CARLOS NOGUERA Y EL RECOMIENZO  DE LA HISTORIA

 Por Julio Ortega

              Carlos Noguera (1943) publicó Historias de la calle Lincoln en 1971; la segunda edición, que es de 1991, trae un inteligente prólogo de la escritora Silda Cordoliani titulado "A 20 años de aquella luz de locura". Se puede decir que este prólogo actualiza nuestra lectura al situarla en uno de los referentes desencadenantes del libro, que es la expe­rien­cia política generacional. Notablemente, esta novela asume esa experiencia desde la perspectiva de un recuento de derrota. En efecto, este es un balance de la frustración política de una generación que pasó por la aventura guerrillera, y cuya identidad, en parte, fue definida por el drama de la subversión y sus costos.

            Pero, antes todavía, este balance es una disputa por el sentido histórico que se cumple en el discurso. Y por eso parte de la literatura, en este caso del famoso poema de Rafael Cadenas, “Derrota,” que es emblemático de cierta desmoralización política y conciencia marginal que siguió al fracaso guerrillero. En buena cuenta, Cadenas da voz a un sujeto de la exclusión que hace el recuento irónico de su desapego social y civil, extrañado (“derrotado”) por su no pertenencia a un país sin articulaciones entre la esfera pública y la vida privada, entre el triunfo de las modernizaciones y el destiempo de la subjetividad. Si es característico de la novela latinoamericana el proyecto de dirimir la experiencia de lo nacional, casi invariablemente ello conlleva un modelo discursivo del fracaso (desde El siglo de las luces y La muerte de Artemio Cruz a El libro de Manuel y El general en su laberinto) que convierte a la experiencia histórica en escena simbólica del sinsentido; un “fracaso” que es una proyección crítico-ilustrada sobre el pasado, o sea una lección barroca alegórica, girando sobre sí misma como una hipótesis ejemplar. En el caso de Venezuela, además, desde Las memorias de Mamá Blanca (1929) de Teresa de la Parra, la novela (y la poesía, con la soledad radical de Ramos Sucre y el canto de desamparados de Juan Sánchez Peláez) ha sido un discurso del desencanto de lo moderno. Historias de la calle Lincoln convierte al desencanto en un estilo pleno de vida; da por perdido el mundo proyectado como alterno por el discurso político de los años 60; pero también da por extraviada las hipótesis de lo moderno como suma. Y reafirma el margen crítico y festivo del relato como disociado de los modelos del sentido. En la exacerbación del sinsentido, la novela carece de resoluciones, es responso de la memoria y  escarnio del porvenir. En ese sentido, Carlos Noguera es el narrador de la condición política postmoderna, aquella que hace del descontento la comedia de estos tiempos.

            Hay que decir que esta novela asume la política desde un día después de esa experiencia, desde la posterioridad a los hechos; lo cual ya la torna distinta a las novelas políticas latinoamericanas, que suelen estar construidas en una relación más inmediata a los hechos. Es el caso de País portátil de Adriano González León, que discute la política en su actualidad inmediata, que es capaz de convocar todo el pasado familiar reescrito como una saga protopolítica; y tiene, por eso mismo, una relación emancipatoria dramática con esa experiencia. Al mismo tiempo, da la lección política más cierta: la esfera pública está hecha por la biografía nacional, es su modelo trágico. Se diría que la actualidad política de País portátil, como la de El peso de la noche, del chileno Jorge Edwards, otra reconstrucción generacional de los límites de la política, es fundamentalmente una zozobra, una ansiedad de la inminencia de lo que terminará muy mal; pero como se trata de un juego serio, hecho a nombre de las certidumbres, tiene una dramaticidad que le da un carácter ejemplar (suma de escarnios) y  alegórico (figura de denuncia) del hacer político. En Historias de la calle Lincoln la política es una comedia porque se nos ofrece el espectáculo de su actuación como representación no actual sino vuelta a narrar, recontada y reescrita.

