Borges-Cortázar: espejo con un gato dentro
Borges nace el 24 de Agosto de 1989; Julio Cortázar el 26 de Agosto, pero quince años después. Dos de los grandes pilares de las letras hispanoamericanas.
Por: El Norte
El crítico inglés Samuel Johnson afirmó que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos. Acaso en este aserto se construye la actitud beligerante entre los artistas de diferentes generaciones.
Los escritores, afincados en su poder de expresión, establecen con toda claridad -a veces, incluso en manifiestos o manuales programáticos- estas diferencias entre la cosmovisión estética, histórica, política de una a otra generación.
Entre Jorge Luis Borges (el más significativo de los escritores argentinos de su generación) y Julio Cortázar existe un deslinde que ninguno de los dos se preocupó de agravar aunque tampoco les dejó acercarse mucho. Sin embargo, dos personalidades así, influyentes, conscientes de su tarea artística y quizá de su lugar en las letras hispanoamericanas, defienden en su visión personal la única y fatal capacidad que los une sin remedio: aspirar a construir un orden macro o micro universal a través de sus ficciones.
Ambos, dijeran lo que dijeran uno de otro, son estilistas: el cuidado, el cálculo que pusieron en cada página habrá de modificar el ejercicio de la escritura en español.
A pesar de lo que podría parecer, Borges y Cortázar no comparten sólo el hecho de escribir literatura fantástica. (Hay que anotar que desde tiempo atrás ese término ha mostrado su insuficiencia para englobar las características de esa literatura). Comparten un sentido del rigor y la idea inquebrantable de que no debe sacrificarse el arte a un compromiso intelectual.
Para ser precisos, es posible -como dice José Blanco Amor- que Cortázar sea ... un cuentista admirable antes que un novelista de éxito. Pero detrás de su obra se ve la sombra de Borges como el maestro que tuvo la osadía de aventurarse por los caminos desconocidos en la literatura de nuestro idioma. Sin Borges, el Cortázar cuentista aparecería como una creación de sí mismo.
La prolongación de las líneas comunes entre Cortázar y Borges alcanza tal vez poca largura, pero en los dos puede identificarse la llama que inició el incendio. Si hubo apasionados por la vida intelectual en su obra ésos fueron Borges y Cortázar. También predomina entre sus preocupaciones el conceder un pedestal al lector que poco a poco va cobrando importancia psicológica y hasta argumental en los cuentos de ambos.
Borges establece en su quehacer la noción de que el arte es la única metafísica, es decir, la búsqueda de sentidos ulteriores es el único sentido de la escritura, Cortázar propone una visión igualmente inaprehendible: romper los esquemas, abrirse a la revelación que pueda o no suceder, pero que al cabo deja siempre un herida.
Borges y Cortázar pueden ser diametralmente opuestos en sus concepciones ideológicas pero coinciden, cada cual por sus razones y llegando por diferentes caminos, de una forma entrecruzada y misteriosa, en abordar la realidad como discurso de otra realidad.
Cortázar -como su álter, Morelli- propone una obra desintegradora para buscar una operación crítica. Busca siempre el otro texto, el otro fondo, el otro lector utilizando el lenguaje para una liberación verbal que tienda al centro a pesar de la velocidad que lo arroja hacia la periferia.
Borges -como su Pierre Menard- aspira a que el lenguaje llegue a decir lo indecible, no es una batalla lo que se libra, o por lo menos no es una batalla que pueda ser ganada desde la conciencia crítica: es una búsqueda de la trascendencia que al final logra redimir a la especie.
Si hubo influencias, Cortázar se apura a aclararlas:
La primera parte de mi obra se sitúa en una línea muy intelectual... Era bastante lógico ponerme del lado de los escritores más refinados.
El caso de Borges hay que citarlo inmediatamente porque por suerte para mí la influencia de Borges no fue ni temática ni idiomática; yo diría que fue una influencia moral... Lo que creo que Borges me enseñó a mí y a toda nuestra generación fue la severidad, ser implacable con uno mismo, no publicar nada que no estuviera muy bien cumplido literalmente.
Si bien el joven trata con cierta lejanía la figura del maestro, en repetidas ocasiones el primero defiende contra viento y marea la calidad y la importancia del segundo cuando es atacado, perseguido de la peor forma por sus "tristes aberraciones políticas o sociales para disminuir una obra que nada tiene que ver con ellas".
