El editor de cien años
Por: WINSTON MANRIQUE SABOGAL (Corresponsal de El Espectador). MADRID
...Y el olvido sobre un coronel al que no le escribían sería la mejor carta de recomendación de Gabriel García Márquez. Eran las vísperas del no olvido. Era mediados de 1966 cuando el argentino Francisco Porrúa, de la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, leyó El coronel no tiene quién le escriba, y quiso, de inmediato, reeditarlo junto a los otros cuatro libros de Gabo. Pero como no se podía, el escritor le ofreció a cambio uno que estaba terminando, y que al final saldría el martes 30 de mayo de 1967, en el alboreo de su leyenda, bajo el nombre de Cien años de soledad.
Son los primeros treinta años de su historia que para Porrúa, tal vez, y sólo tal vez, habría podido desbordarse desde menos páginas. Como sea, desde aquellos predios de las 250 páginas originales, Macondo y los Buendía deben estar tan alegres como una parranda mamagallística de las que saben armar. Como la formada en mitad de su propia historia cuando lograron darle gusto a su creador para editarlos donde él soñaba; cuando antes de la primera edición improvisaron la carátula de su presentación en sociedad; cuando recién empastados vendieron en un santiamén sus primeros 8.000 ejemplares; cuando a las dos semanas pusieron a correr a la editorial tras agotar el papel para la segunda edición, cuando provocaron que en América Latina uno tras otro y uno tras otro los preguntara en las librerías sin encontrarlos; cuando...
¡Bueno!, mejor escuchar en quien reposan los últimos recuerdos de los Buendía antes que dejaran ese mundo, al darles el impulso a los predios del no olvido. El de la mirada más lejana, que así como no dudó en ver lo que guardaba Cien años de soledad, notó que García Márquez no sólo habla como sus personajes sino que es probable que ignore su propia soledad. Ese editor de 74 años que desde Barcelona se convierte en un acordeonista de evocaciones, como fiel heredero de uno de los personajes de la obra, para ser hoy Francisco el Hombre:
E.E.: ¿Cómo se enteró de la existencia de García Márquez?
F.P.: Creo que fue en el 66. Me enteré cuando llegó a Argentina Juan Luis Harss, un chileno amigo que escribió un ensayo periodístico-literar titulado Los Nuestros, sobre la nueva literatura de América Latina, que quería editar en Sudamericana. Leí ese libro y entre los 10 autores que mencionaba sólo había uno que desconocía: Gabriel García Márquez.
(Y su memoria se detiene un instante... para reanudar afanado:).
Estaba al lado de Borges, Rulfo, Onetti, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa y otros grandes. Por eso lo primero que se me vino a la cabeza fue “¿Quién es?”. Le pregunté a Harss, que, además de algunos comentarios, me prestó El coronel no tiene quién le escriba. Me sorprendió mucho.
E.E.: ¿Qué vino después?
F.P.: Como El coronel me gustó tanto, indagué si había publicado más. Quería leerlas y conocerlo más y acudí de nuevo a Harss. Me prestó otros tres libros.
Justo, entonces, un recuerdo le envía el recado que fue así como al tal García Márquez, que no le sonaba para nada en los 60, lo acabó de descubrir en La mala hora, de ver en La Hojarasca y de sentirlo en Los funerales de la Mamá Grande, libros que hasta entonces había editado el escritor.
E.E.: ¿Cómo le parecieron?
F.P.: Imagínese. Quería contactarlo. Le pregunté a Harss si tenía su dirección y teléfono. Me las dio y le escribí en seguida a Ciudad de México. Le pedí los derechos de El coronel y todos sus libros, pero me contestó que no podía porque ya estaban cedidos. A cambio me contó que tenía una novela nueva. Bueno, que la estaba escribiendo. Acordamos y me envió los cuatro primeros capítulos para que los leyera.
E.E.: Era “Cien años de soledad”.
