Borges, Bioy Casares y Cortázar

Manuel Hernández


Las mujeres en la obra de estos tres argentinos son la parte mayor de un enigma que se confunde, a veces, con algo más que la mitad del cosmos.

Un punto en el espacio donde confluyen todos los puntos del espacio, el Aleph, y la visión mágica que a todos nos es vedada y que algunos creen haber visto, le es otorgada a Borges después de la mañana de febrero en que murió Beatriz Helena Viterbo. El Zahir, la moneda, o el objeto que ocupará la mente del narrador, le es otorgada como enajenación y obsesión, después de la muerte, en junio creo, de Teodolina del Villar. El vacío que deja la mujer muerta, o su muerte, como sublimación de ausencia, los sentimientos tan humanos de despecho y soledad post-abandono, se transforman en el alfa y la zeta de una vida dedicada a sacrificarlo todo por la literatura.

Mientras esto escribe Borges, Bioy hace cuentos donde enormes mujeres llevan en la cartera a pequeñitos varones.

Esquizofrénicas y paranoicas, enajenadas magas de la vida en un Buenos Aires donde Macedonio Fernández ya había escrito sobre La Eterna, una novela-museo que les enseñó a nuestros tres escritores a escribir sobre Adriana Buenosaires.

Un contrapunto sobrado a la novela erudita de vida cotidiana de Leopoldo Marechal. Mientras, Julio Cortázar, desde París, comienza a tejer la pregunta: ¿encontraría a La Maga?

Y de su no respuesta y del reencuentro con Talita y Traveler (el viajero) surgirá el Mandala último, la atracción del suelo para el suicida.

Toda esta atracción de lo que algunos han llamado la construcción de la novela urbana: Latinoamérica, con estos tres escritores y algunos otros, se logra zafar del mandato rural y provinciano, pero hay que tener en cuenta que, para hacerlo, una burguesía incipiente es necesaria.

Sin burguesía no hay novela urbana. Juan Carlos Onetti, el uruguayo cuyo segundo apellido era Borges, hijo de Honoria, nos llamará la atención sobre la mujer de Dejemos hablar al viento, extraño personaje que entra al baño y, al salir, sabemos que está alcoholizada y se autosatisface con el viento y la mano.

Dejemos hablar al viento y a la mujer. El silencio de las mujeres en nuestro subcontinente fue para el mayor, Macedonio, la muerte de su mujer. Para Borges fue un salir por el lado, como Spinoza: la extensión y la mente son invadidas por la ausencia femenina. Son Dios, pero desgastado por la ausencia de la mitad o más del cosmos.

¿De dónde salió esa especie de cosmogonía? No hay una respuesta coherente. Con la burguesía afectada por la guerra sucia y Latinoamérica en reverso hacia la década perdida, y de ahí a la desprovisión absoluta de recursos y la pauperización de los seres, entraremos al siglo XXI.

Estos escritores maravillosos de cuya memoria no podremos evadirnos aún, abrieron una puerta que está a punto de cerrarse otra vez, y las mujeres se volverán unas especies de varones con celular o con la ausencia de posibilidad real inscrita en el rostro. En la vena de Caín.

Cien años hace que nació uno. Hace quince que murió el otro y unas semanas que murió el tercero. Ya no podremos, ni debemos escribir como ellos, maestros inconfundibles.

Todo el subcontinente abandonó sus ilusiones de ser una sociedad burguesa con consumos estéticos y fue, en cambio, una sociedad de pobres y de mujeres que abogan por ir a misa y cuidar a los hijos de los directivos del cosmos subalterno. Ya no hay mujeres enfrentando el enigma como en la obra de ellos tres. Las habrá en otras condiciones, sin distinción burguesa.

El Espectador (Colombia), 4 de mayo de 1.999