Mauthner en Borges

Por Fernando Báez


“Yo soy un lector, simplemente. A mí no se me ha ocurrido nada.
Se me han ocurrido fábulas con temas filosóficos.
pero no ideas filosóficas...” (J. L.B.)

 

Cada año hago la promesa de evitar escribir conmemoraciones o necrologías sobre autores o amigos queridos. Es, por supuesto, una promesa retórica, porque siempre encuentro oportunidades para contradecirme, y este año, que es el centenario de Jorge Luis Borges (1899-1986) siento que tengo una excusa perfecta para ser infiel a mis propósitos y rendir un pequeño homenaje a este argentino, pero un homenaje particular, porque es un replanteamiento de unas de sus lecturas favoritas. Hablo de Fritz Mauthner, cuyo Diccionario de la Filosofía  confesó Borges, en una reseña aparecida en el número 73 de 1940 de la revista Sur, que era uno de los cinco libros más anotados y releídos por él. 

            En El idioma de los argentinos (1928) citó por vez primera a Mauthner en estos términos: ”No hay que pensar en la ordenación de ideas afines. Son demasiadas las ordenaciones posibles para que alguna de ellas sea única. Todas las ideas son afines o pueden serlo. Los contrarios lógicos pueden ser palabras sinónimas para el arte: su clima, su temperatura emocional suele ser común. De esta no posibilidad de una clasificación psicológica no diré más: es desengaño que la organización (desorganización) alfabética de los diccionarios pone de manifiesto. Fritz Mauthner (Wörterbuch der Philosophie, volumen primero, páginas 379-401) lo prueba con lindísima sorna”. El 30 de abril de 1937, en la revista “El Hogar”, reiteró que junto con Schopenhauer y Lidell Hart, la obra de Mauthner le causaba un goce ejemplar. Una nota del ensayo “La biblioteca total”, aparecido en el número 59 de Sur de agosto de 1939, expone: “Deussen y Mauthner hablan de una bolsa de letras y no dicen que éstas son de oro...”. Se refería a un pasaje de Cicerón, en el que este autor señalaba que no sabía si arrojándose en un bulto innumerables caracteres de oro con las 21 letras del alfabeto podría la causalidad hacer que se armasen los Anales de Ennio. 

            Hay más todavía. En la reseña ya citada de 1940, Borges calificó de admirable la obra de Mauthner y tradujo una frase del tercer volumen: «Parece que los animales no tienen sino oscuros presentimientos de la sucesión temporal y de la duración. En cambio, el hombre, cuando es además un psicólogo de la nueva escuela, puede diferenciar en el tiempo dos impresiones que sólo estén separadas por 1/500 de segundo...». Entre los libros consultados para escribir su ensayo “La doctrina de los ciclos” (ver Historia de la eternidad) destacó el Wörterbuch der Philosophie, en una edición de Leipzig de 1923, y hay en el mismo ensayo una explicación interesante: “Escribió Nietzsche: «No anhelar distantes venturas y favoires y bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad. Mauthner objeta que atribuir la menor influencia moral, vale decir práctica, a la tesis del eterno retorno, es negar la tesis --pues equivale a imaginar que algo puede acontecer de otro modo. Nietzsche respondería que la formulación del regreso eterno y su dilatada influencia moral (vale decir práctica) y las cavilaciones de Mauthner y su refutación de las cavilaciones de Mauthner, son otros tantos necesarios momentos de la historia mundial, obra de las agitaciones atómicas...”. . En la primera postdata de “Las kenningar” (ver Historia de la eternidad) volvió a citar a Mauthner: “Mauthner observa que los árabes suelen derivar sus figuras de la relación padre-hijo. Así: padre de la mañana, el gallo; padre del merodeo, el lobo; hijo del arco, la flecha; padre e los pasos, la montaña...”. En una reseña de una historia de la literatura alemana en 1943, sentenció: “La tradicional exclusión de Schopenhauer y de Fritz Mauthner me indigna, pero no me sorprende ya: el horror de la palabra filosofía impide que los críticos reconozcan, en el Woerterbuch de uno y en los Parerga und Paralipomena de otro, los más inagotables y agradables libros de ensayos de la literatura alemana”.

            En el prólogo de Artificios, fechado en 1944, Borges comparó, como uno de sus autores predilectos, a Mauthner con De Quincey, Stevenson, Chesterton, Shaw y León Bloy. La admiración no desapareció con el tiempo, hecho nada raro en un relector como lo era él, y en “El idioma analítico de John Wilkins” (ver Otras inquisiciones) escribió que Mauthner le fue imprescindible para elaborar la nota, con una variación: esta vez la edición o el tomo utilizado fue de 1924. En el mismo ensayo expuso: “Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner observa que los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después en el colegio, descubrirían que es también una clave universal y una enciclopedia secreta”. En “Historia de los ecos de un nombre” (también incluido en Otras inquisiciones) escribió: “...no toleramos que al sonido de nuestro nombre se vinculen ciertas palabras. Mauthner ha analizado y ha fustigado este hábito mental”. La Revista Sur, en sus número 209-210, marzo-abril de 1952, transcribió las palabras de Borges ante la bóveda de Macedonio Fernández y hay una frase que no puede pasar ignorada en este ensayo: “Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación ultraísta”. Esa confesión es casi un ars vitae.

            En una estupenda charla que sostuvo con James E. Irby definió a Mauthner: “Es un judío, de origen checo, que vivió a fines del último siglo. Publicó algunas novelas muy malas, pero sus textos filosóficos son excelentes. Es un escritor espléndido, muy irónico, cuyo estilo recuerda al siglo XVIII. Creía que el lenguaje sólo sirve para ocultar a la realidad o para una expresión estética. Su diccionario de la filosofía, uno de los libros que he consultado con placer, es en verdad una colección de ensayos sobre temas diferentes, como el alma, el mundo, el espíritu, la conciencia, etc. La parte histórica también es buena: Mauthner era un erudito. Hace algunos chistes muy buenos. Habla, por ejemplo, del verbo alemán stehen (en inglés to stand) que no tiene equivalente preciso en francés o en español, donde hay que decir etre debout o estar de pie, que no son la misma cosa. Pero entonces observa qye tanto en francés como en español deberían conocer el concepto de stehen, porque de lo contraría se caerán al suelo” (Entrevista con Borges, Revista de la Universidad de México, vol. 16, nro. 10, México, junio de 1962, pg. 9). Otro comentario sobre Mauthner está en una conversación con Jean De Milleret: “Mauthner dice que en ese libro (habla de la Crítica de la Razón Pura) Kant escribe con una asombrosa sequedad, pero encontré más sequedad que asombro; las frases son demasiado largas” (Entretiens avec Jorge Luis Borges, París, Belfond, 1967, p. 27). En Atlas (1984) hay un texto titulado “Ars Magna”, donde Borges recordó por última vez a su autor querido: “Mauthner observa que un diccionario de la rima es también una máquina de pensar”, frase que casi textualmente repite una empleada en un artículo sobre Raimundo Lulio y su máquina de pensar, publicado en “El Hogar” el 15 de octubre de 1937: “Agudamente anota Fritz Mauthner --Wörterbuch der philosophie, volumen primero, página 284-- que un diccionario de la rima es una especie de máquina de pensar...”. 

  

2

 

“No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil.
Una doctrina filosófica es al principio una descripción
verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo
--cuando no un párrafo o un nombre -- de la historia de la filosofía”
(J.L.B.)

