Edmundo paz soldán ajusta cuentas con la crítica, especialmente la de la paz

Confesiones de invierno

Edmundo Paz Soldán

Ésta es la ponencia que Edmundo Paz Soldán leyó en el Foro de Escritores de Cochabamba hace dos semanas. El autor de El delirio de Turing editará el próximo año con Alfaguara en un solo volumen sus dos primeros libros de cuentos, Las máscaras de la nada y Desapariciones

La Prensa, La Paz - Bolivia, 17-08-2003


Comencé a escribir en serio cuando estudiaba en Buenos Aires, hacia 1986. Escribir en serio significa, para mí, reescribir. Tenía diecinueve años. La ignorancia es atrevida: yo no conocía la tradición boliviana y decidí crearme la mía propia y mirarme en el espejo de Borges, Kafka y Vargas Llosa.

Con mis primeros cuentos, y con la ayuda de mi tía Albita en Buenos Aires y Piru Bessé en Cochabamba, armé mi primer libro: Las máscaras de la nada. Los Amigos del Libro lo publicó en 1990 con el aval generoso de Adolfo Cáceres Romero. Yo en ese entonces no sabía cuáles eran mis proyectos estéticos o narrativos, pero no me importaba mucho. Importaba escribir.

No recuerdo que mi tía Albita me haya dicho nada a manera de lectura crítica, acaso porque era mi tía o acaso porque tenía compasión de un aprendiz de escritor. Sí recuerdo que Piru me dijo que mis cuentos eran “atemporales” y que podían ocurrir en cualquier lugar. Lo decía como un elogio, y así lo tomé.

Polémica con Cé Mendizábal

Cuatro años después, el Centro Simón I. Patiño publicó mi segundo libro de cuentos, Desapariciones, en la misma vena narrativa de Las máscaras... Desapariciones tuvo otro aval generoso: el de “Cachín” Antezana. Sin embargo, algo ocurrió poco después: tuve una polémica con Cé Mendizábal.

Yo defendía la importancia de los premios literarios en un país como el nuestro, en el que había pocas posibilidades de publicar libros; Cé defendía a sus amigos que andaban de poetas malditos en los cafés de La Paz, llevaban sus manuscritos bajo el brazo y tenían el noble gesto de ni siquiera intentar publicarlos.

¿Dónde están los mineros?

A partir de ahí comenzaron a surgir las críticas, sobre todo de parte de esos poetas y narradores que se las daban de malditos —algunos periodistas, algunos críticos, muchos de ellos de la carrera de Literatura de San Andrés. Se me dijo que en mis libros no estaba el país. ¿Dónde estaban los campesinos? ¿Dónde los mineros?

Se me dijo que yo no sufría, que Bolivia no me dolía (supongo que esos críticos con los que jamás había intercambiado palabra alguna me conocían muy bien, y supongo que también pensaban que la medida del escritor la daba el sufrimiento: país sufrido como pocos, me pregunto, entonces, por qué no tenemos la mejor literatura del mundo).

Estas críticas las viví con un gran sentido de culpa. Era inmaduro. Y la formación católica, bueno, no es fácil desecharla del todo. Decidí expiar la culpa con una novela: Alrededor de la torre. Era mi novela “boliviana”, en la que me atrevía a mirar de frente el problema del racismo en el país.

Y las críticas arreciaron: imagino que a algunos la novela, simplemente, no les gustó. Soy el primero en reconocer sus defectos. Pero otros dijeron que alguien que jamás había sufrido en carne propia el racismo era el menos indicado para escribir sobre ese tema (si los escritores sólo pueden escribir sobre lo que viven en carne propia, digamos que adiós literatura).

Me di cuenta de que ciertos frentes de batalla estaban trazados, y que yo no convencería a mis críticos de nada ni ellos tampoco a mí. Eso me liberó. La liberación ocurre gracias a los gestos más impensados.

