Bush y el plan maestro de Dios

Edmundo Paz Soldán


George Bush llegó a la presidencia de los Estados Unidos gracias a una decisión dividida de la Corte Suprema, luego de perder el voto popular a manos del demócrata Al Gore. Los analistas rápidamente concluyeron que esa falta de «mandato» haría que el líder republicano buscara formar un consenso para su gobierno mediante un ágil movimiento hacia el centro. Después de todo, Bush había candidateado a la presidencia con el lema del «conservadurismo compasivo», lo cual indicaba que no sería el típico político de la derecha estadounidense (es decir, un conservador no compasivo).

      A los pocos meses de su ascenso al poder, y de manera más agresiva tras la destrucción de las Torres Gemelas, Bush demostró que los analistas estaban equivocados. No habría en él ningún intento de acercarse al centro; más bien, habría un viraje tan claro hacia la derecha que lo convertiría en un presidente aun más conservador que Ronald Reagan. Para que ello ocurriera, debieron entrelazarse hechos coyunturales con fuerzas de larga duración, convicciones personales con movimientos populares que han ido transformando los cimientos de la sociedad estadounidense durante el último medio siglo de su existencia. Gracias a Bush, el proyecto ideológico de la derecha de los Estados Unidos se ha radicalizado y explicitado. Al proyecto se le puede acusar de muchas cosas, menos de falta de coherencia.

      Se pueden trazar los inicios de la nueva derecha en los profundos cataclismos que sacudieron a la sociedad estadounidense en la década del sesenta. La conquista de los derechos civiles, la liberación femenina, el poder hippie y las protestas contra la guerra de Vietnam tuvieron como contraparte una reacción conservadora que se condensó en la llegada de Richard Nixon al poder en 1968. Nixon fue el primero en mencionar a esa «mayoría silenciosa» que no participó de las protestas de los sesenta pero que veía con consternación cómo los pilares de la sociedad estadounidense —la familia, Dios, las fuerzas armadas— eran asediados por el movimiento contracultural. También fue el primero en formular la «estrategia sureña» que debería conducir a un período de hegemonía para los republicanos: se debía explotar el hecho de que los estados del sur, tradicionalmente más conservadores que el resto del país, habían visto con desconfianza los proyectos de los presidentes demócratas Kennedy y Johnson —los derechos civiles para los negros, la guerra contra la pobreza, la idea general de la «gran sociedad»—. A partir de Nixon, el sur comenzaría a pasar sin prisa pero sin pausa a manos republicanas. El año 2000, Bush logró el objetivo final: los trece estados del sur votaron por él (y eso que el candidato demócrata, Gore, provenía del estado sureño de Tennessee).

      En los años ochenta, como sugiere Stanley Greenberg en The Two Americas (St. Martin's Press, 2004), Ronald Reagan articuló el conservadurismo estadounidense a partir de cuatro pilares fundamentales: el culto de los empresarios y hombres de negocio como creadores de la riqueza y de una prosperidad que se distribuiría por todo el país; la confianza en el recorte de impuestos como una forma de estimular la economía y reducir la influencia del gobierno federal en el gasto social; el apoyo a los grupos religiosos que se veían amenazados por los cambios de las últimas décadas (el secularismo, una mayor permisividad social) y la legitimación de la fe y el evangelio como parte de la política cotidiana; por último, después de la línea blanda de la política exterior de Jimmy Carter, el deseo de una nación «militarmente más fuerte que cualquier otra, dispuesta a actuar bajo su propio interés y a enfrentarse a la Unión Soviética con una fe inamovible en la libertad» (p. 53). La visión optimista de Reagan, su imagen bucólica de «una mañana nueva para América», lograron un apoyo mayoritario; la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la «guerra fría» no hicieron más que consolidar la revolución de Reagan en la política estadounidense.

