Gioconda Belli: «Sin mis errores no sería quien soy»
La misma contundencia que ha puesto Gioconda Belli (Managua, 1948) en sus memorias se transparenta en su conversación. Como las páginas de El país bajo mi piel (Plaza & Janés), las palabras de la escritora nicaragüense autora de novelas como La mujer habitada (Salamandra), poemarios como Apogeo (Visor) y, en su día, destacada figura del Frente Sandinista son un torrente de dualidades que no se excluyen: lo privado y lo público, la literatura y la política, el entusiasmo y la desilusión, el amor y la guerra.
Erotismo, feminismo y revolución son las tres palabras que suelen usarse para hablar de su obra. ¿Se ve retratada?
A mí, por definición, no me gustan las definiciones. Se ha destacado el erotismo en mi obra porque es un género al que tradicionalmente no se acercaban las mujeres. Yo he defendido y celebrado el hecho de ser mujer desde una perspectiva más vital que militante. Mi militancia no ha sido sólo por el feminismo, sino también por un movimiento de liberación nacional. En El país bajo mi piel he tratado de mezclar los dos planos: el íntimo y el colectivo.
El mundo de la mujer, como tema, atraviesa su obra, pero ¿cree que existe una escritura femenina?
La discusión me parece peligrosa porque el sexo de un escritor no me parece un elemento que aporte calidad literaria, que es lo único que importa en la escritura. Dicho esto, es posible que una mujer escriba con mayor conocimiento que un hombre sobre, por ejemplo, su propio cuerpo. Pero el tema es muchas veces lo de menos en la literatura.
¿El placer puede ser revolucionario?
Sí, y la revolución, erótica, porque es algo vital. Lo que nosotros nos planteamos en Nicaragua era dar vida a un país sometido a 45 años de dictadura. Es algo parecido a lo que pasó aquí tras la muerte de Franco: otra revolución erótica, una liberación de la forma de pensar y de vestir, del cuerpo, de la ciudad... Al desaparecer una dictadura hay una fuerza vital que se libera.
¿No se arrepiente de nada, como dice en uno de sus poemas?
No. Bueno de dos o tres cositas, pero incluso esas cosas fueron importantes para mi crecimiento. Sin los errores que cometí no sería quien soy. La vida, como la Historia, como la evolución es un proceso de prueba y error en la que lo uno no se da sin lo otro.
De todos los momentos que cuenta en El país bajo la piel, ¿cuáles fueron los más duros?
Un aborto que tuve, la muerte de muchos compañeros, la derrota en las elecciones en el 90 del Frente Sandinista... He pasado momentos muy dolorosos, pero son parte de mi vida. Me hicieron valorar otro montón de cosas buenas.
¿Cómo se pasó en Nicaragua de la euforia al desencanto?
Hay que decir que las experiencias revolucionarias de los 70 y 80 tuvieron un valor inconmensurable. Las derrotas no nos pueden hacer perder de vista que fue una época llena de dignidad, solidaridad y coraje. Yo quería hablar de la necesidad de trascender la propia individualidad y de participar en proyectos colectivos. Reivindico el valor de los sueños.
Pero es muy crítica con algunos dirigentes sandinistas. ¿Cuál fue su mayor error?
El autoritarismo, la inmadurez, el machismo político... A eso hay que añadir la agresividad de la Administración Reagan. Chocaron la tozudez sandinista con la visceralidad reaganiana, y esa mezcla tuvo un resultado fatal para Nicaragua.
¿Su balance es positivo?
Fracasar no es claudicar. Es lo que trato de subrayar en el libro: se terminó con una dictadura y, sobre todo, se demostró que los proyectos colectivos no sólo son necesarios sino que son capaces de cambiar el curso injusto de la Historia.
¿Cuál es su visión de la Nicaragua actual?
Estamos a las puertas de unas elecciones en las que hemos pasado de tener veintitrés partidos, algo excesivo, a tener tres, algo preocupante. Se han ido cerrando los espacios democráticos.
Fidel Castro es uno de los personajes que pasan por su libro. ¿Qué opina de él?
Respeto y admiro mucho a Fidel Castro. Logró cosas extraordinarias para su pueblo, pero se estancó. Necesita una renovación, de su pensamiento y de sí mismo. Hace falta otra persona. Cuando una persona o una política no se renuevan, hay algo que no funciona.
En sus memorias puede rastrearse el origen de algunos de sus poemas. ¿Cómo establece las fronteras entre la prosa y la poesía?
El poema no es algo premeditado, me pasa a mí, me asalta. El material narrativo lo asalto yo. Hay un proceso más arquitectónico en su construcción. Un poema es más primario, más esencial e íntimo. No obstante, mis poemas están llenos de memoria.
Javier Rodríguez Marcos
Encontrado en: http://abc.es/cultural/historico/semana-67/fijas/entrevistas/entrevistas_003.asp