Jorge Luis Borges

La rosa profunda (1975)

 


Este libro reúne la poesía que Jorge Luis Borges escribió entre 1972 y 1975. El título alude a la rosa eterna de los poetas; la rosa invisible soñada por Milton; esa que Borges, ciego, ya no distingue pero que es para él imagen del mundo. Estas páginas encierran además varios otros temas y motivos que, con el tiempo y los libros, han ido poblando el universo literario, no por familiar menos maravilloso, del gran escritor argentino: las máscaras, la nostalgia de la espada, las sombras tutelares, los inventarios y las enumeraciones, la arbitrariedad del tiempo humano, la inexorabilidad del destino, los espejos... Sobre la poesía afirmaba el autor en el prólogo: "La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar." (Ed. Emecé)


 

 

Prólogo

Yo

Cosmogonía

El sueño

Browning resuelve ser poeta

Inventario

La pantera

El bisonte

El suicida

Espadas

Al ruiseñor

Soy

Quince monedas

Simón Carbajal

Sueña Alonso Quijano

A un César

Proteo

Otra versión de Proteo

Una mañana

Habla un busto de Jano

De que nada se sabe

Brunanburh, 937 A.D.

El ciego

Un ciego

1972

Elegía

All Our Yesterdays

El desterrado (1977)

En memoria de Angélica

Al espejo

Mis libros

Talismanes

El testigo

Efialtes

El Oriente

La cierva blanca

The Unending Rose

Notas


 

Yo

 

La CALAVERA, el corazón secreto,
los caminos de sangre que no veo,
los túneles del sueño, ese Proteo,
las vísceras, la nuca el esqueleto.

Soy esas cosas. Increíblemente
soy también la memoria de una espada
y la de un solitario sol poniente
que se dispersa en oro, en sombra, en nada.

Soy el que ve las proas desde el puerto;
soy los contados libros, los contados
grabados por el tiempo fatigados;
soy el que envidia a los que ya se han muerto.

Más raro es ser el hombre que entrelaza
palabras en un cuarto de una casa.

 

 

Cosmogonía

 

Ni TINIEBLA ni caos.

La tiniebla requiere ojos que ven,

como el sonido y el silencio requieren el oído,
y el espejo, la forma que lo puebla.

 

Ni el espacio ni el tiempo.

ni siquiera una divinidad que premedita
el silencio anterior a la primera
noche del tiempo, que será infinita.

 

El gran río de Heráclito el Oscuro
su irrevocable curso no ha emprendido,
que del pasado fluye hacia el futuro,
que del olvido fluye hacia el olvido.

Algo que ya padece. Algo que implora.

Después la historia universal. Ahora.

 

 

El sueño

 

Si el sueño fuera (como dicen) una 
tregua, un puro reposo de la mente, 
¿por qué, si te despiertan bruscamente, 
sientes que te han robado una fortuna? 

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora 
nos despoja de un don inconcebible, 
tan íntimo que sólo es traducible 
en un sopor que la vigilia dora 

de sueños, que bien pueden ser reflejos 
truncos de los tesoros de la sombra, 
de un orbe intemporal que no se nombra 

y que el día deforma en sus espejos. 
¿Quién serás esta noche en el oscuro 
sueño, del otro lado de su muro?

 

 

Browning resuelve ser poeta

 

Por estos rojos laberintos de Londres
descubro que he elegido
la más curiosa de las profesiones humanas,
salvo que todas, a su modo, lo son.
Como los alquimistas
que buscaron la piedra filosofar
en el azogue fugitivo,
haré que las comunes palabras
-naipes marcados del tahúr, moneda de la plebe-
rindan la magia que fue suya
cuando Thor era el numen y el estrépito,
el trueno y la plegaria.
En el dialecto de hoy
diré a mi vez las cosas eternas;
trataré de no ser indigno
del gran eco de Byron.
Este polvo que soy será invulnerable.
Si una mujer comparte mi amor
mi verso rozará la décima esfera de los cielos concéntricos;
si una mujer desdeña mi amor
haré de mi tristeza una música,
un alto río que siga resonando en el tiempo.
Viviré de olvidarme.

