Julio Cortázar Anecdotario. Semblanzas de escritores del diario “El Sur” de Concepción, Chile (publicado el 17 de enero de 1999)
"En el cuento se gana por nocaut: en la novela, por puntos". He ahí la frase clave de uno de los más insignes narradores que ha producido Argentina; sólo que, como tantos transandinos, su argentinidad aparece un poco difusa. Recuérdese que este escritor nació en Bruselas el 22 de agosto de 1914, el mismo año que el mexicano Octavio Paz, de padres argentinos.
Sus primeros cuatro años los vivió en Bélgica y el resto de su infancia en el barrio de Bansfield, Buenos Aires. Trató de ser un nativo en el país de sus padres y luego de una infancia y adolescencia marcadas por estrecheces económicas, se graduó como profesor primario y pasó a la Universidad de Buenos Aires. Pero cuando el dinero es escaso, casi siempre lo sigue siendo y debió abandonar sus estudios. Entonces, "a pelar el ajo", como decimos en Chile y a ganarse la vida en diversos oficios hasta llegar a la Universidad de Cuyo, ahora como académico.
El destino aparece de nuevo y pronto, muy pronto, debe irse como consecuencias de su escasa simpatía por el peronismo, que ya había iniciado la persecución de intelectuales. Persecución absurda, claro, pues Cortázar nunca se preocupó mucho de la política y en la década del cincuenta sus intereses iban más por el surrealismo que por las sandeces politiqueras. Si hubiera participado en peleas de caudillitos no habría tenido tiempo para aprender inglés, con un grado de perfección que le permitió, primero, escribir una tesis sobre John Keats y, luego, una traducción de las obras completas de uno de sus cuentistas favoritos: Edgar Alan Poe.
Perón lo echa de todos modos y se va al mundo en que desarrolló su vida como creador literario. Se emplea como intérprete de la Unesco en París y vuelve a practicar su fluido francés. En Argentina ya había escrito un libro de poemas, una sensible obra teatral y una colección de cuentos cortos. Pero el éxito todavía no llegaba; recién estamos en 1951, año de "Bestiario", narraciones breves al estilo de Borges, con algo de Ionesco y de Samuel Beckett; lejos aún de la aparición de una novela que marcaría su definitiva consagración, "Rayuela", 1963, y que críticos entusiastas -o certeros- calificaron del Ulyses de la literatura hispanoamericana. Ahora se explica la frase inicial; aquí Cortázar triunfa por puntos, no como en "Continuidad de los parques", uno de sus cuentos magistrales, donde en las primeras líneas acierta toda clase de golpes, dejando a los lectores en estado "groggie". El "punch" definitivo llegará unas cuantas líneas más adelante.
A estas alturas de su vida tenía amistad con un conocido señor llamado Fidel Castro Ruiz, viaja a Cuba y entrega su apoyo a la Revolución. Nunca participó de la lucha política en Argentina; sin embargo, como García Márquez y recién como José Saramago, el Nobel portugués, entendió que la esperanza para los desposeídos había surgido en la pequeña isla de José Martí. Deberá entenderse esta actitud como una de sus pasiones encontradas, producto de una visión del mundo propia de un ser sensible, pero asumida con plenitud. Mientras, prosigue su vida al estilo galo, tanto en París como en el sur de Francia. El escritor prolífico, ése de la fascinación por la filosofía del absurdo que mencionábamos, el del talento ilimitado para ilustrar situaciones antinconvencionales, ya había llegado al alma de sus lectores, quienes tendrían a la mano varios volúmenes de cuentos cortos, novelas y ensayos.
Leer a Cortázar, es como leer a su paisano Borges, se sufre, mas se disfruta de una literatura densa, casi imperfectible, que con un mínimo de sentido estético de nuestra parte permite alcanzar hasta la diversión.