La realidad como ficción Edmundo Paz Soldán: ''Hay que saquear a los escritores que uno admira''



Especial/El Nuevo Herald, Posted on Sun, Jan. 23, 2005


Menos cerebral que Borges --a quien considera uno de sus maestro iniciáticos--, detrás de su estilo preciso y depurado, de su formación académica, hay siempre algo desmesurado en Edmundo Paz Soldán.

Lo hay en ese puñado de desasosegantes relatos reunidos bajo un título aparentemente inofensivo: Desencuentros.

Citando a T. S. Eliot, se declara uno de esos escritores que saquea a los autores que admira. De este pillaje deliberado, del ventajoso botín que suma a su particular ''arsenal'' narrativo, se sirve Paz Soldán para darnos, en seguida, cosas personales, transfiguradas, metafóricas.

El autor de El delirio de Turig --obra ganadora del Quinto Premio Nacional de Novela 2003 de Bolivia-- retoma, en Desencuentros, la tradición de los grandes contadores de cuentos.

En el libro aludido --que es el último de los editados por su autor hasta la fecha-- Paz Soldán nos remite a sus devociones literarias --Borges, Kafka, Cortázar, Onetti-- y a una zona de experiencias y personajes tensos, terribles y lúcidos como un relámpago.

A Borges le gustaba cierta zona macabra de la literatura fantástica. En su caso, ¿de dónde procede esa veta macabra que marca muchos de sus cuentos?

``Leí muchísimas novelas policiales en mi infancia. Mi mamá pensó que eso me haría tener una imaginación morbosa, y dijo que debía leer a los clásicos. Me regaló las obras completas de Shakespeare. No sabía que no hay nadie más morboso y macabro que Shakespeare''.

En efecto, Paz Soldán es un agudo observador de la realidad y de los comportamientos. Ausculta la materia de los hechos con rigor de forense, y a su linterna de caricaturista veraz y feroz no se le escapa lo morboso ni lo macabro, esa suerte de calavera de la vida.

De entre los cuentos en que hace acto de presencia lo macabro y lo sarcástico destacan los referidos a la megalomanía de los dictadores hispanoamericanos.

¿Cómo ve la América Latina actual?

``Como un continente ideal para un escritor y traumático para un ciudadano común y corriente''.

Muchos de sus cuentos se presentan bajo la advocación del horror y la angustia que acecha en cada experiencia cotidiana. ¿Es un simple ejercicio de la imaginación?

''En general, la idea del libro era encontrar el desasosiego en medio de la vida cotidiana. En el cuento titulado Desencuentros, por ejemplo, intenté darle un toque entre irónico y cruel a esa frase tan común: `todos los hombres son iguales'' ''.

En Una cierta nostalgia, usted transforma una historia trivial y cercana en una pesadilla estremecedora: el trabajo termina por devorar al hombre. ¿Cómo concibió este relato?

``Eso nace de una experiencia que muchos conocemos: a veces los horarios de trabajo son diferentes a los de tu pareja, y al final tus horas de plenitud como pareja se van esfumando. En las grandes ciudades esto es cada vez más normal. Conozco incluso a parejas que trabajan en ciudades diferentes. ¿Cómo hacen para sobrevivir como parejas? El cuento lleva al extremo esa sensación''.

Narración e invención se van imbricando en los sucesivos relatos/''aguafuertes'' de Desencuentros: la crueldad del poder, el mundo de la obediencia, la paradoja reveladora e irónica, el efecto destructor del tiempo sobre el amor. En esta desmesurada escenografía se consignan los mejores aciertos del libro, sus historias.

Una de las fábulas más originales y logradas es, sin duda, Anaheim, California. En ella, la gente se mueve como una masa idiotizada, fascinada ante la posibilidad de perderse y morir en un laberinto que se ha convertido en la atracción más visitada de ''Disneyworld''. Esa despersonalización del individuo me recuerda las tendencias que producen lo kafkiano. ¿Está todo en Kafka?

``Casi todo, seguro. A mí me fascinan los relatos breves de Kafka, ese tono de alegoría moral, de parábola que existe en muchos. Mis textos nacen de esa lectura, combinada creo, con las de Borges y Onetti''.

Porque usted no se esconde de sus lecturas...

``Para nada. Creo que fue T. S. Eliot quien dijo que no hay que ser tímido con los escritores que uno admira; hay que saquearlos''.

Parafraseando a Borges, quien dijo que escribir es una imprudencia, ¿qué tributo hay que pagar por el placer de escribir?

``Estar siempre de testigo, no poder disfrutar de nada de manera inocente, desdoblarte y verte a ti mismo cómo disfrutas''.

¿Disfrutó escribiendo estos relatos breves?

``Tengo una relación muy natural con los relatos breves. No sufro escribiéndolos, los disfruto, cosa que no me ocurre con otros géneros. A ratos pienso que éstos son los textos que me justificarán''.

¿Cuál fue el proceso de creación de Desencuentros?

``Hubo un momento en que me di cuenta que me estaban saliendo muchos cuentos breves y comencé a ponerme como desafío a veces tratar de meter todo un cuento en una sola página. Los cuentos de Desencuentros me tomaron ocho años. El libro no es muy grueso, lo cual es bueno. Hay que aprender a editarse. Uno hace su propia antología, luego los lectores hacen otras, luego el tiempo hace la definitiva''.

¿Y su ritmo de trabajo?

``Soy un escritor obsesivo cuando estoy metido en un proyecto, pero también sé hacer un paréntesis. Antes pensaba que si dejaba de escribir un tiempo me olvidaría de escribir. Ahora ya no''.

¿Cómo compagina la escritura con la vida académica en la Universidad de Cornell?

``De manera muy esquizofrénica. Lo bueno de la vida académica es que te da tiempo para la lectura y para la escritura. Pero se lee diferente cuando uno tiene que enseñar un libro y cuando quiere aprender de él como escritor. De ahí la esquizofrenia: leo como profesor y como escritor al mismo tiempo, y a veces ambas cosas son incompatibles''.

¿En qué verdades cree hoy Paz Soldán?

``Hace seis años que estoy casado, y tengo un hijo de cuatro. Creo en Tammy y Gabriel''.