Presentación de Trilogía de los Presentimientos de Carolina Lorca en la Biblioteca Pública “Santiago Severin”, por el músico y filósofo Roberto Escobar B.

30 de Agosto de 2002


          Es un gran honor para mí que, no siendo yo poeta sino músico, se me haya pedido comentar un libro de poesía.  La poesía y la música tienen diferente origen, pero son muy similares en su método y hacen una feliz combinación.  Pero no toda música es poética, ni toda poesía es musical.  

A modo de introducción quiero decir que éste es un libro hermoso, está muy bien hecho, muy bien impreso; y detrás de estoy hay algo que hemos ido perdiendo en Chile: la noción de que la belleza no es tan sólo el contenido, sino también la forma que lo contiene.  Luego, el hecho de que un libro esté adentro de una caja no es una casualidad.  La caja guarda, protege. Cuando un libro está adentro de una caja es por alguna razón que no es evidente a primera vista. Esto es algo que tiene que estar junto, por eso está adentro de una caja, para que no se separen, primero que nada.  Pero no es sólo eso, sino que la caja le da un sentido a algo muy extraño: tres libros, cada uno dividido en tres partes, no es causalidad. Esto es un orden superior de pensamiento, es un orden musical de pensamiento.  Así se hacen las obras musicales.  Este todo lo divido en tres o en cuatro, y cada uno de ello lo divido a su vez en tres o lo divido en cuatro.  Pero no hay una cosa que es 17 seguida de otra que es 23: eso no.  Entonces, aquí hay una cosa importante. 

He ordenado este comentario según tres aspectos que los voy a tratar todos juntos.  El primero se llama “El Maestro”; el segundo se llama “La Palabra”, y el tercero: “La Obra”.  Estas tres cosas están muy presentes en este libro, de modo que tendré que pasar de una a otra. 

En el Insituto de Filosofía (de la Universidad Católica de Valparaíso), el primer día de clases entraba a la sala un profesor bajito, y escribía en el pizarrón:

Yo – en – el mundo. 

         Acto seguido, miraba a los alumnos. Nadie hablaba, se creaba y crecía la tensión, hasta que alguien le preguntaba por el significado de lo escrito en el pizarrón, obteniendo como única respuesta: “significa lo que dice”. 

El punto es éste: el mundo tiene su centro en la persona, de modo tal que el universo pasa por el eje donde uno está parado.  Así, este hombre, Luis López (1911-1976), enseñó a sus alumnos a entender en la poesía una estructura que va más allá de la estructura del idioma.  La poesía, para él, plantea el problema musical del discurso, el pulso, el ritmo, el acento, la ligadura, el silencio. 

Quiero ilustrar esto dicho con un poema del segundo tomo, Presentimiento de Chile, que se llama “El habla”, que se abre con unos versos de Gabriela Mistral: 

Es el habla sudamericana la más dulce

de este mundo, el más tierno

acento hablado por hijo de hombre.

 

La zeta que ellos le pusieron

al mazo, a los toros, al cielo

aquí se la quitaron.

 

El ruedo se volvió plegaria y guerra

la dureza del brazo fue sed del corazón

insaciable a orillas del río,

sucios y más amargos,

encerrados.

 

La zeta puesta por ellos con acento,

traspasando los dientes,

aquí se liberó. 

Así pues, vamos encontrando poco a poco el sentido de la lección del Maestro y del trabajo de su discípula.  En esto de la Palabra, conviene meditar qué se dice cuando se dice lo que se dice.  En la Palabra está contenido un pasado, una significación profunda que es más que lo que dice la definición del diccionario, y en esa forma usamos el idioma. 