            La comedia política sería aquella que reconstru­ye los hechos o su secuela en una segunda instancia mediadora: no solamente con humor y con ironía, sino incluso con cierto sarcasmo; pero, a la vez, con  distanciamientos de juego textual, de elaboración discursiva y de inteligencia cómplice con el lector. Justamen­te, la ironía facilita un activo diálogo con el lector cuando las situa­ciones políticas aparecen relativizadas por la fuerza de la representa­ción mediada, distanciada, que define a la perspectiva del relato. Pero no hay que suponer que aquí se trata solamente de una sátira o de una crítica de la experiencia generacional venezolana de los años 60; la perspectiva irónica se da a posteriori y pertenece al orden del recuento; al actualizarse los hechos en ese recuento nos encontramos con la textura, la densidad, la dramaticidad de la experiencia política misma. Esa experiencia no se representa con transparencia documental ni con evocación sentimental sino que se debe a la distinta distancia, de menor a mayor, de sus actores y relatores. En verdad, hoy sonreímos ante el pathos de algunos gestos políticos en varias novelas famosas de los años 60. Por lo demás, algunas versiones cinematográficas al cambiar la perspectiva extraviaron la complejidad de sus textos; hasta una buena película como la que se basa en País portátil convierte a la razón política en una saga melancólica de alzamientos, tiros y plomo.

            Para Noguera, la experiencia política misma en su actualidad es ya una reconstrucción: sus actos pertenecen a un relato de vida. Y su recuento muestra la dimensión de actualidad entrañable, urgente y desgarrada de esa memoria abierta. Pero, al mismo tiempo, la distancia irónica establece a través del humor, del juego, de la comedia de la vida narrada, una escenificación de la política que la convierte en representación. Así, la ansiedad de la política agonista es relativizada por su puesta en escena sin perder su vibración dramática. El control de su historia permite a Noguera intimidad (compasión) y desapego (antisentimentalismo). El arte, creía Victor Shklovsky, está “más allá de la simpatía;” salvo “cuando el sentimiento de compasión es evocado como material para la estructura artística” (“Sterne’s Tristram Shandy: Stylistic Commentary”).

             Vale la pena recordar que el gran intento de representar lo político desde una mediación irónica (aunque lamentablemente no sin recaídas simpatéticas) fue El libro de Manuel de Julio Cortázar, sobre cuya empresa a la vez magnífica y limitada ha escrito un excelente ensayo el narrador mexicano Héctor Manjarrez (en su libro El camino de los sentimientos, 1990). Desde el comienzo, Cortázar planteaba la imposibilidad de representar la experiencia política fuera de la perspectiva del fracaso. Pero no solamente del fracaso de la experiencia política en sí, sino el fracaso del intento poético de representarla; y quizá por eso es una novela que a pesar de sus límites, o por eso mismo, está animada por la plenitud de su zozobra. Al final, paradójicamente, la novela de Cortázar es una lección sobre la moral del fracaso que implica escribir un texto conflictivo, que dirime la certeza del sentido en la incertidumbre del relato. Por estar más cerca de Rayuela, Carlos Noguera va a coincidir con la parte abierta de El libro de Manuel; sobre todo con la importancia emocional del coloquio, donde todo se dice y a la vez se escamotea; ambas novelas sugieren que la entonación lúdica del coloquio es la mejor perspectiva para filtrar los desastres de la retórica política.

            Otro modelo que parece emerger en el fondo de esta representación de la comedia política es la novela de Guillermo Cabrera Infante Tres tristes tigres; sobre todo, en la secuencia de los doce capítulos, de los veintiséis que tiene la novela, que corresponden a lo que llama "la dulce locura", y que son un recorrido por la ciudad de Caracas hacia una playa donde debe ocurrir una celebra­ción (una “gran farra” la llama el autor) que va de la noche de un viernes a la tarde de un sábado. Este recorrido nocturno hacia la playa, que es el núcleo central de la novela de acuerdo con el autor, está hecho con fervor narrativo, en un juego oral y con una capaci­dad de comunicación festiva, que evocan los juegos verbales y a los personajes entre bohemios y fellinescos de Tres tristes tigres y su celebración de la noche habanera. Pero más que meras influencias, esta relación es sintomática porque demuestra que Historias de la calle Lincoln busca moverse hacia adelante, salir de las formulaciones de la gran tecnología del relato, que creó el “boom” de la novela latinoamericana de los 60; y a partir de estos dos paradigmas Cortá­zar-Cabrera Infante, quizá no tan opuestos como sus opciones políticas haría creer, explorar una nueva formulación del relato a través no sólo de la fragmentación y la simultaneidad, del desdoblamiento de los narradores y el uso de los testimonios; sino desde la noción de que la vida es un cuento que se puede volver a relatar. Ese concierto de voces disgregadas y urgidas, comunican una temperatura, una dinámica, un aliento cuya subjetividad desasida termina desatando la representación del mundo, quizá perdido para una objetividad compartible.

