Hernán Neira


Ameland


Cuento finalista del Premio Juan Rulfo, París, 1990 y publicado en la colección de cuentos
A golpes de hacha y fuego
Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995
Más información en www.neira.cl
hneira@uach.cl

 

Recuerdo que era niño, muy niño, cuando me llamó mi padre y me dijo:
- ¡Si te embarcas te corto una pierna!
Su voz era clara y grave, y yo, que no le llegaba a la cintura, tuve miedo.
Luchó para conseguirme un puesto en tierra y para trasmitirme el odio que le tenía él al mar, el mismo que le tenían al océano sus hermanos y toda su familia, pescadores porque en los campos ya no había qué comer. Me prohibió navegar y, cuando hablaba de pesca, sólo contaba tormentas, ahogos, granizos, huesos adoloridos y manos congeladas por un oficio que apenas permitía subsistir. Muchas veces, cuando la familia se reunía en torno al fogón, le oía repetir las más terribles amenazas.
No, no fui pescador ni tampoco campesino. Se produjo un hecho que vino en ayuda de mi padre, aunque jamás sabré si en la mía. El gobierno dictó una ley: enseñanza gratuita y obligatoria para todos. Meses después, el mismo día que me iba a embarcar por primera vez para contribuir a alimentar a mi familia, vino un policía, me sacó a tirones de un bote y me llevó a la escuela. Mi padre guardó un silencio severo y mi madre lloraba, pero comprendieron que por primera vez alguien en la familia escaparía al destino del mar, es decir al del hambre. Ni mi padre ni mi madre sabían lo que era la escuela, nunca se habían sentado en un pupitre. Me sentía extraño. Era el único de los niños de la bahía que había dejado la pesca; los demás, con la complicidad de sus padres, se habían escondido en cuanto aparecieron los policías. No sé lo que me enseñó la escuela, sólo sé que mi padre me azotaba para que aprendiera a leer, a sumar y a restar. A veces, cuando se enfurecía, volvía esgrimir las amenazas de antaño, no para impedir embarques, sino para que estudiara:
- Cuidado, soy capaz de romperte los huesos -dijo una vez que olvidé hacer las tareas.
Pasé esos años, dos o tres, sin comprender con qué finalidad debía oír al maestro; en mi medio no conocíamos a nadie que hubiera ido a la escuela y me sirviera de ejemplo. Esas eran cosas de la capital o del puerto y yo nunca había salido de una bahía lejana y perdida. A una edad en que los jóvenes dominaban redes, cabos y embarcaciones, a una edad en que ya se sentaban al caño y gobernaban las naves bajo la mirada de sus padres, había aprendido a leer, pero me mareaba de sólo subir a un velero.
Mi padre murió. Mis tíos hablaron con mi madre y tomaron la decisión por mí: no podía seguir en la escuela, tenía que aprender un oficio y ganar sin demora mi propio sustento. Un día el sacristán me mandó llamar. Las sotanas y las iglesias me daban miedo. Traté de huir, pero fue inútil. Mi madre, que no había faltado en toda su vida a una misa, me agarró de un brazo y me llevó a la iglesia. Algo se dijeron que no recuerdo. A los pocos días me sacó al camino, me dio un abrazo de despedida, echó unos cuantos lagrimones, me besó y me encaramó en la carreta que periódicamente pasaba por la bahía. Un hombre me sujetó desde arriba, ella me volvió a besar y partí.
- ¡Arre! -dijo el conductor a los caballos, que salieron al trote.
Desde mi asiento, sin comprender a dónde me llevaban, me quedé mirando fijo a mi madre, haciéndose cada vez más pequeña. Me puse a llorar, pero pronto atravesamos una colina, dejamos atrás la bahía y me entretuve con un paisaje por completo distinto del que conocía y que contemplaba por primera vez. Debía tener diez u once años, no estoy seguro, jamás he tenido certificado de nacimiento. Me instalaron en un internado religioso donde aprendí algo de talabartería y desde entonces sólo vi a mi familia durante el verano. De esa época no tengo otros recuerdos, todos se borran hasta un día en que me separaron de mis compañeros:
- Pareces listo, irás a la escuela del mar ?-dijeron.
Temí que me hicieran pescador, pero fue muy distinto. No aprendí ni a deslizarme en las olas ni a lanzar redes, en cambio aprendí a limpiar cristales y espejos, a recortar la mecha, a mezclar bien los aceites y a interpretar las señales de socorro. No sería pescador, me habían hecho guardafaros. Veranos más tarde, cuando terminaron los cursos, un sorteo quiso que me destinaran a Ameland.