Yo pienso que los poetas chilenos deben mucho al estudio de lenguas extranjeras, porque cuando uno estudia otra lengua, que es otro sentimiento y otro significado, uno empieza a entender que a través de una palabra se penetra en otro inconciente colectivo.  No cabe duda que la magnífica prosa de Vicente Huidobro se debe al extraordinario manejo que él tenía del francés.  No cabe duda de la huella que dejó en la poesía de Neruda el inglés, que él manejaba con gran destreza.  Y en Carolina Lorca, encontramos la huella del latín y del griego.  Pero, si ustedes leen este libro cuidadosamente, verán que, al igual que ocurre con Gabriela Mistral, casi no parece que el hablante fuera chileno: los chilenos hablamos muy mal.  Pero aquí, ella no escribe mal, y las palabras que ella escribe hay que leerlas con claridad, y tal como están escritas; incluso pronunciadas funcionalmente, o si no: la música no sale de esta poesía

            Pasemos ahora a “la Obra”.  Yo conozco la poesía de Carolina casi desde que empezó a escribirla.  Hace 20 años recibí desde España, este librito titulado Trilogía; es un librito hecho artesanalmente.  20 años después, aparece otra Trilogía.  Y surge la pregunta: ¿estamos informándonos, en el segundo libro, del trabajo de 20 años entre la primera Trilogía y la segunda?  Probablemente sí.  No se trata de una “antología” de versos escritos de vez en cuando, y coleccionados casualmente: no, esta obra tiene continuidad.  Incluso cada uno de los tres libros está a su vez dividido en tres. 

            Pero este libro que presentamos hoy tiene algo más respecto al primero de hace veinte años: el presentimiento.  Si admitimos que todo presentimiento es una forma de conocimiento y que no hay conocimiento sin memoria, es decir: el pensamiento incluye necesariamente el recuerdo, entonces yo diría que Carolina Lorca, en esta primera versión, va del recuerdo al olvido.  Pensando en otros poetas chilenos, la poesía de Gabriela Mistral siempre va del recuerdo al olvido.   Esta segunda versión en cambio, que conocemos ahora, el trayecto se hace desde la nada hacia el sentimiento y el pensamiento; esto es, ir desde la ignorancia a la sabiduría.  Hay un ir a la veta de la mina a buscar la riqueza y sacarla a la luz del día.  Diría que esta poesía penetra este recuerdo encerrado en la palabra; de ahí, avanza hacia un nuevo conocimiento, o una iluminación de un conocimiento que no era evidente.  

            Ahora bien, hay una tercera opción: ¿qué pasa si el sentimiento y el pensamiento son simultáneos, que están girando –como decía Platón- en dos esferas iguales, una va en un sentido y la otra en otro?  Sólo la mente humana es capaz de hacer el puente entre lo uno y lo otro, y llegar a un conocimiento de lo que está pasando. Un ejemplo sorprendente de esto es lo que la poeta hace al final del primer tomo Presentimiento del mundo: toma la que es considerada la pregunta metafísica por antonomasia “¿Por qué hay algo y no más bien nada?” y la destaca, enmarcándola.  ¿Por qué la poeta se pregunta esto?  

Con esta pregunta nos encontramos ante el hecho de que los poetas –a diferencia de los filósofos- no se sienten obligados a explicar nada, porque el ámbito de la poesía no es el de las explicaciones mediadas por la razón, sino el de la percepción directa de la imagen.  Así, la que fuera considerada, desde que Leibniz la planteara, la pregunta metafísica por excelencia, la percibimos aquí como un gesto de rebeldía, sólidamente  fundamentado en un arsenal intelectual poco común. 

            Vistas así las cosas, este libro no va a producir un efecto, no va a llegar a tierra todavía.  Digo esto porque el estilo de su escritura es diferente.  Yo no había visto nada parecido a esto todavía.  Un libro que pretende plantear esto me parece hermoso: presentir el mundo, presentir Chile y presentir el poeta que está en Chile.  Porque nos guste o no nos guste, el lugar donde estamos es el planeta Tierra y no otro planeta; el país en que estamos es Chile y no otro país, y la civilización que vivimos, por mala que sea, es la única civilización que conocemos.