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AGUAFUERTES DE ARLT

 

8. Calles de Buenos Aires (I)

Miércoles, 8 de noviembre de 2000


Por Sergio León Gómez

Muchas de las fotografías de Buenos Aires que Horacio Copola realizó en 1936, nos muestran una urbe en expansión. Vemos edificios en demolición al lado del esplendor y el bullicio callejero de una ciudad que en la década de los treinta lo era todo: miseria y esplendor; triunfo del capitalismo y derrota de los ideales de las clases medias. La calle Corrientes, como anota Arlt, es un reflejo vivo de ese constante ir y venir de personas y de mercancías, construida desde los sueños y la nostalgia de tantos europeos emigrados que perseguían en América la esperanza de una vida mejor.

El espíritu de la calle Corrientes no cambiará con el ensanche. Es inútil, no es con un ensanche que se cambia o se puede cambiar el espíritu de una calle. A menos que la gente crea que las calles no tienen espíritu, personalidad, idiosincrasia. Y para demostrarlo, vamos a recurrir a la calle Corrientes.

La calle Corrientes tiene una serie de aspectos lo más opuestos y que no se justifica en una calle.

Así, desde Río de Janeiro a Medrano, crece su primer aspecto. Es la calle de las queserías, los depósitos de cafeína y las fábricas de molinos. Es curiosísimo. En un trecho de diez cuadras se cuentan numerosas fábricas de aparatos de viento. ¿Qué es lo que ha conducido a los industriales a instalarse allí? ¡Vaya a saberlo! Después vienen las fundiciones de bronce, también en abundancia alarmante.

De Medrano a Puerredón la calle ya pierde personalidad. Se disuelve, están en los innumerables comercios que la ornamentan con sus entoldados. Se convierte en una calle vulgar, sin características. Es el triunfo de la pobretería, del comercio al por menor, cuidado por la esposa, la abuela o la suegra, mientras el hombre trota calles buscándose la vida.

De Pueyrredón a Callao ocurre un milagro. La calle se transfigura. Se manifiesta con toda su personalidad. La pone de relieve.

En ese tramo triunfa el comercio de paños y tejidos. Son turcos o israelitas. Parece un trozo del ghetto. Es la apoteosis de Israel, de Israel con toda su actividad exótica. Allí se encuentra el teatro judío. El café judío. El restaurante judío. La sinagoga. La asociación de Joikin. El Banco Israelita. Allí, en un espacio de doce o quince cuadras el judío ha levantado su vida auténtica.

[…] La verdadera calle Corrientes comienza para nosotros en Callao y termina en Esmeralda. Es el cogollo porteño, el corazón de la urbe. La verdadera calle. La calle en la que sueñan los porteños que se encuentran en provincias. La calle que arranca un suspiro en los desterrados de la ciudad. La calle que se quiere, que se quiere de verdad. La calle que es linda de recorrer de punta a punta porque es calle de vagancia, de atorrantismo, de olvido, de alegría, de placer. La calle que con su nombre hace lindo el comienzo de ese tango: Corrientes…tres, cuatro ocho.

Tomado de Roberto Arlt, «El espíritu de la calle Corrientes… », en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, págs. 169-170

 

9. Calles de Buenos Aires (II)

Martes, 14 de noviembre de 2000


Por Sergio León Gómez

«Balconeando», «orejeando» y «carpetiando», al decir de David Viñas, en su introducción a estas Aguafuertes, Arlt se desplaza de una calle a otra, de Corrientes a Florida, trazando los fuertes contrastes de una sociedad sacudida por los cambios. Buenos Aires se vuelve memoria, espacio mítico de la nostalgia, evocación de lo que no se tuvo, de lo que se pierde.

He hablado tanto de las calles canallas, con sus mansardas asomadas al sol y sus tiestos de geranios que riega casi siempre una muchachita vestida de percal, que hoy, día decorado de nubes, con un crepúsculo que antorchan letreros luminosos, maravilla de lo pálido verde, de lo pálido azul amarillo, siento necesidad de hablar de la calle Florida.

De la calle Florida y de sus petrimetres; de la calle donde siempre hay «un día convaleciente» de claridad, con sus vidrieras que retuercen de deseos el alma de las mujeres que se llevan los ojos de los hombres que pasan en busca del amor inesperado.

Multitud de gente bien vestida. Los desdichados evitan esta calle; los miserables que albergan un proyecto la eluden; los soñadores que llevan un mundo adentro la esquivan; todos aquellos que necesitan de la calle para desparramar su angustia o para recogerla en un ovillo nervioso, no entran en esta, que es el escaparate vivo del lujo, de las mujeres que cuestan mucho dinero y de la vida que pasa vertiginosamente.

Tomado de Roberto Arlt, «La calle Florida», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, págs. 221-222

 

10. El necróforo

Miércoles, 22 de noviembre de 2000


Por Sergio León Gómez

Arlt tiene una agudeza excepcional para reconocer la fauna porteña, ofreciéndonos una visión caleidoscópica de los tipos humanos que se inventan mil maneras de sobrevivir, de acuerdo con las tareas que realizan, incluso hay toda una cadena de criaturas que viven del negocio de la muerte.

En todo hombre que se deleita al amanecer, en leerse la lista fúnebre de los periódicos, hay la simiente de un enterrador, la enjundia de un empresario de pompas fúnebres, el alma de un embalsamador, los instintos de un cuervo.

De otro modo no se explica el extraño gusto de leerse la lista de los fulanos que han sido enterrados, o que van a sepultar. ¿Qué diablos puede interesarle a uno ese artículo fúnebre?

Me explico que estas columnas se las lea un escribano, que es predecesor de sepulturero, ya que en sus bolsillos encuentra sepultura nuestro dinero; me explico que se lean esas listas los abogados, que contribuyen a menguar nuestra vida con la longitud de sus pleitos; no me extraña que también las consulten los médicos, socios indirectos de los empresarios de entierros y los boticarios que miran si pueden o no ir a cobrar sus venenos a la casa del difunto; pero que en particular, un señor que nada tiene que ver con testamentos, pleitos, ataúdes, recetas y drogueros, se las engulla mañana por mañana, divirtiéndose con la hilera de cruces y de «descanse en paz» ¡eso si que me resulta absurdo e inexplicable!

Tomado de Roberto Arlt, «Necróforo», en Aguafuertes,
1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, págs. 225

 

Encontrado en: http://213.4.108.133/actcult/arlt/