Todos eludían ese destino; Ameland, a unas cien leguas del continente, era, y todavía lo es, una isla rodeada de bajos fondos donde no se cuenta el tiempo por años sino por mareas. En el continente todos saben cuánto duran sus ciclos, pero allí, en medio del mar, unos dicen que meses, otros que años, y hay quienes afirman que suben o bajan ignorando toda regularidad. A Ameland no era sólo agua lo que la rodeaba, sino bajos fondos de arena y, más lejos, un anillo de escollos rocosos que ninguna carta ha podido fijar. Las olas los cubrían y descubrían sin dar tiempo ni a pasar por ellos ni a tirar las sondas. Ninguna embarcación de calado, ni siquiera con quilla retráctil, podía acercarse. La arena hacía imposible construir muelles, no había más remedio cada vez que se iba de pesca que tirar los bous con un remolque al que se enganchaban caballos hasta que fuera posible navegar.
Algunos, los más pesimistas, contaban que había fosas y que de golpe, en medio de una pendiente apenas inclinada, un remolino podía crear cavidades de las que hombres y caballos, si caían, jamás podían salir. Cada retorno o cada salida se realizaba con mil precauciones, todos pisaban dos veces antes de decidir apoyarse en el fondo. En esos momentos el nerviosismo era general. Tanto se cuidaba a animales y barcos que en la isla valía más un caballo o un velero que un hombre. Los animales parecían sagrados; el frío y la inhospitalidad de la isla, más la escasez de pasto, hacían difícil satisfacer las necesidades de una yegua al parir. Con los bous existía la misma veneración; Ameland carecía de árboles y para construir la más pequeña de las naves debían encargar las tablas al continente con una o tal vez muchas mareas de anticipación.
Regresar era más difícil que partir. Con la quilla arriba, los barcos derivaban a merced del viento o de corrientes y, a veces, ni los más viejos pilotos podían mantener la ruta. Las naves, cargadas con pesca, bajaban algunos centímetros su nivel de flotación. En playas tan largas, hundirse apenas bajo la línea hacía tocar el fondo centenas de metros lejos de la costa. Los bous, como ballenas que hubiesen varado, arrastraban difícilmente el casco, muchas veces las maderas crujían y parecía que todo iba a saltar. Los bajos, móviles, impedían atenerse a una ruta fija o seguir un alineamiento en relación a Ameland. Rara vez la arena permanecía en el mismo sitio y a diario se producían cambios, medio o a lo más un metro, pero obligaban a acercarse a tientas como si fuera siempre la primera vez.
Inabordable desde el continente, la isla tampoco lo era por alta mar. Las corrientes eran demasiado violentas, apenas podían con ellas los clípers o los gigantes de cuatro o cinco mástiles cuyas quillas, de varios metros, impedían acercarse a las inmensas, a las infinitas playas de Ameland. Tantas eran las dificultades para llegar a ella y tan poco interés ofrecía que el continente y la isla, a fuerza de ignorarse, vivían como si más allá del mar no existiese tierra ni hombres. Pero un día, cada cierto tiempo, la marea subía mucho más que de costumbre, al punto que una nave pequeña, ligera y con quilla retráctil como los bous del continente, podí48a, a pesar de los azares de la navegación, ir y, sobre todo, volver.
Me embarqué un día de marea alta para tomar mi puesto en Ameland. A medida que nos aproximábamos el piloto levantaba, con una polea atada a medio mástil, una quilla pivotante que le permitía avanzar por la playa de escasa profundidad.
- Te pudrirás. Mírame, mira lo viejo que soy. Conozco bien la isla, participé en la construcción del faro. Cuando llegué era joven, pero cuando partí, mi rostro parecía una pasa y mis cabellos se habían vuelto blancos. Me lo dijeron al volver a tierra, yo no me había dado cuenta. Desde entonces nunca he dejado de venir, no sé por qué me envían siempre a mí cuando se trata de alimentar la torre de aceites y mechas. Durante años no he visto nada bueno; no me extraña que el anterior guardafaros quisiera irse. Cuando lo traje era como tú, los jóvenes son todos iguales, y después, bueno… Me lo llevé de vuelta en caja de tablas. Cayó, según dicen, desde la torre, que desde entonces ha permanecido abandonada. ¿Sabías que para Ameland jamás encuentran voluntarios?
El piloto apenas había terminado cuando uno de los marinos que lo acompañaban gritó:
- ¡De prisa, a trabajar, que cambia la marea!
