CENTENARIO DE ROBERTO ARLT

Un inventor en pie de guerra

Domingo-Luis Hernández


Este año se cumple el centenario del nacimiento de Roberto Arlt (1900-1942), uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XX en lengua española. Con tal motivo, Círculo de Lectores publica Los siete locos y Los lanzallamas, dos de las novelas fundamentales de este autor

En una etapa de sus vidas, coincidieron en la Redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires Jorge Luis Borges y Roberto Arlt. Es fácil imaginar el marco de las escenas: Borges, en una mesa de la penumbra, ocupó el tiempo enfrascado en sus reseñas, biografías de escritores ilustres y en las encomiendas de literatos de Europa y del mundo; Arlt desparramó su estruendo, su corpulencia, su energía en una mesa que con el tiempo se convirtió en el confesionario de los seres más pintorescos de la cultura y de la bohemia noctámbula de la Capital Federal. Uno manifestaba la vida y su torbellino; otro se obstinaba en observar a distancia, en guardar descripciones para una línea, para una concisa frase.

En el año 1970, en plena revisión del credo argentino de su obra, Jorge Luis Borges recuerda una anécdota de esa época. Le servía para las nuevas defensas que propugnaba, frente a lo tribal, lo inmediato y lo nacional. Pero también apuntó hacia el perfil de un escritor que no usó lo evidente de modo gratuito, y armó con letras su compleja relación con el mundo.

El hecho debió de producirse en el año 1929 o a principios de 1930. Roberto Arlt era el cronista policial de El Mundo y, aunque ya comenzaba a destacar por la serie de artículos que lo harían famoso en la Argentina (sus «Aguafuertes Porteñas»), la experiencia acumulada en el periódico desde el año 1927 lo había ayudado a dibujar una de las estampas más sorprendentes de la literatura hispanoamericana: Los siete locos (1929), un proyecto quijotesco que cobraría su sentido con la segunda parte, Los lanzallamas, del año 1931. Un crítico iluminado o un escritor de los considerados por sí mismos como imprescindibles para la historia mundial de la literatura, se acercó a la mesa de Roberto Arlt en la Redacción del periódico y le recriminó el poco uso del lunfardo en sus novelas. Borges recuerda la respuesta y la reproduce en el prólogo de El informe de Brodie: «Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas».

Jorge Luis Borges tenía ya ganada una fama de responsabilidad literaria en esa época. Y fue preguntado Borges por la revista bibliográfica La Literatura Argentina (en ese año de 1929) sobre el estado de la escritura en su país. De los poetas señala a los más cercanos a su credo y a su fundación vanguardista: Nicolás Olivari, Carlos Mastronardi, Francisco Luis Bernárdez, Norah Lange y Leopoldo Marechal; para los narradores, cito textualmente: «Y de prosa es notable Roberto Arlt. También Eduardo Mallea. No veo otros».

¿Qué propone Roberto Arlt a la literatura argentina, a la literatura del subcontinente americano y a la literatura de la gran comarca de la lengua española que a Jorge Luis Borges le interesó tanto? Sabemos que Borges era un excelente lector, y que huía de los estancos de la época. Para un purista como Borges, Arlt es sobresaliente. Es decir, todo el desdén que la crítica del momento vertió sobre la narrativa de Roberto Arlt, Borges la supera. En un mundo consecuente, fuerte, trabado, duro hasta el límite de la ofensa, ¿qué sentido tienen los puritanismos en lo que toca al sexo y a las relaciones de pareja, o las faltas de sintaxis y las indecisiones estilísticas? Los siete locos y Los lanzallamas se convierten en dos de los grandes hitos de la literatura argentina e hispanoamericana de todos los tiempos, por su arrojo, por el oscuro y cruel mundo que Arlt propone, por la precisión en la construcción de los personajes, por la capacidad de lectura de lo que hierve en ese truculento periodo de la historia argentina (y de la que es deudora gran parte de su acontecer moderno), e incluso por las estrategias formales en que se ampara Arlt. Un ser al borde del suicidio, un pobre hombre (pero con alma, como le gustaba defender a Roberto Arlt), busca a un testigo para contarle su verdad; y con su verdad, la verdad de unos ciudadanos cuyas circunstancias los aplastan. El testigo es un periodista, que bien podría ser el cronista policial de un periódico como El Mundo, y da vida a un ser, Augusto Remo Erdosain, que Julio Cortázar defiende como uno de los personajes más destacados de la historia de la literatura. Pero es parco el distingo de Cortázar para seguir a Jorge Luis Borges, de modo que habremos de recurrir a más argumentos:

