“Entre la cabeza y el corazón: Ulises como poeta”

Presentación de Trilogía de los Presentimientos de Carolina Lorca en la sala “Viña del Mar”, por el escritor Jaime Valdivieso.

Noviembre 2001


            Todos conocemos la imagen dócil, fluctuante que se tiene del poeta.  Su constante oscilación entre la admiración y el desdén, entre el zahorí y el impostor.  En la República de Platón queda fuera de los llamados a gobernar: no es confiable, se maneja con el corazón más que con la cabeza, con la emoción más que con la razón; sin embargo el mismo filósofo ateniense le reconoce el poder de recibir mensajes inefables en los momentos de delirio lírico.  Y más tarde son muchos los que reconocen que su canto horada las capas más perceptibles, para captar la esencia de la naturaleza y el comportamiento humano.  Es el depositario y defensor de la palabra, contemporáneo de todas las civilizaciones: vive en el presente y en el comienzo, tanto como en el final de los tiempos.  Pero sobre todo, es un sismógrafo de su época, un ‘espiritómetro’ de los cambios de conciencia. 

            Estas consideraciones son maneras de aproximarnos a la poesía de Carolina Lorca, a su tríptico Presentimientos: del mundo, de Chile y del poeta.  Pero todo esto, con la cabeza y el corazón: “Dar infinitamente el corazón / volviendo a él / a cada instante.”, dice el hablante, binomio que ha estado en el poeta desde los comienzos, porque el uno no funciona bien sin el otro, por eso la poesía está próxima a la ciencia y ésta de la poesía. “Ambas están al borde de un abismo común”, dice Saint John Perse. Y este abismo es siempre a la vez un enigma en los verdaderos poetas, porque en él, el lenguaje siempre se le escapa y navega en partes por su cuenta, recogiendo las vibraciones y los cantos de mucho antes y que anuncian lo venidero. Y siempre en forma más o menos inconsciente, sin proponérselo aunque sabe que rompe con la tradición, y hace cambiar el discurso lírico: Carolina Lorca pertenece a esa generación de poetas que captó el mensaje de Juan Luis Martínez, que cambió el canon de la poesía en Chile y al cual siguieron con mayor y menor lealtad Zurita, Juan Cameron, Elvira Hernández, Bruno Vidal entre otros. 

Y mientras tanto nosotros navegamos por este tríptico que vemos como un mito de la aventura de Ulises por la poesía, por Chile y el mundo. Para este peregrinar Carolina concibe la poesía como una concepción de la realidad y de la vida que solo es posible plasmar en un conjunto de poemas orgánicos, el poema largo que sostiene en vilo las ideas y la emoción. En el primer libro, en la apertura, “Autorretrato”, el hablante abre su propio dilema: entre la trasgresión y la contención, ese será su campo de batalla mientras viva y se ocupe de la palabra: 

            Perseverar es ser severa con mi ser

            Mantener en pie de guerra la energía que une

            las estrellas al cielo y separa en mi cuerpo

            cada respiración por sus distintos sabores. 

En este primer camino y presentimiento, el poeta recorre todos los tiempos y espacios, repite la experiencia del hombre desde los inicios y, en ese recorrido, le hace un saludo al Nicanor Parra de “Soliloquio del individuo”: 

            En un principio solo llovía.

            Hacía falta un gran viento feroz

            Que secara separara sopesara

            La materia en sus distintos estados... 

Pero sigue de largo, debe seguir luchando, padeciendo, experimentando, es el camino de ida hacia el fondo de la especie, luego se regresa, “cuando cambió el ritmo de los astros/cambió el ancla por la azada  /y al abrir la tierra con fuerzas/sintió en sí como germinaba... 

Ya estaba preparado el sendero y el espíritu para continuar caminando por Chile y por el mundo. Y como siempre, diciendo sin decir, poesía que busca en la imagen, en el símbolo (que es ambiguo y múltiple), su voluntad poética, recoge al final la verdad candente y quemante de muchos: 

            Aquí es el reverso

            Corre delirante a consumar el incesto

            porque

            nadie dice nada cuando cubre con su manto

            el territorio, este país

            de ciegos que salen de la pesadilla trémulos

            a crujir los dientes, la boca seca de absoluto

            ciegos cercenados de pasión por Chile. 

Y finalmente se vuelve a la realidad del mundo y de sí misma, allí donde nuestra vida comienza a vacilar y donde todo es nada, donde el único consuelo es contar con el maestro que lo vio todo, que percibió el desastre muchos antes que el de las “Torres”, antes que nadie, sin tratar de explicarlo y sin embargo, se negó a ser maestro y hasta borró su nombre porque para qué seguir haciéndose preguntas cuando la principal no la responde nadie: sólo el lector que sabe que junto a los nombres de poetas como Elvira Hernández, Marina Arrate, Verónica Zondec, Juana Puga y Paz Molina, se integra Carolina Lorca con una calidad y un rigor ineludible.