Vivir para contarla

Capítulo 4 (páginas 258 a 265)

Gabriel García Márquez


 

Me salvaban mis respuestas imprevistas, mis ocurrencias dementes, mis invenciones irracionales

Por fortuna, la familia conservaba sus arrestos de pobre, y la cena temprana parecía hecha a propósito para notificarme que aquella era mi casa, y que no había otra. La buena noticia en la mesa fue que mi hermana Ligia se había ganado la lotería.

La historia -contada por ella misma- empezó cuando nuestra madre soñó que su papá había disparado al aire para espantar a un ladrón que sorprendió robando en la vieja casa de Aracataca.

Mi madre contó el sueño al desayuno, de acuerdo con un hábito familiar, y sugirió que compraran un billete de lotería terminado en siete, porque este número tenía la misma forma del revólver del abuelo.

La suerte les falló con un billete que mi madre compró a crédito para pagarlo con el mismo dinero del premio. Pero Ligia, que entonces tenía once años, le pidió a papá treinta centavos para pagar el billete que no ganó, y otros treinta para insistir la semana siguiente con el mismo número raro: 0207.

Nuestro hermano Luis Enrique escondió el billete para asustar a Ligia, pero el susto suyo fue mayor el lunes siguiente, cuando la oyó entrar en la casa gritando como una loca que se había ganado la lotería. Pues en las prisas de la travesura el hermano olvidó dónde estaba el billete, y en la ofuscación de la búsqueda tuvieron que vaciar roperos y baúles, y voltear la casa al revés desde la sala hasta los retretes. Sin embargo, más inquietante que todo fue la cantidad cabalística del premio: 770 pesos.

La mala noticia fue que mis padres habían cumplido por fin el sueño de mandar a Luis Enrique al reformatorio de Fontidueño -en Medellín-, convencidos de que era una escuela para hijos desobedientes y no lo que era en realidad: una cárcel para la rehabilitación de delincuentes juveniles de alta peligrosidad.

La decisión final la tomó papá cuando mandó al hijo díscolo a cobrar una deuda de la farmacia, y en vez de entregar los ocho pesos que le pagaron compró un tiple de buena clase que aprendió a tocar como un maestro. Mi padre no hizo ningún comentario cuando descubrió el instrumento en la casa, y siguió reclamándole al hijo el cobro de la deuda, pero éste le contestaba siempre que la tendera no tenía el dinero para pagarla. Habían pasado unos dos meses cuando Luis Enrique encontró a papá acompañándose con el tiple una canción improvisada: “Mírame, aquí tocando este tiple que me costó ocho pesos.”

Nunca supimos cómo conoció el origen, ni por qué se había hecho el desentendido con la pilatuna del hijo, pero éste desapareció de la casa hasta que mi madre calmó al esposo. Entonces le oímos a papá las primeras amenazas de mandar a Luis Enrique al reformatorio de Medellín, pero nadie le prestó atención, pues también había anunciado el propósito de mandarme al seminario de Ocaña, no para castigarme por nada sino por la honra de tener un cura en casa, y más tardó en concebirlo que en olvidarlo. El tiple, sin embargo, fue la gota que derramó el vaso.

El ingreso a la casa de corrección sólo era posible por decisión de un juez de menores, pero papá superó la falta de requisitos mediante amigos comunes, con una carta de recomendación del arzobispo de Medellín, monseñor García Benítez. Luis Enrique, por su parte, dio una muestra más de su buena índole, por el júbilo con que se dejó llevar como para una fiesta.

Las vacaciones sin él no eran iguales. Sabía acoplarse como un profesional con Filadelfo Velilla, el sastre mágico y tiplero magistral, y por supuesto con el maestro Valdés. Era fácil. Al salir de aquellos bailes azorados de los ricos nos asaltaban en las sombras del parque unas parvadas de aprendices furtivas con toda clase de tentaciones. A una que pasaba cerca, pero que no era de las mismas, le propuse por error que se fuera conmigo, y me contestó con una lógica ejemplar que no podía, porque el marido dormía en casa. Sin embargo, dos noches después me avisó que dejaría sin tranca la puerta de la calle tres veces por semana para que yo pudiera entrar sin tocar cuando no estuviera el marido.

