Ukrania para el Führer *

por Roberto Arlt


En una de esas callejuelas del bajo París, donde al caer de la noche, bajo los mecheros de gas, el pavimento adquiere la lumbre de una plancha de aluminio batido y el relieve de los muros parece la vertical pesadilla de un criminal; en una de esas callejuelas de París, cuida la portería de una casa con cinco pisos de escaleras sin ascensor (crujientes escaleras de madera) un barbudo asmático que cala gafas tras de la garita de la portería.
Sobándose los cordeles de barba negruzca, vigila la entrada y salida de cuanto ciudadano acerca sus pies al umbral del caserío. Una mujer, que parece una enana por su corta estatura, le cocina al barbudo, cuyos ojos se empañan a veces de humedecida melancolía.

El tufo de las basuras, de las aguas servidas, de la humedad de las cestas con verduras fermentadas, sahuma de nauseabundez el hocico del vigoroso viejo. Pero el anciano no repara en la miseria que le rodea. Con mirada ansiosa, todas las mañanas repasa las columnas de política balcánica, y únicamente cuando lee el nombre del conde Skoropadski, un estremecimiento de envidia y de rencor le remueve los cordeles de barba.

Entonces, su justicia se torna más inexorable contra los ambulantes que quieren violar con cestos hediondos la reglamentación de cinco pisos de escaleras. Antes del estallido de la revolución rusa, este celoso portero era uno de los más poderosos nobles y propietarios de Ukrania. Explotaba un millón de acres de tierras, con sus cabras, vacas, caballos, corderos, campesinos, perros y mujeres. Cuando recorría sus posesiones, embutido en un blusón de gamuza y un gran gorro de pelo ladeado sobre una oreja, nuestro príncipe de Kochubey, que así se llama, hacía restallar en la caña de sus botas el cuero de su fusta, y nadie se dirigía a su excelencia sin inclinarse profundamente con la cabeza descubierta. Si se dirigía a su excelencia con la cabeza descubierta, le daba unas palmaditas en las mejillas y sonriendo le preguntaba su nombre. Y todos los que le rodeaban le bendecían.
Hoy, barre el patio de la portería.

Por la noche, cuando las tinieblas descienden sobre París y los ladrones van a su trabajo, sus amigos, algunos espías al servicio de la policía, varios camareros, algún lustrabotas, un gigoló en decadencia y varias floristas, todos hambrientos de degollar a “rojos”, se reúnen en el cuartujo del príncipe y le dicen:

–Por las riquezas que tuviste y tienes, por tu nobleza, por tu santa religión (cristiana, griega, ortodoxa), tú, únicamente tú, mereces ser el Hetman de Ukrania.

El príncipe Kochubey, preparándole una taza de té a estos piojosos famélicos (hay que pagar los elogios), sonríe, y acordándose del maldito conde Skoropadski, mueve la cabeza tristemente. No, él no es santo de la devoción de Goebbels. Porque el astuto técnico de la propaganda universal le ha echado la vista para ser futuro amo de Ukrania al conde Skoropadski. El conde alto, flaco y rubio como un arenque prensado, cuando oye hablar de los “rojos” se estremece de odio, como si fuera a sufrir un ataque epiléptico. El es uno de los pocos aristócratas que se salvaron de ser fusilados, entre los dos mil quinientos oficiales contrarrevolucionarios ametrallados en Kiev por los destacamentos de choque de Trotsky.

El conde ukraniano es hoy un general frío, una máquina de odiar a la democracia. En Berlín le podréis encontrar en la sección Servicio Secreto del Ejército, bureau de Ukrania. A él, a él y a Goebbels, se debe la subvención del seminario ukraniano. Aunque Hitler cree en Wotam, no le parece desatinado que los boyardos de Ukrania y las bestias de sus campesinos sean devotos de la Iglesia griega ortodoxa (aunque Grecia está contra el bloque totalitario). Estos sacerdotes flamantes surgidos del seminario de Goebbels-Skoropadski han lanzado sobre las llanuras de Ukrania y su poéticas colinas centenares de eclesiásticos que hablan el ukraniano y el alemán, que predican la guerra santa contra Rusia y el advenimiento del anticristo.

Estos sacerdotes cristianos-griegos-ortodoxos mezclan el espionaje a la devoción y constituyen, por otra parte, el puente de plata entre los ukranianos blancos y los cosacos blancos que medran en París. Una ensalada maravillosa, donde los dialectos, las miserias humanas, las ambiciones, el odio, la esperanza, fermentan sus más terribles pasiones. En el vértice de este torbellino fantasmagórico, rico de vitaminas novelescas, gordo de personajes de truculencia y folletón, en el vértice de esta tragicómica pesadilla europea, frío, implacable en su odio, tenaz, aguarda su momento el conde Skoropadski. Goebbels lo estimula. Hitler, más de una vez, ha conversado con el conde general y sabe que de buscar con un catalejo no encontraría un más exquisito carnicero que este conde alto, flaco y rubio como un arenque.

El tercer candidato al trono de Ukrania (para el día, naturalmente, que Ukrania sea tomada por los alemanes), es el alegre conde de Razoumovski, famoso entre los chauffeurs “blancos” de París y que aspira a morir misteriosamente asesinado. El alegre conde, para olvidarnos de su feroz apellido, es descendiente de uno de esos príncipes auténticos y medievalesa quienes el terrible Pedro el Grande reunió un día bruscamente en su palacio y por un barbero despavorido les hizo cortar las barbas para higienizarlos y europeizarlos.

Los barbudos desbarbados lloraban de indignación, pero aguantaron al terrible zar. Los mismos rusos “blancos” admiran al alegre conde porque el alegre conde está vinculado por los tártaros, auténticamente, casi a nuestro común padre Adán.

Tal es la personalidad de los tres aspirantes al trono de Ukrania cuando el Tercer Reich consiga engullir “el país que Alemania debe conquistar ineludiblemente”, según el arquitecto Rosenberg.

Aunque los tres parecen personajes de la Comedia Humana, los tres, en las sombras que ruedan sus rodillas de espanto sobre la fatigada Europa, los tres, el portero, el barbián y el general, se aprestan a desempeñar su papel.

¿Para cuál de estos tres será el lindo trompo de Ukrania?


* Publicada originalmente con el título “Al margen del cable. Tres nenes para un trompo” en El Nacional (México: 29 de junio de 1939, p. 5), reproducción de El Mundo (Buenos Aires: 28 de mayo de 1939).

Encontrado en: http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/libros/00-04/00-04-02/nota.htm