            Todo ocurre como si los personajes fuesen convocados a testimoniar no sólo sus historias en relación a la guerrilla, sino su capaci­dad de verbalizar la experiencia. Porque lo único que les queda de lo vivido es la posibilidad de contradecir, diríamos, los lenguajes de lo real con su propia práctica dialógica, con su propia interlocución desobjetivante, en una suerte de gasto verbal, de entusiasmo expiatorio. Este gasto feliz no es una inversión de economía clásica que va a producir algo más, sino que es puramente dispendiosa, vehemente y gratuita; y termina siendo lo único que sabemos acerca de estos personajes, porque es lo único que ellos tienen sobre sí mismos. Así, la exacerbación de los testimonios de vida, es un estilo hiperbólico de recono­cimiento mutuo dentro de un diálogo que les es necesario como proceso identifica­torio. El movimiento de la novela sugiere que estos jóvenes de treinta años ya, han tenido no solamente una experiencia política radical, sino sobre todo han tenido una historia de contrasocialización o desocialización, puesto que cada uno de ellos es, en alguna medida, el testigo de su propia formación social y, por lo mismo, de los códigos, de los lenguajes, de las normas que los han construido como sujetos sociales. Nos movemos desde la socialización extrema de un personaje como Patricia, cuyo diario la muestra alienada por los discursos televisivos, hasta la más tenue socialización en el caso de Güaica, que es el poeta, quien es “extrovertido, chistoso, medio payaso”. Sin embargo, casi todos los personajes van a representar instancias de socialización, que el país propone, que la sociedad programa, que la cultura refuerza. Por eso, estos personajes tienen identidades producidas por los discursos sociales y podrían ser tipos socialmente determinados, pero no llegan a serlo porque la experiencia política de la frustra­ción generacional los ha llevado a un contraproceso de desocialización, en el cual a través del uso libre del lenguaje de la comunicación, están contradiciendo los roles sociales que, se supone, debería haberlos destinado y formado.

            Balzac no habría sabido qué hacer con unos personajes como las niñas de la gran novela de Teresa de la Parra: siete hermanas educadas en la arcadia hispánica de la hacienda mudadas a la ciudad de Caracas, donde la madre les reclama civilizarse. Tampoco Teresa de la Parra puede hacer mucho con ellas, y termina su novela en la infancia, rememorada por una Mama Blanca anciana, justo en ese cruce de caminos entre el mundo presocial y el socializado. Y en las novelas de Gallegos, aunque el mundo rural está plenamente socializado por códigos del honor de tradición hispánica, los conflictos de civilización y barbarie, de modernidad y autoridad, subrayan el proceso de la formación social moderna, de la sociabilidad ilustrada. Parece evidente que este debate sobre la formación social como la instancia colectiva de la nacionalidad tiene en Venezuela un carácter propio y conflictivo. La formación social suele ser representada como fluída, contestada por una rebelde negativa a su orden, que a veces lleva a la mitología del “alzamiento”, de la adolescencia perpetuada como recusación social; y otras lleva a la mitología del código auténtico, extraviado en las negociaciones del contrato social. En la nueva narrativa, ese debate pierde su sobretono traumático: la sociedad se ha hecho multiforme y heteróclita, y sus varios espacios no requieren de una racionalidad. La ciudad representa lo social a flor de piel, descarnadamente, como un mapa tentativo de la subjetividad asediada y desasida. 

            Patricia, que es además convertida en  modelo, parece casi un estereotipo de la sociali­zación; pero también lo parece Graciela, que es la pequeño burguesa. Sin embargo, el juego mutuo en el grupo fluido, esa especie de erotismo casual, más que demostrar la alienación del tipo, muestran la conflictividad del sujeto, ese tránsito entre la sociali­zación y la desocialización. Por ello, los personajes están viviendo su propio drama como una gran conversación; un diálogo saturado, en que una palabra se dice dos veces, y donde la objetividad es una suerte de “hoyo negro”, en cuyo centro hay un gran vacío, que es la no racionalidad, la no sustancia de la sociabilidad. Es como si la novela nos dijera no solamente que la sociedad está mal fundada sino que la misma relación entre los hombres no está acabada de explicar como necesaria o como sustantiva. Pero estos personajes hacen de ese vacío su escenario y lo delatan como tal. Tal vez a algunos lectores les resulten unos personajes puramente alienados, casi caricaturescos. Pero, en verdad, son personajes conflictivos: vienen de la subversión fracasada y se desplazan hacia la posibilidad de otra rebelión, que sería la de delatar (relatar) el vacío que los (des)constituye. Si hay un centro vacío, hay que saturarlo (suturarlo); pero la operación de saturación no es de salvataje, no es de rescate, porque cuanto más saturado está el centro más claramente se demuestra que está vacío. Y ese proceso se cumple en la verbalización irrestricta, al reconstruir la memoria, al desdoblarse los sujetos narrados en narrantes, al celebrarse el transcurrir. 