Seré la cara que entreveo y olvido,

seré Judas que acepta

la divina misión de ser traidor,

seré Calibán en la ciénaga,

seré un soldado mercenario que muere

sin temor y sin fe,

seré Polícrates que ve con espanto

el anillo devuelto por el destino,

seré el amigo que me odia.

El persa me dará el ruiseñor y Roma la espada.

Máscaras, agonías, resurrecciones,

destejerán y tejerán mi suerte

y alguna vez seré Robert Browwning.

 

 

 

Inventario

 

Hay que arrimar una escalera para subir. Un tramo le falta.
¿Qué podemos buscar en el altillo
Sino lo que amontona el desorden?
Hay olor a humedad.
El atardecer entra por la pieza de plancha.
Las vigas del cielo raso están cerca y el piso está vencido.
Nadie se atreve a poner el pie.
Hay un catre de tijera desvencijado.
Hay unas herramientas inútiles.
Está el sillón de ruedas del muerto.
Hay un pie de lámpara.
Hay una hamaca paraguaya con borlas, deshilachada.
Hay aparejos y papeles.
Hay una lámina del estado mayor de Aparicio Saravia.
Hay una vieja plancha a carbón.
Hay un reloj de tiempo detenido, con el péndulo roto.
Hay un marco desdorado, sin tela.
Hay un tablero de cartón y unas piezas descabaladas.
Hay un brasero de dos patas.
Hay una petaca de cuero.
Hay un ejemplar enmohecido del Libro de los Mártires de Foxe, en intrincada letra gótica.
Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera.
Hay una piel gastada que fue de tigre.
Hay una llave que ha perdido su puerta.
¿Qué podemos buscar en el altillo
Sino lo que amontona el desorden?
Al olvido, a las cosas del olvido, acabo de erigir este monumento,
Sin duda menos perdurable que el bronce y que se confunde con ellas.

 

La pantera

 

Tras los fuertes barrotes la pantera
Repetirá el monótono camino
Que es (pero no lo sabe) su destino
De negra joya, aciaga y prisionera.
Son miles las que pasan y son miles
Las que vuelven, pero es una y eterna
La pantera fatal que en su caverna
Traza la recta que un eterno Aquiles
Traza en el sueño que ha soñado el griego.
No sabe que hay praderas y montañas
De ciervos cuyas trémulas entrañas
Deleitarían su apetito ciego.
En vano es vario el orbe. La jornada
Que cumple cada cual ya fue fijada.

 

 

El bisonte

 

Montañoso, abrumado, indescifrable,
rojo como la brasa que se apaga,
anda fornido y lento por la vaga
soledad de su páramo incansable.

El armado testuz levanta. En este
antiguo toro de durmiente ira,
veo a los hombres rojos del Oeste
y a los perdidos hombres de Altamira.

Luego pienso que ignora el tiempo humano,
cuyo espejo espectral es la memoria.
El tiempo no lo toca ni la historia

de su decurso, tan variable y vano.
Intemporal, innumerable, cero,
es el postrer bisonte y el primero.

 

 

El suicida

 

No quedara en la noche una estrella.
NO quedará la noche
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

 

 

Espadas

 

Gram, Durendal, Joyeuse, Excalibur.  

Sus viejas guerras andan por el verso,

que es la única memoria.

El universo las siembra por el Norte y por el Sur.

En la espada persiste la porfía
de la diestra viril, hoy polvo y nada;
en el hierro o el bronce, la estocada que

fue sangre de Adán un primer día.

Gestas he enumerado de lejanas espadas

cuyos hombres dieron muerte a reyes y a serpientes.

Otra suerte de espadas hay, murales y cercanas.

