La novela oral de Dasso Saldívar (II)

Por: ELIGIO GARCÍA MÁRQUEZ (Especial para El Espectador, Santafé de Bogotá).


III. Escritura (y reescritura) de La Hojarasca

En el mismo tenor, reiterativas y categóricas, son las afirmaciones de Saldívar sobre la escritura de La Hojarasca y sus supuestas cinco versiones, no obstante las aclaraciones del propio novelista a él y a otros periodistas, que el mismo Saldívar cita. “Contra las afirmaciones de la mayoría de los biógrafos del escritor –dice en la página 499– y a pesar de que éste fechara la novela en Barranquilla en 1950, La Hojarasca fue escrita durante el período de Cartagena, estando lista la primera versión en mayo/julio de 1949”.

Saldívar asegura lo anterior sin tener en cuenta, por lo menos, que en el prólogo de Textos Costeños, primer tomo de la obra periodística de García Márquez publicado en 1981, el investigador francés Jacques Gilard cita una carta de Germán Vargas a Ramón Vinyes, “el sabio catalán”, donde le dice: “Gabito abandonó La Casa y parece estar metido en otra novela”. Fecha: septiembre 30 de 1950. El documento incuestionable, por su fecha y su fuente fidedigna, fue descubierto por Gilard en los archivos de Ramón Vinyes en Barcelona.

Y en Un Ramo de no olvides, Arango transcribe a su vez una carta que García Márquez le escribe en diciembre de ese mismo año 50, o sea, dos meses después de la de Germán Vargas Vinyes, a su amigo momposino Carlos Alemán, residente en Bogotá. Escrita en minúsculas y sin puntos ni comas, en ella le habla del “novelón” que está escribiendo. El tema sigue siendo el mismo sugerido por García Márquez en los fragmentos publicados ese año en la revista Crónica y en El Heraldo: el derrumbamiento físico y moral de la casa donde viven el coronel Aureliano Buendía, su esposa doña Soledad y una de sus hijas, “la niña”, pero hay ya dos alusiones concretas a la negativa de todo un pueblo para darle sepultura a un cadáver, el tema central de La Hojarasca: “tú sabes que quince años nadie había querido enterrar gregorio que era esclavo del coronel y éste lo enterró sólo en el patio bajo el almendro (...) es como si eso sucediera en mompós bueno eso es para que veas como va el novelón”.

Pero como Saldívar parece olvidar o no conocer estos textos, recurre entonces una vez más a la frágil memoria poética: “(Gustavo Ibarra Merlano) aseguró, con su memoria fresca y ordenada, que podía “dar fe de que en el tiempo que yo leía (La Hjarasca) figuraba la palabra Macondo”, es decir, “antes de 1949”.

Esto es lo que dice Saldívar que le contó Gustavo Ibarra en 1994. Este poeta y abogado cartagenero nació en 1919. Es decir, en ese 1994 su “memoria fresca y ordenada” tenía 75 años. Once años antes, en 1983, con una memoria probablemente más “fresca y ordenada”, Ibarra le aclaró al periodista Roberto Montes Mathieu, en entrevista publicada en la Gaceta de Colcultura, a propósito de la lectura de La Hojarasca.

“Sí. Gabriel García Márquez llegó a mi casa por allá en 1951, con los originales de su primera novela... me mostró la novela, la leí, y desde la primera página sentí una emoción indescriptible. Toda La Hojarasca gira en torno al problema de entumbar el cadáver del doctor... (...) Este es el tema de Antígona de Sófocles... (...) Yo le dije: Gabriel, este es un tema de Sófocles. El abrió los ojos y exclamó: ¡¿Cómo?! Y se interesó de inmediato en la lectura”.

Pero el documento más fiel es el testimonio del novelista, su carta Autocrítica a GOG, de 1952: “¿Tú crees que yo sería tan idiota para dedicarle a un libro un año entero –como sucedió con La Hojarasca– para salir a la postre con un esperpento? No, compadre, soy demasiado perezoso para cometer esa tontería”.

En ese entonces, aún no lo habían acribillado los críticos con la abrumadora influencia faulkneriana, ni sus amigos del Grupo de Barranquilla necesitan de la defensa del novelista para resaltar la importancia de ellos dentro de su formación literaria y personal, razones que Saldívar atribuye a Gabo en la insistencia de éste de que La Hojarasca no tuvo las cinco versiones, como dice Saldívar, sino que fue escrita casi que inspirado, de un solo jalón, en Barranquilla y Cartagena entre 1950 y 1951, luego del viaje con su mamá a Aracataca, y justo como resultado de la estremecedora experiencia del mismo.