            Por eso, como en la metáfora del circo en Fellini, que es de plenitud pero también de ausencia y de nostalgia, en el mismo movimiento de su fervor estos personajes componen una danza de la muerte. Entre el circo y el carnaval, danzan su agonía ciudadana; y demoran su actuación en la palabra temporal, en el presente de la oralidad que registra el pulso y la pulsión de esta sobrevivencia en el discurso. En ese sentido, la materia con la que está hecho el libro es esa reverberación de su oralidad cotidiana, que es la metáfora central de la presencia poética de su escenario juvenil; la materia última que sostiene la identidad precaria y zozobrante de estos fugitivos de Balzac.

             Carlos Fuentes dijo una vez que todas las revoluciones fracasan pero que entre tanto producen unos momentos “muy padres”. La novela venezolana ha favorecido una representación más bien trágica de la saga guerrillerista pero en estas Historias hay una cierta festividad de la misma juventud. En lugar del trance heroico, el recuento de los hechos opta por la distancia irónica y quizás, incluso, crítica. Una de esas simetrías irónicas es la que propicia el Gato, evidentemente sin botas, a quien Pereira le presta una bota y van caminando los dos cómicamente. Y, casi al final, Ernesto, que no puede caminar, es llevado a su vez por el Gato. En este intercambio se alegoriza la dificultad de caminar como una metáfora de la necesidad de dar sentido a los hechos. La novela se arma sobre tejidos como éste, núcleos y simetrías de resonancia interna. Por eso, si la oralidad sostiene a la discursividad inmediata, que es dominante, la textualidad de la fábula se interpola con su entramado. Por un lado, la oralidad es fluida, cambiante, idiomática, y tiene color, temperatura, actualidad; y, por otro lado, la recurrencia de estos juegos desplie­gan textualida­des distintas en una combinatoria de motivos. Pero no se trata solamente de un montaje, sino de una tensión contrastiva entre los fragmentos y de una textualidad cambiante que se introduce en el flujo de la oralidad horizontal. Digamos que la oralidad es una estrategia discursiva dedicada a producir la materialidad del tiempo presente, de la actualiza­ción de la historia. Esta constancia de la oralidad está recortada o interferida por las distintas fórmulas de la textuali­dad. La textualidad reinicia la novela una y otra vez, a la manera de una novela de otra novela,  como historias interpuestas. Además, son historias que tienen que ver con la calle Lincoln, o sea con un recorrido urbano y con el tempo de un recuento; con las series de las combinaciones y las interpolaciones de voces equivalentes.

             Frente a la temporalidad narrativa, abierta por el discurso, se levanta su espacialidad, construida por lo textual. En este escenario de la textualidad ocurren los tiempos de lo oral. Ahora bien, ¿por qué esta novela ensaya un despliegue tan variado de la temporalidad? Seguramente porque la oralidad contamina a la historia, al recuen­to, con la presen­cia a  la vez vital y fantasmática del grupo de amigos; mientras que la textualidad es una red que va a anudar el flujo indeterminado de la comunicación oral. La textualidad es el espacio ganado por la novela para construir un escenario que permita a la experiencia histórica aparecer como nueva, esto es, suturada del trauma. Quizá no es casual que Carlos Noguera, psicólogo de profesión, haya dramatizado este flujo oral terapéutico de un grupo que exorcisa sus fantasmas por la vida negativa (regresiva) de una adolescencia improbable.

