2 de mayo de 1995
A: Eduardo
Galeano.
Montevideo, Uruguay.
De: Subcomandante Insurgente Marcos
Montañas del Sureste Mexicano. Chiapas, México.
Señor Galeano:
Le escribo porque... porque me dieron ganas de escribirle.
Porque ya pasó el día del niño acá en México y se me ocurre
que a usted le puedo platicar lo que acá pasa, en un día del
niño, en medio de una guerra sorda. Le escribo porque no tengo
ninguna razón para hacerlo y, entonces, puedo así contarle lo
que pasa o lo que me viene a la cabeza, sin la preocupación de
que no se me vaya a olvidar el motivo de la carta. Porque sí,
pues.
También porque perdí el libro que me regaló y porque ese
ratón cambista que suele ser el destino (?) ha repuesto el
libro perdido con otro libro. Y porque se me ha quedado bailando
en la cabeza una parte de su libro "Las
palabras Andantes".
Porque dice así:
"¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra
con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y
la boca, ¿sabe morir?".
Ventana sobre la palabra (VIII), p.262.
Y entonces yo me he recostado para pensar y fumar. Es de
madrugada y como almohada tengo un fusil (bueno, en realidad no
es un fusil, es una carabina que fue de un policía hasta enero
de 1994. Antes servía para matar indígenas, ahora sirve para
que no los maten). Con las botas puestas y la pistola recostada
a un lado, cerca de la mano, pienso y fumo. Afuera, alrededor de
humo y pensamientos, mayo se engaña a sí mismo fingiendo que
es junio y hay ahora una tormenta de lluvia, rayos y truenos que
logró lo que parecía imposible: callar a los grillos.
Pero yo no estoy pensando en la lluvia, no estoy tratando de
adivinar cuál de los relámpagos que está por rasguñar la
tela de la noche será el de la muerte, ni siquiera me preocupa
que el techito de nylon que cubre mi estancia es demasiado pequeño
y se moja la orilla del camastro (¡Ah! Porque resulta que me
hice una camita de ramas y horcones, amarrados con bejucos. Lo
hice porque la uso de escritorio, bodega y, a veces, para
dormir. En la hamaca no me acomodo o me acomodo demasiado, me
quedo muy dormido y el sueño profundo es un lujo que, acá, se
puede pagar muy caro. En la cama de varillas de palo se está lo
suficientemente incómodo como para que el sueño sea apenas un
pestañazo).
No, no me preocupan ni la noche, ni la lluvia, ni los
truenos. Me preocupa eso de "¿Sabe callar la palabra
cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con
el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". El
libro me lo mandó la Ana María, una indígena tzotzil que
tiene el grado de mayor de infantería en nuestro ejército.
Alguien se lo mandó a ella y ella me lo mandó a mí, sin saber
que yo perdí un su libro de usted y este libro repone el libro
perdido, que no es lo mismo pero tampoco es igual. El libro está
lleno de dibujitos en tinta negra y yo creo que así deben ser
los libros y las palabras: dibujitos que salen de la cabeza o la
boca o las manos y que van y se ponen a bailar en el papel, cada
que el libro se abre, y en el corazón cada que el libro se lee.
El libro es el regalo más grande que el hombre se ha dado a sí
mismo. Pero volvamos a su libro de usted que yo tengo ahora. Lo
leí con un cabito de vela que cargaba en la mochila.
El último tramo de pabilo se fue con esa página 262 (¡capicúa!,
¿no? ¿una señal?). Y entonces me recordé la frase aquella de
Perón que me mandó y luego mi torpe respuesta y, más después,
el libro que me envió. Y aquí la pena de contarle que el libro
lo dejé botado en la "graciosa huida" de
febrero. Y entonces me llegan este libro y las letras sobre el
saber callar. Y yo ya llevo varias noches dándole vueltas al
asunto, aun antes de que me llegara el libro. Y me pregunto si
no llegó la hora de callar, si no será que ya se pasó el
momento y ya no es el lugar, si no es la hora de morir la
boca...
Y le escribo esto en una madrugada de mayo, pasado ya el 30
de abril de 1995, que es el día del niño acá en México.
Nosotros los niños mexicanos celebramos ese día, las más de
las veces, a pesar de los adultos.
