Jorge Luis Borges
Evaristo Carriego
Evaristo Carriego no es solamente la biografía de un poeta olvidado. En realidad, Jorge Luis Borges utiliza su existencia para recrear el suburbio porteño de principios de siglo, que ha dado lugar al mito y la leyenda: "el Palermo del cuchillo y la guitarra", las quintas, los caserones con sucesión de patios, los burdeles y conventillos, el truco, las inscripciones fanfarronas de los carros, la idiosincrasia de los jinetes, la temeridad de los guapos, el eterno criollo acosado por la justicia y la calma de quien debe una muerte. En la poesía de Carriego se explica el sentido de muchas cosas que hoy han pasado a ser lugares comunes y se rescata lo auténtico de la marea arrabalera, alimentada sin cesar por el tango y el sainete. Precisamente, Borges incorporó aquí su "Historia del tango", análisis penetrante de la música popular porteña. (Ed. Emecé)
Nota
Prólogo
DeclaraciónPalermo de Buenos Aires
Una vida de Evaristo Carriego
Las Misas herejes
La canción del barrio
Un posible resumen
Páginas complementarias
I. Del segundo capítulo
II. Del cuarto capítulo: El trucoLas inscripciones de los carros
Historias de jinetes
El puñal
Prólogo a una edición de las poesías completas de Evaristo Carriego
Historia del tango
El tango pendenciero
Un misterio parcial
Las letras
El desafíoDos cartas
... a mode of truth, not of truth coherent and
central, but angular and splintered.De Quincey, Writings, XI, 68
Prólogo
Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja de lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas, pero quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis noches fueron el bucanero ciego de Stevenson, agonizando bajo las patas de los caballos, y el traidor que abandonó a su amigo en la luna, y el viajero del tiempo, que trajo del porvenir una flor marchita, y el genio encarcelado durante siglos en el cántaro salomónico, y el profeta velado del Jorasán, que detrás de las piedras y de la seda ocultaba la lepra.
¿Qué había, mientras tanto, del otro lado de la varja con lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos pasos de mí, en el turbio almacén o en el azaroso baldío?¿Cómo fue aquel Palermo o cómo hubiera sido hermoso que fuera?
A esas preguntas quizo contestar este libro, menos documental que imaginativo.
Declaración
Pienso que el nombre de Evaristo Carriego pertenecerá a la ecclesia visibilis de nuestras letras, cuyas instituciones piadosas -cursos de declamación, antologías, historuas de la literatura nacional- contarán definitivamente con él. Pienso también que pertenecerá a la más verdadera y reservada ecclesia invisibilis, a la dispersa comunidad de los justos, y que esa mejor inclusión no se deberá a la fracción de llanto de su palabra. He procurado razonar esos pareceres.
He considerado también -quizá con preferencia indebida- la realidad que se propuso imitar. He querido proceder por definición, no por suposición: peligro voluntario, pues adivino que mencionar "calle Honduras" y abandonarse a la repercusión casual de ese nombre, es métdo menos falible -y más descansado- que definirlo con prolijidad. El encariñado quiere reconocer también otros nombres: Julio Carriego, Féliz Lima, doctor Marcelino del Mazo, José Olave, Nicolpas Paredes, Vicente Rossi.
J.L.B.
Buenos Aires, 1930
I
Palermo de Buenos Aires
La vindicación de la antigüedad de Palermo se debe a Paul Groussac. La registran los Anales de la Bibloteca, una nota de la página 360 de ltomo cuarto; las pruebas o instrumentos fueron publicados mucho después en el número 242 de Nosotros. Nos retraen a un siciliano Domínguez (Domenico) de Palermo de Italia, que añadió el nombre de su patria a su nombre, quizá para mantener algún apelativo no hispanizable, y entró a beinte años y está casado con hija de conquistador. Este, pues, Domínguez Palermo, proveedor de carne de la ciudad entre los años 1605 y 14, poseía u corral cerca del Maldonado, destinado al encierro o la matanza de hacienda cimarrona. Degollada y borrada ha sido esa hacienda, pero nos queda la precisa mención de una mula tordilla que anda en la chácara de Palermo, término de esta ciudad. La veo absurdamente clara y chiquita, en el fondo del tiempo, y no quiero sumarle detalles. Bástenos verla sola: el entreverado estilo incesante de la realidad, con su puntuación de ironías, de sorpresas, de previsiones extrañas como las sorpresas, sólo es recuperable por la novela, intempestiva aquí. Afortunadamente, el copioso estilo de la realidad no es el único: hay el del recuerdo también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos, sino la perduración de rasgos aislados. Esa poesía es la natural de nuestra ignorancia y no buscaré otra.
En los tanteos de Palermo están la chacra decente y el matadero soez; tampoco faltaba en sus noche alguna lancha contrabandista holandesa que atracaba en el bajo, ante las cortaderas cimbradas. Recuperar esa casi inmóvil prehistoria sería tejer insensatamente una crónica de infinitesimales procesos: las etapas de la distraída marcha secular de Buenos Aires sobre Palermo, entonces unos vagos terrenos anegadizos a espaldas de la patria. Lo más directo, según el proceder cinematográfico, sería proponer una continuidad de figuras que cesan: un arreo de mulas viñateras, chúcaras con la cabeza vendada; un agua quieta y larga, en la que están sobrenadando unas hojas de sauce; una vertiginosa alma en pena enhorquetada en zancos, vadeando los torrenciales terceros; el campo abierto sin ninguna cosa que hacer; las huellas del pisoteo porfiado de una hacienda, rumbo a los corrales del Norte; un paisano (contra la madrugada) que se apea del caballo rendido y le degüella el ancho pescuezo; un humo que se desentiende en el aire. Así has ta la fundación de Don Juan Manuel: padre ya mitológico de Palermo, no meramente histórico, como ese Domínguez-Domenico de Groussac. La fundación fue a brazo partido. Una quinta dulce de tiempo el camino a Barracas era lo acostumbrado entonces. Pero Rosas quería edificar, quería la casa hija de él, no saturada de forasteros destinos no probada por ellos. Miles de carradas de tierra negra fueron traídas de los alfalfares de Rosas (después Belgrano) para nivelar y abonar el suelo arcilloso, hasta que el barro cimarrón de Palermo y la tierra ingrata se conformaron a su voluntad.
IX
El puñal
A Margarita Bunge
En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dió a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal.
Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo, eterno, el puñal que una noche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige, porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan impasible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.