Déjame, espada, usar contigo el arte;

yo, que no he merecido manejarte

 

 

Al ruiseñor


¿En qué noche secreta de Inglaterra
O del constante Rhin incalculable,
Perdida entre las noches de mis noches,
A mi ignorante oído habrá llegado
Tu voz cargada de mitologías,
Ruiseñor de Virgilio y de los persas?
Quizá nunca te oí, pero a mi vida
Se une tu vida, inseparablemente.
Un espíritu errante fue tu símbolo
En un libro de enigmas. El Marino
Te apodaba sirena de los bosques
Y cantas en la noche de Julieta
Y en la intrincada página latina
Y desde los pinares de aquel otro
Ruiseñor de Judea y Alemania,
Heine del burlón, el encendido, el triste.
Keats te oyó para todos, para siempre.
No habrá uno solo entre los claros nombres
Que los pueblos te dan sobre la tierra
Que no quiera ser digno de tu música,
Ruiseñor de la sombra. El agareno
Te soñó arrebatado por el éxtasis
El pecho traspasado por la espina
De la cantada rosa que enrojeces
Con tu sangre final. Asiduamente
Urdo en la hueca tarde este ejercicio,
Ruiseñor de la arena y de los mares,
Que en la memoria, exaltación y fábula,
Ardes de amor y mueres melodioso.


Soy

 

Soy el que sabe que no es menos vano
que el vano observador que en el espejo
de silencio y cristal sigue el reflejo
o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.

Soy, tácitos amigos, el que sabe
que no hay otra venganza que el olvido
ni otro perdón. Un dios ha concedido
al odio humano esta curiosa llave.

Soy el que pese a tan ilustres modos
de errar, no ha descifrado el laberinto
singular y plural, arduo y distinto,

del tiempo, que es uno y es de todos.
Soy el que es nadie, el que no fue una espada
en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

 

 

Simón Carbajal

 

En los campos de Antelo, hacia el noventa
Mi padre lo trató. Quizá cambiaron
Unas parcas palabras olvidadas.
No recordaba de él sino una cosa:
El dorso de la oscura mano izquierda
Cruzado de zarpazos. En la estancia
Cada uno cumplía su destino:
Éste era domador, tropero el otro,
Aquél tiraba como nadie el lazo
Y Simón Carbajal era el tigrero.
Si un tigre depredaba las majadas
O lo oían bramar en la tiniebla,
Carbajal lo rastreaba por el monte.
Iba con el cuchillo y con los perros.
Al fin daba con él en la espesura.
Azuzaba a los perros. La amarilla
Fiera se abalanzaba sobre el hombre
Que agitaba en el brazo izquierdo el poncho,
Que era escudo y señuelo. El blanco vientre
Quedaba expuesto. El animal sentía
Que el acero le entraba hasta la muerte.
El duelo era fatal y era infinito.
Siempre estaba matando al mismo tigre
Inmortal. No te asombre demasiado
Su destino. Es el tuyo y es el mío,
Salvo que nuestro tigre tiene formas
Que cambian sin parar. Se llama el odio,
El amor, el azar, cada momento.

 

 

Sueña Alonso Quijano

 

El hombre se despierta de un incierto
Sueño de alfanjes y de campo llano
Y se toca la barba con la mano
Y se pregunta si está herido o muerto.
¿No lo perseguirán los hechiceros
que han jurado su mal bajo la luna?
Nada. Apenas el frío. Apenas una
Dolencia de sus años postrimeros.
El hidalgo fue un sueño de Cervantes
Y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
está pasnado que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
Los mares de Lepanto y la metralla

 

 

A un César

EN la noche propicia a los lémures
y a las larvas que hostigan a los muertos

han cuartelado en vano los abiertos

ámbitos de los astros tus augures.

Del toro yugulado en la penumbra
las vísceras en vano han indagado;
en vano el sol de esta mañana alumbra
la espada fiel del pretoriano armado.

En el palacio tu garganta espera temblorosa

el puñal. Ya los confines
del imperio que rigen tus clarines

presienten las plegarias y la hoguera.