F.P.: Sí. Desde el principio de la lectura comprendí que era una cosa nueva y admirable. No había duda. Entonces, como adelanto, Sudamericana le envió un sobre con US$$500.
E.E.: ¿Fue todo así de rápido?
F.P.: Sí, sí. Nunca hubo dudas de si convenía el libro, ni de la impresión de riesgo. Tuve la certeza total de que sería un libro aplaudido y uno de los grandes de la literatura latinoamericana. En septiembre de 1966 firmó el contrato que le habíamos enviado. Luego de ahí a la publicación en mayo fue muy rápido.
E.E.: ¿Qué lo llevó exactamente a tomar esa decisión?
(Y este Francisco el Hombre reaparece plácido por sus predios).
F.P.: Intuición de editor. De ver algo bueno en literatura. El mejor negocio para un editor es un buen libro que tarde o temprano encuentra sus lectores. Aunque casos como Cien años de soledad, son pocos.
E.E.: ¿En algún momento Gabo le expresó que quería publicar en Sudamericana?
F.P.: Al leer mi carta, como él diría: “Fue recibida como un mandato”, como una orden del destino. Evidentemente quería publicar fuera de México. En España estaba sólo Barral y de las editoriales del sur que florecían entonces, gracias al vacío dejado por el franquismo en España, Sudamericana era una con gran prestigio.
El duelista calla. Pero para irse más atrás y ampliar el repertorio. Sabe que era la editorial que Gabo deseaba porque le había permitido acercarse a Faulkner, a Borges, a Hemingway, a Rulfo, y a otros de sus autores. Ve claro. Un encuentro casi azaroso, porque en realidad fue Harss quien escogió Sudamericana y le sirvió de puente para llegar a García Márquez, a quien luego se le acercaría a través de El coronel.
E.E.: ¿Cómo es la historia de la carátula original?
F.P.: García Márquez quería que la hiciera el pintor Vicente Rojo y así se hizo, pero no llegó a tiempo. Entonces nos tocó improvisar una para salir del paso, no recuerdo muy bien cómo era... ¡Aahhh! sí, fue la de un galeón en medio de la selva. Ya en la segunda edición, en junio, el libro se hizo con la portada original, con la de Rojo. La de una especie de sellos donde se resumían elementos de la novela. Tan pronto llegó me pareció admirable. Resumía todo. (Una ráfaga de imágenes lo trae al presente). Ha sido una carátula insuperable. La mejor de todas las que se han hecho de Cien años de soledad.
E.E.: ¿Es cierto que en la primera edición se pensó en 5.000 ejemplares y en la segunda se quedaron sin papel?
F.P.: Sí, no estábamos muy seguros, pero luego al escuchar los comentarios de quienes iban leyendo el libro decidimos aumentar a 8.000. La historia de la segunda edición es que debimos sacarla pronto y como eran 10.000 nos quedamos sin papel unos días pero lo solucionamos rápido.
E.E.: Cuando el libro salió ya se hablaba de él, ¿cómo fue esa promoción?
F.P.: Al ser García Márquez poco conocido, hicimos una pequeña promoción con los medios. En Argentina la conexión entre periodismo y editoriales era muy estrecha. Ellos comprendieron que se trataba de algo que valía la pena. Luego hablamos con Tomás Eloy Martínez, director del semanario Primera Plana, y enviaron a Ernesto Schoó a que le hiciera una entrevista a García Márquez en su casa de Ciudad de México, para publicarla poco después del lanzamiento del libro pero otras noticias lo desplazaron. Finalmente el 20 de junio, cuando García Márquez llegaba a Buenos Aires su foto apareció en la portada de Primera Plana.
E.E.: ¿A cuántos idiomas ha sido traducida?
F.P.: Otro capricho del tiempo. Esto ya se sale de sus predios. Corresponde a quienes son ahora sus editores. Son algo así como 42 idiomas y lenguas, en incontables ediciones e inimaginables portadas.
E.E.: ¿En aquel momento, o ahora 30 años después, hay algo que le hubiera cambiado a Cien años de soledad?