            Lo notable de esta novela radica en su carácter epocal sintomático. Más que el testimonio histórico, su propósito es esta posible recons­trucción literaria de un nuevo espacio reflexivo sobre la vida precaria de la histo­ricidad. Reveladoramente, la experiencia guerrillera venezolana de los años 60 no ha producido aún ni su historia comprensiva ni su evaluación política seria; su suerte en el discurso ha variado entre los testimonios de sus protagonistas, algunos de ellos muy valiosos y genuinos, otros amenos y hasta ligeramente estrambóticos; la glosa de los politólogos como parte de la influencia de la revolución cubana en América Latina; y el rechazo de los letrados del sistema como época negra de la irracionalidad política radical en el espacio universitario. En cambio, en la novela esa experiencia se ha convertido en clave de interpretación de un país cuyo proyecto de modernidad fue disputado con las armas, en una aventura improbable y, quizá, juvenil, que seguramente demuestra el carácter limitado del proyecto modernizador y las contradicciones que generó en las clases medias. Pero, por otra parte, demuestra que la narrativa (probablemente alentada por el discurso popular del testimonio, de las historias de vida que los protagonistas escribieron) es un lenguaje en debate por el sentido nacional de lo moderno. Es también un mapa de las exclusiones y de los márgenes que genera una modernidad gestionada desde el sistema estatal. Un sistema, en efecto, orgánico y globalizante pero, por eso mismo, normativo y sancionador, que ocupa el espacio político tanto como lo desocupa, creando por igual expectativas como desigualdades. Pues bien, pronto se hizo claro que la novela es el discurso que el sistema no controla: en el relato, las vidas poseen un rango liberado del territorio que ocupa la racionalidad del sistema; tanto como poseen un instrumento, el habla, no colonizado por los usos oficiales de un estado robusto y elocuente, es decir, inaugural y a la vez conmemorativo.

            Y por lo mismo, más importante que la verdad de los hechos es la perti­nencia, la flexibilidad de las formas. No porque haya una distancia entre las formas y la historia, sino porque las formas sirven para tratar de reorgani­zar de un modo legible, poético, imaginativo, el derroche, el desgarramiento y el sinsentido del vacío de lo histórico. La novela, así, es el espejo que se pasea entre los pasillos de la Universidad, los sótanos del Estado y las salas de la cultura nacional: en ese espejo no hay un rostro, sólo su posibilidad. Esa posibilidad es paralela al proyecto mismo de una novela “nueva” o “abierta,” que a su vez pueda ser homóloga a la promesa de la época (utopista en los años 60) o a su contraproyecto escéptico (el desencanto de lo moderno). La novela se hace, procesalmente, con los materiales que hacen o deshacen al país, a la época, a sus jóvenes sobrevivientes. La novela relata la pérdida de un mundo, su mayor o menor sentido, a la orilla del futuro, atravesando la frontera del presente, de la incertidumbre, entre la hacienda y la capital (Teresa de la Parra), entre la provincia y la urbe (González León), entre la rebelión y la derrota (Nogueras). Andrés, el joven estudiante provinciano que atraviesa la ciudad de Caracas a lo largo de las 300 páginas de País portátil lleva una maleta (su “valija cultural”) a través de rutas de despiste y dilación, que permiten a la novela reconstruirle la saga familiar. A diferencia de Chen, el estudiante chino que en La condición humana de Malraux filosofa mientras transporta su bomba, Andrés ignora lo que hay en esa pesada valija, quizá armas, pero sabe que debe llevarla a donde lo aguardan los sublevados, su nueva familia. Esa ignorancia es más interesante que el contenido: supone un vacío, el espejo donde Andrés no ve su rostro sino los de su linaje, disgregado y expulsado de la modernidad que él disputa, como el personaje menor de una épica de la virtualidad. Andrés es el heraldo de un proyecto una y otra vez cedido y transferido, pero siempre frustrado: es un sujeto inscrito en el romance nacional, que lo destina a repetir el ciclo.

             En Historias de la calle Lincoln quizá ya todo se ha perdido, la apuesta política ha fracasado, pero los personajes, al final, no pueden sino humanizar, gracias al discurso, el medio que les ha tocado sobrevivir. Por eso, lo que no se ha perdido es la posibilidad de recuperar en la literatura, en el arte, la experiencia de imaginar a estos personajes y de imaginarse el narrador y el lector como interlocutores a través de las nuevas formulaciones de una búsqueda de un territorio narrativo no ocupado, alterno a la misma derrota y al margen de los supuestos victoriosos. Así parece cumplirse la postula­ción de 1) salir de la historia a través del relato, y 2) salir de la tecnología del "boom" a través de un relato de la cotidianidad hablada. Esos dos movimientos creo que son paralelos, y hacen la novedad y también la actualidad y, finalmente, la apelativa validez de  una novela que, de otro modo, estaría muy marcada por su propio tiempo histórico.

            Si la leemos hoy con frescura, hasta con humor, es porque ha logrado remontar la melancolía de la derrota.

                                                                                               

Conversación con el autor

             Julio Ortega: Acerca de Historias de la calle Lincoln, mi primera pregunta para iniciar este diálogo será por la historia interna del libro. ¿Qué necesidades te llevaron a esta novela y, si lo recuerdas todavía, qué problemas resolviste con ella? 