De tus montañas el horror sagrado
el tigre de oro y sombra ha profanado

 

 

Proteo

 

Antes  que los remeros de Odiseo

fatigaran el mar color de vino
las inasibles formas adivino
de aquel dios cuyo nombre fue Proteo.

Pastor de los rebaños de los mares
y poseedor del don de profecía,
prefería ocultar lo que sabia
y entretejer oráculos dispares.

Urgido por las gentes asumía
la forma de un león o de una hoguera
o de árbol que da sombra a la ribera
o de agua que en el agua se perdía.

De Proteo el egipcio no te asombres,
tú, que eres uno y eres muchos hombres.

 

 

Otra versión de Proteo

 

Habitador de arenas recelosas,
mitad dios y mitad bestia marina,
ignoró la memoria, que se inclina
sobre el ayer y las perdidas cosas.

Otro tormento padeció Proteo
no menos cruel, saber lo que ya

encierra el porvenir: la puerta que se cierra
para siempre, el troyano y el aqueo.

Atrapado, asumía la inasible
forma del huracán o de la hoguera
o del tigre de oro o la pantera
o de agua que en el agua es invisible.

Tú también estás hecho de

inconstantes ayeres y mañanas.

Mientras, antes.

 

 

Habla un busto de Jano

 

Nadie abriere o cerrare alguna puerta
sin honrar la memoria del Bifronte,
que las preside. Abarco el horizonte
de inciertos mates y de tierra cierta.

Mis dos caras divisan el pasado
y el porvenir. Los veo y son iguales
los hierros, las discordias y los males
que Alguien pudo borrar y

no ha borrado ni borrará.

Me faltan las dos manos
y soy de piedra inmóvil.

No podría precisar si contemplo una porfía
futura o la de ayeres hoy lejanos.

Veo mi ruina: la columna trunca
y las caras, que no se verán nunca

 

 

De que nada se sabe

 

La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas
es instrumento de Otro. Lo ignoramos;
darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
y la trunca plegaria que iniciamos.
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?

 

 

El ciego

 

I

 

Lo han despojado del diverso mundo,
de los rostros, que son lo que eran antes.
De las cercanas calles, hoy distantes,
y del cóncavo azul, ayer profundo.
De los libros le queda lo que deja
la memoria, esa forma del olvido
que retiene el formato, no el sentido,
y que los meros títulos refleja.
El desnivel acecha. Cada paso
puede ser la caída. Soy el lento
prisionero de un tiempo soñoliento
que no marca su aurora ni su ocaso.
Es de noche. No hay otros. Con el verso
debo labrar mi insípido universo.

 

II

 

Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve,
de la cóncava parra y el aljibe profundo,
el tiempo minucioso, que en la memoria es breve,
me fue hurtando las formas visibles de este mundo.
Los días y las noches limaron los perfiles
de las letras humanas y los rostros amados;
en vano interrogaron mis ojos agotados
las vanas bibliotecas y los vanos atriles.
El azul y el bermejo son ahora una niebla
y dos voces inútiles. El espejo que miro
es una cosa gris. En el jardín aspiro,
amigos, una lóbrega rosa de la tiniebla.
Ahora sólo perduran las formas amarillas
y sólo puedo ver para ver pesadillas.

 

 

Un ciego

 

No sé cuál es la cara que me mira
cuando miro la cara del espejo;
no sé qué anciano acecha en su reflejo
con silenciosa y ya cansada ira.
Lento en mi sombra, con la mano exploro
mis invisibles rasgos. Un destello
me alcanza. He vislumbrado tu cabello
que es de ceniza o es aún de oro.
Repito que he perdido solamente
la vana superficie de las cosas.
El consuelo es de Milton y es valiente,
pero pienso en las letras y en las rosas.
Pienso que si pudiera ver mi cara
sabría quién soy en esta tarde rara.

