El señor Takeshi KITANO

 

Por Eduardo Berti

 

Revista Tres Puntos, Buenos Aires, diciembre de 2000


 

-- Quisiera ser artista de variedades -- le expliqué, antes de marcharme, al hombre que custodiaba la puerta de entrada del teatro--. ¿Podría decirme qué debo hacer para que me contraten?

"¿Qué te pasa? ¿Estás loco?", parecía decir su rostro.

-- Pero señor, ¡no es tan fácil ser artista! --me respondió.

 

        Hace ya casi treinta años, Takeshi Kitano le confiaba a un amigo escritor que pasaba las noches rezándoles "a todas las divinidades" con el anhelo de "llegar a ser un artista muy famoso". A juzgar por su presente, las divinidades parecen haberlo recompensado con creces: el deseo se cumplió no ya una, sino dos veces. Estrella de la radio y la tevé japonesa en los años ochenta, Kitano se ha convertido en la actualidad --a partir de su llegada al cine-- en uno de los realizadores más reputados en el mundo entero, sobre todo después de que su film Hana-bi obtuviera el preciado León de Oro en la edición 1997 del prestigiante festival de Venecia.

 

        Nacido en 1947, en el barrio proletario de Senju, en el seno de una familia cuyo padre --según él mismo ha dejado entender-- estaba vinculado al ambiente de los yakuza, especie de mafia japonesa, Kitano interrumpió a los 25 años sus estudios universitarios para instalarse, lleno de curiosidad, en el barrio más bohemio de Tokio, Asakusa, especie de "Montmartre-Pigalle" o "Greenwich Village" japonés inmortalizado en su momento por el escritor Yasunari Kawabata. 

         "Quería impregnarme de lo que por aquel entonces olía a última moda: hippismo, psicodelia. Happenings. Anfetaminas. Hasch. Pasaba el día entero en café Fugetsudo, en medio de los que se proclamaban escritores, poetas errantes o autores dramáticos; en medio de existencialistas que hablaban sobre Jean Paul Sartre, cineastas de vanguardia, diseñadores y publicistas".  

         En el barrio abundaban los cines, los bares y los clubs nocturnos, las boites porno y los prostíbulos. Como Kitano deseaba convertirse a todo precio en artista cómico, aceptó ca da uno de los empleos que los dueños de los teatros del lugar le proponían a modo de consuelo. Fue encargado de la limpieza en un cabaret, ascensorista en un teatro de variedades y hasta hizo de coreógrafo de espectáculos de strip-tease. 

 

-- Vengo porque me gustaría ser artista cómico --dije.

La mujer me respondió, sonriente:

-- ¿Cómico? Hay demasiados en estos tiempos. Me parece que ahora no hay lugar para los que empiezan. Pero, mientras esperás un poco, ¿no te gustaría trabajar acá? Justo están buscando un ascensorista. Y si hacés bien el trabajo yo podría presentarte al maestro Senzaburo Fukami, el director de esta troupe.

 

         Después de algunas temporadas en el Teatro Francés de Senzaburo Fukami, Kitano resolvió independizarse y fundar un dúo cómico en el marco de la tradición manzaï. Junto con su compañero de rubro, Jiro Matsuzuruya Jiro, escogieron como nombre The Two Beats; de allí el "Beat" que, como actor, aún antepone a su nombre Takeshi.        

         El dúo gozó enseguida de un renombre escandaloso. "Con la aparición de ese dúo, el manzaï cambió para siempre", señaló alguna vez el crítico Casio Abe, también autor de un libro monográfico sobre Takeshi Kitano. "El manzaï dejó de ser ese arte cálido y bien educado. Los Two Beats eran incisivos, a menudo crueles y otras veces al borde de la vulgaridad tolerada por la censura".        

         Algunos han llegado a comparar la gimnasia verbal de los manzaï con un combate de boxeo o, por qué no, con una lucha de sumo. En Kids Return (1996), su obra más autobiográfica hasta hoy ("el film está basado casi en un cincuenta por ciento en recuerdos personales"), Kitano muestra a cierto dúo humorístico haciendo sus primeras armas.        