Recuerdo su nombre y apellidos, pero prefiero llamarla como entonces: Nigromanta. Iba a cumplir veinte años en Navidad, y tenía un perfil abisinio y una piel de cacao. Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto. Desde el primer asalto nos volvimos locos en la cama. Su marido -como Juan Breva- tenía cuerpo de gigante y voz de niña. Había sido oficial de orden público en el sur del país, y arrastraba la mala fama de matar liberales solo por no perder la puntería. Vivían en un cuarto dividido por un cancel de cartón, con una puerta a la calle y otra hacia el cementerio. Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz, pero cuanto más fuerte aullaba más felices debían estar los muertos de ser perturbados por ella.

En la primera semana tuve que escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podía llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más.

Buenos días, blanco -me dijo con un tono cordial.

Yo le contesté sin convicción: Dios lo guarde, sargento.

Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante: Llevas un olor a puta que no puedes con él.

El susto me duró menos de lo que yo esperaba, pues el miércoles siguiente volví a quedarme dormido y cuando abrí los ojos me encontré con el rival vulnerado que me contemplaba en silencio desde los pies de la cama. Mi terror fue tan intenso que me costó trabajo seguir respirando. Ella, también desnuda, trató de interponerse, pero el marido la apartó con el cañón del revólver.

Tú no te metas -le dijo-. Las vainas de cama se arreglan con plomo.

Puso el revólver sobre la mesa, destapó una botella de ron de caña, la puso junto al revólver y nos sentamos frente a frente a beber sin hablar. No podía imaginarme lo que iba a hacer, pero pensé que si quería matarme lo habría hecho sin tantos rodeos. Poco después apareció Nigromanta envuelta en una sábana y con ínfulas de fiesta, pero él la apuntó con el revólver.

Esto es una vaina de hombres -le dijo-.

Ella dio un salto y se escondió detrás del cancel.

Habíamos terminado la primera botella cuando se desplomó el diluvio. Él destapó entonces la segunda, se apoyó el cañón en la sien y me miró muy fijo con unos ojos helados. Entonces apretó el gatillo a fondo, pero martilló en seco. Apenas si podía controlar el temblor de la mano cuando me dio el revólver.

Te toca a ti -me dijo.

Era la primera vez que tenía un revólver en la mano y me sorprendió que fuera tan pesado y caliente. No supe qué hacer. Estaba empapado de un sudor glacial y el vientre pleno de una espuma ardiente. Quise decir algo pero no me salió la voz. No se me ocurrió dispararle, sino que le devolví el revólver sin darme cuenta de que era mi única oportunidad.

Qué, ¿te cagaste? -preguntó él con un desprecio feliz-. Podías haberlo pensado antes de venir.

Pude decirle que también los machos se cagan, pero me di cuenta de que me faltaban huevos para bromas fatales. Entonces abrió el tambor del revólver, sacó la única cápsula y la tiró en la mesa: estaba vacía. Mi sentimiento no fue de alivio    sino de una terrible humillación.

El aguacero perdió fuerza antes de las cuatro. Ambos estábamos tan agotados por la tensión, que no recuerdo en qué momento me dio la orden de vestirme, y obedecí con una cierta solemnidad de duelo. Sólo cuando volvió a sentarse me di cuenta que era él quien estaba llorando. A mares y sin pudor, y casi como alardeando de sus lágrimas. Al final se las secó con el dorso de la mano, se sopló la nariz con los dedos y se levantó.

¿Sabes por qué te vas tan vivo? -me preguntó. Y se contestó a sí mismo-: Porque tu papá fue el único que pudo curarme una gonorrea de perro viejo con la que nadie había podido en tres años.