 

            La pasión de Borges por Mauthner ha sido completamente desestimada, como lo advirtió con audacia Enrique Anderson Imbert en “El éxito de Borges” (texto inserto en su libro El realismo mágico y otros ensayos): “Se buscan coincidencias entre Borges y Lévi-Strauss, Foucault, Todorov, Barthes o Steiner en vez de señalar que la fuente filosófica de Borges fue el viejo Wörterbuch der Philosophie de Fritz Mauthner”. No imagino las causas de tal elusión, pero si sé que una obra tan feliz como La filosofía de Borges de Juan Nuño llega al escamoteo de una cita a pie de página. La única biografía que hace mención de Mauthner es la de Emír Rodríguez Monegal (Borges. Una biografía literaria), que es la más cuestionable de todas. En el caso de las entrevistas, sólo hay comentarios en las que le hicieron J. Irby y Milleret. Hasta la fecha, el único aporte que resguarda, analiza e historia la influencia de  Mauthner sobre el argentino es un estupendo ensayo de Silvia G. Dapía, aún sin versión castellana. Su libro, Die rezeption der Sprachkritik Fritz Mauthner im Werk von Jorge Luis Borges (Böhlau, 1993), austero, erudito, magníficamente dispuesto, rescata el enorme tejido de relaciones existente entre Mauthner y Borges. Restituir el trasfondo de esa obra en este breve ensayo, aun cuando sólo sea en forma breve, creo, permitirá abrir un camino que, entre nosotros, constituiría una aproximación indispensable e inusual.

            Fritz Mauthner no fue, y creo justa la aclaración, un autor menor. Cuando Borges lo leyó ya disfrutaba de gran fama. Había nacido el 22 de noviembre de 1849 en Horice, Bohemia, hijo de Emmanuel y Amalia Mauthner.  Novelista, poeta satírico, dramaturgo, crítico teatral y filósofo, durante 1876 y 1905 escribió críticas memorables para Berliner Tageblatt, que le ganaron renombre por su agudeza y estudio de las estructuras verbales de las piezas montadas en los teatros alemanes. Su concepción como dramaturgo fue pobre y se redujo a Anna (1874), una obra sobre el universo de la intimidad. Como novelista, quiso ofrecer retratos del lenguaje y costumbres de su época y aprovechó situaciones históricas para simbolizar el caos dilatado de su país. Fue autor de Die Sonntage der Baronin (1881), Der neue Ahasver (1882), Der letzte Deutsche von Blatna (1887), Die Fanfare (1886), Schmock (1888), Geisterseher (1894). Una de sus novelas fue un policial, Kraft (1894), cuyo misterio envolvía un acertijo lingüístico. Otra fue una novela histórica, Xantippe (1884), visión de Sócrates a través de su histérica mujer. Al comenzar el siglo XX, dejó, sin mayores explicaciones, de escribir relatos y se entregó a la pasión de la filosofía. No dió excusas para su cambio de marcha; bajo el signo de Kant, Nietzsche y Schopenhauer, en 1901 publicó Beitraege zu einer Kritik der Sprache; en 1910, Wörterbuch der Philosophie en dos tomos; en 1920, Der Atheismus und seine Geschichte im Abendlande, enciclopedia sobre la historia del ateísmo en occidente en cuatro volúmenes que apareció hasta 1923.

            W.M.Urban ha escrito ya que “el lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico”. J.M. Briceño Guerrero, en El origen del lenguaje, apoya esta tesis señalando que “la estructura del conocimiento es lingüística”. Mauthner, escéptico, lo sabía: pionero con voluminosos estudios, puso de manifiesto que la realidad de la filosofía es, esencialmente, lingúística. Su definición de la filosofía era bastante clara: “Philosophie ist kritische Aufmerksamkeit auf die Sprache”. De ahí que Silvia G. Dapía prefiera en su texto ignorar cualquier otra vertiente de influencia de Mauthner sobre Borges que no sea la demostración, en 8 relatos fundamentales, del uso de una interpretación crítica del lenguaje como tema. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, encontraríamos la interpretación temporal del lenguaje; en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” estaría presente la Sprachkritik de Mauthner, por la discrepancia entre lenguaje y realidad; en “Emma Zunz” se expondría la Wortaberglaube o superstición de la palabra, creencia que respaldaría la existencia de una palabra por la existencia de un objeto; en “Tema del traidor y del héroe” se impondría el mismo aspecto; en “Tigres azules” estaría la tesis mauthneriana de la insuficiencia lógica del lenguaje; en “El otro”, se vindicaría la naturaleza metafórica de todo lenguaje; en “El inmortal” se defendería el poder arquetipal sobre los procesos mentales individuales y en “El Congreso”, el relato más ambicioso de Borges, se probaría la arbitrariedad de los sistemas de clasificación lingüística.

            Alguna vez Borges admitió que no era filósofo ni metafísico, sino un explorador de  las posibilidades literarias de la filosofía. En algún punto, esa exploración incluyó los prodigios de Plotino, Berkeley, Schopenhauer, Hume, Spinoza, Russell: gracias a Dapía, sabemos que tal vez Fritz Mauthner fue el centro de todas sus búsquedas.

 

1996

 

Postdata de 1999. Como dato curioso, debo mencionar que una de las primeras ediciones en lengua europea de la obra de Mauthner fue en español. La edición en cuestión tuvo por título Frederico Mauthner. Contribuciones a una crítica del lenguaje; salió en Madrid en 1911 y la versión, un tanto distraída, fue de José Moreno Villa. Ignoro si Borges conoció esta versión.

 

 BORGES Y LA CRÍTICA DE LA RAZÓN SÚBITA

 

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             Voy a comenzar esta charla con la crónica breve de algunos de los mejores momentos de la historia del espíritu, que aún sigue sin encontrar quién la escriba. Estos momentos no son otros que los que refieren la relación clandestina, infiel e indiscreta entre la filosofía y la literatura o, para decirlo mejor, la revelación literaria de la filosofía o la revelación filosófica de la literatura en las civilizaciones del occidente y del oriente. Comprender los pormenores de este proceso es imprescindible, si lo que nos interesa es asumir con profundidad el tema de la charla de hoy, tema al que he dedicado doce años de mi vida, el pensamiento filosófico de Jorge Luis Borges, cuyo centenario celebramos este año.

            Conviene decir lo siguiente: en el inicio de todas las literaturas del mundo, y seguramente en el final, estuvo (o estará) el pensamiento. En el origen del pensamiento, y en su fin, estuvo (y estará) la literatura. En parte, porque toda creación nace de un anhelo secreto que busca introducir arquetipos esenciales; en parte, porque todo pensamiento define su expresión como una necesidad de creación y de unidad preestablecida. Baudelaire, al hablar de la poesía, dijo que únicamente este género otorga a las cosas “l’ecletance verité de leur harmonie native” (la verdad deslumbrante de su armonía nativa). Martin Heidegger (Carta sobre el Humanismo) escribió que “el lenguaje es la casa del ser. En su vivienda mora el hombre. Los pensadores y los poetas son los vigilantes de esta vivienda”. Gaston Bachelard, el intuitivo Bachelard, dijo que la poesía “es una metafísica instantánea”. Ciertamente, la poesía, género que fue de principio y tal vez lo será de cierre, fue principalmente poesía cosmogónica, teológica y necesariamente filosófica desde su primer momento. La filosofía fue, asimismo, cosmogónica, teológica y necesariamente poética. El poeta era un ser sagrado, alguien capaz de recuperar la virtud mágica del lenguaje, alguien capaz de consolidar una memoria que identificaba proyectos vitales; el filósofo era una suerte de guía infalible, un hombre con el poder de discernir la compleja e intacta condición del vértigo de las cosas en una época en que todo era un dios o un sueño de los dioses.