         "Paradójicamente, cuanto más nos criticaban y perseguían, más éxito lográbamos", contó cierta vez Kitano sobre su dúo con Jiro. "Algunos espectadores se iban antes de que termináramos el número. La Asociación de cómicos manzaï no nos quiso admitir en su núcleo. Pero yo actuaba a partir de un concepto central: reflexionar sólo después de haber o actuado. Pisaba el escenario y, por ejemplo, le gritaba a una anciana en la primera fila: 'Eh, abuelita, dejá de hacerte la muerta'. Decía palabras que eran tabú como 'mierda'. Llegué a pelearme un par de veces con algunos espectadores". 

         No tardó Beat Takeshi en pasar de los teatros de Asakusa a la radio y de allí a la televisión. Uno de sus programas más memorables se llamó Oretachi Hyokin-zoku (algo así como "Somos la patota de los bromistas"); todavía hay quienes lo consideran la versión japonesa del célebre Saturday Night Live norteamericano. 

 

Un día le pregunté a la señora Tsukahara:

-- Disculpe, ¿quién es ese hombre con aspecto de jefe yakuza?

-- ¿Cómo? ¡Vos sí que estás en la luna! ¡Es el maestro Fukami, el director de este teatro!

 

         Aunque su filmografía como actor se inició con la película Furyo de Nagisa Oshima (1983), en la que interpretaba al sargento Hara al lado de David Bowie, debieron pasar seis años para que Kitano diera el paso decisivo y se volviese --palabras suyas-- "un cineasta involuntario". Cuenta la leyenda que unos productores le ofrecieron el rol principal en un film policial llamado Violent Cop y que, en medio del rodaje, acabaron confiándole el control entero de la película.  

         Llamativamente, el cineasta que para muchos ha influido sobremanera en la estética de la violencia de Quentin Tarantino abrió aquel primer largometraje con una escena que se diría extractada de La naranja mecánica; en ella, una pandilla de  jóvenes agrede al caer la noche a un viejo vagabundo.          

         A quienes le reprochan la violencia que hay en sus largometrajes, Kitano suele responderles que él también la odia  pero que la refleja porque es omnipresente en la actual sociedad japonesa. "Un cineasta japonés que hoy quiere hablar de la vida y la muerte, no tiene más que dos posibilidades: mostrar policías o mostrar yakuzas, y en ambos casos hay violencia de por medio".  

         ¿Cómo traducir la palabra yakuza? Términos tales como gangster o mafioso le parecen insuficientes a Kitano. "La diferencia con los gangsters", sostiene, "es que los yakuzas, aunque peligrosos, forman parte de la vida cotidiana. En cierto sentido imparten las reglas y, a veces, hasta el orden a la manera de la policía". 

 

Algunos días pasaron. Entonces el maestro volvió a subir al ascensor.

-- Maestro, por favor, quiero actuar. No tengo ganas de volverme un experto ascensorista. Si acepté este trabajo es porque me dijeron que luego podría  ser artista cómico.

El maestro escuchó mi historia lleno de paciencia y, como siempre, en total silencio. Pero al cabo de un gesto con la cabeza y de un "mmm" acabó diciéndome:

-- Son muchos los que, como vos, pasaron por acá. Sin embargo, ninguno demostró ser un buen artista. ¿Qué hacías hasta hace poco?

-- Estudiaba. Pero abandoné a mitad de camino...

-- ¿Estudiabas? ¿Ibas a la escuela secundaria?

-- No, a la universidad.

-- ¿A la universidad? Qué idiota. ¿Alguna vez viste a alguien dejar la universidad para convertirse en un artista cómico? No hagas eso. Volvé a estudiar que es mejor para tu futuro.

 

         Como realizador/actor/guionista, Kitano leva filmadas diez películas. La última de ellas, Brother, realizada en Los Angeles, es la primera que ambienta fuera de su país natal, aun cuando los personajes centrales siguen siendo japoneses. 

         Kitano asegura que no ve muchas películas y que no tiene "influencias concientes", al menos en materia de cine. "Voy poco al cine porque no quiero ser influido", ha dicho. Y cada vez que debe rodar una escena tópica (un tiroteo, una pelea, algo ya mil veces filmado por otros directores) se propone encontrar como sea un punto de vista original. 

         Aun cuando ha declarado varias veces que no tiene "intenciones formalistas" y que encara de manera independiente cada uno de sus trabajos, el lenguaje que se encuentra en la totalidad de sus films es compacto y singular: audaces elipsis, escenas cargadas de inmovilidad, tensión entre el extremo laconismo y ciertos repentinos estallidos de violencia o brusquedad, mezcla de lirismo y crueldad. Para algunos críticos, no obstante, el gravísimo accidente de moto que sufriera el 2 de agosto de 1994 marca una especie de línea divisoria en su obra: a partir de entonces Kitano habría abandonado cierta tendencia a las estructuras más bien lineales para profundizar la narración de historias múltiples. 