Me dio una palmada de hombre en la espalda, y me empujó a la calle. La lluvia seguía, y el pueblo estaba enchumbado, de modo que me fui por el arroyo con el agua a las rodillas, y con el estupor de estar vivo.

No sé cómo supo mi madre del altercado, pero en los días siguientes emprendió una campaña obstinada para que no saliera de casa en la noche. Mientras tanto, me trataba como habría tratado a papá, con recursos de distracción que no servían de mucho. Buscaba signos de que me había quitado la ropa fuera de casa, descubría rastros de perfumes donde no los había, me preparaba comidas difíciles antes de que saliera a la calle por la superstición popular de que ni su esposo ni sus hijos nos atreveríamos a hacer el amor en el soponcio de la digestión. Por fin, una noche en que no tuvo más pretextos para retenerme, se sentó frente a mí y me dijo: Andan diciendo que estás enredado con la mujer de un policía y él ha jurado que te pegará un tiro.

Logré convencerla de que no era cierto, pero el rumor persistió. Nigromanta me mandaba razones de que estaba sola, de que su hombre andaba en comisión, de que hacía tiempo lo había perdido de vista. Siempre hice lo posible para no encontrarme con él, pero se apresuraba a saludarme a distancia con una señal que lo mismo podía ser de reconciliación que de amenaza. En las vacaciones del año siguiente lo vi por última vez, una noche de fandango en que me ofreció un trago de ron bruto que no me atreví a rechazar.

No sé por qué artes de ilusionismo los maestros y condiscípulos que me habían visto siempre como un estudiante retraído empezaron a verme en el quinto año como a un poeta maldito heredero del ambiente informal que prosperó en la época de Carlos Martín. ¿No sería para parecerme más a esa imagen por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años? El primer golpe fue tremendo. Pasé media noche agonizando sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así empecé mi vida de tabaquista empedernido, hasta el extremo de no poder pensar una frase si no era con la boca llena de humo. En el liceo sólo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase, sólo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas de veinte cigarrillos al día, y pasaba de cuatro según el fragor de la noche. En una época, ya fuera del colegio, creí enloquecer por la resequedad de la garganta y el dolor de los huesos. Decidí abandonarlo pero no resistí más de dos días de ansiedad.

No sé si fue eso mismo lo que me soltó la mano en la prosa con las tareas cada vez más atrevidas del profesor Calderón, y con los libros de teoría literaria que casi me obligaba a leer. Hoy, repasando mi vida, recuerdo que mi concepción del cuento era primaria a pesar de los muchos que había leído desde mi primer asombro con Las mil y una noches. Hasta me atreví a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestros tiempos volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores.

Me hastiaban las clases, salvo las de literatura -que aprendía de memoria- y tenía en ellas un protagonismo único. Aburrido de estudiar, dejaba todo a merced de la buena suerte. Tenía un instinto propio para presentir los puntos álgidos de cada materia, y casi adivinar los que más interesaban a los maestros para no estudiar el resto. La realidad es que no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era mía.

Me he atrevido a pensar que la mayoría de mis maestros me calificaban más bien por mi modo de ser que por mis exámenes. Me salvaban mis respuestas imprevistas, mis ocurrencias dementes, mis invenciones irracionales. Sin embargo, cuando terminé el quinto año, con sobresaltos académicos que no me sentía capaz de superar, tomé conciencia de mis límites. El bachillerato había sido hasta entonces un camino empedrado de milagros, pero el corazón me advertía que al final del quinto me esperaba una muralla infranqueable. La verdad sin adornos era que me faltaban ya la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una carrera académica. Mejor dicho: los años volaban y no tenía ni la mínima idea de lo que iba a hacer de mi vida, pues había de pasar todavía mucho tiempo antes de darme cuenta de que aún ese estado de derrota era propicio, porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor

Encontrado en: http://www.el-nuevodia.com/Ideas_y_libros/Octubre/lib021006b.html