            Entre los griegos, por ejemplo, vemos que el primer gran momento de diálogo entre lo poético y lo filosófico tuvo su origen en el concepto maravilloso que tenía este pueblo de la verdad. La hermosa palabra griega para verdad, “alétheia”, traducida por cualquier diccionario como “descubrimiento”, procedía del adjetivo “alethés”, y éste, a la vez, derivaba de “léthos” o “láthos”, cuyo significado era “olvido”. De ahí que la partícula privativa “a” al principio de la palabra nos diga que “alétheia” era “algo sin olvido”, “algo develado”. El poeta podía, por tanto, y con el mismo rigor del filósofo, indagar la verdad de las cosas porque lo que hacía era recordar algo que no tardaba en transformarse en memoria colectiva, si la verdad postulada era, más que verificable, sustantiva. Lo que diferenció finalmente al poeta del filósofo fue que el primero no necesitó argumentar con abstracciones sino que creó obras cuya verdad podía tomarse como una suerte de coartada palindrómica fulminante.

            Hay una broma de Séneca (Ep. LXXXVI,5), extraña en él, que era propenso al suicidio y a la veneración de lo insípido, en la que nos dice que todas las escuelas filosóficas de la antigüedad habían descubierto, tras largos e impostergables razonamientos, que Homero era un seguidor de sus doctrinas. Sin embargo, no es justo definir a Homero como un poeta filósofo. No hubo en él ninguna motivación por persuadir sino por hechizar, como lo dice en la Odisea (XVII, 518). Quería conmover, distraer y defender un pasado, no promover un cambio de opinión sobre lo que es la realidad. Hesíodo, en el siglo VIII a.C., para abolir el culto de Homero, dijo que él sí proclamaba la verdad, pero su poesía no superó ciertos rezagos religiosos y preceptivos. En Los Trabajos y los días uno siente, más que el pensamiento, la justificación de la devoción al trabajo, cuestión que en un poeta resulta bastante lamentable.

            De esa idea de que la literatura puede presentar verdades, nació un movimiento, el de los presocráticos, que en tres casos muy especiales modificó para siempre la imagen del poeta. Empédocles de Agrigento, Jenófanes de Colofón y Parménides de Elea, en el siglo VI a.C.,  hicieron de sus poemas una declaración de causas de lo físico, una indagación sobre el arjé, el principio del universo. Hoy, al leer en griego sus fragmentos, que fue lo único que quedó de sus escritos, uno tiende, como suele sucederme, a asumir la magia del verso desde la perspectiva iniciática.  Todos sus poemas se titularon en forma idéntica, todos utilizaron el título de Peri Fisis (Sobre la naturaleza), todos utilizaron el verso hexámetro, que era el verso de los oráculos y todos manifestaron la realidad de bases supremas del ser como tal. Si hoy leemos los poemas de Píndaro, de Safo y de Teognis, y nos parece que son lo mejor que se ha escrito en cualquier lengua, es importante que pensemos que a un poema como el de Parménides le debemos la metafísica de los pueblos de occidente, le debemos a Platón, le debemos a Aristóteles, le debemos a Kant, le debemos a Nietzsche, le debemos a Heidegger. Nada menos o nada más.

            Entre los hindúes, la poesía era un lenguaje cifrado que permitía, por medio de la dhvani, o resonancia,  la transmisión de arquetipos o esencias de la realidad. Dhvani no era el sonido ni el sentido: la palabra daba el sabor de lo instantáneo, fomentaba un halo sobre los objetos. Una teoría vedanta recuerda que de los ocho sabores el primero es de la comicidad, que sólo puede obtenerse si se piensa en el color blanco hasta ver en este color una emanación demoníaca. De este sabor proceden el ingenio, el ultraje, la estupidez, la risa y el sueño. Acaso algo de eso hubo en el Mahabharata, que contiene un episodio llamado Bhagavad Gita (Canto del Señor), en el que un testigo narra a un rey el diálogo entre Krishna y Arjuna. Esa inefable conversación entre un rey y un dios, es una de las experiencias filosóficas y poéticas más relevantes que pueda tener un lector en su vida.

            Uno de los más antiguos poemas celtas, que Kuno Meyer (Selection from Ancient Irish Poems, London, 1911) fecha en el siglo VI, inaugura la literatura irlandesa con un testimonio célebre en el que Dallan Forgaill agradece al Santo Columcille su defensa de los filid, una orden de poetas que había sido acusada de exagerar sus atribuciones políticas en una asamblea del año 575. Herederos de los druidas, los poetas irlandeses no podían llamarse a sí mismos poetas o filid si no alcanzaban primero la condición de maestros o, como llamaban a éstos, de ollan. Cursaban doce años de estudio y pasaban de grado. El grado más bajo, oblaire, sólo permitía el conocimiento de siete historias; el grado más alto, el de ollam, permitía conocer trescientas setenta historias y suponía, además, que ya se conocía a fondo la gramática, la mitología, la topografía y las leyes. Los exámenes era anuales y el aspirante debía soportar en una celda húmeda y oscura mientras lograba versificar algo que contuviera todo lo aprendido y que siendo igual a lo mejor de la tradición, fuese una tradición superior. Estos poetas, a los que se ha acusado de erudición y pesadez, fueron narradores de temas que resumían espontáneas y maravillosas concepciones del mundo. La Historia de Tuan Mac Cairill narra, y vale la pena valorar este texto, cómo un hombre se transforma, sucesivamente, en ciervo, jabalí, águila y finalmente en salmón, etapa en la que es capturado por un hombre y devorado entero por una mujer. En el vientre de esa mujer se vuelve hombre y nace profeta y escribe un poema que es el que hoy admiramos.

            En otras literaturas y otros tiempos,  la figura del escritor filosófico se ha reiterado con frecuencia. En Roma, esa voz es Lucrecio; en Persia, es Omar Khayam y Farid al-Din Attar; en Italia, es Dante Alighieri; en Alemania, es Novalis y es Goethe, quien elige en Fausto y en numerosos poemas olvidarse de ponderar la musculatura de las metáforas para reproducir una visión del hombre y de la historia que atraiga por su belleza; en Inglaterra, ese hombre es John Donne y es Shakespeare; en España, es Francisco de Quevedo; en Estados Unidos, es Eliot; en Francia, es Voltaire, es Albert Camus, es Jean Paul Sartre, es René Daumal; en Rumania, es Lucian Blaga; en México, es Octavio Paz; en Chile, es Humberto Díaz Casanueva; en Argentina, es Borges, el autor más filosófico del siglo XX.

   

b         

             Borges, nacido ochomesino en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y muerto en Ginebra el 14 de junio de 1986, es, como he dicho, el escritor más filosófico del siglo XX. Me explico: es, por supuesto, un escritor, pero es también un pensador. Lo que lo distinguió del filósofo profesional como tal es, quizás, el hecho de que estimaba las doctrinas en función de intereses estéticos: su epistemología fue, para decir lo que después voy a razonar, transversal, oblicua. Ante cualquier malinterpretación de esto, Borges se encargó de advertir: “No soy filósofo ni metafísico; lo que he hecho es explotar, o explorar -es una palabra más noble-, las posibilidades literarias de la filosofía” (en María Esther Vásquez, Borges: imágenes, memorias, diálogos, 1977, p. 107). En otra admonición señaló: “Yo no tengo ninguna teoría del mundo. En general, como yo he usado los diversos sistemas metafísicos y teológicos para fines literarios, los lectores han creído que yo profesaba esos sistemas, cuando realmente lo único que he hecho ha sido aprovecharlos para esos fines, nada más. Además, si yo tuviera que definirme, me definiría como un agnóstico, es decir, una persona que no cree que el conocimiento sea posible” (Ibídem, p. 107). Dijo, para concluir lo que le parecía un exceso: “no soy un pensador” (en Conversaciones de J.L. Borges con Osvaldo Ferrari, Tiempo Argentino, 1984). En este sentido, Borges estaba en lo correcto porque para él, un filósofo era alguien consagrado al pensamiento, alguien como Schopenhauer, como Kant, como Berkeley.