Curioso pero cierto es el hecho de que Cortázar se ocupó muy poco de los escritores latinoamericanos de su propia generación, o por lo menos, fue parco en valoraciones positivas que sin embargo prodigó con autores de otras latitudes y otros tiempos. Nunca aparecen en sus ensayos críticos juicios sobre la obra de Borges ni de la de su compañero de lucubraciones, Adolfo Bioy Casares. (¿No quería deudas con sus contemporáneos?).
Aun así, Cortázar habla de Borges cada vez que lo entrevistan. Cierto que no lo cubre de elogios, pero al deslindarse de él se cuida de mantenerlo siempre como el gran escritor al que todos quieren imitar (en su momento Cortázar sufriría esa misma suerte) a pesar de que sus visiones de la literatura y la realidad latinoamericana son de signo completamente distinto. ([En mi generación]... hubo los Borgistas o Borgeanos que no dieron nada bueno y eran simplemente sub-Borges, una literatura de imitación en el fondo. Lo peor que se podía hacer con respecto a Borges era tratar de imitarlo. Sería como tratar de imitar a Shakespeare, ¿no?) Nada más compara a Borges con Shakespeare. Sin comentarios.
Cortázar, en una entrevista para Radio Francia Internacional, recuerda que él era un joven hiperintelectual asfixiado por una Argentina indolente y acrítica sumida en la descomposición de la clase media bonaerense y profundamente necesitada de nuevos horizontes políticos.
Ese joven brillante, movido y crítico publicó, en 1949, su drama en prosa Los reyes en la revista Los Anales de Buenos Aires dirigida por Borges. En el mismo número de la revista aparece un cuento del propio Borges, La casa de Asterión. Ambos textos tienen como protagonista el mismo personaje mitológico (el Minotauro) sometido a los afanes de sobrevivir dentro de su laberinto cretense. Desde luego que entre ambos (el de Borges, un cuento magistral de su época más productiva y enérgica que se ciñe al desarrollo del mito, pero acusa las preocupaciones clásicas del autor; el de Cortázar un drama que Alfred MacAdam no duda en llamar "una anomalía si se le compara con el resto de su obra", y cuya versión del mito es casi opuesta a la tradicional) hay un abismo en cuanto a concepción literaria, pero esta publicación común Cortázar-Borges no deja de ser una coincidencia patafísica que urde sus uniones y sus contradicciones en tierras que nunca podremos conocer.
Luego de esa incursión editorial, es seguro que Cortázar cuando menos conoció a Borges de cerca como editor. Por otra parte, Cortázar fue alumno de Borges en una serie de clases o conferencias sobre literatura medieval inglesa para el Consejo Británico en Buenos Aires. De ese recuerdo de finales de los años 40 data el título del poema que Cortázar le dedica a Borges ("The smiler with the knife under the cloak", frase que utiliza Chaucer en sus Cuentos de Canterbury) en Vuelta al día en ochenta mundos.
Además (aunque no he podido hallar el dato bibliográfico), según la memoria de mi amigo Gabriel Contreras, la relación entre ambos fue más profunda. Parece que una tarde Cortázar visitó a Borges en su casa. Fue una jornada de charla y lectura al final de la cual Cortázar se llevó bajo el brazo el mecanuscrito de Casa tomada con anotaciones y comentarios de Borges (¿Otra vez ganas de no deber nada a sus contemporáneos?).
Desde luego que al paso del tiempo y ya siendo escritores viejos y de importancia mundial, las diferencias dejaron de ser relevantes. Ya no tuvieron palabras de reproche o benevolencia. Concentrados en la experiencia de la vida, tal vez en su vertiginoso sucederse, los dos escritores argentinos más importantes del Siglo 20, ignorando que se dirigían uno al otro a través de algo más hondo que la conciencia, se concentraron en escribir y pensar en la muerte que es un espejo con un gato dentro.
Borges: "Durante muchos años creí que me sería dado alcanzar una buena página mediante variaciones y novedades; ahora cumplidos los 70, creo haber encontrado mi voz. Las modificaciones verbales no estropearán ni mejorarán lo que dicto... "Cada lenguaje es una tradición, cada palabra, un símbolo compartido; es baladí lo que un innovador es capaz de alterar.
Vida y muerte le han faltado a mi vida".
Cortázar: "Me repito mucho. Tengo una pequeña reserva de ideas que voy reiterando a lo largo de mi vida.
Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Es el verdadero escándalo. Yo creo que no deberíamos morir y que la única ventaja que los animales tienen sobre nosotros es que ellos ignoran la muerte.