Horacio Amigorena

"Violín y otras cuestiones"

Nota del 1 del 7 de 1997.
 

Después de una circunstancia literaria -la llamada del 40 que interpretamos con base en un común fracaso, ha llegado a nuestras letras un grupo de hombres dados a interrogar lo argentino en toda su desnudez y violencia, y en una actitud insospechable de cualquier otro compromiso que los impuestos por las exigencias de esa realidad.

La intuición poética, que precede en sus descubrimientos a la novelística y a la sociología, tiene en estos jóvenes una especial penetración: desde un planteamiento social al que obliga la realidad comunitaria, pretende captar la esencia vital del hombre argentino. Y a veces lo consiguen. Así lo testimonia el libro de Juan Gelman Violín y otras cuestiones.

No sé si Gelman se habrá propuesto alguna vez ser un poeta porteño, desentrañar este laberinto ciudadano tan retóricamente ennegrecido por poetas y ensayistas, para captarlo en lo que tiene de distinto. De cualquier manera lo consigue en una poesía civil de dramática tensión que conjuga a ritmo ya doliente, ya transidamente alegre de su "Trajín, ciudad y tarde buenos aires".

Todo que hacer poético supone una construcción de mundo: sobre el mundo dado estructura el poeta otro mundo a la medida de su desesperación y esperanza. Gelman lo integra con elementos de cercanía cotidiana, pero se lanza hacia horizontes más lejanos, quizá para no perecer en el juego existencial del hombre y el fluir de las cosas. Diríamos que pone alas a sus cosas, si las alas no estuvieran tan desprestigiadas en la lírica.

La ciudad parece pegarle a cada vuelta de esquina a un Juan empleado, compañero, padre y vecino del hombre, que pertrecha su ternura de crepúsculos y pájaros para “no ser fantasma”. En Buenos Aires se respira la irrealización por todos los poros de su geografía y el poeta puede sólo salvarse en la realización de su ser primordial a través de una poesía que actualice ritualmente ese ser, descubriendo -en este caso- el escondido dinamismo que guarda la ciudad.

Así, Gelman desde los primeros poemas del libro se asoma por la transparente mirada del niño fundamental que en definitiva es. Tienen estos primeros poemas un auténtico intimismo de deambular solitario y tarde porteña.

Juan habrá querido tener en su infancia soñadora un violín, porque es la melodía de este violín que quizá nunca llegó a sus manos el eco melancólico de un caminar que a cada paso tropieza con el asombro. Melodía conseguida armónicamente en poemas como El caballo de la calesita, que en su girar -o sea, su contar - dibuja el perfil de Buenos Aires en vivo contrapunto de luces y sombras, creando el ámbito mágico que mejor conviene a la espontaneidad de lo vivo.

Una nota rara a la poesía actual da la tónica de Gelman: su pureza, que consiste en un modo inocente de interrogar a las cosas, a los hombres y a los hechos. Juan se pregunta asombrado por los dolores del hombre, de un hombre concretamente vivo, por sus mínimas penas que sin embargo lo desnudan de cuerpo entero. Es la suya una pregunta casi última que sólo espera la respuesta de fondo. Y cuando Gelman se responde comprendiendo la problemática existencial por el sentido, hace una poesía hermanente, de una adánica alegría que vence raigalmente toda angustia y congoja. Pero en otros poemas se responde por las causas de esa problemática, ya nuestro entender pierden estos versos la calidez que trasmite su mundo poético cuando está informado por el diario latir de sus cosas más cercanas.

Agregamos que es Gelman autor de un feliz hallazgo: unos versos desde siempre perennes en todo poeta y que seguramente los habrá recogido de algún rincón triste y cordial de su alma. No nos resignarnos a callarlos: "¡Quién pudiera agarrarte por la cola magiafantasmanieblapoesía! ¡Acostarse contigo una vez sola y después enterrar esta manía! ¡Quién pudiera agarrarte por la cola!" .

(Horacio Amigorena, Violín y otras cuestiones, en Gaceta Literaria N° 10, Buenos Aires, 1967.)

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