EL MUERTO
Por Augusto Casola
Email: augustocasola@hotmail.com
Al abrir la puerta y verlo, supe que estaba muerto. El ave, enorme y silenciosa, envuelta en una soledad profunda, me recibió posada a un costado del cuerpo. Fue entonces, al desplegar sus alas, cuando comenzaron a fluir las imágenes y los recuerdos en la monótona cadencia reiterativa de ir hasta el final para volver a comenzar de nuevo.
Se agolparon las emociones. Se mezclaron las imágenes y acabó por extinguirse la conciencia de alegrías y tristezas, de sueños y esperanzas.
Solo persistía el miedo.
No es fácil ver muerto a quien pocas horas antes se estuvo tratando con familiaridad ni aceptar que cuanto constituyó una vida acabe convertido en ese cuerpo, casi obsceno en su indefensión, alrededor del cual se presiente invisible la fuerza desesperada y tenaz que durante tanto tiempo lo mantuvo vivo.
El cuerpo yacía atravesado en la cama, con los pies apoyados en el suelo y el torso descansando de espalda sobre del viejo colchón, en esa quietud que solo alcanzan los muertos.
Lo miré incrédulo y dije " a la pinta...¡ te moriste ! " , como si creyera que eso fuera imposible. Después lo toqué para acomodarlo. En partes estaba frío, tibio en otras. " Se sigue muriendo ", pensé.
Caía la noche y estabamos solos: el muerto en la cama y yo.
Pero el miedo vino después, cuando al día siguiente volví a la casa a retirar algo y me recibieron los escombros del tiempo guardados en pequeñas bolsas de basura, llenas de las hojas y ramas secas que no pudo sacar a la calle porque las hojas secas, la suciedad y el viento lo superaron en tenacidad y fuerzas.
Para entonces, el silencio estructuró el manto que reducía todo a una leve vibración persistente dentro de esa ausencia sin calafateo por donde escapaban breves suspiros, destellos de voces, murmullos agitados por la brisa suave del atardecer, como cuando el viento ensaya su tenue silbo de frescor tras una jornada calurosa.
La habitación adquirió presencia como pared y techo creando la extraña sensación de ser ella - esa argamasa antigua - la que sorbía y desgastaba el esfuerzo del organismo aferrado a la vida.
Echó una ojeada a su alrededor: la vieja mesa del comedor con el plato del almuerzo sin tocar, donde un pedazo de carne y una lechuga lucían marchitos. En desorden, las pocas sillas destartaladas que restaban del juego. La cama en un extremo y él, sentado en uno de sus largueros.
La oscuridad se coló por las rendijas con la brisa del viento este de la tarde y el aroma a jazmines impregnó la habitación.
Durante mucho tiempo en el patio lució el jazminero, causa de su preocupación y orgullo. Pero ya no existía. Era solo el aliento de sombras que volvían de un pasado perplejo donde las cosas y el tiempo poseían sentido y tenían valor.
A esa hora, la tarde alarga sus sombras y se apodera de la pared lindera donde crea islotes de luz provenientes del sol agonizante que de a poco se sumerge en otra noche.
Como un recurso extremo se obligó a permanecer sentado aunque el puño ya se le había metido en el pecho y le impulsaba a avanzar hacia la nube honda y vacilante que flotaba frente a él.
Escuchó palabras, frases aisladas que no podían estar allí. Susurros muy antiguos. "Los recuerdos son como mariposas", se dijo, "giran y giran en redondo sin ir a ningún lado".
El muerto, tendido en la cama, semejaba un recuerdo, un breve sin sentido contrastando el sosiego de su presencia con el bullicio amortiguado de la calle y el parloteo proveniente de la casa vecina, flotando todo junto en el aire estancado del patio.
Abrí la puerta y prendí la luz, porque ya todo estaba a oscuras y vi las sábanas arrugadas y en desorden. Sin saber como, me sumergí en un tormentoso océano de recuerdos que rompían desapacibles contra mi frente.
Observaba al muerto que como burlándose, ofrecía a mi vista la placidez extraña que siempre adquieren los rostros cuando termina por abandonarles la vida. Me senté a su lado, admirando la tranquila expresión de sus facciones, y departimos como viejos camaradas, como casi nunca pudimos hacerlo mientras vivía.
Lo acomodé en la cama, prendí un cigarrillo, de los que quedaban sobre la mesa y sin decidirme a nada estuve fumando, pensando, imaginando, tratando de controlar los tumbos del corazón que parecía querer salirse del pecho.
Los trámites siguieron a esa comunión inicial. Vino la gente, la funeraria, los parientes, el velorio, todo el ceremonial al que deben someterse los muertos antes de ser enterrados.
Ya en el féretro, el muerto adquiere cierta melancolía opaca. Es un libro acabado, carece de interés.
En la casa cerrada, en cambio, persistía toda la intensidad de su presencia. Él estaba allí, en las paredes de la habitación, en las bolsas de hojarasca, en la brisa de la hora, en las isletas de sol sobre el revoque de las paredes desteñidas y desconchadas, en la humedad de sus esquinas, en las vibraciones del silencio cruzado por murmullos y en la agitación de las ramas del jazmín.
Hasta era posible aspirar su antiguo aroma y escuchar - como requiebros del tiempo - pisadas, risa de niños, el ladrido de la mascota juguetona, el trajinar de la siesta...
El que todo siguiera igual pese al llanto bajito y triste sumergido en algún lado y las voces fantasmas transitando las piezas de la casa vacía: ese fue el origen de mi miedo, nacido en la convergencia de olvidos y recuerdos, de hechos ocurridos o imaginados que me obligaban a permanecer en el patio, con una mano apoyada en el picaporte de la puerta que da a la pieza donde el muerto ya no podía estar, porque lo enterramos la tarde anterior.
Sin embargo, al hallarme una vez más solo - como cuando lo descubrí tumbado en la cama y con los pies apoyados en el piso - se apoderó de mi ese calofrío premonitorio, irracional, la caricia helada que impulsa a correr, tras lanzar un aullido de terror, la urgencia de hacer algo por destruir la telaraña insidiosa que va cerrando toda posibilidad a la huida.
Me armé de valor y abrí la puerta. El muerto seguía allí.
Lo miré con atención, con la desagradable sensación de estar en presencia de algo conocido, la repetición de la imagen de un sueño preservado en la retina con la memoria del despertar.
El ave, enorme y silenciosa, levantó vuelo y quedamos el muerto y yo, sin comprender el contrasentido de ese juego de espejos, el inclemente agolparse de la memoria que una vez más, me embriaga en su alocada procesión de reflejos y sonidos mientras el hálito helado sube congelando el cuerpo muerto y el silencio estructura un manto de niebla que reduce todo a una leve vibración persistente dentro de esa ausencia sin calafateo que cubre la luz en tanto la pieza de mi casa observa desde sus paredes atónitas.
Agobiado por tantas imágenes, me senté a su lado. Eso fue lo que me causó miedo cuando llegué de vuelta a la casa y me detuve frente a la puerta de la habitación hasta armarme de valor . Entré.
Al abrir la puerta y verlo, supe que estaba muerto. El ave, enorme y silenciosas, envuelta en una soledad profunda, me recibió posada a un costado del cuerpo. Fue entonces, al desplegar sus alas, cuando comenzaron a fluir las imágenes y los recuerdos en la monótona cadencia reiterativa de ir hasta el final para volver a comenzar de nuevo.
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