BOLETIN CULTURAL Y BIBLIOGRAFICO, Número 22. Volumen XXVII, 1990
El bolerazo del general
El general en su laberinto
Gabriel García Márquez
Editorial Oveja Negra, Bogotá, ¡989,
286 págs.En las "Gratitudes" de El general en su laberinto (véanse págs. 269-272), García Márquez declara su admiración por El último rostro, ese fragmento de novela inconclusa a propósito, relato largo, páginas suprimidas de Napierski?) de Alvaro Mutis 1. Es más: García Márquez imagina como algo "completo" lo que tan sólo es (según don Alvaro) un fragmento. El novelista de Aracataca decide, pues, darle otra vida literaria, no sin antes pedirle permiso a Mutis.
Una manera de leer El general en su laberinto es precisamente como un desafío personal y una respuesta ficcional (en el buen sentido de ambos términos) a El último rostro. No le falta razón al autor de Cien años de soledad cuando lo califica de ‘maduro"y dueño de "estilo y tono depurados". De ahí la conjetura de por qué no quiso meterse en una narración del corte de la de Mutis; densa y al mismo tiempo estilizada desde la perspectiva del diario del militar europeo. El texto de Mutis es más poema que otra cosa y desde ese punto de
vista resultaba insuperable ("...aspirando el sahumerio de vivencias antiguas que le desgarraban el alma" -pág. 113). Al agradecérselo, García Márquez sugiere con honestidad que tal empresa habría terminado mal parada. Al escribir El general en su laberinto como lo hizo, deja en claro que su propósito es otro, algo así como un bolero de Agustín Lara interpretado y popularizado por Rubén Blades, sin que la analogía se proyecte más allá de un tema y una recreación ("...tratando quizás de reconstruir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias" - pág. 81).Mi lectura, sin embargo, circula por otros canales, menos evidentes
—quién sabe—, sujetos a los avatares de otro tipo de ficción: la política. En ese sentido sospecho que El general en su laberinto —además de escribirse desde y contra el texto de Mutis— recupera, actualiza y pone en movimiento un diálogo subterráneo con otros textos: los de Vargas Llosa. Al respecto habría que exhumar una serie de testimonios escritos, como La novela en América Latina, que es la transcripción de un conversatorio público —realizado en Lima en 1967— entre García Márquez y Vargas Llosa 2. Así también el discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos 1967 por parte del novelista arequipeño, como el de García Márquez en la Academia Sueca 3.De alguna manera, esta lectura no hace sino volver a poner en contacto aquello que durante algún tiempo tuvo lazos afectivos y políticos ("...gloria desbaratada que el viento de la muerte se llevaba en piltrafas" - pág. 114). Pero no pretende entrar en las insinuaciones que por sí solas se desprenden, por ejemplo, de la reedición limeña de aquel diálogo del 67 en compañía del discurso del 82 de García Márquez; es decir, no iremos por el lado de remachar la aseveración de que sólo una de las posturas estético-políticas se ha mantenido incólume. Únicamente me interesa poner sobre el tapete imaginario esos textos para que otro, un politólogo tal vez, se encargue de picotearlos. La última novela de García Márquez me planteó de inmediato dos mociones casi extraliterarias:
una) Quien se atreva a negar que El general en su laberinto es una novela de tesis, le crecerá la ñata a 25 centímetros por segundo. Ergo, el personaje Bolívar es una leve máscara que se enlrenta (en ese ring de la búsqueda de una imposible "verdad latinoamericana") a Historia de Mayta 4. Pero si ésta nunca consigue remontar la escritura panfletaria (la escritura panfletaria escrita con el hígado, la más deprimente de todas), la novela de García Márquez no llega a ser un panfleto exclusivamente por obra de la meditación y la astucia.
dos) Lo último que se le ocurriría a García Márquez, me tinca (hasta donde pueda ser veraz el impredecible sexto sentido), seria candidatear a la presidencia de Colombia. Ergo, la decisión de Vargas Llosa de caer rendido a los pies del Poder (sus partidarios políticos dirían que no le interesa en lo que a fama ni dinero se refiere), ¿pasará por el deseo honesto —no elimino esa posibilidad— de "salvar al país"? En todo caso, intuyo que puede interpretarse también como una respuesta extraliteraria al premio Nobel de García Márquez. Y, además, como una lejana brasa que no se apagó cuando en Caracas el Estado venezolano premiaba, con La casa verde, una "actitud" que, en palabras del licenciado Simón Alberto Consalvi, pertenecía al narrador peruano, "personaje de sí mismo, de su propia fábula", enlazado a América Latina y a un novelista- presidente, Rómulo Gallegos 5.
Por otro lado, pienso que la "respuesta" literaria de Vargas Llosa a García Márquez ya se dio precisamente en Historia de un deicidio (1971), estudio incomparable en varios aspectos y piedra de toque en la bibliografía —abundantísima a estas alturas del colombiano.