            Hoy vuelve a discutirse si Borges era filósofo o un narrador y poeta interesado por la filosofía. Antes de una toma de posición caprichosa, sugiero que leamos su discurso sobre Macedonio Fernández de 1952. En su alocución, manifestó que “Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas...”. Pero su definición más valiosa es la que ofreció al decir que Macedonio “fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo...”. En lo personal, creo que es mejor insistir en que Borges fue escritor filosófico, un hombre que desarrolla ideas filosóficas desde una dimensión  literaria que relaciona contextos diferentes y valora lo fantástico de una creencia antes que su verdad ontológica. En Magias Parciales del Quijote (incluido en Otras inquisiciones, 1952), escribió: “Las invenciones de la filosofía no son menos fantásticas que las del arte...”. En la reseña de un libro sobre la muerte, publicada en Sur en 1943 y colocada en las reediciones de Discusión, admitió que la antología de la literatura fantástica que había compilado estaba incompleta por no haber incluido las creaciones de la filosofía: “¿Qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe --una flor que nos llega del porvenir, un muerto sometido a la hipnosis--confrontados con la invención de Dios, con la teoría laboriosa de un ser que de algún modo es tres y que solitariamente perdura fuera del tiempo? ¿Qué es la piedra bezoar ante la armonía preestablecida, quién es el Unicornio ante la Trinidad, quién es Plinio Apuleyo ante los multiplicadores de Buddhas del Gran Vehículo, qué son todas las noches de Sharazad junto a un argumento de Berkeley?...”. La originalidad de Borges como escritor consistió en que logró percibir la relación fructífera entre el pensamiento y las letras como ningún escritor había podido hacerlo antes. Al justificarse por su afición a temas metafísicos, expresó que “lo que suele ser un lugar común en filosofía puede ser una novedad en lo narrativo” (Antonio Carrizo, Borges el memorioso, México, 1982). 

            Pero que no haya sido un filósofo en el sentido profesional o tradicional del término, no nos impide que estudiemos sus aportes a la filosofía, que los hizo y en gran número. Borges estaba animado por el deseo de presentar metáforas de contenido filosófico. Buscaba sugerir misterios; no explicarlos. Dunraven, personaje de Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto (incluido en El Aleph), dice en alguna parte que “la solución al misterio es inferior al misterio”. Borges, con esta frase, ha dado a entender lo que lo separaba del filósofo que se obstina en cerrar un argumento. Por una parte, su propósito fue el de introducir al lector en los temas que han hecho la gran filosofía: el tiempo, el azar, la muerte, la identidad. Su principal logro, en este particular, tal vez haya sido animar a miles de lectores a adquirir consciencia de problemas de la filosofía que de otro modo les hubieran sido ajenos. Por otra parte, su actitud ante los problemas filosóficos es un legado memorable: no deja, ciertamente, un sistema nuevo. No inventó ni cambió las leyes de la lógica. No dejó una teoría del Ser o del Ente. No modificó las líneas epigonales de la filosofía. Pero en un panorama filosófico que caracterizado por el agotamiento de los modelos epistemológicos, por la liquidación del historicismo, la confusión del subjetivismo y la proliferación de filosofías de acción y valoración ética, Borges ha logrado recordar a los pensadores de oficio que el estilo de pensamiento es el resultado de una convicción. Al restar valor a la filosofía como dogma que permite entender el universo por completo, ha constituido un nuevo camino que impone la reconsideración de viejos problemas olvidados.

 

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             El amor por la filosofía le vino a Borges de su padre. Muy pequeño, mucho antes de leer los fragmentos de Zenón de Elea, autor de argumentos como el de Aquiles y la Tortuga, fue invitado por su padre, Jorge Guillermo Borges,  a comprender las paradojas en un tablero de ajedrez. Asimismo, escuchaba hablar de Platón y de razonamientos analizados con enorme sencillez. Durante su permanencia en Europa, Borges aprendió por sus propios medios alemán, lengua que dominó en lo escrito y poco en lo oral, según el testimonio de quienes lo conocieron. Influido por Thomas Carlyle, cuyo Sartor Resartus había convertido en un fetiche, quiso comenzar con la Crítica de la Razón Pura de Kant, obra que, obviamente, lo derrotó de inmediato. Los períodos largos y la dificultad de lectura de ese tratado le hicieron pensar que sería mejor intentar con filósofos dotado de mayor poder de escritura. Leyó entonces a Friedrich Nietzsche, que supuso el acceso a la doctrina del Eterno retorno, y a Arthur Schopenhauer, cuyo libro central, El Mundo como voluntad y representación, citó cientos de veces en sus escritos toda su vida. En un ensayo largo que publiqué hace ya tiempo me atreví a probar que la mayor parte de sus conocimientos filosóficos procedía del Diccionario de Filosofía de Fritz Mauthner. Me apoyé en el prólogo de Artificios, fechado en 1944, donde Borges comparó, como uno de sus autores predilectos, a Mauthner con De Quincey, Stevenson, Chesterton, Shaw y León Bloy. La influencia de Mauthner hizo que Borges sintiera continuamente la presencia de temas estudiados por el alemán en sus principales libros. Podemos encontrar, por ejemplo, la interpretación temporal del lenguaje en un relato como Pierre Menard, autor del Quijote; en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius estaría presente la Sprachkritik, por la discrepancia entre lenguaje y realidad; en Emma Zunz se expondría la Wortaberglaube o superstición de la palabra, creencia que respaldaría la existencia de una palabra por la existencia de un objeto; en Tema del traidor y del héroe se impondría el mismo aspecto; en Tigres azules estaría la tesis mauthneriana de la insuficiencia lógica del lenguaje; en El otro, se vindicaría la naturaleza metafórica de todo lenguaje; en El inmortal se defendería el poder arquetipal sobre los procesos mentales individuales y en El Congreso, el relato más ambicioso de Borges, se probaría la arbitrariedad de los sistemas de clasificación lingüística.

            Otros pensadores le interesaron: Platón, Aristóteles, Plotino. Alguna vez debió estudiar griego para leerlos, pero no pasó de las declinaciones, cuya música debió maravillarle. En latín, aunque con la ayuda de versiones en inglés y español, leyó a Séneca. Sabemos que no pudo comprender a Hegel y que detestaba a Heidegger, al que atribuyó la invención de un dialecto del alemán y al que despreció por nazi. En cambio, reivindicó los olvidados nombres de George Berkeley, David Hume y Francis Bradley, cuyos libros encontró en la biblioteca de su padre en inglés. Sintió enorme atracción por Bertrand Russell y por Alfred North Whitehead. Su pasión por Spinoza lo llevó a querer escribir un largo ensayo sobre este filósofo, pero lo detuvo la sospecha de que no “podría explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme”. En los dos poemas que le dedicó (insertos en El otro, el mismo, 1964, y en La moneda de Hierro, 1976), inistió en su condición de judío obsesionado por labrar “a Dios con geometría delicada”. En lengua española, leyó mucho a Miguel de Unamuno en su juventud, aunque terminó por aborrecerlo por apoyar la tesis de la inmortalidad de los hombres, que siempre le pareció una idea aterradora. A José Ortega Y Gasset lo adversó con el secreto odio que suele tener la gente por los conventos y por los libros que enseñan algo. Me he preguntado muchas veces por qué lo odió tanto y por qué dijo que Ortega debió alquilar un escritor para que le redactara los libros porque no sabía cómo hacerlos.  Para la fecha de hoy, sólo puedo suponer que le irritaba la petulancia del español y que estaba prejuiciado por su amistad con Rafael Cansinos Asséns, enemigo mortal de Ortega.