            Carlos Noguera: La novela fue escrita entre el año 69 y 70. Yo venía de una primera experiencia de narrativa larga; había terminado la novela que llamé Para un juego, de la cual se publicaron dos o tres fragmentos en revistas, pero creo que el intento había sido un fracaso. Realmente quedé decepcionado viéndola a distancia y la archivé. Hace unas semanas fui invitado a intervenir en un foro sobre Cortázar y allí llevé una ponencia que se titulaba algo así como "Dos lecturas de Rayuela", en síntesis lo que planteaba allí es que Rayuela es una de esas novelas sobre las cuales uno regresa a lo largo de la vida, uno de esos libros que lo acompañan a uno más allá de las lealtades que uno tiene con ellos, y que es un libro casi de cabecera. Yo aprecio muchísimo todas las obras de Cortázar y, en particular Rayuela, con la que he tenido una relación bastante estrecha. Y, en algunos momentos, regresaba a la lectura fragmentariamente, pero también acometí la lectura completa del libro por lo menos en tres ocasiones, la última vez hace poco, cuando me invitaron al foro justamente, y dos anteriores separadas entre sí por diez años. La primera vez que yo leí Rayuela fue en el año 64-65. Sí, apenas salida; fue por supuesto un descubrimiento para todos los que nos iniciábamos en la literatura; yo era casi un adolescente en esa época y había escrito algunas poesías y unos relatos. En este foro, yo decía que esa primera lectura de Rayuela me ofreció, en primer lugar, un impulso literario; después haría una lectura distinta, pero esta primera del 65 significó para mí un impulso literario. Yo entendí que no era poeta, que fundamentalmente era narrador, y lo que me interesa­ba de la literatura era su aspecto lúdico. A raíz de una pregunta que me hicieron alguna vez, yo decía que comparo la lectura con una especie de damero o laberinto gráfico con el cual uno, a la par de divertirse, de disfrutar, traza una especie de combate, de juego inteligente. Bueno, eso fue lo que significó Rayuela para mí. Ahora, aquella primera novela abortada se llamó Para un juego y el mismo nombre anuncia una concepción lúdica, sólo que sencillamente fracasé. No sé si con Historias de la Calle Lincoln fracasé pero en todo caso archivé aquella novela y acometí esta nueva con un planteamiento distinto en varios sentidos. En primer lugar, quería referir el trance particu­lar que nosotros, una generación, había vivido aquellos primeros años de la década de los sesenta, y referirlo desde diversos puntos de vista, aunque creo que finalmente el proyecto no cristalizó tal como yo quería. Por eso allí hay una celebración de la noche, la idea del fracaso político, y la intención claramente humorísti­ca, además de la fragmentariedad, la parodia y el juego de estilo. Yo creo que fui demasiado osado, porque yo era prácticamente un absoluto novato en estas cosas de la narrativa; me sentía bastante balbuceante y, sin embargo, lleno de una gran osadía. Para mi sorpresa emprendí aquello como si fuera un maestro, ensayando todo tipo de técnicas, de tejidos, de artificios, niveles de lenguaje, puntos de vista, como para demostrarme a mí mismo que el narrador que yo había decretado que yo era en efecto existía, y disfruté mucho la novela. Buena parte de las anécdotas, de las historias, son tomadas de la realidad, tomadas del acontecer de esta zona bohemia de Caracas, que desgraciadamente ya no sigue siendo la misma, que ya no se puede disfrutar como antes. Yo caminaba entre lo que podríamos llamar la bohemia artística literaria y el compromiso político, y en ese punto de la noche podían converger cualquier cantidad de especímenes, entre los cuales me cuento, no tengo ningún problema en decirlo, de toda índole. Desde el trafican­te de drogas y el borrachito cotidiano hasta el intelectual, el actor y el artista plástico. Todos ellos, sin embargo, se vinculaban directa o indirectamente al mundo político de la izquierda que había vivido su efervescencia en esos primeros cinco años de los sesenta y que, en la segunda parte de la década vivió el reflujo. La novela quiere desarrollarse  entre el año 64 y el año 70, aunque naturalmente refiere anécdotas que son tomadas de la guerrilla rural que, si bien no desapareció por la denomina­da política de "paz democrática" a mitad de los sesenta, disminuyó considera­ble­mente. 

            J.O.: ¿Cómo fue la escritura misma? 