Todo esto ocurre, bien se entenderá, como una ficción. Pero si estas son las coordenadas, no hay más que detectar cómo en El general en su laberinto el continuo ejercicio del poder, unido al destino trágico en la fórmula ya patentada por la obsesión de García Márquez ("el general se enteró de lo que toda la ciudad sabía:
no uno sino varios atentados..." -pág. 15) y a esos presagios románticos ("como si fueran moscas unos pájaros fúnebres que revoloteaban sobre sus cabezas" - pág. 73), son ingredientes que jamás esconden esa previsión histórica que el propio texto machaca en varios frentes políticos:
a) La reconstrucción:
"...su idea fija: empezar otra vez desde el principio, sabiendo que el enemigo estaba dentro y no fuera de la propia casa" (pág. 204).
255).
"...recuperar a Venezuela y empezar otra vez desde allí la restauración de la alianza de naciones más grande del mundo" (pág. 207).
"Nunca habíamos tenido una ocasión mejor para empezar otra vez por el camino recto, dijo" (pág.b) La deuda extertia:
"Aclaró que en todo caso él no se había opuesto a los empréstitos por el riesgo de la corrupción, sino porque previó a tiempo que amenazaban la independencia que tanta sangre había costado" (pág. 222).
c) Los Estados Unidos:
dijo. "Ni tampoco se vaya con su familia para los Estados Unidos, que son omnipotentes y terribles, y con el cuento de la libertad terminarán por plagamos a todos de miserias" (pág. 225).
"Era como invitar al gato a la fiesta de los ratones", dijo. "Y todo porque los Estados Unidos amenazaban con acusarnos de estar convirtiendo el continente en una liga de estados populares contra la Santa Alianza. ¡ Qué honor! "(págs. 19 1-192).
"No se quede con Urdaneta", led) El lugar común:
"Como Fernando estaba enfermo, empezó por dictarle a José Laurencio Silva una serie de notas un poco descosidas que no expresaban tanto sus deseos como sus desengaños: la América es ingobernable, el que sirve una revolución ara en el mar, este país caerá sin remedio en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas, y muchos otros pensamientos lúgubres que ya circulaban dispersos en cartas a distintos amigos" (pág. 257).
Para quien siga creyendo que estas reflexiones al interior de la novela son meras especulaciones del hilo narrativo, sólo tiene que tomar una página específica y constatar que el narrador omnisciente, ese sabelotodo, tiene un desliz gramatical que lo desenmascara como un protagonista más de los "hechos":Era el primer golpe de estado en la república de Colombia, y la primera de las cuarenta y nueve guerras que habíamos de sufrir en lo que faltaba del siglo (pág. 201, subrayado mío).
Ahora bien, lo importante es que la obra, sin recurrir a una estructura en espiral o de espejos (El amor en los tiempos del cólera o Cien años de soledad), se defiende solita como novela de tesis en la línea de la tradición "naturalista" hispanoamericana. Pero es una obra que sólo pudo ser concebida por un maestro ("...todos apreciaron su esfuerzo por endulzar con una cucharadita de buenas maneras el vinagre de sus desgracias públicas y su mala salud" - pág. 51). Mezcla con sabiduría el relato policial (antecedente: Crónica de una muerte anunciada) con la denuncia jurídica en papel membreteado: "El general suspiró al oído de Montilla: ‘iQué cara nos ha costado esta mierda de independencia!’ "(pág. 174). He ahí el sello y los timbres de rigor ("...su destino de lástima estaba consumado" -pág. 151).
Curiosamente, los interminables gags (ya que todos los personajes aquí son ingeniosos de palabra, todos hablan como el coronel que no tenía quien le escribiera) establecerían, por contraste, una distancia "brechtiana" nacida de este sencillo discernimiento del lector: no, qué va, no es posible que todos hablen así. A pesar de que este recurso no me termina de convencer, creo que era la única vía ficcional para no caer en una completa identificación emotiva o, lo que es peor, en las garras estilísticas del poema/relato de Mutis ("...tantaleaba sin rumbo en las nieblas de la soledad" - pág. 159).
Y es que (llegamos al meollo) el general erige un bolero a la soledad del corazón y del poder ("...tratando de vislumbrar algún destello en las tinieblas de sus propias dudas" - pág. 169). Este esquema es tan grato al lector como ofrecerle obleas con arequipe a un bogotano extraviado en los Himalayas. Por más que está rodeado de mujeres (Manuela, Fernanda Barriga, Miranda Lindsay), el canto diario de Bolívar destila una profunda tristeza, como bolerazo de rocola cantinera ("...lo peor que guardaba en el pudridero de su corazón" -pág. 191). Por su estructura (una espina dorsal de escenas y diálogos), esta obra podría ser llevada fácilmente a las tablas. Y yo pondría una Wurlitzer en el escenario ("...los soplos helados del desaliento" - pág. 215).
