Impresiones de Cortázar

Por Rodolfo Rabanal


La Nación
Impresiones de Cortázar
sección Opinión
fecha de publicación 18.11.1999

Vida cultural

"Yo hice mis estudios en la Escuela Normal de profesores Mariano Acosta. Cuatro años de magisterio y tres años de ese llamado profesorado de Letras que era una especie de título orquesta. Me fui dando cuenta, a lo largo de siete años de estudio de que esa escuela normal tan celebrada, tan famosa, tan respetada en la Argentina, era en el fondo un inmenso camelo. Porque debo haber tenido un total de cien profesores y sólo me acuerdo de dos. Me fui dando cuenta de que los planes de educación de esa escuela consistían en ir fabricando maestros y profesores de un corte típicamente nacionalista, con las ideas más primarias y negativas sobre la Patria, el Orden, el Deber, la Justicia, el Ejército, la Civilidad. Yo me tuve que aguantar una educación en la que muchos de mis profesores eran vejigas infladas, pomposas y pedantes. Yo crecí en una familia, muchos de cuyos miembros eran también vejigas infladas en lo que se refiere a las ideas, o a la falta de ideas..."

El texto precedente es una declaración de Julio Cortázar a una radio argentina. Lo encontré por azar en un número que le dedicó El País Cultural, de Montevideo, en octubre de 1994, cuando el escritor habría cumplido ochenta años. La monografía recupera cartas inéditas del joven maestro atrapado en obtusos ambientes de provincia, entre profesores engominados que sólo creen en el valor de las formalidades. El tedio, la disconformidad y el pavor a que el medio provinciano lo devore pueblan las cartas que Cortázar escribía en los años treinta, cartas que lapidan y deploran un modo de ser "superficial" y autoritario, que el autor hace extensivo a la Argentina toda.

Seguramente, muchos aspectos de esas notas son discutibles, pero al leerlas, sesenta o setenta años después, uno no puede eludir la impresión -ingrata- de que Cortázar estaba mayormente en lo cierto. Después de todo, si el país hubiese sido lo que nos enseñaron a creer que era -poco menos que una potencia equiparable a las europeas y en nada semejante a las otras naciones de América latina-, habría llegado a esta altura de los tiempos en condiciones culturales razonablemente superiores a las de hoy. Muchos de nosotros podemos recordar la pomposidad efectista de profesores y maestros que dirigían, expresaban y encarnaban la vida intelectual argentina hasta los años 60, sobre todo en los aspectos referidos directamente a la educación. No creo, por ejemplo, que "El Otro Yo del Dr. Merengue" fuera una exageración de Divito. Esa "inflación" de gestos severos, marchas militares, formaciones escolares con toma de distancia y paso sostenido, ¿qué podían tener que ver con una justa y sana educación civil? Esas órdenes cuartelarias de romper filas o cuadrarse frente a la bandera cada mañana, ¿cómo podían conducir al aprendizaje de la libertad y al vuelo del pensamiento?

Lo lamentable es que a ese estado de dureza y rigidez sin ningún propósito sucedió otro de blandura y total licencia desprovisto igualmente de toda razón o finalidad atendible. Posiblemente hoy estemos todavía a tiempo de rectificar rumbos y dejar de suponer lo improbable: que el pasado fue vastamente mejor que el presente o que el presente -culturalmente empobrecido hasta peligrosos extremos- puede progresar por sí solo.