La Nación. Sección General
fecha de publicación 11.02.1999
Dos días con Gabo
CARTAGENA DE INDIAS, Colombia (De un enviado especial).- Cualquier lector se preguntará cómo es compartir algo más de dos días con García Márquez.
Para entender desde dónde se va a contestar a esa pregunta, conviene decir que participar de un seminario-taller con 30 colegas de otros tantos países de América latina, más otros dos de Inglaterra y España, es un atractivo para cualquier periodista argentino.
Si el lugar del encuentro es este enclave colonial y desmesurado en su belleza y en sus contrastes que se llama Cartagena de Indias, la convocatoria tiene un plus que la vuelve irresistible. Pero si aún quedan dudas para entusiasmarse y dejar hasta las vacaciones postergadas por una semana, como le sucedió a quien esto escribe, el nombre de Gabriel García Márquez vuelve a cualquier negativa disparatada.
Disfrutar de un banquete
La experiencia profesional, el lugar y la convivencia con "el maestro", como casi todos los que no se atreven al difundido "Gabo" lo llaman, lo dejan a uno con la satisfacción de haber disfrutado de un banquete de los que no abundan.
El hombre, que acaba de pasar la barrera de los 70 años, participa de las 10 horas diarias de jornada como uno más, pregunta, toma notas, critica, se levanta de la silla sin abandonar su cartera un instante y aporta opiniones y anécdotas con entusiasmo o, mejor dicho, pasión, que de eso se trata lo que siente por el periodismo. Pero siempre alejándose del púlpito y la cátedra.
Sabe y tiene asumido como pocos que es un personaje. Por eso, cuando comparte una comida o un café en las mesas dispuestas en una plaza pública, habla sin restricciones. Pero impone una condición: "Esto es entre colegas, no es para publicar".
A salvo quedan sus intervenciones en el seminario, que vale la pena compartir, al menos resumidas. Aquí van algunas de ellas:
"Hay que volver a contar el cuento. Volver a contar la noticia de cuando el perro muerde al hombre y no cuando el hombre muerde al perro, que es la gastada fórmula de los norteamericanos. Al lector se llega por la historia más que por la metáfora o el análisis", dice convencido y convincente.
El hombre tiene argumentos suficientes para opinar. Sólo basta recordar que su "Relato de un náufrago" fue un reportaje periodístico que se publicó en serie en el diario El Espectador, de Bogotá, que llegó a agotar tiradas que crecían sin límites. Y allí recuerda el secreto del relato que hoy sigue atrapando lectores:
"El director del diario me pidió que lo recibiera, pero yo le dije que la historia de ese naufragio se había contado mil veces. Ante su insistencia, accedí a escucharlo y descubrí que el punto clave de la historia no había sido contado. Era lo que explicaba por qué ese hombre había estado secuestrado en el hospital por las fuerzas armadas para que no hablara con los periodistas. Se trataba de una carga ilegal.
"Al segundo día, el náufrago me dijo que ya no había más que contar. Entonces le contesté: cómo no hay nada más, en esta historia no has cagado ni meado. ¿Pero eso importa?, me dijo. Y entonces me contó su angustia, lo que hacía en la borda, y los peces lo miraban y él no podía comerse a los peces ni los peces, su mierda. A partir de allí salieron la historia, la clave, los detalles. Yo lo único que hice fue contar el cuento que él me contó. Aprendimos a descubrir juntos el cuento."
Sin falsa modestia, sin altisonancia, remata: "La gente quiere que le cuenten cosas que le suceden a la gente, como cuando hacía sus necesidades el náufrago. Y las redacciones tienen que organizarse para contar el cuento completo".