Diego Trelles Paz
Diego Trelles Paz (Lima,1977) estudió cine y periodismo en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima. Posteriormente, obtuvo una maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Austin, TX. Ha sido uno de los redactores principales de la revista de música alternativa Caleta e hizo crítica de cine en el diario El Comercio. En 1999, escribió y dirigió Como si la muerte fuera para ellos, su primer cortometraje hecho en cine. Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) (Caleta Libros) se publicó en Lima en el año 2001. Actualmente, reside en Bordeaux.
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Sobre
Hudson el redentor...*
Diego Trelles Paz
Habrá que agregar que no son pocos los que al verme piensan que, antes
que escritor, me miro como un pugilista o como un rufián de barrio, advirtiéndome,
no sin cierta liviandad de juicio, que no guardo ninguno de los sutiles códigos
del joven sensible o aspirante a intelectual. Decir que aquello me importa poco,
es certero. No soy de los que piensan que la escritura, el arte en general,
prodigue satisfacciones a mansalva y si me dieran a escoger nuevamente un
destino, dudaría profundamente del que ahora tengo impuesto. Un lugar común de
muchos escritores es decir que no podrían vivir sin escribir. Yo suelo pensar
que el acto de la creación es esencialmente una manera vertiginosa de auto
eliminarse, que escribiendo uno se va muriendo por pedazos y que cada
desmembramiento significa una caída dolorosa en ese antipático proceso de
desenmascarar la farsa de nuestra convivencia.
Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el
fracaso)
puede ser visto como un ejemplo falaz de esta pretensión. De la misma manera,
habrá quien crea que los habitantes de sus páginas poseen una decadencia
luminosa aunque nunca monótona. Si esta noche he tenido el atrevimiento de
presentar este libro es porque ya no me pertenece, aunque obscenamente figure mi
nombre en la portada. Ahora que lo pienso, la motivación que me movió a la
hora de soportar el peso de esos ochenta libros sobre el hombro, se traduce en
mi deseo de observar cómo mis horas de doloroso aburrimiento pueden
transformarse en algo distinto a los ojos de cualquier lector y, de esa manera,
como alguna vez lo hice yo con las obras de mis padres espirituales, darle todos
los significados imaginables a estas letras. Pensar en eso, hace menos difícil
cualquier protocolo.
Diego Trelles Paz >> Hudson el redentor >> Sub Comunicaciones, Perú. 2001 $ 50
Dos fragmentos de Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso):
“Hasta me da risa ser tan patético y pedirte cuentas ahora que seguro te doy
pena, aunque la verdad ya no me importa si te doy pena porque la vida es una
reverenda porquería. Y, si quieres entenderlo mejor, te digo que no soy feliz y
presumo que tú tampoco lo eres; y ni creas que somos más suertudos que la
Mili, que como sabrás se fue de puta no hace mucho tiempo, o que algunos de
nuestros amigos fallecidos o de esos infelices que siguen en la esquina
fabricando nuevos infelices. Todos nosotros estamos muertos, Laurita, y fuimos
educados para el fracaso, con la estúpida esperanza de creer que existe una
salida y que terminaremos felices nuestros días antes de que ésta maldita
ciudad, que ojalá se pudra en el mismo infierno, nos entierre.”
De Nosotros, los muertos
“Se
sintió inútil, cansado, obsoleto a sus dieciocho años y obervó a todos sus
amigos como animales grotescos, salvajes, deformes. Una vez más, vio los labios
de Laurita pegados a los del Mango. ¿Y luego? Su cuello acariciado por su
lengua, sus piernas apretadas por sus manos ¿Y? Su sonrisa, aunque deformada
por la droga, aún resplandeciente, complacida ante el cortejo, los susurros,
los te quiero ajenos ¿Eso es todo lo que vio? No. Vio el discreto movimiento
del sexo de Mango frotando a la princesa y también, por unos instantes, se vio
a él mismo acariciándola, con el rostro de Mango, y con los dientes, las uñas,
los huesos de otro que no fuera él y pudiera tenerla cerca. Su voz irritada
llamó súbitamente al negro Raymond y le dijo algo que no pensó, o mejor aún,
algo que había pensado durante toda la noche: “¿me haces la taba al baño
negro?”
La
cocaína, que subía rápidamente por sus fosas nasales, lo ahogó. Su garganta
era un nudo amargo; su nariz de menta, un pedazo muerto de su cara; su lengua,
un rastreador enloquecido pululando en todos los rincones de su boca. Estaba
duro y quería más. “¡Al Chato le rompieron la ñata!” oyó y no escuchó,
dijeron pero lejos de su círculo interior, donde estaba y no estaba, ¿quiénes
hablaban? Observó los rostros y contabilizó menos: Laurita y Mango faltaban.
¿Estarían bailando ahora que la fiesta había empezado? ¿Estarían en la
orilla disfrutando en la cara de su desgracia? ¿Retozando en la carpa? ¿Amándose?
Unos dedos toscos de mujer apretaron su hombro, una sonrisa de lagarto estremeció
su apacible delirio. De un momento a otro, sin prever que la mesa había sido
abandonada por todos los tripulantes, ya bailaba con Mili. Y él sentía cómo
ella sobaba su delgado cuerpo en el suyo, cómo sus caderas se pegaban a su
vientre y, moviendo el trasero, buscaban su miembro.
Y,
luego, tenía el polvo blanco a escasos centímetros de su nariz, y ya aspiraba
como todo un experto: lamiéndose la hendidura de la mano, limpiándose las
fosas nasales, tragándose los residuos de la cocaína que se habían adherido a
sus dedos. Iba y venía del baño, repetía sus movimientos como un autómata ilógico,
como una marioneta de carne manejada por algún dios perverso. Pero ellos todavía
no habían regresado y la necesidad de anestesiarse era imperiosa aunque ya no
había más droga. Entonces bailaba con Mili, que seguía frotándose
obscenamente contra su humanidad, que le hablaba en todos los idiomas
imaginables sin que él pudiera descifrar su lenguaje.
Fue ella la que se lo propuso y sus ojos, de repente, se iluminaron de
felicidad, como si de la noche a la mañana se hubiera convertido en el mayor
drogadicto de Lima, en el más angustiado coquero de los balnearios del sur:
“yo tengo más coca” le dijo “vamos al baño sin que nadie nos vea.”
De Jauría
Otros artículos de Diego Trelles Paz:
Publicado originalmente el 16 de febrero, 2003 en el suplemento dominical DOMINGO del diario "La República"