         "Takeshi herido", titularon a raíz del accidente los principales diarios de Japón.  Días después Kitano daba una conferencia de prensa, con el rostro casi desfigurado. Le llevó un buen tiempo reeducar el uso de los músculos del rostro. Pocos meses más tarde, bastante recuperado, quiso regresar a la TV pero ya no fue lo mismo. Su humor antes repleto de energía resultaba ahora entristecido. Kitano se volcó más al cine y también se puso a pintar y a escribir. El clima que atraviesa Hana-bi resume aquellos años posteriores al accidente.  

 

Una mañana yo estaba como siempre esperando la llegada de la gente a un lado del ascensor, en la planta baja, cuando el maestro descendió de su camarín en el tercer piso, aunque esta vez por la escalera, y vino directamente a hablarme.

-- Ey, vos -- gritó. -- Pedile urgente a la mujer de la ventanilla que te reemplace en el ascensor y subía verme.

-- ¿Cómo?

-- Ese inútil de Akira pidió licencia de un día para el otro. ¡Podría haberme avisado con tiempo! Ahora es tarde. Mañana lo echo. ¿No te gustaría actuar en su lugar? ¿Seguís con ganas de subir al escenario?                          

 

        En sus comienzos, Kitano fue también periodista deportivo. Sus películas reflejan este hecho: está el boxeo en Kids Return, el surf en A Scene at the Sea (1991), el béisbol en Jugatsu (1990), el basket en Brother (2000) e incluso las peculiares carreras de ciclistas de El verano de Kikujiro, donde el público apuesta igual que en un hipódromo. No es un azar que los deportes que muestran sus films sean en su mayoría occidentales y que --excepto en El verano de Kikujiro-- las tradiciones milenarias japonesas ocupen poco espacio en sus obras. Kitano ha afirmado reiteradas veces que "no hay una cultura contemporánea en Japón", excepto "modelos importados de occidente".

         También dijo hace poco: "Japón se ha abierto hace poco a la cultura occidental. Mi madre era una persona que respetaba enormemente la cultura tradicional japonesa, las costumbres ancestrales, todo un conjunto de códigos según los cuales un individuo debe ser educado, pulcro, decente, respetuoso. Mi juventud fue un combate contra la educación de mi madre. Yo luchaba contra todas las tradiciones que ella intentaba inculcarme". 

         No parece casual que dichas tradiciones tanto tiempo relegadas reaparezcan, finalmente, en el marco de un film cuyo tema central es la búsqueda de una madre. 

 

Me había puesto un polvo color azul y delineado los ojos con un trazo oscuro y grueso. Mis mejillas estaban todas rojas y el rouge desbordaba en mis labios.

-- ¿Qué es eso? -- exclamó el maestro.

-- Como tengo que hacer de travesri y e trata de un sketch cómico... pensé en pintarme una cara graciosa.

-- Quitate eso, ya mismo... ¿cuál es tu nombre?

-- Me llamo Takeshi Kitano.

-- ¿Takeshi? Take será suficiente. Escuchame, Take, no se hace reír con la apariencia física, la cara o el aspecto exterior. Los humoristas hacen reír con su talento, con arte, ¿entendés?

-- Sí, sí.

-- La calle está llena de tipos que tienen una cara muy rara. Si con eso alcanzara para hacer reír, los comediantes no seríamos necesarios. ¡Bastaría con hacer subir a escena a un tipo feo!

-- Sí, maestro.

-- De ahora en adelante, no vuelvas a querer hacer reír con una cara graciosa. El maquillaje de un cómico debe ser todo lo contario. Hace falta que el público piense que hay gente así en la vida.

 

        Road movie de atmósfera chaplinesca,  El verano de Kikujiro, la menos violenta de sus diez películas, narra el viaje lleno de peripecias que emprende un niño en busca de su madre. En su viaje, Kukujiro tiene un imprevisible acompañante: un ex yakusa interpretado por Kitano. El film, lleno de personajes y sketchs de una simpleza conmovedora, fue rodado sin otro guión que un somero bosquejo y los diálogos que Kitano iba escribiendo cada mañana antes de montar las luces del plató. Aunque la película no se parece mucho a las precedentes, el personaje del hombre al cuidado del niño conserva el rasgo esencial de los héroes de Kitano: esa máscara impenetrable que mucho le debe a la tradición del teatro Nô. 

