tuvo que emplear todas esas palabras: «y llevó a su boca un emparedado de jamón». No me haga reír, ¿quiere? Esos valores a los que usted se refiere, insisto: no los lee ni la familia. Son señores de cuello palomita, voz gruesa, que esgrimen la gramática como un bastón, y su erudición como un escudo contra las bellezas que adornan la tierra. Señores que escriben libros de texto, que los alumnos se apresuran a olvidar en cuanto dejaron las aulas, en las que se les obliga a exprimirse los sesos estudiando las diferencias que hay entre un tiempo perfecto y otro pluscuamperfecto. Esos caballeros forman una colección pavorosa de «engrupidos» —¿me permite la palabreja?— que cuando se dejan retratar, para aparecer en un diario, tienen un buen cuidado de colocarse al lado de una pila de libros, para que se compruebe de visu que los libros que escribieron suman una altura mayor de la que miden sus cuerpos.
Tomado de Roberto Arlt, «El idioma de los argentinos», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 161-162
Encontrado en: http://213.4.108.133/actcult/arlt/