POESÍA. Siete libros de Gelman en un tomo

Obras signadas, en su mayor parte, por el exilio.

INTERRUPCIONES 1, Juan Gelman. (Seix Barral-Buenos Aires)



Por: Rodolfo Alonso


No es usual, por desdicha, que algún libro de un poeta argentino contemporáneo llegue a ser publicado hoy por una gran editorial. Y, mucho menos aún, que no se trate de algún título aislado sino de la reedición de prácticamente todo el conjunto de su obra. Hay quien dirá que, en el caso que ahora nos ocupa, ello se debe quizás al hecho de haber llegado a convertirse en hombre público, y que los avatares de su historia personal (por otro lado tan entreverados con la historia de todos) han venido a convertirse en algo así como una caja de resonancia para su poesía.

Y si bien es verdad que, ya desde su mismísimo primer título: Violín y otras cuestiones (1956), su innegable lirismo surge ineludiblemente confundido con sus nada conformistas opiniones políticas y sociales, también es cierto que desde allí mismo comienza a hacerse acaso patente la mutua honestidad que ya lo constituye desde entonces y que no le iba a permitir convertirse, para nada, en absoluto, apenas en un módico transmisor de consignas.

Esa tensión, fecunda como tantas otras, entre su doble fidelidad a la poesía y a sus ideas, no se ha manifestado apenas en lo superficial, en lo aparente, en el concepto y, por tratarse de un escritor de raza, se ha trasladado como aliento vivo al cuerpo mismo de su propia escritura, la cuestiona y la sostiene, la inquieta y la alimenta. Y si una prueba de fondo de su autenticidad en tal sentido la manifiesta su absoluta imposibilidad, casi visceral, orgánica, para aprovechar su propia historia, en tantos sentidos trágica, como muchos otros tan diferentes de él manejan hoy sus relaciones públicas o su marketing, si todo nos asegura que la resonancia obtenida ha sido totalmente espontánea, inocente, fruto maduro de las circunstancias y nunca de su voluntad, hay otra prueba más reciente en el mismo sentido. Y es el hecho de que su propia escritura haya ido ahondando legítimamente su experiencia en el sentido de lo raigalmente humano e incluso metafísico pero, como debe ser, por el libre fluir de su propia espontaneidad creadora, sin artimañas ni dobles intenciones. Quiero decir que en el merecido éxito de Gelman como poeta, que ha de incluir probablemente también sus vicisitudes de hombre público, que allí se entremezclan en gran medida, el hecho de que él mismo haya ido abandonando ciertas temáticas demasiado evidentes para profundizarlas en otros sentidos, tal vez menos redituables desde el punto de vista del negocio editorial, no me parece sino otra prueba de aquella doble honestidad a que antes hacía referencia. Y que lo digan si no esos dos libros ejemplares, en ese y otros sentidos, que son Dibaxu (1994) e Incompletamente (1997).

Por ejemplo, en el volumen que hoy consideramos, donde se reúnen otros siete libros que van desde 1971 hasta 1980, es decir signados en la mayor parte por su exilio, si en gran medida su estilo continúa aquí diferenciándose no sólo por su peculiar construcción, por su nada demagógico abandono de las mayúsculas y de los signos de puntuación tanto como por su particular escandido, de riquísima, escasamente populista y conmovedora entonación, se vuelve también significativo en ambas direcciones por la absoluta preponderancia de las preguntas (¿de los cuestionamientos quizás?), temblorosas y tocantes, antes que por las afirmaciones. Y aquellas honduras desprendidas de lo anecdótico comienzan a aparecer, en forma natural, casi desde antes de la mitad de este volumen, para confluir en una profunda elaboración de impensadas referencias, sin embargo a la postre claramente comprensibles, que van desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz hasta Homero Manzi o Gardel y Lepera, que afinan y ahondan su expresión también en lo que podríamos llamar formal, ya que, si bien sostenida siempre por el mismo aliento poético, va dando lugar casi instintivamente a la emergencia de formas clásicas del lirismo de nuestra lengua, a veces sólo barruntadas o rozadas, aunque por supuesto animadas por la entereza y la originalidad de siempre.

Es que, me animaría a sugerir, si hubo alguno de aquellos primeros momentos en que pudo hablarse de la hasta lógica presencia de alguien como César Vallejo en el desarrollo de su obra, en el ejemplo humano y poético del gran poeta peruano que no podía, vistas sus peculiares inquietudes, dejar de seducirlo y atraparlo primero por su sonoridad y su contacto, exteriores, de piel, hoy bien podríamos decir que ya se han abandonado aquí todas esas y otras superficies para ahondar en el meollo esencial de la existencia y del lenguaje que, también, por otro lado, es el Vallejo esencial cuando logramos adentrarnos en lo pleno de su vivencia, en lo que nos contagia antes que en lo que apenas logra transmitirnos. Inocente, como él, y aunque no se lo proponga, por propia deriva de su ser, de todo lo que no sea lirismo esencial, vida y muerte desnudas, Juan Gelman logra también contagiarnos su vivencia, su evidencia, incluso más allá de que a cada lector le toque coincidir o no, total o parcialmente, con sus opiniones.

(c) LA GACETA,
1 de febrero de 2001

Encontrado en: http://www.lagaceta.com.ar/net01022001/l5a.htm