 

 

1972

 

Temí que el porvenir (que ya declina)
sería un profundo corredor de espejos
indistintos, ociosos y menguantes,
una repetición de vanidades,
y en la penumbra que precede al sueño
rogué a mis dioses, cuyo nombre ignoro,
que enviaran algo o alguien a mis días.
Lo hicieron. Es la patria. Mis mayores
la sirvieron con largas proscripciones,
con penurias, con hambre, con batallas,
aquí de nuevo está el hermoso riesgo.
No soy aquellas sombras tutelares
que honré con versos que no olvida el tiempo.
Estoy ciego. He cumplido los setenta;
no soy el oriental Francisco Borges
que murió con dos balas en el pecho,
entre las agonías de los hombres,
en el hedor de un hospital de sangre,

pero la Patria hoy profanada quiere

que con mi oscura pluma de gramático,

docta en las nimiedades académicas

y ajena a los trabajos de la espada,

congregue el gran rumor de la epopeya

y exija mi lugar. Lo estoy haciendo.

 

 

All Our Yesterdays

 

Quiero saber de quién es mi pasado.
¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino
Que trazó algún hexámetro latino
Que los lustrales años han borrado?
¿Es de aquel niño que buscó en la entera
Biblioteca del padre las puntuales
Curvaturas del mapa y las ferales
Formas que son el tigre y la pantera?
¿O de aquel otro que empujó una puerta
Detrás de la que un hombre se moría
Para siempre, y besó en el blanco día
La cara que se va y la cara muerta?
Soy los que ya no son. Inútilmente
Soy en la tarde esa perdida gente.

 

 

El desterrado (1977)

 

Alguien  recorre los senderos de Itaca
y no se acuerda de su rey, que fue a Troya

hace ya tantos años;
alguien piensa en las tierras heredadas
y en el arado nuevo y el hijo
y es acaso feliz,
En el confin del orbe yo, Ulises,
descendí a la Casa de Hades
y vi la sombra del tebano Tiresias
que desligó el amor de las serpientes,
y la sombra de Heracles
que mata sombras de leones en la pradera

y asimismo está en el Olimpo.

Alguien hoy anda por Bolívar y Chile
y puede ser feliz o no serio.

Quién me diera ser él.

 

 

En memoria de Angélica

CUÁNTAS posibles vidas se habrán ido 
en esta pobre y diminuta muerte, 
cuántas posibles vidas que la suerte 
daría a la memoria o al olvido! 
Cuando yo muera morirá un pasado; 
con esta flor un porvenir ha muerto 
en las aguas que ignoran, un abierto 
porvenir por los astros arrasado. 
Yo, como ella, muero de infinitos 
destinos que el azar no me depara; 
busca mi sombra los gastados mitos 
de una patria que siempre dio la cara. 
Un breve mármol cuida su memoria; 
sobre nosotros crece, atroz, la historia.


Al espejo

¿POR QUÉ persistes, incesante espejo? 
¿Por qué duplicas, misterioso hermano, 
el menor movimiento de mi mano? 
¿Por qué en la sombra el súbito reflejo? 
Eres el otro yo de que habla el griego 
y acechas desde siempre. En la tersura 
del agua incierta o del cristal que dura 
me buscas y es inútil estar ciego. 
El hecho de no verte y de saberte 
te agrega horror, cosa de magia que osas 
multiplicar la cifra de las cosas 
que somos y que abarcan nuestra suerte. 
Cuando esté muerto, copiarás a otro 
y luego a otro, a otro, a otro, a otro...


Mis libros

 

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.

No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.

Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.

 

 

El testigo

 

Desde su sueño el hombre ve al gigante

de un sueño que soñado fue en Bretaña
y apresta el corazón para la hazaña
y le clava la espuela a Rocinante,

El viento hace girar las laboriosas
aspas que el hombre gris ha acometido.

Rueda el rocín; la lanza se ha partido
y es una cosa más entre las cosas.

 

Yace en la tierra el hombre de armadura;

lo ve caer el hijo de un vecino,
que no sabrá el final de la aventura

 

y que a las Indias llevará el destino.