F.P.: No, nada... el libro habría podido ser, quizás, un poco más corto. Aunque es el libro que depende de sus partes en un tono que empieza y termina.
E.E.: Según la reciente biografía de García Márquez, realizada por Dasso Saldívar, usted no estaba de acuerdo con algunas cosas...
F.P.: No tengo el menor recuerdo de eso. Es algo que cuenta Mutis, pero no recuerdo.
E.E.: ¿Cuántas veces habló con García Márquez antes de la publicación?
F.P.: Un par de veces nada más. Cuando le pedí la reimpresión de sus libros y luego aceptando la publicación de Cien años de soledad.
De repente los recuerdos le salen al paso para decir que hubo una más, cuando lo invitaron a Buenos Aires a la presentación del libro en junio...
E.E.: ¿Cuál fue su impresión al conocer a García Márquez?
(Ahí las evocaciones le parecen como un destello).
F.P.: Que era como sus libros y que hablaba como sus personajes. En cambio ahora la moda es separar lo personal de lo profesional. En mi experiencia, las voces de los autores ayudan a comprender la obra. Y en García Márquez son casi de tipo sentencioso y él habla así. Es una cualidad. Las cosas que dice están descritas como él lo dice en su libro. Tiene, además, una gran sabiduría popular y conocimiento de la gente. Le basta una sola mirada para comprender los secretos de la gente. Y creo que es un gran solitario. Es posible que ignore su propia soledad y no vive tal como es. Si se mira su obra, muchos de sus personajes son enormemente solitarios.
E.E.: ¿Qué le causó esa impresión de soledad en García Márquez?
F.P.: A través de nada particular. Nada concreto. Simplemente una impresión de ver cómo habla con los demás y el mismo tono sentencioso de sus personajes. Le falta un tono intimista. Hay una cosa que él no deja salir. Aunque en muchos sentidos es un tono caribeño.
Y aquí termina el itinerario de este Francisco el Hombre zurcidor del tiempo. Del último pasaje de Cien años de soledad en sus dominios de editor. Ha concluido recordando la unión del tono caribeño entre el autor y su creación. Tal vez el que ha permitido que los Buendía sigan haciendo de las suyas...
Porrúa, el lector desconocido
Cuando las letras de Gabo llegaron a sus manos, Francisco Porrúa no era un novato. Al apostarle en 1966 a la edición de Cien años de soledad, ya había hecho algo parecido con Rayuela, de Cortázar, y con obras de Juan Carlos Onetti y Leopoldo Marechal.Porrúa llegó en 1956, con 22 años, a la editorial Sudamericana de Buenos Aires. Dos años más tarde pasó a ser el lector oficial de la editorial, “el lector desconocido”: las obras pasaban por sus manos para dar el concepto; así que cuando el autor preguntaba quién lo había dado, la respuesta del director era: un “lector desconocido”.
Más tarde Porrúa fundó la editorial Minotauro, y trabajaba simultáneamente en las dos. A comienzos de los 60 asumió como director literario donde estuvo hasta 1977. Luego viajó a España y siguió vinculado hasta 1993.
Ahora, con Minotauro desde Barcelona, Porrúa sigue leyendo, sigue apostando. Es ante todo un editor que se dedica a autores y no a obras.
En general sus autores preferidos de este siglo son Kafka y Proust, pero también Celine y Joyce.
De Gabo, además de Cien años... que considera obra maestra, le gustan El coronel no tiene quién le escriba, El otoño del patriarca y luego El amor en los tiempos del cólera; sobre todo el comienzo y el final “por ser muy novedoso y estar escrito en otro tono. Aunque hay capítulos no económicamente necesarios”.
Sobre las casi inevitables tentaciones de escribir para un editor como él dice tener facilidad para hacerlo, pero aclara que “una cosa es la habilidad y otra la necesidad. Y el escritor tiene que tener la necesidad de escribir. Hacerlo genuinamente. Y yo, para nada”.