            Hay mucho en Borges de la filosofía oriental y judía. Del Budismo le atrajo la idea del infinito. Kant dijo, al describir las antinomias, en la Crítica de la Razón Pura, que la mente humana concibe equívocamente un tiempo sin principio ni fin. El, por el contrario, admiraba esa posibilidad de lo interminable, que hacía de las fechas algo menor. De los judíos, tomó la cábala, palabra que etimológicamente es “tradición” y que puede resumirse como un intento de adivinar por medio de la escritura sagrada de la Biblia los secretos del universo, la fuente original del ser.

            Se han hecho intentos por determinar qué tendencia profesó Borges como escritor filosófico. Jaime Rest ha escrito que Borges era un autor nominalista; Juan Nuño ha preferido convertirlo en un seguidor del platonismo; Ana María Barrenechea lo consideró siempre un panteísta nihilista, en tanto Jaime Alazraki lo creyó un panteísta spinoziano. En lo personal, prefiero, como lector,  creer que Borges no fue adepto de ninguna de estas vías; su camino me parece tan particular, que dudo que tuviera el descaro de admitirse dentro de una concepción del universo sesgada. Su camino fue otro: si hemos de clasificarlo, es oportuno no desconocer que a él le gustaba, como a Lewis Carroll y a Chesterton, razonar paradojas, crear situaciones intelectuales de desconcierto, vindicar lo extraño.  A partir de esto, escribía. Lo que le fascinaba de una doctrina eran sus posibilidades literarias, como lo he comentado ya. Cualquier pensamiento que le despertara una sensación de felicidad lo hacía suyo. Además de esto, recordemos que Borges no es filósofo porque haya querido construir un sistema real de explicaciones. En Avatares de la tortuga (incluido en Discusión) escribió: “Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) pueda parecerse mucho al universo”. Creía que el filósofo, para adaptar los hechos a su sistema, debía hacer trampas con las palabras. Eligió, por esa misma razón, resistir la tentación de declararse partidario y, con contradicciones o sin ellas, veneró el poder creativo de la filosofía. Sin embargo, es obvio que de todas las posibilidades de la filosofía, la que le produjo el mayor desconcierto y agrado fue el idealismo. En esto, siguió fiel a sus primeras lecturas, que fueron las últimas, recomendadas por su padre y por el amigo de éste, que luego fue su mentor, Macedonio Fernández. Borges comenzó plagiándolo; lo hizo suyo, lo devoró y lo convirtió en un personaje borgiano, como hizo con todo lo que tocó.

            Para entender cómo lo afectó el idealismo, quiero examinar atentamente uno de sus mejores cuentos, el que suelo releer con mayor frecuencia. Me refiero a Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, y está en El jardín de senderos que se bifurcan. Borges en ese texto simula que después de una conversación con su amigo Bioy Casares, en la que éste le ha dicho que los heresiarcas de Uqbark condenan los espejos y la cópula porque multiplican el número de los hombres, se entrega a la búsqueda desesperada de la enciclopedia que contiene esa información. La obra en cuestión es la Angloamerican Cyclopaedia, pero para vergüenza de Bioy, el tema de Uqbar no aparece en el libro que ambos consultan. El examen minucioso de la enciclopedia y la visión de un Atlas hacen creer a Borges que Bioy lo ha inventado todo, pero un día después recibe una llamada de su amigo para confirmarle que sí existe esa noticia histórica. Se trata de la misma enciclopedia, pero con páginas misteriosamente añadidas. Pasa el tiempo y Borges nos dice que encontró un volumen titulado A First Encyclopaedia of Tlon. Vol. XI, sin indicación que precisara la fecha y el lugar de edición. Inmediatamente percibe que todo no es otra cosa que una vasta conspiración de una sociedad secreta que intenta traer a este mundo, la pesadilla de otro mundo, en forma progresiva, de tal modo que en el futuro todos estén preparados para aceptar las condiciones del nuevo universo, llamado Tlon. Borges, emocionado por esa perspectiva, describe la filosofía idealista y el alfabeto de Tlon. En su lengua, no hay sustantivos sino verbos impersonales porque la filosofía de ese mundo niega una realidad estable y formula un mundo sin sustancias. Nadie puede decir: “Luna”, sino algo así como “luneció”. La literatura de Tlon, nos dice, es consecuente con esos principios: “Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra”. Se admite que el sujeto del conocimiento es uno solo y eterno, por lo que no tiene sentido hablar de autores. Nadie firma los libros. Un libro de argumentos trae necesariamente su contraargumento. Los tlonianos no buscan la verdad de las cosas sino el asombro. “Juzgan, nos comenta Borges, que la metafísica es una rama de la literatura fantástica”. Al presentarnos el horror de este mundo, Borges reivindica incompletas las tesis de George Berkeley, según las cuales lo que existe, existe porque lo percibimos. De ahí que nos asegure que hay umbrales que sólo existieron mientras un mendigo los visitó y que unos pájaros han salvado de la nada las ruinas de un antiguo anfiteatro. El futuro, debido al poder irresistible de estas concepciones, será absolutamente tloniano: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español”.

            En este cuento,  el protagonista obvio es el pensamiento mismo confrontado en sus posibilidades dialécticas. El narrador es apenas un testigo de la presencia de algo externo que lo desborda. Explora decenas de temas, pero el más interesante es el de la realidad sometida por el libro como arquetipo. Borges ha imaginado un libro que borra el pasado y crea el futuro. Recupera, igualmente, la utopía fantástica de tono irónico. En todo momento, el relato está el orden de los textos de Jonathan Swift, cuyos Viajes de Gulliver siempre fueron gratos a Borges. Asimismo en los de Voltaire.

            Guillermo Sucre (Borges el poeta, Caracas, 1967) ha escrito que Borges es, como Mallarmé y Valery, un poeta de poetas, alguien sagrado que indaga en los arquetipos, en las formas esenciales del mundo. Borges, ciertamente, al igual que en sus relatos y ensayos, compuso una poesía filosófica que valora mitos intactos de la cultura humana y restituye su fascinación mágica. He observado que Borges rechazó la escritura de poemas basados en el esquema de Edgar Allan Poe, es decir, poemas predeterminados intelectualmente. Pero sus poemas no nacieron de una sensibilidad incentivada sino de un círculos feroz de lecturas o de motivos que universalizan, que hace intemporales los orígenes singulares del texto. Toda realidad se vuelve texto en Borges: lo repentino, lo descomunal, lo incongruente, toma en sus manos un sentido selectivo y simétrico El verso de Borges rescata el enigma, la conjetura metafísica, diluye la realidad por medio de un enlazamiento de imágenes y metáforas prodigiosas que celebran e insisten en desacralizar la condición materialista de las cosas. Neruda y Francis Ponge pudieron versificar el poder natural de las cosas; Borges, la irrealidad de las cosas, la posibilidad de que las cosas sean apenas un alfabeto extraño de un libro mayor, el Universo:

“Todas las cosas son palabras del
idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
escribe esa infinita algarabía
que es la historia del mundo”.

