Gabo Contesta
La Nostalgia De Las Almendras Amargas

Por Gabriel García Márquez


Humanistas y medio poetas, el secretario de la Otan Javier Solana y el general Wesley K. Clark han sido los encargados del bombardeo a Yugoslavia. Amigo del uno y conocido del otro, el Nobel explora esta triste paradoja.

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Jeremiah de Saint-Amour no tenía por qué estar en El Amor en los Tiempos de Cólera. Sin embargo cumplió muy bien la tarea que le fue encomendada, hasta el punto de que hoy no sería fácil concebir el libro sin él. Veamos: un problema capital en una novela es que la primera línea atrape al lector de un zarpazo. Para mi gusto hay dos grandes comienzos de Kafka. Uno: "Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto". Y el otro: "Érase un buitre que me picoteaba los piés". Hay un tercero cuyo autor no recuerdo, y que además cito de memoria: '' Tenía cara de llamarse Roberto pero se llamaba José". La primera línea de El Amor en los Tiempos del Cólera me costó sudor y lágrimas, hasta que se me ocurrió leyendo por casualidad una novela de Aghata Christie: "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".

La dificultad siguiente era que la frase inicial sostuviera en vilo al lector hasta que fuera atrapado por la fascinación del relato. No muchas novelas lo consiguen. Los amores de Florentino Ariza y Fermina Daza son un cuento parsimonioso y sutil, y requerían de un antecedente inolvidable para engolosinar al lector. La solución fue el suicidio de Jeremiah de Saint- Amour, un recuerdo brutal de mi infancia con suficiente fuerza dramática para sostener la tensión hasta que el relato entrara en materia. Así fue: cuando eso ocurrió, ya el doctor Juvenal Urbino estaba instalado en la novela con los pies firmes sobre la tierra.

En la vida real, De Saint-Amour era un veterano belga de la primera guerra mundial que había perdido el uso de ambas piernas en un campo minado de Normandía. Había llegado a Aracataca en el torrente migratorio de la fiebre del banano, con un par de muletas primorosas talladas por él con incrustraciones de cuerno. Se llamaba Don Emilio y se le conocía también como El Belga, pero preferí para la novela un nombre más lírico entre profeta plañidero y teólogo francés. No era fotógrafo de niños, sino maestro de orfebres, como mi abuelo, y protegido suyo. Nunca se le conoció mujer, pero la que aparece en la novela era un secreto sagrado que le reveló al abuelo. Parece, además, que odiaba a los perros y el que le puse en el libro fue por una debilidad del corazón.

Su amistad con el abuelo había sido inmediata, debido tal vez a la pasión común por la orfebrería. Mi abuelo lo ayudó a instalarse en el pueblo, y él ayudó al abuelo a mejorar su ajedrez, lo inició en el vicio del cine y le enseñó a hacer los célebres pescaditos de oro. Para mi fue un personaje abominable, porque las noches en que el abuelo me llevaba a sus partidas de ajedrez, me carcomía el horror de que necesitaran tantas horas para mover las fichas, y no veía que al final pasara nada.

No tenía más de seis años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer que al abuelo le dieron la noticia del suicidio un domingo de agosto cuando salíamos para la misa de ocho. Me llevó casi a rastras a la casa de El Belga, donde lo esperaban el alcalde y dos agentes de la policía.

Lo primero que me estremeció en el dormitorio desordenado, fue el fuerte olor de almendras amargas del cianuro que El Belga había inhalado para morir. El bulto del cadáver cubierto por una manta estaba en un catre de campamento. A su lado, sobre un banquillo de madera, estaba la cubeta donde se había vaporizado el veneno, y un papel con un mensaje en letras perfectas dibujadas a pincel: "No culpen a ninguno, me mato por majadero".

Nada perdura en mi memoria con tanto ahínco como la visión del cadávercuando el abuelo le quitó la manta de encima. Estaba desnudo, tieso y torcido, con el pellejo sin color cubierto de una pelambre amarilla, y sus ojos de aguas mansas me miraban como si siguieran vivos. Mi abuela Tranquilina Iguarán lo predijo cuando vio la cara con que regresé a casa: "Esa pobre criatura no volverá a dormir en paz por el resto de su vida". Así fue: la mirada del muerto me persiguió en sueños durante muchos años.

El recuerdo de aquel día fue también el eje central de La hojarasca, mi primera novela, escrita a los veinte años. Pero nadie parece haberlo advertido. En ambos casos queda claro que lo que me interesaba del personaje no era su vida sino su muerte. En El Amor en los Tiempos del Cólera tuve que escoger entre inventarlo como un personaje largo y sin nada que hacer, sólo por artes de fantasía, o dejarlo como fue para mi: abrupto pero inolvidable. No lo dudé. Un personaje que se queda sin oficio en una novela no tiene sino uno de dos destinos: o destruye la novela o la novela lo destruye a él. Jeremiah de Saint-Amour, en cambio, ha pasado la prueba de fuego de que los lectores pregunten por él a pesar de su protagonismo efímero.

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