La Nación
                     Sección Opinión
                     Fecha de publicación  12.02.2000
 

                    Fujimorazo en Ecuador
                     Por Mario Vargas Llosa

                     WASHINGTON.- El derrocado presidente de Ecuador, Jamil Mahuad, dijo que el
                     operativo militar que lo defenestró fue "una cantinflada", y sin duda tuvo algo
                     de razón, porque también fue eso. Pero olvidó añadir que él mismo
                     contribuyó a dar ribetes payasescos al confuso episodio, con su contradictoria
                     actuación. ¿Acaso no condenó el primer golpe, el de los coroneles, negándose
                     a renunciar, para luego pedir apoyo al segundo golpe, el que entronizó en la
                     presidencia al vicepresidente Gustavo Noboa, y, finalmente, declarar que él
                     nunca había renunciado sino que había sido echado del poder por la fuerza
                     armada y que, por lo tanto, el gobierno actual carece de legitimidad? ¿En qué
                     quedamos? ¿Cómo se puede pedir apoyo para algo que al mismo tiempo se
                     rechaza y condena? ¿No es eso un ejemplo de la confusión mental y verbal
                     -existencial- que inmortalizó en sus películas el genio de Mario Moreno,
                     Cantinflas?

                     Lo ocurrido en Ecuador tiene aspectos cómicos y rocambolescos (subdesarrollo
                     político en estado puro), pero nadie debería festejarlo, pues significa, pura y
                     simplemente, que, siguiendo el mal ejemplo peruano de Fujimori y el
                     venezolano del comandante Chávez, otra democracia latinoamericana,
                     después de prostituirse, acaba de desaparecer y de ser reemplazada por un
                     régimen autoritario que, aunque mantiene una fachada de civilidad y
                     legalidad, es en verdad manejado por las Fuerzas Armadas. En el trágico
                     suceso cabe una responsabilidad mayor en este caso al Congreso
                     ecuatoriano, una mayoría de cuyos miembros, por temor o, más
                     probablemente, por codicia -conservar sus sueldos y sus gangas-, colaboraron
                     con los militares felones en el legicidio constitucional. El detalle pintoresco y
                     trágico lo aportó una masa campesina de indios explotados y marginados
                     que, creyendo rebelarse contra la miseria y la injusticia, sirvieron de coartada
                     a los golpistas castrenses para presentar la defenestración del legítimo
                     mandatario de Ecuador como un movimiento de "salvación social".

                     Tras el golpe, el medio golpe

                     El principio del fin de la democracia ecuatoriana comenzó unas semanas
                     atrás, cuando el presidente Mahuad legalizó la dolarización de una economía
                     en bancarrota, víctima de un desmesurado déficit fiscal y un proceso
                     inflacionario imparable. Desde que, el año pasado, el gobierno congeló las
                     cuentas bancarias y anunció que no estaba en condiciones de cumplir con sus
                     obligaciones internacionales en el pago de la deuda, el clima de agitación se
                     había ido agravando hasta alcanzar contornos críticos. En verdad, la
                     dolarización ya había ocurrido, por la libre, cuando el presidente Mahuad la
                     oficializó, pues es lo que ocurre, de manera inevitable, cuando los precios se
                     disparan y la gente común siente que la moneda nacional se le escurre como
                     agua entre los dedos: se libra de ésta cuanto antes, cambiándola en dólares,
                     y lo mismo hicieron comerciantes e industriales al fijar los precios de las
                     mercancías en divisas en lugar de sucres, para reemplazar el caos por una
                     relativa estabilidad.

                     La dolarización no fue la causa sino el efecto de una crisis inexplicable e
                     injustificable en términos estrictamente económicos, en un país como Ecuador,
                     que, además de petróleo, dispone de otros múltiples recursos naturales, crisis
                     que venía incubándose en razón de la incompetencia, la demagogia y la
                     corrupción de unos gobiernos democráticos cuyo extremo más ominoso
                     encarnó el inefable presidente Bucaram, ahora prófugo en Panamá. Pero ella
                     sirvió para que una ciudadanía maltratada por la brutal subida de los precios y
                     la inseguridad y el miedo que produce todo proceso inflacionario identificara
                     un culpable concreto al que responsabilizar de sus males: el presidente Jamil
                     Mahuad. En verdad, este economista graduado en Harvard, y, por lo que
                     parece, honesto, sólo podía ser acusado de indecisión y de cobardía para
                     hacer las reformas debidas, y acaso de cierta torpeza política, pero no de ser
                     el causante de un embrollo económico debido a una política "neoliberal" que,
                     para desgracia de Ecuador, no se atrevió jamás a emprender.

                     Así comenzó la mojiganga. La Confederación de Nacionalidades Indígenas
                     (Conaie), dirigida por Antonio Vargas, decretó una marcha campesina hacia
                     Quito de sesgo inequívocamente insurreccional. Varios millares de campesinos
                     -el sector más empobrecido y explotado de la sociedad ecuatoriana-
                     convergieron sobre la antigua ciudad, movidos por una justificada cólera, pero
                     totalmente inconscientes de ser utilizados por una cúpula militar con un
                     designio secreto, y, sin disparar un solo tiro, ante una insólita pasividad de
                     soldados y policías, la ocuparon, posesionándose incluso del local del
                     Congreso. En estas circunstancias, la jefatura militar, encabezada por el
                     general Carlos Mendoza, jefe del Ejército y ministro de Defensa, el Fouché de
                     esta historia, propuso a Mahuad (según una versión de éste que parece
                     verosímil) un fujimorazo, es decir, cerrar el Congreso y hacerse con el poder
                     total manteniéndolo a él en la presidencia, propuesta que el presidente
                     rechazó. Entonces fue depuesto y se instaló una junta de gobierno
                     cívico-militar integrada por el general Mendoza, el líder indígena Antonio
                     Vargas y el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Solórzano, y auspiciada
                     por el coronel Lucio Gutiérrez, líder de una facción de oficiales jóvenes de
                     ideas socialistas que apoyaban la rebelión indígena, a los que se sumaron,
                     entre otros estamentos castrenses, los ciento veinte cadetes de la Academia
                     Militar.