            La poesía de Borges es una poesía sin mayores novedades formales; es, en cambio, una poesía de hallazgos literarios, que asocia y mixtifica, que relaciona lo exotérico y lo esotérico, que reivindica ámbitos contingenciales del ser y de la existencia y que incorpora lo exótico (lo nórdico) y lo criollo para imponer un ars poética sugerente. Borges hizo literatura al filosofar y filosofó al hacer literatura. Lo suyo es la hipóstasis de la literatura. Sus temas, al igual que en sus cuentos, fueron la muerte, el Tiempo, la ética, la identidad personal. Al hablar de la ceguera, por ejemplo, apunta hacia perspectivas gnómicas.

            En el Poema de los dones y Otro poema de los dones está, a mi juicio, el mejor Borges poeta. Los dones que agradece en mayoría son los libros. Dice en el primer poema: “Yo, que me figuraba el Paraíso / Bajo la especie de una Biblioteca”. En el segundo da gracias: “...por la razón, que no cesará de soñar / con un plano del laberinto...Por Schopenhauer, / que acaso descifró el universo...Por el último día de Sócrates...Por Verlaine, inocente como los pájaros...Por Séneca y Lucano, de Córdoba, / que antes del español escribieron / toda la literatura española...Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce...por el lenguaje, que puede simular la sabiduría...por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema...por el sueño y la muerte, / esos dos tesoros ocultos, / por los íntimos dones que no enumero, / por la música, misteriosa forma del Tiempo...”. En el buen poema, cada palabra mira de frente al lector. En estos y otros poemas de Borges, se siente no que se nos da algo nuevo sino que se participa en el recuerdo de algo memorable que hemos ignorado. Como en el caso de las grandes ideas filosóficas, que suelen ser preguntas y no respuestas que descubrimos como una parte de nosotros olvidada. Borges escribió en el prólogo de La rosa profunda (1975) que: “La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”. En su propia poesía, hay que decirlo, consiguió que pensamientos antiguos y extraños se transformaran tocando a los lectores físicamente. De todos los poetas que he leido en mi vida, Borges es el único que ha logrado crearme convicciones de liberación por medio de la magia de ciertos versos. Su máxima realización es, sin duda, haber entendido que la verdad emocional es un fin y no un medio en el poema.

 

 

d

            Para terminar, quiero recordar una lectura. Desde hace años releo sin cesar y sin darme explicaciones de por qué o cuándo un texto de la tradición Zen. Escrito por Sian Ien, patriarca, no tiene título y puede resumirse en muy breves líneas, aunque sus aspectos esenciales contienen diálogos inagotables y consecuencias paradójicas. Lo que sucede es esto: un hombre, manco de ambos brazos, cuelga de la rama de un árbol al borde un abismo. Inexplicablemente, se sujeta con los dientes y sabe que no hay nada ni nadie que pueda ayudarlo. Ni una piedra ni una mano amiga. El hombre cuelga desde hace años y sólo la fuerza de su voluntad lo mantiene vivo. Ni el tiempo ni el cansancio lo perturban. Tal vez ya conoce el color del silencio. En algún momento (si ésta es la palabra que conviene), otro hombre que lo observa desde lo alto del precipicio le pregunta: «¿Qué significa la llegada del Bodhidharma”?. El problema es serio: si responde y salva el espíritu de ese hombre que necesita orientación, cae al abismo. Si no responde, es posible que el otro hombre, ante su indiferencia, sienta el vacío, se arroje y con este acto lo condene para siempre haciendo inútil su sacrificio. ¿Qué puede hacer? Siglos enteros han alargado o acortado esta historia. Ha sido tomada como koan, un documento problemático que intenta ridiculizar el razonamiento para confundir y llevar a alguien hasta el satori directo. Lo natural, entonces, es que quien medita bajo tal estado de tensión sepa que ha habido un cese total y liberador que produce una alegría indescriptible.

            Recuerdo este viejo texto Zen porque la obsesiva, desmesurada y visionaria obra de Jorge Luis Borges tiene algo de ese excéntrico koan. Sus Obras Completas, que, por paradoja, son año tras año más incompletas debido a las compilaciones de inéditos que aparecen, suponen una lectura sinuosa y más que una compilación son un manual de enigmas que revelan diversos aspectos del mundo en la misma medida que nos confunden por suponer una crítica de la razón súbita. Borges, obsesionado con los laberintos y los espejos, preparó sus Obras Completas como si se tratara de una galería laberíntica proclive a los reflejos infinitos: se repiten las metáforas, los temas, líneas enteras en un ensayo o relato, se tergiversan datos, se crean autores y libros imaginarios, en fin. La imagen final que produce este libro es la de que el universo está en sus páginas y que acaso La Biblioteca de Babel, uno de los cuentos incluidos, es apenas la biografía secreta del lector que intenta aproximarse a sus líneas, a la búsqueda de claves que todo lo justifican o explican. 

 

(*) Conferencia dictada en la sede de la Asociación de Profesores de la Universidad de Los Andes el día 17 de septiembre de 1999.

 

 

BORGES Y REYES: NOTAS SOBRE UN ENIGMA (*)

 

            Sé que hay varios modos de contar esta historia, pero por razones que no vienen al caso, elijo hacerlo en la forma más personal posible, porque a fin de cuentas no he querido hoy ofrecerles una disertación sino una confesión de lector, de un lector que lleva, perdonen que confunda la intimidad con la estadística, catorce años de la mano con los libros de Borges. Lo que importa, para decirlo de una vez y para siempre, es que hace unos años, muy pocos o demasiados (depende de la distracción con que se mida), descubrí un enigma en la vida y en la obra de Borges que agradecí porque me obligó a repensar mi propio destino como escritor.

            Todo comienza en 1996. Ese año, en Caracas, pude leer, en la Biblioteca Nacional, tras una búsqueda desesperada que alarmó a dos o tres bibliotecarios, las primeras ediciones míticas de los libros iniciales de ensayos de Borges. Quería verlos, oler sus páginas (acaso uno como buen lector no quiere perder ni el olor de los libros), gustar de esa tipografía de las imprentas argentinas de la época, disfrutar de las erratas. Comenté esa lectura, como suelo hacerlo, con Napoleón de Armas, profesor universitario, dueño de la colección borgiana más completa del país. Fue Napoleón el que me reveló el enigma que plantean esos extraños volúmenes. Basta, me indicó mi amigo en su biblioteca, con que se haga una comparación entre los ensayos incluidos en los primeros libros de Borges y en los que comenzó a escribir en los años 30 para notar un giro brusco en materia de estilo, que no de contenido. Con amabilidad, y con cierta tolerancia cálida, con esa autoridad que da saberse dueño de un eje del universo, Napoleón supo hacerme ver que ese giro escritural de Borges resume, de alguna manera, por sí solo, todo un proceso literario universal e inicia la mejor prosa del siglo XX, prosa que es, ante todo, filosófica. La obra de Borges, se sabe, es tan vasta, que en cualquier página que uno se encuentre, siempre se está en las orillas. Cada párrafo, cada línea, es una coartada, una galería de espejos. Borges, sin embargo, toda su vida renegó de un sector de su obra, especialmente de  “Inquisiciones” (1925), “El tamaño de mi esperanza” (1926) y “El idioma de los argentinos” (1928), escritos, como él propio autor lo confesó, a la manera de un escritor barroco del siglo XVII y con un diccionario de argentinismos en la mano izquierda.             En “An Autobiographical essay” de 1970, Borges fue tajante en su rechazo: “Tres de las cuatro colecciones de ensayos -cuyos nombres es mejor olvidar-nunca permití que fueran reimpresos. De hecho, cuando en 1953 mi actual editor -Emecé- me propuso publicar mis «obras completas», la única razón por la que acepté fue porque eso me permitiría mantener esos absurdos volúmenes suprimidos” (p. 230).