En el año 1926, apareció en librerías la primera novela de Roberto Arlt: El juguete rabioso. Al menos tres años antes, Roberto Arlt paseó el manuscrito de la obra por Buenos Aires en busca de editor. Arlt había pasado un largo periodo en la ciudad de Córdoba, en el interior de Argentina. La vuelta a la capital del Plata (1924) es cercana a la vuelta de Jorge Luis Borges a Buenos Aires (1921). Desde la fecha en la que Borges regresó, el panorama literario bonaerense comenzaba a cambiar de manera vertiginosa. Borges había lanzado cargas de profundidad que complicaban el panorama anodino: la creación de Prisma, los manifiestos ultraístas, los rechazos... El grupo de escritores afines comenzaba a editar resultados. Borges selecciona a Macedonio Fernández como un escritor verdaderamente «nuevo», publica sus primeros libros de poemas y ensayos, apoya a Nicolás Olivari, a Lanuza, a su amigo Ricardo Güiraldes... Por otro lado, los efectos de la gran inmigración de finales del siglo XIX y principios del XX se perciben en la Capital Federal. Los autóctonos reaccionan, y parte de su programa literario es el fundamento de la reinvención nacional. Rescatan la revista Martín Fierro, Borges publica Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos (luego prohibidos por él)... La reacción no se hace esperar. El grupo de izquierdas e inmigrante asume su papel social e inventa la revista Claridad. Defienden no sólo los principios sociales de la literatura; critican el cosmopolitismo y lo que interpretan como literatura mimética y elitista. (Asuntos, todos ellos, desmontables y desmontados en la actualidad.) En Buenos Aires se crea la polémica, que Borges resume como cenáculos literarios contrapuestos para la difusión cultural y para el comercio literario. Nace el grupo de «Florida» (nombre sacado de la calle autóctona, central, rica) frente al grupo de «Boedo» (nombre del barrio periférico, obrero, pobre). Arlt visita al gran líder de «Boedo», el médico, crítico y escritor Elías Castelnuovo. Castelnuovo lee La vida puerca (que así se llamaba la novela en su primera redacción). La respuesta es extraordinaria: considera entonces (y años después) que lo que le presenta Arlt no es una novela, más bien es una suma de episodios tramados con las peores dotes de Gorki y de Vargas Vila. En resumen (y acaso como juzgaría a su modelo, el Lazarillo de Tormes), Elías Castelnuovo vio en La vida puerca un libro de cuentos indigno de la colección «Los Nuevos» que dirigía. (De hecho, una segunda edición de la novela apareció en la editorial Claridad, pero en la serie «Cuentistas Argentinos de Hoy».)

Arlt busca nuevos amparos y de ahí surge lo sorprendente. Si el sector que habría de acoger los escritos de su condición (esto es, hijo de inmigrantes, periférico, sin una formación académica reconocida) no lo acoge, acaso lo haga el opuesto. Roberto Arlt buscó a Ricardo Güiraldes y de ese encuentro nace la transformación de aquel escritor intuitivo, perspicaz, observador e ingenioso. Güiraldes hace leer la novela a Roberto Arlt en voz alta y en su casa, y propone los cambios definitivos: de escritura y de título. La vida puerca es un título demasiado comprometido con lo inmediato; del personaje se deduce otra solvencia (como aprenderá Arlt para lo sucesivo): Silvio Drodman Astier es un juguete rabioso, y de ese modo habrá de ser conocida la novela.

Lo que Ricardo Güiraldes descubre en Roberto Arlt es algo que Jorge Luis Borges también apreció: verdaderos signos de distinción en la literatura argentina. A Güiraldes le sorprende el arrojo de aquel joven prendado al alma de la escritura, ferviente defensor de la hermosura poética que no podía ejercer; le sorprende un ser capaz de proyectarse en las hojas de papel y de programar sus encuentros en situaciones espeluznantes, en descifrar las tripas de una ciudad oculta y de unos seres singulares.

