Relatos

El Vacío que nos separa

Elena Hevia

El Periódico, 28 de septiembre de 2001.


Putas asesinas
Autor: Roberto Bolaño
Editorial: Anagrama
Páginas: 225
Precio: 13,22 €-- 2.200 pesetas

Existe ya material suficiente como para establecer el, digamos, territorio Roberto Bolaño. Desde La literatura nazi en América es fácil seguirle la pista a un escritor esquinado y decididamente inasible dedicado a explorar magistralmente el espacio vacío que separa a los seres humanos entre sí. 

Ese espacio, más denso y fantasmal que nunca, adquiere una importancia capital en 11 de los 13 relatos de su último libro, Putas asesinas, en el que el chileno afincado en Blanes reorganiza sabiamente materiales ya conocidos que son, precisamente, los jalones de su geografía literaria. No se trata sólo de los lugares ya conocidos a través de sus libros: ese México posiblemente mixtificado, última estación de una realidad reconstruida, o el París soñado de los exiliados, o la Catalunya racional con la que resulta imposible fantasear (pese a que el autor se las ingenia para albergar en ella algunas hechicerías).

No. No se trata de eso. Sino más bien del extrañamiento desolador que acompaña a todos los personajes que protagonizan estos cuentos, tan cercanos entre sí por su calidad fantasmagórica a otro libro magistral de Bolaño, Llamadas telefónicas. Y es desolador porque, lejos del frío nihilismo, late en todos ellos el anhelo de comprender y su impotencia. Frente a los abismos de la comunicación y los sentimientos, Bolaño tiende frágiles puentes entre sus personajes que rara vez cumplen su objetivo de conectar a unos con otros. Lo hace en El Ojo Silva , magnífico relato en el que un homosexual contempla la violencia cara a cara, descubre el amor y sobrevive a ello; en Gómez Palacio , historia mexicana que opone a un joven con la vida por delante con una mujer, gorda y lesbiana, ya de regreso; en Días de 1978, valiéndose de la película Andrei Rublev, de la que el autor se guarda muy bien de mencionar el título, a modo de oculta metáfora; y lo hace, con especial intensidad, en Dentista --quizá el mejor relato del libro junto al inquietante Ultimos atardeceres en la tierra --, que incide también en la idea del fracaso y la supervivencia.

En una ocasión, el afán por comprender cómo llegar al otro, incluso al precio de destruirle, se reviste de violencia, caso del tarantiniano Putas asesinas, un contundente título que, sin embargo, no refleja el espíritu del conjunto. El retorno, humorada de ultratumba que cuenta el encuentro imposible entre un necrófilo y un espíritu, es la única mota negra en un libro impecable. Los dos últimos relatos, Carnet de baile y Encuentro con Enrique Lihn, cierran el volumen con una declaración de principios literarios a cara y cruz: la primera, en contra de Pablo Neruda, y el segundo, con un homenaje al magisterio de Lihn. Pero es en Fotos, un episodio desprendido del árbol de su gran novela Los detectives salvajes, donde se ofrece la clave de este libro: Arturo Belano, alter ego del autor, que, trasterrado a Africa, lee un libro ilustrado sobre literatura francesa contemporánea. Al extrañamiento geográfico se une el cronológico: el dolor por el tiempo detenido, la atracción por unos rostros que quizá ya no existan. Es un episodio más de bolañilandia, un dato más para un enigma situado entre líneas, en el vacío evocador de lo que no se dice.

 

 

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