Paz Soldán en busca de una palabra nueva
Adriana Herrera
El Nuevo Herald. Posted on Sun, Nov. 14, 2004
Edmundo Paz Soldán, Premio Nacional de Literatura 2002 en Bolivia por El delirio de Turing, tenía 25 años cuando su novela, Días de papel, obtuvo el premio Erich Guttentag. Recreó Cochabamba, su ciudad natal, en Río Fugitivo, adentrándose en ''ese escritorio engañoso para el escritor que es su propia adolescencia'' con indiscutible valor literario. Antes de cumplir 33 años, ya aparecía en antologías de Bolivia a Suiza, de Estados Unidos a Argentina, y era leído en danés, griego y ruso, entre otras lenguas. Su escritura --alabada por Vargas Llosa-- tiene ese dominio casi anticipado de quienes han leído con fervor de insomnes, adicción de jugadores y con el desafuero que conocen los que huyen de este mundo en otros, inventados. Todo lo cual puede llevar a un docto conocimiento, pero también a una condena.
Al cabo de recorrer las infinitas páginas de la ficción se descubre que no hay sino incontables recreaciones de unos cuantos argumentos definitivos ya narrados, y el sosiego que daban las invenciones de otros o la alegría del primer relato propio escrito, se desvanecen en un tedio que resurge como un monstruo de mil cabezas. Una boca insinúa imposible la tarea de crear con libertad, otra profiere que todo es repetición, una tercera advierte la opresiva influencia de cada gran autor precedente. Hay fauces que acusan plagios o vaticinan críticas desafortunadas y otras tildan de vano el intento de escribir un libro imprescindible, o tornan inútil toda letra. Entre las variantes de la pesadilla, el escritor, como El hombre de las ficciones, que Paz Soldán imagina en el libro que presenta en la Feria del Libro de Miami, Desencuentros, declara que puede inventar todo género de narraciones, ``pero no puede soñar''.
Soldán explora la ansiedad de un creador que se enfrenta al momento en que la literatura a la cual ha dedicada su ser ya no le depara sorpresa alguna. ''Las disgresiones --dice un personaje-- no eran más que vanas consolaciones: la originalidad había sido desterrada por completo''. Sus páginas surgen sin vana pretensión, casi como una aceptación de la derrota ante la incapacidad de escribir nada original, y hacen una justa y humilde celebración de la literatura en relatos cortos que son homenajes a textos y autores imborrables, como El infierno tan temido, de Onetti, o Los siete gatos grises, evocando a Donoso.
Pero si en el desasosiego literario de Paz Soldán hay una imposibilidad, hay también una simultánea negación que la anula. La saturación conduce a un muro en cuyo confín se abre una ventana inesperada. La materia primera es la impotencia creativa, pero el resultado es un libro que extiende el poder de la palabra. ¿Qué cosas nombra? Nombra, por ejemplo, la inadvertida crueldad de los lazos humanos. Nombra obsesiones personales, que yacen también en la memoria de la humanidad: el agujero negro del incesto, las formas de asesinato que son más posibles entre mayor sea la proximidad, y explora el abyecto grado de sujeción al cual puede conducir la pasión. Entre las muchas formas de Las máscaras de la nada, título de uno de los cuentos, quizá ninguna es tan terrible como la que nutre sus historias sobre el tema de las desapariciones: en esos personajes que asisten al desvanecimiento de su balcón, de su casa, de su calle, y de los suyos, se advierte, a un tiempo, el modo en que los decorados de la realidad pueden mantenerse intactos cuando hace mucho se vaciaron de sentido. Esas máscaras que se superponen a las tristes ficciones políticas de la historia en América Latina, a las violencias afectivas de los vínculos más entrañables, a la nada que acecha en el fondo de la omnipresente manía de narrar, son arrancadas con la sinceridad de una lengua que no cree ser capaz de inventar nada nuevo, pero que expone con osadía las realidades más oscuras. Entonces parece que nombrar las múltiples formas de la mentira es un modo de salvarse de ella y, quizás, el último ardid --digno de Ulises, que engañó a la misma muerte-- para volver al lenguaje, como desea Paz Soldán, ``con los primeros ojos, con la mirada estupefacta de un niño''.
Nuevos derroteros de la novela hispanoamerica: Edmundo Paz Soldán, Ignacio Padilla y Guillermo Martínez. Hoy domingo 14, a las 4:15 pm en el Edificio 3, segundo piso. Salón 3208.
Dos narradoras: Verónica Murguía y Daína Chaviano. Hoy, domingo 14. a la 1:45 p.m. Edificio 3, segundo piso, salón 3208.