            C.N.: El problema de la estructura me vino a mí como un juego de fragmentos, como una especie de caleidoscopio donde yo pudiera, siendo fiel a lo que era mi propia circunstancia, tomar distancia respecto a esa circunstancia para jugar formalmente. Desde el punto de vista del contenido,  hay probablemente aquí una lectura que valga la pena mencionar y es la de Pirandello; no en ésta, probablemente en la segunda y quizás en la tercera novela se menciona directamente la experiencia pirandelliana. A mí me tocó mucho el acercamiento a Pirandello, y creo que fue allí, en todo ese diálogo entre el lector posible, la novela misma y el autor, que la novela recibe ese giro. Por otra parte, esto ya es una circunstancia personal, como una confesión, yo y junto conmigo otros amigos nos distanciamos de lo que era la juventud comunista en aquel momento; nos distanciamos no para asumir una posición políticamente contraria, demasiado distinta, sino para asumir una posición crítica respecto de la política que venía sosteniendo el partido comunista en aquellos momentos. Recuerdo que estábamos en una reunión en la Facultad de Humanidades y hasta ese momento había prevalecido una forma de llevar las discusiones en los pequeños grupos y, en la estructura de la organización, que se llamaba el centralismo democrá­tico. El centralismo democrático, para los que no lo conocen, consiste sencillamente en que las decisiones son tomadas por la élite que dirige el partido y eso se comunica hacia la base a través de diferentes instancias; de modo que en el centralismo democrático las decisiones son acatadas, no se discuten, y esto  probablemente tuvo todo el sentido del mundo mientras existía la circunstancia crítica de una situación de clandestinidad, de guerra, de confrontación armada; pero una vez que eso había pasado, ya carecía de sentido. Entonces, en una de las primera reuniones después de la decisión del cambio de la política, se baja una decisión y la presenta el que actuaba como una especie de dirigente político de la Universidad, y nosotros pedimos someter eso a discusión y empezamos la discusión; y vemos que se comienza a operar una especie de metamorfosis grotesca en el secretario político que estaba esperando que nosotros sencillamente acatáramos y aprobáramos sin discusión lo que descendía de las instancia de poder superior. Nosotros continuábamos la discusión y él transformándose, el hombre lobo bajo la luna, y en un momento se para, da tres golpes contra el suelo con su bastón y dice algo así como "a mí lo que me arrecha de los camaradas de Humanidades es la discutidera, nosotros en Economía no discutimos, aprobamos, aprobamos". Bueno, digamos que la asamblea que era de unas 50 personas se dividió en dos; nosotros, por lo menos la mitad, nos paramos y nos fuimos sin decir absoluta­mente nada y no regresamos nunca más. Después militamos en otros movimientos de izquierda, pero eso quedó en mí como una inquietud. Yo me decía, pero cómo es posible que después de haber vivido todo lo que se vivió, después de haber reconocido y reflexionado sobre todos los errores que se cometieron, los aciertos a través de los cuales sobrevivi­mos, todavía se sostenga esa concepción aberrante contra la posibilidad de discutir una idea, una línea política de un movimiento. Bueno, yo creo que de allí proviene ese regusto, dentro de la novela, por el lado prismático de la verdad, que aquello es un cristal múltiple y de acuerdo a la posición donde tú te ubiques refleja o no refleja, refracta o no refracta el concepto que estás tratando de atra­par. El que haya versiones, que haya contradicciones, en que una carta se oponga a lo que aparentemente es la anécdota principal, yo creo que es como si yo estuviese haciendo una acepsis religiosa en la novela, el rescate de mi propia libertad. Eso que tu llamabas el lado subjetivo de la verdad. 

            J. O.: ¿Cómo fue tu trabajo sobre el habla oral? Porque creo que es interesante que la novela tenga esa habla oral callejera, y muchos términos que para un lector de otra área lingüística demanda un dicciona­rio regional. Sin embargo, es un lenguaje que debe haber pasado por tu control para hacerlo más accesible. ¿Cómo fue el trabajo sobre la oralidad? 

            C.N.: El plano de la oralidad casi salvaje o silvestre, que es el habla de los doce capítulos que forman el núcleo central de la novela, lo hice fue en una especie de "tómate prestado",  o sea, me di el permiso de utilizar la jerga urbana. Pero no diría que es una jerga de barrio, no lo es, no es una jerga totalmente popular. Yo diría que es una jerga de la nocturnidad; y está a mitad de camino entre alguien que tiene algunas lecturas, que puede hacer chistes o bromas con alguna referencia cultural, y alguien que disfruta de la utilización de términos tomados de la cultura de la barra del bar o del café, de la Universidad, de la base política y también de la incipiente cultura de la droga. 