El alma del barroco es el alma de Arlt: lo anónimo es la vida cuando se reconoce; la heroicidad romántica es el tormento de una época que declina. Y esa es la gran contradicción de la literatura argentina que Güiraldes y Borges descubren en Roberto Arlt: un mundo que fenece y que es necesario fijar en las letras para el recuerdo frente al empuje de lo nuevo, de lo disímil, de tradiciones que se entrecruzan, de formas del lenguaje que hacen híbridos... Borges escribe que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos; en el año 1926, Ricardo Güiraldes da a la estampa el retrato anacrónico de Don Segundo Sombra; Roberto Arlt inventó la alternativa en ese mismo año con El juguete rabioso, y la completó con el díptico (imprescindible para la trayectoria narrativa de la literatura en lengua española) Los siete locos y Los lanzallamas.

Escribió Eliot que el peso de la tradición (el peso de la escritura, podríamos añadir) condiciona el arrojo. El tributo a la dignidad es una de las condiciones de Roberto Arlt en su vida. Siempre odió la compasión (¿acaso es extraño a la compasión su profundo conocimiento de Nietzsche?), y pataleó contra la incomprensión y las lecturas fáciles. Sus diatribas en contra de los escritores exquisitos y medrosos eran afines al reconocimiento de sus incapacidades. Cuando abandonó la escuela (aún niño), lo hizo porque aquellas enseñanzas no tenían parentesco con la vida. Entonces Arlt se procuró una formación autodidacta de lo más dispar: la literaria, en folletines, en los clásicos españoles y los escritores de la época (la picaresca, el Quijote ­libro fundamental para interpretar la narrativa de Arlt­, Baroja...), pero también la gran literatura rusa en traducciones espantosas (fundamentalmente Dostoievski, su gran admirado). Arlt amó la poesía al punto de llorar ante un poema de Marechal; pero estudió temas científicos, y sus lecturas de revistas especializadas lo llevaron a soluciones importantes para su novela Los lanzallamas... Y supo juzgar qué valor tenían los adelantos humanos para la guerra, para la destrucción.

Arlt pensó que su pelea con el mundo provenía de un desajuste entre lo que aparentaba y lo que en realidad era. Por lo uno, sus bromas espantosas, su presencia física ­a veces aparecía en la Redacción de El Mundo con media cara sin afeitar­, sus prisas, su convicción de ser atrapado por el compromiso matrimonial antes que por la relación placentera...; por lo otro, un elegido, un ser excepcional... Las circunstancias lo retuvieron donde no quiso estar, pero fue fiel. (La dedicatoria de El jorobadito a Carmen Antinucci lo prueba; la relación con su hija Mirta Artl, también.) Dijo que él podía ser un escritor como Flaubert (o como Güiraldes, o como Borges...), pero que le faltaba tiempo. El suyo era malgastado entre los ruidos de las máquinas de la Redacción del periódico en el que trabajaba y la triste necesidad de trabajar para comer y comer para trabajar.

Los inventos fueron la obsesión de Roberto Arlt, porque con los inventos podría obtener mucho dinero y así sellar su pacto con las necesidades del vivir. Desde el año 1932 (año de la publicación de su última novela, El amor brujo), Roberto Arlt había aplazado sus proyectos novelísticos por los cuentos (que le pagaban bien las revistas bonaerenses de la época), por el teatro (que creyó una fuente posible de riqueza) y por los experimentos para la patente de su último y revolucionario hallazgo: unas medias de señora en las que no se reproduciría el molesto problema de las carreras.

Arlt, a los cuarenta y pocos años de edad, es decir, poco antes de morir el 26 de julio de 1942 (había nacido en el año 1900), soñó con la posibilidad de que el mundo (su mundo) y el universo que lo acompañaba (su nueva esposa, su nuevo hijo...) fueran parte de la ficción, de aquello que sólo comparte el dictamen del goce.

Uno puede imaginar a Jorge Luis Borges en la Redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires juzgar la temeridad de aquel ser complejo, estrafalario y atractivo, un ser que explicó en un «aguarfuerte» del año 1932 cómo se escribe una novela: cientos de páginas, miles de palabras sobre el papel, frases que se recortan en un lugar y se pegan con goma en otro apartado, capítulos que se renombran, personajes que se construyen con modelos reconocibles... Y uno puede intuir que la mansedumbre tiene un precio, y que el arrojo también lo tiene.

ABC, lunes 03 de septiembre de 2001

Encontrado en: http://abc.es/cultural/historico/semana-44/fijas/libros/estasemana_001.asp