      Se puede afirmar, como lo hace Greenberg, que hoy casi todos los miembros del Partido Republicano son «hijos de la revolución de Reagan». Los republicanos de hoy pertenecen sobre todo al mundo rural blanco, al «sur profundo», y a Exurbia —condados rurales y suburbanos en torno a las metrópolis del sur y del suroeste—, lugares en los que la «fe religiosa y vida familiar tradicional son respetadas» (p. 95). Los republicanos son, por un lado, los trabajadores pobres que no quieren saber nada del gobierno y ven al resto del mundo con hostilidad, y por otro lado, los más ricos de una sociedad próspera. El corazón del partido lo integra el movimiento evangélico blanco —compuesto por fundamentalistas, calvinistas, carismáticos, incluso cristianos «nacidos de nuevo»—. Es este movimiento evangélico el que siente que los valores cristianos se hallan amenazados en una sociedad moralmente corrupta y que ha encontrado en el Partido Republicano una voz que le permite reinstalar estos valores en el centro de la sociedad estadounidense. Reagan lo descubrió, George Bush padre lo cultivó, y George Bush hijo le dio un lugar tan preponderante durante su gobierno que no se pueden entender sus actos y sus palabras sin entender primero el subtexto religioso: Bush hijo puede ser muchas cosas a la vez, pero es, sobre todo, el líder de la «derecha religiosa» de los Estados Unidos.

      Uno de los fenómenos sociales más importantes de los últimos treinta años ha sido la llegada del fundamentalismo religioso al poder en diversos países: Irán, Sudán, Turquía, Afganistán y la India. Los movimientos fundamentalistas también han penetrado con fuerza en la política y la sociedad de países como Jordania, Israel, Egipto, Marruecos, Paquistán y los Estados Unidos. George Bush hijo se dio cuenta de esto en las elecciones presidenciales de 1988, cuando sirvió de enlace entre la campaña de su padre y la cada vez más influyente «derecha religiosa» de Jim Bakker y Jerry Falwell. Los líderes religiosos confiaban en Bush hijo porque lo veían como uno de los suyos; después de todo, Bush había descubierto hacia 1986 el mensaje de otro líder evangélico importante, Billy Graham, lo cual lo había llevado a dejar el alcohol y estudiar la Biblia. Bush hijo era uno de esos cristianos «nacidos de nuevo». ¿Fue Bush hijo un típico político oportunista o fue verdadera su conversión religiosa? Lo cierto es que, como sugiere Kevin Phillips en American Dynasty (Viking, 2004), la conversión ocurrió en el momento preciso en que el fundamentalismo evangélico se convertía en parte central de la vida religiosa estadounidense y en el pilar del Partido Republicano.

      La «derecha religiosa» fue clave en los ataques a la «inmoralidad» de Bill Clinton en los años noventa. Los cristianos conservadores decidieron apoyar a Bush, un político que hablaba constantemente de su fe religiosa y de cómo Cristo lo había ayudado a encontrar el camino. El 40% de los votantes de Bush se identificaba como fundamentalista, evangélico o pentecostal. Phillips reconoce tres elementos centrales en la relación entre el nuevo presidente Bush y la «derecha religiosa»: mostrar de manera explícita el fervor religioso de Bush, para contrastarlo con ex presidentes y políticos demócratas, más seculares; insistir en el «poder de la oración» como una forma de, en palabras de Bush, «escudo espiritual que protege a la nación» (p. 225); por último, hablar cotidianamente en un lenguaje imbuido de frases e imaginería bíblica. Mark Gerson, uno de los que escribe los discursos de Bush, alguna vez estudió teología. No fue casual que tres días después del 11 de septiembre de 2001 Bush prometiera una «cruzada? contra una nueva forma del mal», o que el mensaje de Bush a la nación el 7 de octubre de 2001, anunciando el ataque a Afganistán, tuviera préstamos de Isaías, Job, Mateo, Jeremías y el libro del Apocalipsis. Como dice David Gergen, asesor de varios ex presidentes estadounidenses, Bush «claramente siente que la Providencia intervino para salvar su vida, y que ahora él en cierto modo es un instrumento de la Providencia» (Phillips, p. 233). A partir del ataque a las Torres Gemelas, las creencias religiosas de Bush se tornaron explícitamente calvinistas: Phillips sugiere que, como Calvino, Bush cree en un «Dios con un plan maestro», y que como parte del plan «Dios lo ha elegido para estar en la Casa Blanca». Calvino creía, también, que se necesitaba una acción política para que la tierra volviera a estar bajo el control de Dios, y fue el único reformador protestante del siglo XVI que «aceptó el milenarismo apocalíptico y el libro del Apocalipsis en la Biblia» (p. 240). Habrá que decir que el 71% de los protestantes evangélicos en los Estados Unidos creen en el apocalipsis, y el 55% de quienes votaron por Bush cree en lo mismo. Para muchos fundamentalistas, la guerra en Irak —Bagdad es, recordemos, la perversa Babilonia de tiempos bíblicos— puede entenderse como una cruzada en Tierra Santa conectada con el apocalipsis y la segunda venida de Cristo (p. 242).

