Presentación de Trilogía de los Presentimientos de Carolina Lorca en la “Sala Ercilla” de la Biblioteca Nacional, por la poeta Elvira Hernández

7 Setiembre 2001 


Hace un par de meses atrás, mientras transcribía los nombres de las mujeres que habían escrito poesía en la década de los 80, me preocupaba de mantener la memoria vigilante para no omitir a nadie de un cuadro que yo misma consideraba completo desde muchos años ha.  No de una pretendida poesía femenina, porque la poesía no se divide ni clasifica según el sexo de sus autores, sino del cuadro de aquella generación histórica que publicó sus primeros libros entre los años 70 y 80.  Poco después me llegaron los manuscritos de Carolina Lorca.  Luego de leerlos tuve la evidencia de que el cuadro se movía, que llegaba a ocupar su lugar una poeta que se ha mantenido escribiendo, y con ello le daba su natural empujón a nuestro estático afiche.  En fin, me dije: trabajo para los antologadores, los historiadores de la poesía, los fanáticos de las generaciones, los críticos, los ensayistas, y materia de conversación de los propios poetas. 

            Esto sería lo que ocurriría en cualquier país ante un libro escrito con seriedad y con propiedad, sería su complemento rutinario; sin embargo, nada de esto ocurre entre nosotros, aletargados por cientos de morbos que accionan desde la Colonia y que pareciera lograron minar nuestro entusiasmo.  Nada se mueve en nuestro país; de vez en cuando un ‘show’, que salpimenta la apreciada “paz de los cementerios”.  La frase cliché “cada vez que un poeta muere, el mundo se empobrece”, y que ahora es parte de la retórica política, no representa otra cosa que la grotesca burla final ante el que yace sin posibilidades de defenderse.  Quizá, si para quienes nos preocupamos por esta bulimia cultural ha llegado el momento de deslizar, no grandes voces, sino en secreto, que cada vez que llega a nosotros un nuevo libro de poesía, nuestra contaminada atmósfera se limpia: nos enriquecemos, se nos entrega otro ángulo de relación con lo que hemos construido, y que ese grano de arena no es para dejarlo caer en el curso de los días. 

            Pero si la poesía en general tiene que atravesar su Golfo de Penas, la mujer que ha sido tocada por ella tiene que sumar varios Escilas y Carintis en su navegación hacia el reconocimiento de su capacidad poética, la que finalmente se otorga como compensación social.  Sin embargo, en materias del espíritu, la discriminación positiva es inaceptable.  La poesía le exige a hombres y mujeres el mismo rigor, entrega y autenticidad.   

            Es tiempo que vayamos sin más dilaciones a lo que nos interesa.   

            Trilogía de los Presentimientos no es la primera publicación de Carolina Lorca.  Ella viene probando la mano desde 1978, y es acá, en este último trabajo, donde culmina de manera categórica sus esfuerzos y corazonadas: El dolor de perseverar, que leemos en uno de sus poemas.   

Desde ya hay que decir que éste es un libro pensado, como lo es la poesía moderna.  Hay en estas páginas una gran síntesis poética que arrastra su materia desde los albores del tiempo, hasta nuestros desvaídos días.  Y en ese trayecto de escritura, la poeta recupera un espacio-tiempo, el suyo, donde logra hacer tierra consigo misma, tocarse, darse realidad.  A ese esfuerzo me refiero, a ese esfuerzo intelectual, que preciso con palabras de Custel de Coulanges “Para un día de síntesis, se necesitan años de análisis”.   

Prepara Carolina Lorca un campo de conocimientos poéticos enciclopédicos, y no de manera metafórica, sino a la usanza dada por Juan Luis Martínez en su libro La Nueva Novela, donde hay en la distribución de los saberes un sistema semejante al laberinto, con notas, referencias, conexiones secretas, puestas por el autor de manera que recuerdan la Enciclopedia de D’Alambert, que a su vez quería recordar la Biblioteca y sus claves establecidas por el filósofo.   

Carolina Lorca inicia también en su libro un sistema de conexiones, movimientos dialécticos, ramificaciones, multiplicaciones, deformaciones culturales que ella rescata, al igual que Martínez, de la mano de la poesía, porque la poesía permite la mayor cantidad de mezclas de saberes, sin pretensión de absoluto.  De hecho, La Nueva Novela es un libro nunca terminado, en continua formación.  Carolina propone en el suyo, una recurrencia de empezar; cito: “Nunca llegaré a la poesía / porque nunca nadie llega”.  O como lo pone al final del volumen tercero, donde no hay final, sino anuncio de otro inicio, de otra letra.  Cito: “Cuando cambió el ritmo de los astros / cambió el ancla por la azada / y al abrir la tierra con sus fuerzas / sintió en sí cómo germinaba / supo también entonces / que la cosecha sería buena”.  Es decir, la promesa de la letra.   

Si seguimos nuestra ronda por la publicación de Carolina, notaremos también su preocupación por el objeto-libro, problema que fue puesto en el tapete de los poetas, por el poeta Martínez. Trilogía de los Presentimientos es un libro triple: tres unidades que se articulan en primera instancia a la vista, por el color de sus cubiertas: de la claridad a la oscuridad.  Así, Presentimiento del mundo es luminoso. Presentimiento de Chile, obviamente gris.  Y Presentimiento del poeta, como corresponde, castaño oscuro. 

Carolina Lorca ha establecido su personal y autónomo territorio en nuestra poesía.  Su afinidad con Juan Luis Martínez a la hora de estructurar su trabajo corresponde a la ligazón que todo poeta siente con el significativo mundo que le ha precedido.  En sus páginas, vemos que avanza desde los Griegos hasta nuestros íconos nacionales: Mistral, Neruda, Parra, de cuyo acopio quiero destacar la actualización que hace de la videncia, del ante-ver, el presentimiento, la corazonada, a mi juicio; vía regia del poeta, pero actualmente sepultada por el control proyectista-artístico.  También, el recuperar para la poesía las preguntas que acompañaron a la filosofía, y que adquieren fuerza y vida en estos textos, en esta tierra mestiza donde el pensar sólo es posible en la poesía. 

No voy a adentrarme en el libro de Carolina, porque hoy no es mi tarea, en esto de hacer un pequeño acercamiento.  Además, su composición, llena de indicaciones, alusiones, y de una imaginería alojada con trazos líricos en el lenguaje, llama a una lectura detenida, a la reflexión, con lo que no es prudente dar pinceladas.  Sólo quiero decir en esta breve ronda en la que me he quedado, que su escritura, su poesía, cuyo lenguaje se forja a la sombra de una conciencia nacional, nos habla de lo que nos importa, por lo que esa voz individual, de primera o tercera persona, terminará siendo para el lector, un Nosotros.