            J. O.: Patricia me pareció importante, porque aunque aparece como un personaje alienado, sin embargo tiene simpatía. Y el diario en el cual se representa a sí misma es de un personaje honesto, en busca de su libertad. 

            C.N.: Para perfilarla me asesoré un poco y ciertamente tuve que leer revistas femeninas. La retomo como personaje en otra novela. Por cierto, alguien me dijo que si abría la nueva novela mía, la cuarta, y aparecía de nuevo Patri­cia, cerraría la novela. Ha reaparecido más allá de mi voluntad. Pero voy a decirte algo más sobre eso: es el relato de lo femenino lo que a mí me interesa mucho. Y yo creo que he sido justo con eso en Historias de la calle Lincoln, en Inventando los días y en Juegos bajo la luna, que es un homenaje a la mujer, yo la veo de esa manera. Por primera vez creo que hago justicia a la mujer y que me hago corresponder con mis ideas. Probablemente no he sido totalmente justo con lo femenino y con los personajes femeninos en general hasta en Juegos bajo la luna, donde son protagónicos; y yo diría que el núcleo de la novela es la evolución de la mujer. 

J. O. : Y el formidable personaje loco, ¿cómo apareció? 

            C.N.: Bueno, esa es una historia cómica. Es una de las muchas situaciones extrañas que viví con la novela, con la que me divertí mucho. Mientras yo escribía la novela envié un relato al concurso de cuentos de “El Nacional” y ganó el premio en 1969. Un relato justamente con la historia del Gato, que está en la escritura de la novela pero con otro nombre, creo que Pereira, porque le cambié el nombre precisamente por lo que voy a contar ahora. Entre la gente que leyó el cuento premiado estaba alguien que yo creía amigo mío. Habíamos coincidido en la Universidad, era una excelente persona, compartíamos los mismos ideales políticos y él incluso estuvo en la guerrilla rural de los llanos. Digo esto porque la guerrilla rural de los llanos es completamente distinta a la guerrilla de montañas, la de los llanos era  caballo; este es un dato importante porque en el cuento no aparece en ningún momento un caballo. Sin embargo, un día que yo estoy en Sabana Grande tomándome un café con unos amigos llega un primo de este compañero, y me dice: mi primo te anda buscando, está arrechí­simo contigo porque dice que tú lo ridiculizas en el cuento que publicaste, y que eso entre amigos no se puede tolerar, que él creía conocerte, pero que tú has traicionado la amistad. El tipo congregó a la familia, a los primos, que eran además gente de temer. El primo que me vino a hablar era una persona que estoy seguro de que si hubiera recibido la orden de su primo de que me diera un escarmiento lo hubiera hecho perfectamente, con toda facilidad. Yo le dije, mira, es absolutamente falso, allí no hay ningún retrato, jamás en mi vida yo hablé de esto con él. 

            J. O.: ¿Ni el nombre era parecido? 

            C.N.: El nombre era parecido, allí está el problema. Creo que originalmente era Martínez el apellido. Pero la segunda advertencia fue ya una amenaza, porque quería que yo hiciese una aclaratoria pública, aunque yo no sé para qué iba a hacerlo pues hubiese tenido que empantanarlo más cuando él lo que quería era permanecer al margen de su pasado. Pero logré convencer  al primo, que a pesar de todo era una persona con la cual uno se podía comunicar todavía; lo persuadí de que la idea de su primo, mi amigo, era totalmente falsa. 

J. O.: Y este primo, ¿leyó luego la novela? 

            C.N.: Sí, él era lector de la novela. Y lo volví a ver después. En cambio, al amigo ex-guerrillero no lo vi nunca más. Después supe que estaba en una secta religiosa. 

            J. O.: Ya se ve que la novela colinda peligrosamente con la realidad; pero es mayor la elaboración literaria que la crónica misma, ¿verdad? 

            C.N.: Viviendo eso es que me digo: dentro de todo este juego de la relatividad de la verdad en el que yo estoy metido, esta gente está colaborando conmigo, son coautores de la novela. Y me decido al riesgo de que la segunda parodia a lo mejor coincida con otros casos como éste de mi amigo. Hasta ese momento había tenido un cuento nada más, pero luego me entiendo con un loco desatado que me reclama que yo lo metí en el cuento; la novela comenzó en esa experiencia de riesgo.