El general opaca a José Palacios precisamente para evitar que se convierta en un Sancho Panza, o quizá en el sufrido compañero que sirve los tragos y le pide calma a su interlocutor ("...tratando de parar el ventarrón de la juventud fugitiva" - pág. 191). Por otro lado, las metafóricas Dulcineas lo persiguen inútilmente con su buen hado. Pero ni el texto ni su personaje central constituyen lo que en el lenguaje popular se conoce como quijotada ("...el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir" - pág. 266). Basta pensar en las peculiaridades fisiológicas del general, impedido de expulsar sus afectos cuando el amor contenido y el desecho corporal se han puesto de acuerdo ("..los fondos más turbios de su alma" - pág. 193).
Qué difícil para el general resulta reconocer que en lo único en que no fue decisivamente sincero fue en el amor. ¿Pánico al abandono? Por supuesto ("...sucumbió a las insidias de la soledad" - pág. 252). Él mismo, según la narración, se encamina a su deterioro:
...una sonrisa fingida para que no se le notara que en aquel ¡5 de mayo de rosas ineluctables estaba emprendiendo el viaje de regreso a la nada [pág. 91].
No me parece gratuito, entonces, que en este gran tema del libro (el otro gran tema junto a la analogía pasado/presente en la sociedad latinoamericana), el de la imposibilidad del general de entenderse con o hacerse cargo de sus propios afectos, el narrador lo acompañe y lo ponga (en complicidad con el autor, de hecho) en un teatro de mayor capacidad, en un ámbito enorme: el mercado literario de García Márquez. Esa intención es la que ha materializado el autor de forma espléndida. La elección de un personaje político cuya vida es nuestro presente transforma la novela en crónica periodística, ensayo socioeconómico, obra colectiva, teatralización, poema épico, composición elegíaca. El narrador
—omnisciente a medias nada más— hace con el tema de Bolívar lo que Simon & Garfunkel hicieron con El cóndor pasa (el tema de Daniel Alo-mía Robles) en los años setenta. Por esas paradojas del colonialismo mental de nuestro continente, la versión gringa de esa melodía andina fue la encargada de darla "a conocer" en Hispanoamérica. (La "culpa" —si alguna hubiera, que lo dudo— no seria nunca de los músicos estadounidenses). Bueno, García Márquez hace lo mismo con el bolerazo del gran general, ese contrapunto sin pierde sobre las gárgaras del poder y la incapacidad de amar. A sabiendas de su éxito no sólo en el mundo dc habla castellana, García Márquez nos vuelve a relatar la parábola triste de los desencuentros, para convencerse y convencernos de que aún hay tiempo, de que sí es posible un cambio en nuestra América ("...le bastaba con sentir la resolana de su adolescencia" - pág. 186). Por lo bajo, ese ritmo impone otro cuchicheo. Revélelo cada quien. Y que se oiga bien alto.EDGAR O’HARA
1 Alvaro Mutis, El último rostro (fragmento). En varias fuentes:
• La mansión de Araucaima, Barcelona, Seix Barral, 1978.
• Poesía y prosa, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1981.
• Obra literaria, t. II: Prosas. Bogotá, Pro-cultura, 1985.
• Tras loa rutas de Maqroll El Gaviero, Cali, Proartes, 1988. (regresar1)2 La primera edición de este texto, La novela en Ambleo Latina (1968), fue de Carlos Milla Batres, con el auspicio dc la Universidad Nacional de Ingeniería (Lima), en uno de cuyos salones se efectuó la conversación, en septiembre dc 1967. Curiosamente ese texto es reproducido como transcripción de la versión magnetofónica del diálogo" por una editorial corsaria de Lima, con el titulo Did logo sobre la novela latinoamericana (a. f., ¿1987?). Pero esta segunda edición sólo reproduce parte de la original y a su vez incorpora, como una especie de preámbulo, "La soledad de América Latina", el discurso de García Márquez de aceptación del premio Nobel a fines de 1982. (regresar2)
3 Mario vargas Llosa: "La literatura es fuego". Cf. Mundo Nuevo, Paris, núm. 17, nav. de 1967, págs. 93-95.(regresar3)
4 Mario Vargas Llosa, Historia de Mayta, Barcelona, Scix Barral, 1984. (regresar4)
5 Simón Alberto Consalvi, "Un premio inobjetable"(discurso previo al de Vargas Llosa). Cf. Mundo Nuevo, Paris, núm. 17, nov. de 1967, págs. 92-93. (regresar5)
Banco de la República Biblioteca Luis Ángel Arango
Colombia
Encontrado en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/boleti5/bol22/boleraz.htm