Bajamos la carga, víveres, maderas, pienso, barriles de aceite y algunos metros de mecha. Los pusimos sobre arrastres, los mismos que se usaban para botar las embarcaciones por la suave pendiente de arena. Los caballos los tiraron a tierra. Cuando terminamos, sin tardanza, volvimos con los animales para desencallar el bou, cuyo casco comenzaba a apoyarse en el fondo. Los obreros subieron a bordo, el piloto izó las velas, que batían con la brisa, y puso rumbo hacia el continente. Me quedé solo y sin moverme. El agua me llegaba hasta los muslos. Sobre el hombro llevaba mis pertenencias, libros con instrucciones para mi trabajo y previsiones para el año próximo. No era gran cosa, pero mis pies se hundían en la arena y me costaba avanzar con el agua hasta la cintura.
No hubo recepción, nadie vino a saludarme y entré en el faro sin hablar con los isleños. Mi casa, de cemento, piedra y ladrillo, era la única que se levantaba sobre la superficie; las demás, mezcla de barro, arena y pieles, no tenían muros, eran como bohíos bajo túmulos, de metro y medio o a lo más dos metros de altura, cubiertos de hierba y musgo para conservar el calor durante los meses de invierno, que eran la mayoría.
Lo que más temía era la soledad y la ausencia de mujeres. Sin ser parte de un pasado que todos compartían, el aislamiento fue tanto más grande cuanto la isla carecía de colinas y de bosques donde esconderme. Pero pude soportarlo; mi padre, aunque no me enseñara su oficio, me había enseñado la resistencia y el hábito de la soledad propios de los hombres de mar. En la isla reinaba un orden patriarcal. Mujeres había pocas y casi todas, si no casadas, ya tenían marido por un acuerdo tácito entre las familias. Las relaciones eran de riguroso intercambio y la presencia de un extraño lo rompía; mis únicos bienes eran los víveres que compartí con ellos a cambio de pescado. Los varones no tardaron en hacerme ver que debía mantenerme a distancia de las jóvenes: "están ocupadas", "trabajan", "no las molestes", terminó diciéndome alguien en un tono amenazador que comprendí perfectamente aunque apenas comprendiera su idioma.
Me mantuve lejos, no tenía otro remedio. En ese tiempo me dediqué a contemplar el paisaje desde lo alto de la torre. En el horizonte, gris y húmedo, rara vez vi un barco que no fuera un bou de Ameland. Supongo que los grandes veleros pasarían de noche y que sus fanales, demasiado débiles, me impedían verles del mismo modo que ellos podían ver el faro. Eran como fantasmas a los que servía desde mi puesto sin poder percibirles jamás. Tanto oír de viajes y puertos lejanos, de buques enormes, de cubiertas alfombradas, de salones con baile y de mástiles como cipreses cuando yo, guardafaros e hijo de pescadores, no conocía más que humildes embarcaciones de pesca. Hubo días en los que me abatía el desánimo y en los que dudé de la utilidad del destello que yo mismo encendía.
Con el pasar del tiempo observé que entre las mujeres había una que se mantenía sola y que daba largos paseos por la playa, alejada de bous y pescadores. Me intrigó su aspecto y la falta de amistad o de camaradería con los habitantes de la isla. Mareika, poco más que adolescente, de carnes generosas, de cabello castaño e hirsuto, pálida, con grandes ojos marrones, gustaba, más que de voluptuosidades, de la meditación y de los grandes silencios. Deliberadamente hice cruzar nuestros paseos, pero al principio me evitaba. Me extrañó no verla sujeta al orden patriarcal de la isla y no sentir presiones para mantenerme también a distancia de Mareika. Pregunté a los isleños quién era esa joven, pero nadie quiso hablarme de ella ni darme explicaciones. Un día, por azar o por la desesperación que provocaba nuestra mutua soledad, logré romper su silencio. Nos encontrábamos en la playa y comencé a seguirla. Mareika apuró el paso, pero yo también. Terminó corriendo cada vez más de prisa, y yo detrás, agotándose ella y agotándome yo. Cuanto más quería escapar, más deseo tenía de alcanzarla, más deseaba a Mareika. Al final me adelanté a sus pasos y la agarré de un brazo. Mareika forcejeaba tratando de liberarse, pero no podía, yo la apretaba con fuerza aunque sin violencia. Tras unos instantes supo por mi mirada que no quería hacerle daño. Ni ella ni yo nos decíamos una palabra, no hubo gritos, insultos ni peticiones de ayuda. De pronto su resistencia cesó, quedándose inmóvil. Nos miramos sin decirnos nada, hizo un ademán de irse y la dejé partir. No fue lejos y se sentó en la arena. Pasaron algunos minutos en los que yo tampoco me atreví a moverme ni a hablar hasta que, algo confundido, me acerqué a ella y le dije:
- Hola.