IV. El viaje a Aracataca en compañía de su madre
“En las primeras versiones del libro –dice Saldívar en la página 513–, manejé la fecha aproximada del viaje (a Aracataca con su mamá) que me dio García Márquez en nuestras conversaciones de México: entre el 25 y el 28 de febrero de 1950, el año que han manejado siempre sus amigos de Barranquilla y ciertos biógrafos y estudiosos. Sin embargo, sabiendo que ésta es una fecha trascendental en la vida del escritor y que éste suele trasponer los años en sus referencias autobiográficas, pensé que debía constatar este dato con su madre y sus hermanos. Doña Luisa Márquez, próxima a cumplir noventa años, no se acordaba bien del año, pero su hija Ligia, “la historiadora”, me dijo que el viaje de su madre y su hermano para vender la casa de los abuelos no podía haber sido en 1950, sino en 1952, cuando llevaban un año residiendo en Cartagena.. Luego su hermano Luis Enrique me confirmó 1952 como el año del viaje.

Ante los comentarios de las revistas Cambio 16 y Semana sobre el desmentido oficioso de García Márquez a ésta afirmación, Saldívar respondió a Semana que “la contextualidad del relato y mi sexto sentido de biógrafo sabueso, me indicaron que ese (1950) no podía ser el año de tan trascendental regreso”. Y una vez más, muy astutamente se escuda primero en las fuentes aparentemente incontrovertibles de los dos hermanos del novelista, Luis Enrique y Ligia, haciéndoles coincidir sus recuerdos con la frase de García Márquez en la carta Autocrítica a GOG de marzo de 1952. “Acabo de llegar de Aracataca”.

Sólo que, como siempre, Saldívar al citar a los hermanos se apoya en los datos frágiles de la memoria. Lo cual, si de memorias se trata, el propio García Márquez tendría un argumento personal, íntimo, para él irrebatible en su recuerdo: que se costeó el viaje con cinco pesos que le prestó Ramón Vinyes, y éste regresó a Barcelona para no volver jamás a Barranquilla en abril de 1950. Pero como este dato carece de sustentación documental, es mejor no tenerlo en cuenta para un argumento en contra de la tesis de Saldívar.

Es más, habría llegado a la verdad tan buscada si hubiese partido de un documento tan transparente como es esa misma carta Autocrítica (que tanto cita y mal interpreta siempre), y de las Jirafas que en marzo de 1950, luego del viaje a Aracataca, escribió García Márquez.

El problema es que incluso cuando recurre a documentos, y no obstante las evidencias, Saldívar los tergiversa, acomodándolos a sus propias obsesiones. “Así que no había ninguna duda –escribe, categórico, en la página 513–: el viaje del escritor y su madre para vender la casa de los abuelos fue en 1952. El mes fue marzo, como quedó registrado en la Autocrítica, en la que García Márquez le confiesa a su amigo y coterráneo Gonzalo González: “Acabo de llegar de Aracataca...” y le describe “el estado de ruina y soledad en que encontró su pueblo”.

En aras de la honestidad profesional, Saldívar debió transcribir íntegro el párrafo, o al menos la frase siguiente: “Sigue siendo...”. O sea, García Márquez no dice: “encontré a Aracataca”, dice: “Sigue siendo una aldea polvorienta, llena de silencios y de muertos”. Y Saldívar también debió transcribir otra más adelante: “En esta ocasión me aventuré a ir, pero creo que no vuelva solo, mucho menos después que haya salido La Hojarasca”.

A cambio de esas frases, Saldívar prefiere argumentar: “La fecha aproximada: hacia la primera semana de marzo, se deduce del hecho de que, durante esa semana, el escritor dejó de publicar su columna La Jirafa en El Heraldo, cosa que hacía cada que se ausentaba de Barranquilla”.

Con ese mismo argumento, Saldívar habría podido verificar fácilmente, revisando Textos Costeños, que también en febrero de 1950, entre el 18 y 28, García Márquez suspende La Jirafa, y no durante una semana sino casi dos. Excepto un día, el del jueves 23 cuando publica En el velorio de Joselito. La reanuda de manera regular el 1° de marzo de 1950, con una nota titulada Visita a Santa Marta, y que inicia: “Una grata invitación me mantuvo alejado por algunos días de estos agradabilísimos predios”.

Pero, “el sexto sentido de biógrafo sabueso” sólo parece alcanzarle a Saldívar para controvertir al novelista y “sus amigos de Barranquilla y ciertos biógrafos y estudiosos” de la fecha tan trascendental del viaje a Aracataca; para ser el pionero, el que dice la última palabra sobre la fecha verídica. Ser “el biógrafo”.

La realidad es que la casa de los abuelos no se vendió en ese viaje de Gabo con su mamá a Aracataca, en 1950, ni tampoco en el de 1952.

Si hubiese partido esta premisa, es decir, que cuando García Márquez fue con su mamá en febrero de 1950 la casa no se vendió, Saldívar se habría ahorrado, al menos, la cantidad de argumentos falsos e inútiles, y no se habría enredado, ni habría enredado la vida de Gabriel García Márquez como lo ha hecho, haciendo retroceder incluso todo el trabajo, éste sí riguroso, de varios de sus antecesores que él tanto cita pero que igualmente tanto demerita.