Sin la gran tradición

Decidí, entonces, volver al principio, pero con una diferencia: ahora no era la ignorancia la atrevida, sino el conocimiento de causa. Si al principio no sabía de crítica o literatura nacionales, ahora sí sabía, pero tampoco me interesaba mucho entroncarme en nuestra gran tradición o esforzarme por seguir cierto dogmatismo crítico.

Las tradiciones, ya lo sabemos, se pueden tornar agobiantes cuando se las vive como obligaciones. Y las lecturas críticas son sólo eso, lecturas de críticos, ejercicios del criterio que pueden tornarse descriteriados cuando se convierten en culto de algo: del color local, de los que han sabido retratar mejor que nadie al aparapita paceño, del centro, de los márgenes, del margen del margen.

Aspirar a la universalidad

Y, sí, me alejaba de la tradición sabiendo, paradójicamente, que ese alejamiento era parte de la tradición: por más que dé mil volteos, desconozca o niegue a la literatura nacional o ambiente mi próxima novela en la China, soy parte de la literatura nacional. Como también me gustaría ser parte de la literatura latinoamericana y, por qué no, de la universal. Todo escritor boliviano debería aspirar a la universalidad.

Por supuesto, estoy consciente de los riesgos que implica mi proyecto narrativo: juntar elementos aparentemente incongruentes entre sí, elaborar una reflexión sobre el impacto de las nuevas tecnologías —la fotografía digital, la computadora— en el contexto de una novela realista, tradicional, de corte político-social, ambientada en uno de los países más atrasados del mundo.

No me molesta lo de light

Digamos, juntar Borges con Vargas Llosa, y añadirle un toque de ese grande de la ciencia-ficción que fue Philip Dick. Ahora sí lo puedo decir: mi proyecto se funda en las críticas que recibí en Bolivia hace algunos años. Y me gusta el riesgo, me gusta que me digan que no se puede hacer lo que hago, o que lo que hago no cuaja del todo.

Alguna vez me molestó que me dijeran que soy un escritor light; ahora ya no. Como dijo Roberto Bolaño, las malas críticas me las he ganado en el frente de combate, y no en simulacros de guerra. Incluso a ratos me arrepiento de todas las polémicas en las que incurrí.

Parafraseando a Hemingway: mis ataques habrían valido la pena si al menos una de mis frases hubiera podido lograr que mis críticos escribieran mejor (sí, lo sé, esos críticos también pueden parafrasear a Hemingway).

Mundos autónomos

Para mí, lo ideal sería que la novela pudiera crear un mundo autónomo y no tuviera que depender de la realidad para legitimarse. Creo firmemente en las ideas de Vargas Llosa acerca del “elemento añadido” en la ficción. Es decir, mi versión de Cochabamba, o Bolivia, o América Latina es una versión distorsionada, en la que se encuentran añadidos muchos elementos que no forman parte de la realidad, o se encuentran radicalizadas ciertas tendencias incipientes de esta realidad. No se trata de ver cuán fiel a la realidad es mi versión de ésta, sino de ver si mi versión distorsionada puede alcanzar una autonomía estética, una coherencia narrativa propia.

Por supuesto, cuando uno conoce muy bien el referente —cuando uno es cochabambino, o boliviano, o latinoamericano—, ese referente se cuela en la lectura y a veces es imposible separarlo de la versión de éste que uno está leyendo. Y coteja. Y no se la cree. Son los riesgos, en todo caso, asumidos.

Prefiero, en todo caso, fracasar en el intento que dedicarme a escribir novelas convencionales, en las que no haya apuesta alguna. Hace unos quince años yo buscaba leer novelas perfectas, redondas, obras maestras.

Ahora me doy cuenta de que Philip Dick no escribió ninguna novela redonda —bueno, quizás Ubik— y sin embargo sus novelas imperfectas me dicen mucho más que las novelas redondas de muchos otros.
Cruzo los dedos para que al menos eso me salve. Que los lectores no encuentren la perfección en mis obras, pero que descubran algo que les haga mirar el mundo de otro modo.

Encontrado en: http://166.114.28.115/fondo_negro/20030817/art02.htm