Perdido en el confín de otra llanura
se dirá que fue un sueño el del molino

 

 

Efialtes

 

En el fondo del sueño están los sueños. Cada
noche quiero perderme en las aguas obscuras
que me lavan del día, pero bajo esas puras
aguas que nos conceden la penúltima Nada
late en la hora gris la obscena maravilla.

Puede ser un espejo con mi rostro distinto,
puede ser la creciente cárcel de un laberinto,
puede ser un jardín. Siempre es la pesadilla.

Su horror no es de este mundo.

Algo que no se nombra me alcanza

desde ayeres de mito y de neblina;
la imagen detestada perdura en la retina
e infama la vigilia como infamó la sombra.

¡Por qué brota de mi cuando el cuerpo reposa
y el alma queda sola, esta insensata rosa?

 

El Oriente

 

La mano de Virgilio se demora
Sobre una tela con frescura de agua
Y entretejidas formas y colores
Que han traído a su Roma las remotas
Caravanas del tiempo y de la arena.
Perdurará en un verso de las Geórgicas.
No la había visto nunca. Hoy es la seda.
En un atardecer muere un judío
Crucificado por los negros clavos
Que el pretor ordenó, pero las gentes
De las generaciones de la tierra
No olvidarán la sangre y la plegaria
Y en la colina los tres hombres últimos.
Sé de un mágico libro de hexagramas
Que marca los sesenta y cuatro rumbos
De nuestra suerte de vigilia y sueño.
¡Cuánta invención para poblar el ocio!
Sé de ríos de arena y peces de oro
Que rige el Preste Juan en las regiones
Ulteriores al Ganges y a la Aurora
Y del hai ku que fija en unas pocas
Sílabas un instante, un eco, un éxtasis;
Sé de aquel genio de humo encarcelado
En la vasija de amarillo cobre
Y de lo prometido en la tiniebla.
¡Oh mente que atesoras lo increíble!
Caldea, que primero vio los astros.
Las altas naves lusitanas; Goa.
Las victorias de Clive, ayer suicida.
Kim y su lama rojo que prosiguen
Para siempre el camino que los salva.
El fino olor del té, el olor del sándalo.
Las mezquitas de Córdoba y del Aksa
Y el tigre, delicado como el nardo.

Tal es mi Oriente. Es el jardín que tengo
Para que tu memoria no me ahogue.

 

 

La cierva blanca

 

¿De qué agreste balada de la verde Inglaterra,
de qué lámina persa, de qué región arcana
de las noches y días que nuestro ayer encierra,
vino la cierva blanca que soñé esta mañana?

Duraría un segundo. La vi cruzar el prado
y perderse en el oro de una tarde ilusoria,
leve criatura hecha de un poco de memoria
y de un poco de olvido, cierva de un solo lado.

Los númenes que rigen este curioso mundo
me  dejaron soñarte pero no ser tu dueño;
tal vez en un recodo del porvenir profundo
te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño.

Yo también soy un sueño fugitivo que dura
unos días más que el sueño  del prado y la blancura.

 

 

The Unending Rose

 

A los quinientos años de la Hégira

Persia miró desde sus alminares

la invasión de las lanzas del desierto

y Attar de Nishapur miró una rosa

y le dijo con tácita palabra

como el que piensa, no como el que reza:

Tu vaga esfera está en mi mano. El tiempo

nos encorva a los dos y nos ignora

en esta tarde de un jardín perdido.

Tu leve peso es húmedo en el aire.

La incesante pleamar de tu fragancia

sube a mi vieja cara que declina

pero te sé más lejos que aquel niño

que te entrevió en las láminas de un sueño

o aquí en este jardín, una mañana.

La blancura del sol puede ser tuya

o el oro de la luna o la bermeja

firmeza de la espada en la victoria.

Soy ciego y nada sé, pero preveo

que son más los caminos. Cada cosa

es infinitas cosas. Eres música,

firmamentos, palacios, ríos, ángeles,

rosa profunda, ilimitada, íntima,

que el Señor mostrará a mis ojos muertos.