         "Después de Hana-bi tuve la sensación de que mi cine empezaba a ser etiquetado: yakusa, violencia, vida y muerte", declaró Kitano acerca de Kikujiro. "Decidí entonces hacer un film diferente, que sorprendiera a todo el mundo".  

 

Lo que más me impresionaba de mi maestro era el modo que tenía de maquillarse y de encarnar un personaje determinado, por ejemplo un ladrón. Cuando nos toca interpretar un personaje como ése, tendemos a pintarnos de negro los labios o a envolvernos el rostro tras una bufanda. El maestro, en cambio, se limitaba a usar una campera, como un simple oficinista. A mí me resultaba soprendente ver cómo, con esa ropa, se transformaba sobre el escenario en un ladrón o un mendigo.

La manera en que el artista cómo cómico Senzaburo Fukami declaraba "yo hago reír al público pero jamás permito que el público se ría de mí" correspondía por completo con mi sensibilidad y mis opiniones personales.

Su influencia sobre mi arte fue enorme.

 

        Kitano asegura que tiene un sueño recurrente, pero pocos le creen. El sueño es así: llegadas las elecciones generales se presenta y gana, convirtiéndose en el Primer Ministro de Japón; luego, a la hora de asumir en el Congreso nacional, va desnudo, sin siquiera un pequeño slip.

        Kitano ha declarado alguna vez que no es dueño de una "teoría de la elipsis", pese a que muchos críticos y colegas lo tienen como un maestro en la materia. "Nunca me gustaron mostrar las cosas de una manera demasiado directa o sentimental. Para tomar distancia, entonces, me pongo a cortar. Es más bien una cuestión de pudor". 

         Kitano, en cambio, es dueño de una modesta teoría acerca de las diferencias entre el cine y la televisión . Sostiene que si uno se pone a hacer humor, por ejemplo, el cine obliga a gags visuales o gestuales, mientras que la TV agradece los gags más verbales. 

         ¿Humorista? A Kitano no parece convencerlo del todo esa palabra, menos en la actualidad. Alguien tuvo la audacia de preguntarle si se consideraba más cerca de Clint Eastwood o de Buster Keaton. Hablando de cine, Kitano prefirió --tan agradecido como cohibido-- cualquier paralelo posible con el primero.  

                          

Tratándose de mi primera experiencia sobre un escenario, yo estaba ampliamente satisfecho. Pero el maestro me miró sin ocultar su malhumor.

-- Bueno, fue tu debut, no voy a andar exigiéndote mucho, pero cada vez que subas a escena tratá de ser capaz de responder sea como sea y no importa lo que pase.

 

        Kitano siente que se ha vuelto dos personajes escindidos: uno puertas adentro, en Japón; otro en el resto del mundo, sobre todo en Europa. "Cuando viajo a Europa me reciben como director de cine. En mi país, en cambio, casi nadie me toma en serio como cineasta".        

         Decidido a volcarse más y más de lleno en el cine, a Kitano esta rara situación le preocupa parcialmente. Claro que quisiera ser tomado más en serio por sus compatriotas que siguen viéndolo como el ardiente payaso que fue. Pero al mismo tiempo se sabe privilegiado, dueño de una preciada libertad. 

         "No quisiera ser respetado como Kurosawa, a quien convirtieron en una estatua viviente y de quien esperaban sistemáticamente una obra maestra", afirma. "Actualmente estoy en un estado ideal: se interesan en lo que hago pero todavía tengo derecho a equivocarme y a rodar malas películas, por suerte". 

 

El maestro Fukami acabó prendiéndose fuego bajo el imperio del alcohol.

Qué catástrofe. Yo me había convertido para entonces en un artista, para colmo famoso, pero llegaba a darme cuenta de que se había ido una persona irremplazable en mi vida.

Mi popularidad había terminado por ser mayor que la de mi maestro. Pero soy consciente de que nunca pude sobrepasar a Senzaburo Fukami como artista. Y sé que no lo sobrepasaré jamás.

 

(Todas las citas en itálica pertenecen al libro autobiográfico Asakusa Kid, escrito por el propio Takeshi Kitano y publicado en Japón en 1988)