Por ejemplo, gracias al supremo gobierno, hoy muchos niños
indígenas mexicanos celebran su día en la montaña, lejos de
sus casa, en malas condiciones de higiene, sin fiesta y con la
pobreza más grande: la de no tener un lugar donde recostar el
hambre y la esperanza.
El supremo gobierno dice que no ha expulsado a estos niños
de sus hogares, sólo ha metido a miles de soldados en sus
terrenos. Con los soldados llegaron el trago, la prostitución,
el robo, las torturas, los hostigamientos. Dice el supremo
gobierno que los soldados vienen a "defender la soberanía
nacional".
Los soldados del gobierno "defiende" a México
de los mexicanos. Estos niños no han sido expulsados, dice el
gobierno, y no tienen por qué sentirse espantados de tantos
tanques de guerra, cañones, helicópteros, aviones y miles de
soldados.
Tampoco tienen por qué asustarse, aunque esos soldados
traigan órdenes de detener y matar a los papás de estos niños.
No, estos niños no han sido expulsados de sus casa. Comparten
el piso irregular de la montaña por el gusto de estar cerca de
sus raíces, comparten la sarna y la desnutrición por el simple
placer de rascarse y por lucir una figura esbelta.
Los hijos de los dueños del gobierno pasan su día en
fiestas y regalos.
Los hijos de los zapatistas, dueños de nada como no sea su
dignidad, pasan su día jugando a que son soldados que recuperan
las tierras que les quitó el gobierno, juegan a que siembran la
milpa, a que van por leña, a que se enferman y nadie los cura,
a que tienen hambre y, en lugar de comida, se llenan la boca de
canciones.
Por ejemplo, esa canción, que les gusta cantar en la noche,
cuando más cerradas son la lluvia y la niebla, y que dice, más
o menos así:
"Ya se mira el horizonte,
combatiente zapatista,
el camino marcará
a los que vienen atrás"
Y, por ejemplo, en el horizonte aparece, marcando el paso, el
Heriberto. Y atrás del Heriberto, por ejemplo, va el hijito del
Oscar que lo llaman Osmar.
Y van, los dos, armados de sus dos varitas que pasaron a
llevar de un acahual cercano ("No son varitas",
dice el Heriberto y asegura que se trata de poderosas armas que
son capaces de destruir un nido de hormigas arrieras que está
cerca del arroyo y que le picaron al Heriberto y hubo de tomar
represalias).
Avanzan el Heriberto y el Osmar en columna. Y por el frente
opuesto avanza la Eva, armada de un palo que tiene la ventaja de
convertirse en muñeca cuando el ambiente es menos bélico.
Y detrás de la Eva viene la Chelita, que levanta sus casi
dos años apenas unos centímetros del suelo y que tiene unos
ojos de venado lampareado que ya desvelarán, alguna noche, al
tal Heriberto o al que se deje herir por destello tan moreno. Y
atrás de la Chelita va un chuchito (perrito) que de puro flaco
parece una marimba diminuta.
Y a mí todo esto me lo están contando, pero como si lo
estuviera viendo al Wellington frente a Napoleón en esa película
que se llamó "Waterloo" y, creo, salía el
Orson Wells y al Napoleón lo derrotaban por culpa de un dolor
de panza.
Pero aquí no hay Orson que valga, ni flanqueos de infantería,
ni apoyo de artillería, ni defensa en cuadro contra las cargas
de los de a caballo, porque tanto el Heriberto como la Eva han
decidido optar por el ataque frontal y sin escaramuzas ni
tanteos previos.
