Gabo Contesta
Hoja Por Hoja Y Diente Por Diente

Por Gabriel García Márquez


La primera versión de El Otoño del Patriarca la empecé en Caracas en 1958. Era una narración conformista y lineal, en tercera persona, sobre un dictador imaginario del Caribe construido con pedazos de muchos, pero con el modelo central del venezolano Juan Vicente Gómez. No había avanzado mucho en la escritura cuando viajé a La Habana como reportero para asistir al juicio público de un general de Fulgencio Batista acusado por la justicia revolucionaria de toda clase de crímenes de guerra. El juicio duró una noche completa en un estadio abarrotado y en presencia de periodistas de todo el mundo. Al amanecer, el general fue condenado a muerte y fusilado días después.

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Fue una terrible lección de la realidad contra las veleidades de la ficción, que me obligó a cambiar la forma convencional de la novela por una tan desgarradora y compleja como la que vivimos aquella noche. Por ejemplo: que el propio dictador decrépito contara su vida completa en las diez horas del juicio. Las primeras líneas para el libro me las había dado el mismo reo cuando subió a la tarima cegado por las luces brutales de los fotógrafos, y ordenó con su autoridad intacta: "¡Coño, quítenme esas luces de la cara!". Muy pronto me di cuenta de mi error. El monólogo interior del personaje condenaba la novela a no tener más razones que las del dictador, ni más voz que la suya. ¿Qué hacer? En esas dudas estaba cuando me derribó por asalto el cataclismo de Cien años de soledad, y no tuve vida para más.

Por esos mismos años, Carlos Fuentes hizo pública su idea de que cada uno de los novelistas latinoamericanos escribiera una novela sobre un dictador de su país respectivo para una serie editorial cuyo antetítulo común sería Los padres de las patrias. Alejo Carpentier publicó entonces El recurso del método, y Augusto Roa Bastos publicó Yo el supremo. Miguel Otero Silva anunció una biografía de su compatriota Juan Vicente Gómez, que nunca terminó, y Julio Cortázar estaba documentándose sobre la errancia secreta del cadáver de Eva Perón. A Carlos Fuentes le oí decir en privado que estaba preparando la novela del general Antonio López de Santana, que perdió más de la mitad de México y todo el oro de California en sus guerras contra los Estados Unidos, y enterró con honores imperiales su propia pierna amputada por causa de una herida.

Mi único problema en aquellos días era retomar el hilo de mi vida, pues lo más difícil de Cien años de soledad no fue escribirla sino quitármela de encima. No por culpa mía sino de los lectores nuevos, que esperaban de mí más de lo mismo, cuando mi propósito era el contrario: no repetirme. Buscando la puerta de escape, escribí en Barcelona una serie de cuentos que en realidad eran experimentos técnicos, de estructura y estilo, en busca de una fórmula propia para la novela del dictador. Dos de esos cuentos -Blacamán el bueno vendedor de milagros y El último viaje del buque fantasma- eran ya modelos bastante elaborados de la retórica que me hacía falta.

Reconozco que eran imitaciones descaradas del monólogo de Marion Bloom en el Ulyses de Joyce. Pero lo que yo pretendía no eran monólogos de una sola persona, sino monólogos colectivos de las muchedumbres, enfrentados al monólogo solitario del dictador. Y aquí va la respuesta a la pregunta del lector: la puntuación en El otoño es un abuso mínimo en medio de la transgresión total de la gramática. O mejor dicho: un simple alivio respiratorio en una frase dicha desde los distintos puntos de vista de una multitud, con verbos que cambian de género, de número, de tiempo y de persona dentro de la misma frase, según los cambios de los que hablan, y no según lo que ordena don Andrés Bello.

¿Y semejante embrollo para qué? Para un servicio de condensación y síntesis, sin el cual el libro habría tenido dos mil o tres mil páginas, y sería mucho más fragoroso y aburrido de lo que es. Para colmo de peras en el olmo, la primera edición española de Plaza y Janés -por un defecto de fábrica- se desencuadernaba a medida que se leía, lo que dio origen a un chiste merecido: "Leí el otoño hoja por hoja y diente por diente". Fue un enorme fracaso de crítica y de librería, hasta que una nueva generación más compasiva lo puso en su lugar.

Respetado maestro:
Para muchas personas, la lectura de El Otoño del Patriarca es difícil por la extensión insólita de las frases. Al punto de que se ha dicho que es una novela escrita en una sola frase. ¿No habría sido más fácil para el lector, y más cómodo para usted, haberlo escrito con puntos aparte y puntos seguidos, y no sólo comas?
Alberto Bernal
Bogotá