      Para terminar de entender las coordenadas ideológicas de Bush, el Partido Republicano y la derecha estadounidense, las otras figuras centrales son los neoconservadores. Curiosamente, los neoconservadores eran originalmente miembros del Partido Demócrata; su molestia con el giro liberal del partido en la década del setenta, ejemplificada por la elección del pacifista George McGovern como candidato a la presidencia en 1972, se convirtió en ruptura con la llegada de Carter al poder; Carter se rodeó de elementos liberales del partido y se distanció del ala centrista-derechista. A fines del gobierno de Carter, los neoconservadores demócratas que trabajaban en el Pentágono comenzaron a tender puentes con Reagan. La asunción de Reagan a la presidencia terminó por convertirlos en republicanos.

      Paul Wolfowitz y Richard Perle son neoconservadores; el vicepresidente Dick Cheney y el ministro de Defensa Donald Rumsfeld no lo son, pero están ideológicamente muy alineados con ellos. Todos ellos trabajaron para varios gobiernos republicanos, pero solo con Bush hijo consolidaron una hegemonía que les permitió reformular los principios de la política exterior estadounidense. Durante los años de Reagan, teóricos como Wolfowitz comenzaron a pensar que la «guerra fría» terminaría con la derrota de la Unión Soviética, y que era necesario prepararse para otro momento histórico en el que Estados Unidos sería el único poder imperial cuyo objetivo sería evitar la aparición de otro poder capaz de disputar la supremacía. De hecho, un analista importante como James Mann, en Rise of the Vulcans (Viking, 2004), su estudio del gabinete de guerra de Bush, señala que la influencia de los neoconservadores en la política exterior estadounidense permite pensar en una «narrativa histórica diferente» a la tradicional, que suele dividir el mundo en un antes y un después de 1989 (fin de la «guerra fría», inicio de la posguerra). En realidad, dice Mann, se podría pensar en una etapa histórica que comenzó dos décadas antes de 1989 y que continúa hasta hoy: la historia del ascenso de los neoconservadores y con ello la historia de un Estados Unidos que privilegiaría «el poder militar, difundiría sus ideales y no le haría caso a ningún otro centro de poder» (p. 372).

      En el mapa geopolítico de los neoconservadores el Medio Oriente es fundamental. Ya en 1998 el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, el organismo político de los neoconservadores, le escribió una carta abierta al presidente Clinton pidiendo el derrocamiento de Saddam Hussein pues su presencia desestabilizaba a la región. El 11 de septiembre de 2001 terminó por convencer a Bush de que los neoconservadores estaban en lo cierto: Irak era un Estado terrorista, Hussein tenía armas de destrucción masiva, y debía ser el objetivo central de la «guerra contra el terrorismo». Según Elizabeth Drew en su artículo «The Neocons in Power», los neoconservadores tenían la firme creencia de que Irak podría convertirse en una nación democrática de la misma manera en que Japón y Alemania se convirtieron en países democráticos después de la guerra mundial. Esta creencia se muestra cada vez más equivocada. Lo cierto es que algunos de los neoconservadores son judíos y eso ha llevado a varios críticos a afirmar que su objetivo de fondo, con la guerra en Irak, era el de «rodear a Israel con vecinos más cordiales» (Drew). Pero también es cierto que a los republicanos les importa mucho mantener el apoyo de la «derecha religiosa», que es, no está de más decirlo, una firme defensora de Israel. La caridad bien entendida comienza por casa.

      La ausencia de armas de destrucción masiva en Irak ha dañado la credibilidad de Bush. Con tantos ataques lanzados contra él en los últimos cuatro meses, el Presidente debería, como su padre, tener problemas insuperables para lograr la reelección. Sin embargo, a los ojos de su base electoral, su legitimidad es más fuerte que nunca. Con o sin armas de destrucción masiva, con o sin problemas para alcanzar la democracia en Irak, Bush cuenta con el apoyo del 45% del electorado. El Partido Republicano tiene mucho dinero en el banco para lograr, en los meses que quedan hasta noviembre, convencer a un poco más del 5% de los electores de que Bush merece la reelección o, en todo caso, que el candidato demócrata John Kerry no merece ser presidente. No es una tarea imposible. El «conservadurismo compasivo» puede ser un eslogan vacío. Lo que no es vacío es el firme propósito de Bush y la derecha estadounidense: mantenerse en el poder gracias a la religión. 
 
 

QH 147/mar-abr.2004