Era el Renacimiento y las poetas contemporáneas de Labé en Italia reclamaban su parte en el individualismo en expansión, pugnando por la igualdad intelectual de hombres y mujeres. Fueran cortesanas de alto vuelo como la veneciana Verónica Franco (1546-1591) y la romana Tullia d’Aragona, o cantantes e intérpretes de laúd como Gáspara Stampa, o vivieran encerradas en un castillo del remoto sur de la península como Isabella de Morra, todas compartían el credo que la francesa había asentado en su “Debate de Locura y Amor”, diálogo en prosa que tal vez ni conocían: la mujer debe estudiar, confiar al papel sus pensamientos, reclamar la gloria y el honor que les son debidos, superar los logros literarios de los hombres. Todas ejercieron una libertad en vida y obra que no pocas poetas de hoy envidiarían. Revirtieron el modelo amoroso de Petrarca que eruditos como Pietro Bembo –autor de una de las primeras gramáticas italianas en 1525– imponían con éxito. La obra del cantor de Laura hasta había ingresado en la moda femenina: era habitual que las mujeres colgaran de su escote un “petrarchino”, un volumen miniatura de sus sonetos. En los temas y el idioma de Petrarca las poetas italianas de dos siglos después encontraron el lenguaje que les permitió explorar sus sentimientos en una cultura que prohibía o cohibía su expresión. Socavaron el ámbito poético en que el hombre era el amo, usaba la palabra para adueñarse de la mujer y ésta era una incógnita distante y pasiva. A diferencia de Petrarca, que quiso dominar su deseo y se arrepintió de haber amado, Gáspara Stampa pasa de un hombre a otro en la secuencia de sus poemas y escribe “no me arrepiento de nada”, como gorjeará Edith Piaf 400 años después. Verónica Franco reta a duelo a un amante que la había insultado y estipula que tendrá lugar en su dormitorio; en otro texto defiende las audacias en amor. Como Labé, piensa que a las tan serias que juzgan duramente a “las perdidas” no les vendría mal un golpecito de Cupido. La Italia del siglo XVI fue teatro de una explosión de poesía escrita por mujeres: entre 1540 y 1600 editaron unos 200 libros y no eran tiempos de multiplicidad de títulos. Una antología de 1609 reunió textos de 845 autoras. Muchas celebran su derecho a la plenitud personal y se muestran independientes, mundanas, autodesacralizantes y espontáneas. Stampa anuncia que el amor nunca le trajo vergüenza, como le sucedió a Petrarca:¿acaso su relación con el conde Collatino y su fama literaria no la igualaban con las nobles de cuna registrada? Algunas de ellas escribieron la poesía
femenina más fresca y vigorosa que se conoce desde la antigüedad.
Fueron directas y su escritura se alejó del burilado petrarquismo de la
época. De ello hicieron virtud. Isabella de Morra, presa de tres
hermanos embrutecidos, supo y dijo de su estilo que era “amargo, áspero
y doliente”. Verónica Franco subrayaba en sus versos el juego con su
apellido convertido en adjetivo. Gáspara Stampa, el de la similitud
entre “penna”, pluma, y “pena”, dolor. Eran bien recibidas en
los salones literarios de la elite, aplaudidas por su obra y
despreciadas como hetairas. Pero, al menos, no padecieron el destino de
Safo, que la pacatería humana llegó a escindir en dos personas, una,
poeta divina, otra, lesbiana ruin. Esas poetas procuraban terminar con
lo que Ingebor Bachmann, admiradora de Gáspara Stampa, definió así:
“El fascismo es lo primero en la relación entre un hombre y una
mujer”. El del hombre, claro. |