            ¿Por qué cambió Borges de estilo?, recuerdo que le pregunté a Napoleón. Él me invitó a recordar esas líneas de Borges donde éste claramente indica que la solución al misterio es inferior al misterio mismo. La cita me iluminó en esa ocasión, pero el escozor se mantuvo. A mi regreso de Caracas, en 1998, aturdido por numerosos incovenientes, busqué a otro borgiano, a Víctor Zerpa, un viejo amigo que tiene su casa llena de manuscritos con análisis de libros que no existen y que, ocasionalmente, ha estudiado detalles raros en las obras de Borges y de Lovecraft. Víctor, por suerte, conocía los ensayos repudiados de Borges y durante toda una tarde, una tarde como ésta, última, solitaria y tal vez final, me advirtió que Borges, para ser Borges, fue, en algún momento de su vida Johannes Becher, fue Cansinos Asséns, fue Walt Whitman, fue Thomas Browne, fue Thomas de Quincey, fue Shakespeare, fue Chesterton. Y, casi inevitablemente, dijo lo que yo quería escuchar: Borges también fue Alfonso Reyes. Al escuchar esto, en medio de un cuarto atestado de hojas, lápices y fotografías de novelistas menores, quise disimular mi alegría. Por alguna razón, me sentí de pronto reservado e intenso, como si hubiera obtenido la clave para comprender el mundo. En efecto, como lo dice Tennyson, si un comprende una flor comprende el universo, y yo, mareado y satisfecho, supe esa hora que el Borges de los ensayos iniciales fue, secretamente, Lugones, fue Quevedo, fue Macedonio Frnández y fue Cansinos Asséns y que en la década de los 30, la lectura y la charla de Alfonso Reyes lo cambió por completo. En una entrevista publicada en 1967, Borges dijo que “el estilo de Macedonio Fernández me perjudicó: ciertas manías de Macedonio. Procuró no hablar de la vida sino del vivir, no hablar del sueño sino del soñar, usar la palabra quehacer, continuamente, usar neologismos inútiles...” (César Fernández Moreno, Borges: Harto de los laberintos, Mundo Nuevo, Nro. 18, París, diciembre de 1967). De Macedonio obtuvo algo irremplazable: un método de pensamiento y de acercamiento directo a los grandes problemas del pensamiento, pero al mismo tiempo, cultivó una expresión brusca, audaz y menor que copiaba, que traducía, la entonación y los modos de expresión de Macedonio. Víctor, entre un cigarro y otro,  no olvidó mencionarme que Rafael Cansinos Asséns, un autor español que tradujo Las Mil Y una Noches, todas las obras de Dostoievsky y todas las obras de Goethe,  y que podía saludar a la noche en 17 idiomas, fue imitado por el Borges de los años 20. Animado por las vanguardias literarias de su tiempo, Borges, durante su estancia en Madrid, fue un asiduo del Café Colonial, donde iba a escuchar a Cansinos Asséns, a quien consideró siempre un maestro renovador de las letras castellanas. Cansinos Asséns, para hablar del Borges de esta época, dijo (La nueva literatura, vol. III: Los poetas, Madrid, 1927) que “Borges ha sabido asimilarse el nuevo espíritu fundiéndolo con el adquirido en su rancia cultura, sin hacer demasiado alarde de la novedad”. Por desgracia, la influencia estilística de Cansinos no fue buena, pues Borges adquirió entonces un estilo que buscaba, como en la poesía que escribía entonces, la metáfora, el asombro lineal, y esa sensación, por desgracia, aniquila los textos. Se ha dicho que el defecto de Gracián consistía en que quiso hacer de cada línea un libro y destruyó la continuidad de los párrafos y, por lo mismo, de sus escritos. Stevenson, en un excelente texto,  que demuestra lo que pretende imponer, escribió que en un buen texto las palabras siempre miran hacia el mismo lado. Pues bien: en el caso del primer Borges ensayista sentimos que los temas son prodigiosos, pero su exposición resulta interrumpida a causa de que cada frase quiere asombrar y no logra crear la convicción fulminante de la buena prosa, esa convicción que proporciona un autor cuando no hace usura del ritmo. En un rapto de humor, mi amigo comenzó a leerme un párrafo de “Sir Thomas Browne” (ensayo incluido en Inquisiciones). La risa y la confusión se apoderó de nosotros entonces porque Víctor leyó al Borges de los 20 con el tono de voz de sus últimos años. No soy bueno par imitar voces, por lo que me limito aquí a repetir lo que leímos:

“Laudar en firmes y bien trabadas palabras ese alto río de follaje que la primavera suelta en los viales o ese río de brisa que por los patios de septiembre discurre, es reconocer una dádiva y retribuir con devoción y cariño. Lamentadora gratitud son los trenos y esperanzada el madrigal, el salmo y la oda. Hasta la historia lo es, en su primordial acepción de romancero de proezas magnánimas...Yo he sentido regalo de belleza en la labor de Browne y quiero desquitarme, voceando glorias de su pluma...”.

            Sólo fue este año de 1999, centenario de Borges, que tuve la fortuna de encontrar una frase de la Busca de Averroes que dice que para estar libre de un error conviene haberlo profesado. No se puede leer eso impunemente. Borges, aunque tarde, supo que era irremediable que sus lectores terminaran por conocer esos primeros libros y no dudó en comentar que cada vez que veía alguien cometiendo los mimos errores (criollismo, una escritura que recurre al diccionario para asombrar, en fin) se alegra al pensar que ya había pasado y superado eso. De ahí que al seleccionar materiales para la edición francesa de La Pleiáde, rescató algunos de esos escritos iniciales y no pudo disimular su alegría por reconciliarse con el pasado.

            Ahora bien. Hace unos meses, en el viaje en avión a Bogotá, corto, pero sustantivo, quise entender cómo cambió el mexicano Reyes al argentino Borges. Lo primero que indagué fue en el origen de esa amistad entre ambos y me enteré de que hay tres versiones: la de la hija de Reyes, la de Pedro Henríquez Ureña y la de Borges. Todas pueden, por desgracia, ser verdaderas. Todas pueden ser una sola. La de la hija de Reyes señala que el padre conoció a Borges en España. La de Henríquez Ureña advierte que Borges y él solían hablar mucho de Reyes y que cuando éste llegó a la Argentina, la admiración ya había nacido. La versión de Borges, repetida en decenas de entrevistas y en artículos, es diferente. Al parecer, en 1924,  Borges, que ya sabía del prestigio de Reyes en España, al publicar su poemario “Fervor de Buenos Aires” le envió con resignación un ejemplar al erudito. Tres años después, en 1927, Reyes fue designado Embajador de México en Argentina y, por supuesto, se instaló en Buenos Aires. Según Borges, acudió a verlo invitado por Victoria Ocampo, que ya para esas fechas comenzaba a deslastrarse de las convenciones sociales y asumía con valor la decisión de ser escritora. En una conversación con Osvaldo Ferrari, Borges precisa lo siguiente:

“Yo lo conocí en la quinta de Victoria Ocampo, que está, creo, en San Isidro. Lo conocí a Alfonso Reyes, y recordé enseguida a otro poeta mexicano; a Othón...Entonces, Alfonso Reyes me dijo que él había conocido a Othón, que Othón frecuentaba la casa de su padre, el general Reyes, que se hizo matar cuando la Revolución Mexicana. Una muerte bastante parecida a la de mi abuelo, Francisco Borges, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre, en La Verde, en el año 1874. Alfonso Reyes me dijo que había visto muchas veces a Othón; entonces yo me quedé asombrado, porque uno piensa en los autores, y uno piensa en los libros; uno no piensa, bueno, que los autores de esos libros eran hombres, y que hubo gente que pudo conocerlos. Yo le dije: “Pero, cómo, ¿Usted lo conoció a Othón? Entonces Reyes dio, inmediatamente, con la cita adecuada: que eran unos versos de Browning, y me dijo: “Ah, did you want to see Shelley play?...Desde aquel momento, nos hicimos amigos, y él me tomó en serio. Yo no estaba acostumbrado a ser tomado en serio. Creo que quizá sea un error tomarse e serio. Pero, en todo caso, eso error se ha difundido después; pero aquel tiempo era nuevo para mí...”. Borges, tras estas palabras, recuerda los diálogos con Reyes, que fueron para él una continua lección de estilo:

“Nos hicimos amigos --además,, ya nos unía el gran nombre de Browning, y aquella cita oportuna--, y él me invitó a comer (él me invitaba a comer todos los domingos) en la Embajada de México, en la calle Posadas. Y ahí estaba él, su mujer, su hijo y yo. Y hablábamos hasta bien entrada la noche...Hablábamos de literatura, preferentemente de literatura inglesa; y hablábamos también de Góngora. Yo no compartía, y no comparto del todo, el culto que él le profesaba a Góngora, pero sabía de memoria muchas composiciones de Góngora...”.

            Esta entrevista debe ser complementada con otra, que le hizo Waldemar Dante: “Solía almorzar con él (con Reyes) entre largas pláticas, y cuando yo le entregaba un poema que apenas era un primer borrador para otros borradores, en el que no había logrado decir nada, él lo adivinaba y me orientaba en lo que estaba tratando de decir, porque sabía que era mi inexperiencia en las letras la que bloqueaba mi capacidad de decir lo que pensaba”. Me agrada pensar que Reyes, leyendo los poemas de Borges, llevó a éste a dejar de escribir versos y a escribir ensayos con mayor regularidad.

            A esas conversaciones, a esa amistad, debemos varios cambios de Borges. Uno de ellos, apenas asomado por quienes deberían discutir el tema, es que se inicia en la lectura de Gilbert K. Chesterton. Reyes ya había traducido los mejores libros de Chesterton y no tiene nada de sorprendente que animase a Borges a leer a este autor que tantas afinidades tenía con Stevenson. Otra consecuencia de estas charlas está declarada en una entrevista: “él me enseñó muchas cosas, ...y muchísimas cosas, sí”. En otro lugar señala: “Pienso en Reyes como en el mejor estilista de la prosa española de este siglo; con él he aprendido mucho sobre simplicidad y manera directa de escribir”. Hay algo más, algo que suele ignorarse: la relación epistolar que mantuvieron Borges y Reyes. En una de las numerosas misivas, Borges le dice: “Nunca olvido, ni nuestras charlas con Henríquez Ureña, ni lo que he gozado y aprendido en sus libros...”. En un ensayo titulado “El primer hombre de letras de nuestra América” Borges escribió que Reyes era un arquetipo del hombre de letras: “He conocido la dicha de conversar con Alfonso Reyes; hoy me consuela de la privación de ese diálogo el trato de sus libros...”. En otro ensayo, que lleva por título “Alfonso Reyes”, Borges indica que “la memoria de Alfonso Reyes...era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretos y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en sus diálogos...”.

            Sería imposible citar aquí todas las menciones que hay en la obra de Borges de Reyes o viceversa, pero hay cuatro cosas que no puedo pasar por alto. Una de ellas es que Reyes, al comentar los libros de Borges, dijo, y esto debe leer con atención, que “en la prosa, cuando opera con su propio estilo, sin caricatura costumbrista, huye de la frase hecha”. Otro hecho sorprendente es este: el único autor vivo que Borges quiso que recibiera el Nóbel fue Reyes, y trató de recoger firmas, pero ni en Buenos Aires ni en México hubo escritores dispuestos a sumarse a la causa. Como valioso indicio de esta amistad, voy a citar la respuesta que dió Borges a un periodista que le preguntó sobre qué escritor le hubiera gustado ser de no ser él mismo. Sin un asomo de duda, sin mezquindad, sin temor, dijo: “Me gustaría haber sido Alfonso Reyes” (Enrique Loubet, Jorge Luis Borges: Desde la penumbra, Excélsior, 20 de abril de 1971, México). La cuarta cuestión la da el poema que Borges dedicó a Reyes, donde permite descifrar lo que le debe al elogiar sus virtudes principales. El poema dice:

“El vago azar o las precisas leyes]

que rigen este sueño, el universo,

me permitieron compartir un terso

trecho del curso con Alfonso Reyes.

 

Supo bien aquel arte que ninguno

supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

que es pasar de un país a otros países

y estar íntegramente en cada uno.

 

Si la memoria le clavó su flecha

alguna vez, labró con el violento

metal del arma el numerosos y lento

alejandrino o la afligida endecha.

 

En los trabajos lo asistió la humana

esperanza y fue lumbre de su vida

dar con el verso que ya no se olvida

y renovar la prosa castellana.

 

Más allá del Myo Cid de paso tardo

y de la grey que aspira a ser oscura,

rastreaba la fugaz literatura

hasta los arrbales del lunfardo.

 

En los cinco jardines del Marino

se demoró, pero algo en él había

inmortal y esencial que prefería

el arduo estudio y el deber divino.

 

Prefirió, mejor dicho, los jardines

de la mditación, donde Porfirio

erigió ante las sombras y el delirio

el árbol del Principio y de los Fines.

 

Reyes, la indescifrable providencia

que administra lo pródigo y lo parco

nos dio a los unos el sector o el arco,

pero a ti la total circunferencia.

 

Lo dichoso buscabas o lo triste

que ocultan frontispicios y renombres;

como el dios del Erígena, quisiste

ser nadie para ser todos los hombres.

 

Vastos y delicados esplandores

logró tu estilo, esa precisa rosa,

y a las guerras de Dios tornó gozosa

la sangre militar de tus mayores.

 

¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?

¿Contemplará con el horror de Edipo

ante la extraña Esfinge, el Arquetipo

inmóvil de la Cara o de la Mano?

 

¿O errará, como Swedenborg quería,

por un orbe más vívido y complejo

que el terrenal, que es apenas un reflejo

de aquella alta y celeste algarabía?

 

Si (como los imperios de la laca

y del ébano enseñan) la memoria

labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria

otro México y otro Cuernavaca.

 

Sabe Dios los colores que la suerte

propone al hombre más allá del día;

yo ando por estas calles. Todavía

muy poco se me alcanza de la muerte.

 

Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes

(dondequiera que el mar lo haya arrojado)

se aplicará dichoso y desvelado

al otro enigma y a las otras leyes.

 

Al impar tributemos, al diverso

las palmas y el clamor de la victoria;

no profane mi lágrima este verso

que nuestro amor inscribe a su memoria”.

 

            Contaba Octavio Paz que una vez Bioy Casares le dijo que Borges y él, cuando querían saber si un texto estaba bien escrito, lo leían imitando la voz de Alfonso Reyes. Acaso ese deseo de leer a Reyes con su propio acento, y esta la conjetura con la que culmino, comenzó en los años en que Borges conoció al mexicano. Acaso esa lección de pausa e ironía que distinguían el hablar de Reyes, hizo que Borges renegara de cánones basados en azares fonéticos o en meras destrezas metafóricas para buscar un estilo sutil, de vastos y delicados esplendores.

 

 

Noviembre, 1999

 

(*) Conferencia dictada en la Facultad de Humanidades y Educación en noviembre de 1999.

 

Encontrado en: http://www.athenea.es.org/articls/mauth.htm