Del horror al metahorror
EDMUNDO PAZ SOLDÁN
La Crónica, México, 14-11-1999
De tiempo en tiempo, la maquinaria sinérgica de Hollywood y los medios decreta que hay una película que uno no debería perderse, bajo pena de ser excomulgado de las futuras charlas en reuniones sociales. La publicidad y la cobertura periodística son tan abrumadoras que la profecía no tiene otro camino que tornarse realidad: la película ha adquirido estatus de acontecimiento, y aun el espectador más sofisticado deberá ir a verla, aunque no sea más que para luego manifestar su descontento ante la maquinaria publicitaria y periodística.
Este verano, El proyecto de la bruja de Blair fue la película de turno. Una de las principales razones para tanta atención fue el hecho de que Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, los directores, habían gastado apenas sesenta mil dólares. Ante el despilfarro crónico de Hollywood, aquí estaba la prueba más clara de que se podía hacer arte con un muy bajo presupuesto (una prueba tan clara, que hasta los solemnes muchachos de Letras Libres se han visto obligados a crear en la edición interactiva de la revista un foro de debate sobre la película, en el que se preguntan, didácticos ellos: “¿Qué lecciones arroja El proyecto de la bruja de Blair al cine mexicano, tan castigado por la falta de capital?”). Si bien el cómico Chris Rock, con característico humor cáustico, se pregunta qué hicieron los directores con cincuenta y nueve mil dólares de su presupuesto, hay que reconocerlo: para tan pocos recursos, lo hecho por Sánchez y Myrick tiene algo de admirable. Ello, sin embargo, no debería ser el dato central para valorar la película; de otro modo, corremos el riesgo de que los factores extraestéticos terminen por suplantar a los propiamente estéticos en la apreciación de una obra de arte.
Como película de horror, El proyecto de la bruja de Blair tiene momentos intensos, especialmente los últimos diez minutos. Los estudiantes perdidos en un bosque de Maryland, inmersos en la filmación de un documental sobre la leyenda de la bruja de Blair, logran de rato en rato transmitirnos esa angustia psicológica ante lo desconocido que el mejor cine de horror se esfuerza en capturar. La excesiva naturalidad de la película es, sin embargo, un artificio repetitivo y agobiante: las cámaras de video y de dieciséis milímetros se mueven sin descanso, empeñadas en tomas de árboles y rudimentarios signos ominosos; los personajes —Heather, Josh y Mike—, desprovistos de un guión, nos muestran, con la pobreza de sus diálogos, que en una película no hay nada más esencial que el artificio de un buen diálogo. Definitivamente, El proyecto de la bruja de Blair no es, como algunos han sugerido con típica hipérbole crítica, “la mejor película de horror de todos los tiempos” —para eso están El exorcista o El resplandor. Es, quizá, la mejor película de metahorror: lo que estamos viendo es una cinta acerca de la filmación de un documental, una película acerca de la construcción de una leyenda cinematográfica. Heather, la irritante líder del proyecto, no abandona jamás la cámara, ni siquiera en los terribles minutos finales; la compulsión a filmar la experiencia humana aun a riesgo de la propia vida ha encontrado muy pocas veces mejor expresión que ésta.
El proyecto de la bruja de Blair es, junto a la magnífica El sexto sentido —uno de esos éxitos sorpresivos, no decretados por los estudios de cine y los medios—, un saludable retorno al cine de horror psicológico. ¿Durará mucho tiempo? Ya se anuncia el estreno de la apocalíptica End of Days. Y ya lo sabemos: de Arnold Schwarzenegger o de las versiones hollywoodenses de Satán no cabe esperar sutilezas.
Encontrado en: http://www.cronica.com.mx/1999/nov/14/dom04.html