Yo estoy a punto de opinar que eso parece batalla de sexos,
pero ya se está lanzando el Heriberto sobre la Chelita,
evitando la carga directa de la Eva que se ve, de pronto, frente
a un Osmar que no la espera cara a cara,, ni de pie sino que está
de lado y en cuclillas porque ahí no más le dieron ganas de
cagar y la Eva proclama que el Osmar se cagó de miedo y el
Osmar no dice nada porque ahora quiere montar el chuchito se le
acercó a oler, y en el entretanto la Chelita se puso a llorar
cuando vio venir al Heriberto y el Heriberto ahora no sabe qué
hacer para que se calle la Chelita y le ofrece una piedrita de
regalo ("Acaso es piedrita", dice el Heriberto
que asegura que se trata de oro puro) y la Chelita nada que para
su chilladera y yo estoy pensando que hasta que le dieron una
sopa de su propio chocolate al Heriberto cuando llega la Eva, en
maniobra que llaman de "voltear la posición
enemiga", y le cae el Heriberto por la espalda (cuando
Heriberto ya le está ofreciendo su arma antihormiga-arriera a
la Chelita, la cual está considerando la oferta, entre chillido
y chillido), y entonces, ¡pácatelas!, la muñeca-arma de la
Eva llega en su cabeza del Heriberto y empieza la chilladera,
(estereofónica, porque la Chelita se siente estimulada por los
gritos del Heriberto y no se quiere quedar atrás), y hay sangre
y ya viene la mamá de no sé quien, pero trae un cinturón en
la mano y los dos ejércitos se desbandan y el campo de batalla
queda desierto y en la enfermería declaran que el Heriberto
tiene un chipote del tamaño de su nariz y que, como la Eva está
intacta, ganaron la mujeres en esta batalla.
El Heriberto se queja de arbitraje parcial y prepara el
contra-ataque pero no será hasta mañana porque ahorita hay que
comer los frijoles que no llenan ni el plato ni la panza...
Y así pasaron el día del niño, dicen, los niños de un
poblado que se llama Guadalupe Tepeyac. En la montaña lo
pasaron, porque en su pueblo hay varios miles de soldados
defendiendo "la soberanía nacional". Y dice el
Heriberto que, cuando sea grande, va a ser chofer de un
camioncito y piloto de avión no quiere ser porque, dice, si se
le poncha la llanta del carrito, ahí nomás te bajas y te vas
caminando, en cambio si se le poncha la llanta al avión no hay
para donde hacerse.
Y yo me digo que cuando sea grande voy a ser
uruguayo-argentino y escritor, en ese orden, y no crea usted que
será fácil porque lo que es el mate, no lo puedo tragar.
Pero no era esto lo que yo quería contarle. Lo que yo quería
era contarle un cuento para que usted lo cuente:
Me enseñó el Viejo Antonio que uno es tan grande como el
enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como
grande el miedo que se tenga. "Elige un enemigo grande y
esto te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu
miedo porque, si él crece, tú te harás pequeño", me
dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en
que reinan el tabaco y la palabra.
El gobierno le teme al pueblo de México, por eso tiene
tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En
consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al
olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre.
Somos, por tanto, grandes.
Cuéntelo usted en algún escrito. Ponga que se lo contó el
Viejo Antonio. Todos hemos tenido, alguna vez, un Viejo Antonio.
Pero si usted no lo tuvo, yo le presto el mío por esta vez.
Cuente usted que los indígenas de sureste mexicano achican
su miedo para hacerse grandes, y escogen enemigos descomunales
para obligarse a crecer y ser mejores.
Esa es la idea, estoy seguro que usted encontrará mejores
palabras para contarlo. Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos
y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un
dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que
para eso son los bailes y los corazones.
Vale. Salud y un muñequito sonriente, como ésos con los que
firma.
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente
Marcos
P.D. de advertencia policiaca. Es mi deber informarle que
soy, para el supremo gobierno de México, un delincuente. Por lo
tanto mi correspondencia puede ser implicatoria.
Le ruego que se grabe usted el contenido de la presente, es
decir, la encomienda que suplica, y destrúyala inmediatamente.
Si el papel fuera de chicle, le recomendaría que lo comiera y,
masticando, se pusiera a hacer esas bombitas de chicle que tanto
escandalizan a las buenas conciencias, y que demuestran la falta
de urbanidad y educación de quien las hace.
Aunque hay algunos que las hacen con la esperanza de que una
de las bombitas sea lo suficientemente grande como para llevarlo
a uno de esa ruta luminosa que, allá arriba, se alarga... como
se alargan el dolor y la esperanza sobre el cielo de nuestra América.
P.D. improbable. Salude usted de mi parte, si lo ve, al tal Benedetti.
Dígale usted, por favor, que sus letras, puestas por mi boca en
el oído de una mujer, arrancaron alguna vez un suspiro como
esos que echan a andar a la humanidad entera.
Dígale también, que quién quita y lo de "Marcos"
fue por "el cumpleaños de Juan Ángel".