                     Según la prensa norteamericana, hay en este momento una discreta reunión
                     del embajador de los Estados Unidos con los jefes militares facciosos, a la
                     que asiste, además del general Mendoza, el jefe del Comando Conjunto,
                     general Telmo Sandoval. El embajador les hace saber que Washington
                     desaprueba el golpe de Estado y que, en consecuencia, Ecuador sería
                     declarado inelegible para recibir cualquier clase de ayuda financiera y
                     convertido en un paria internacional. Entonces, para "salvar al país del
                     desprestigio y las sanciones", la cúpula golpista se autodefenestra, y con la
                     entusiasta colaboración del general Mendoza salva la democracia,
                     reemplazando el golpe por sólo un medio golpe, es decir, instalando en la
                     jefatura del Estado, en lugar de Jamil Mahuad, al vicepresidente Gustavo
                     Noboa. El Congreso aprueba la fórmula, justificando la sustitución de
                     mandatarios con un exquisito eufemismo: Mahuad habría hecho "abandono
                     del cargo". El nuevo presidente jura respetar la Constitución, anuncia que
                     mantendrá las políticas de dolarización y de ajuste dictadas por su predecesor
                     y que combatirá la corrupción. Los coroneles rebeldes son puestos en
                     disciplina y el general Mendoza renuncia a la jefatura del Ejército y al
                     ministerio, denunciando al ex presidente Mahuad y a sus ministros de lo
                     mismo de lo que éstos lo acusan a él: haber querido propiciar un fujimorazo
                     ecuatoriano. Los desconcertados indígenas son devueltos a sus comunidades
                     -a su hambre y marginación- y, en conferencia de prensa, su frustrado
                     dirigente, Antonio Vargas, protesta indignado por la traición y engaños de que
                     ha sido objeto.

                     Ésta es, en apretada síntesis, la historia del naufrugio de la institucionalidad
                     en Ecuador, un hermoso país de unos ocho millones de habitantes, que, con
                     un mínimo de sensatez y limpieza en sus gobiernos, podría gozar de altos
                     niveles de vida y avanzar deprisa en la modernización. En vez de ello, acaba
                     de retroceder, como Perú y como Venezuela, de una democracia imperfecta a
                     un régimen autoritario cuya base de sustentación no son los ciudadanos y las
                     leyes, sino la fuerza militar. Es ésta, ahora, el centro del poder, y el
                     presidente Gustavo Noboa, una mera fachada. Que se trate de una persona
                     digna y preparada, como indica su currículo, no cambia un ápice esta
                     situación, pues la autoridad de que ahora goza no la debe, como ocurre en
                     las democracias, a los electores y a unas normas legales, sino a la fuerza
                     cuartelera y a una astracanada parlamentaria que ha acabado con el poco
                     respeto que todavía podía tener ante la opinión pública el Congreso
                     ecuatoriano.

                     Falta de decisión para el cambio

                     ¿Qué enseñanzas sacar de lo sucedido en Ecuador? La primera, la de la
                     extrema fragilidad que caracteriza el proceso de democratización en América
                     Latina, debido a la incapacidad de los gobiernos para hacer las reformas
                     básicas, económicas y sociales, que permitan al pueblo identificar libertad y
                     legalidad con justicia y oportunidades de mejora personal. Tanto en Perú
                     como en Venezuela y Ecuado, el descrédito de las instituciones que permitió
                     el desplome del sistema se debió a una crisis de la seguridad, a la corrupción
                     y a la sensación de impotencia que inspiraban los gobiernos representativos
                     para poner en orden la vida económica y crear reales oportunidades de
                     desarrollo y progreso para el conjunto de la sociedad. Lo absurdo del caso es
                     que, aunque esta descripción de la realidad política es cierta, no lo es el
                     diagnóstico del mal: que éste se debe a los empeños de los gobiernos
                     democráticos fracasados en aplicar las recetas "ultraliberales" del Fondo
                     Monetario Internacional. La verdad es exactamente la contraria: que el
                     fracaso de aquellos gobiernos se debió a su falta de decisión en la reforma
                     del Estado, a su reticencia para acabar con el sistema de privilegios y tráficos
                     deshonestos que propicia el mercantilismo, a no haber emprendido auténticos
                     procesos de privatización en vez de transferir los monopolios públicos a
                     monopolios privados tan corruptos e ineficientes como aquéllos y a no haber
                     abierto suficientemente sus economías para que la aireación de la
                     competencia internacional las saneara y dinamizara. En vez de esa
                     comprobación, la demagogia y la ignorancia hacen recaer toda la culpa del
                     fracaso en una globalización (que aquellos gobiernos no han sabido
                     aprovechar) y en unas supuestas reformas liberales (que jamás se
                     realizaron). Ése es el mecanismo ideológico que está detrás de los nuevos
                     regímenes autoritarios latinoamericanos, híbridos de brutalidad e hipocresía, a
                     los que mi país, para vergüenza de los peruanos, ha prestado un nombre y
                     un modelo: el fujimorismo.
 

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