Los siete locos

Un tango sobre la revolución


Arlt, sin sofisticados argumentos, cuenta relatos crudos y terrenales. Con la voz de un cantor de milongas y la mentalidad de un hombre irónico y delirante.

 

Fue su segunda novela y la publicó en 1929, el año del bajón de Wall Street que causó una crisis económica en todo el mundo. Y no era la mejor etapa de nuestro país: poco despúes, con un golpe militar, comenzaría la Década Infame, uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. Se entiende, entonces, que la novela de Arlt sea un reflejo del desconcierto y la frustración popular, de la búsqueda de ideologías representativas, del pensamiento de que la revolución social era el único cambio posible. Es de esos libros que a uno le hubiera gustado leer en esa época, en medio del caos.

El fiel representante de esos tiempos es Remo Erdosain, un triste cobrador de una empresa a la que le robó dinero. Y encima lo descubren. Y encima lo delató Barsut, el primo de su mujer. Y encima su esposa lo abandonó por otro hombre. Y cuando todo se demorona, lo único que se le ocurre es formar parte de la Sociedad Secreta que planea su amigo el Astrólogo para cambiar el mundo. ¿Qué otra cosa puede hacer?

Las consignas, los proyectos, los inventos aportados por Erdosain (la fabricación de una absurda rosa de cobre, por ejemplo) y sobre todo los miembros de esta sociedad forman parte de lo más grotesco de toda la obra literaria de Arlt. Aunque hay guiños políticos de la época -y hasta algunas sentencias que parecen anticipar lo que finalmente ocurriría-, el libro no hay que tomárselo en serio: es sólo un retrato bizarro, una caricatura de una nación desamparada y desesperada.

Lo mejor de Los siete locos tal vez haya que buscarlo en los personajes que componen la historia. En cada uno de ellos, en lo que cada uno siente y piensa. En este sentido, la novela es algo así como el Episodio II de la saga psicológica y escabrosa iniciada por las Memorias del subsuelo de Dostoievski (si estuvieron por acá la semana pasada sabrán de qué hablamos). Arlt le pide prestado al escritor ruso el traje de buzo y también se sumerge entre lo más hondo y mugroso del alma. Y queda claro que definitivamente no hay inocentes: todos tienen un pecado que confesar.

Otro punto notable del libro son los diálogos. Evidentemente Arlt tenía un oído estupendo: los diálogos parecen haber sido robados de una conversación en un bar o en la cola de un banco.

Puede decirse que el tipo no era un graaan escritor, pero Tyson tampoco era un gran boxeador y solamente le alcanzaba con un trompazo para derribarte. Y Arlt es igual: apenas una frase demoledora basta para dejarte dando vueltas.

13/12/99

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