- Hola -respondió con una mezcla de acento continental e isleño.
Caminamos por la playa, sin hablar, durante un largo rato. A veces se sentaba o mojaba sus pies. Yo la seguía, me sentaba cuando ella lo hacía y me mojaba los pies a su lado. Me dio frío y le dije:
- Vamos al faro.
- No.
- ¿Por…?
- Ya lo conozco.
- ¿Cómo?
- Mi padre era guardafaros. Llegué con él a Ameland cuando era pequeña.
- Oí que tuvo un accidente, que cayó.
- Mentira -cortó Mareika.
- ¿Mentira?
- Sí. Lo empujaron cuando decidió partir. Nunca le gustó la isla. Era mi única familia y me quedé sola. Un juez del continente habló con Ameland y la isla se hizo cargo de mí.
- ¿Te gusta la isla?
- Quiero irme.
- Vete.
- No puedo, no me dejan. Tampoco sé navegar ni qué podría hacer en el continente.
Dos extraños en esa tierra ingrata teníamos que entendernos: Mareika se instaló en mi casa a los pies del faro: dos habitaciones austeras, sin decoración y con escasos muebles. Mareika cambió mucho con nuestra vida en común. Cuando recién llegó a mi casa, no bien se dormía tenía pesadillas en las que se sentía caer. Tan desesperados eran sus gemidos que me desvelaban y, al verla sudando, con convulsiones, la despertaba poquito a poco, hablándole y acariciándola con dulzura. Al volver en sí se apegaba a mi cuerpo y se acurrucaba sumida en la más intensa desazón: entonces era como un bebé tortuga con caparazón trizado o un polluelo que necesitaba protección y calor. Todo ello desapareció, sus períodos de silencio disminuyeron y con el tiempo dejó su obsesión por escapar, que se transformó en un simple deseo de ver el continente del que tanto le había hablado su padre. Seguía queriendo partir, y yo también, pero ya no había premura ni urgencia. Marcharse ya no era un fin, sino un medio para vivir libres, para casarnos, para tener hijos y educarlos. Sin darnos cuenta, cuando hablábamos de la posibilidad de un regreso, comenzábamos a planearlo juntos. Mareika se hizo menos solitaria y menos pensativa, simplemente le gustaba estar conmigo y a mí con ella. Se estableció un acuerdo tácito por el que nuestras ocupaciones eran complementarias; juntos o separados, nuestro trabajo siempre servía a la subsistencia. Nuestra apoyo recíproco estaba ligado a nuestra vida en común y no podíamos imaginar una sin la otra; el amor era inseparable del trabajo destinado a satisfacer las necesidades más elementales.
Viéndome afincado en la isla y en la compañía estable de Mareika, que los habitantes nunca habían considerado propia de la isla y de sus clanes, desaparecieron los temores de que quisiera robarles una mujer. Un día, uno o dos años después de haber llegado, cuando vivía ya con Mareika, Ameland decidió tratar mínimamente conmigo y vinieron a hablarme. En la isla desconocían las autoridades del continente y no había más jefes que los patriarcas del lugar, entre los cuales uno mandaba más. Aquella tarde lo acompañaban su familia y algunos pescadores, pero, excepto su esposa y sus hijas, no había más mujeres con ellos. Mareika, que conocía mi idioma y el de ellos, hizo de traductora, aunque a veces se la llevaban aparte y le decían cosas que no me trasmitió. No debían ser agradables, su rostro denotaba sorpresa y disgusto, por lo que no le pedí explicaciones y supuse que me traducía lo esencial, evitando que en mí se levantaran suspicacias que hicieran difícil el diálogo. Los isleños no me preguntaron por el faro, ni por Mareika ni tampoco por mi vida en el continente, como si me hubieran despojado del pasado y ya no tuviera más vida que la de la isla. Me sentí extrañado y nada les dije. Hablamos de pesca, de vientos, de las formas de botar los bous y acordamos regularizar las entregas de víveres, que hasta entonces hacíamos de manera esporádica. Desde entonces, peridódicamente, aparecían en la madrugada, con tono amenazador, en las cercanías del faro.
La vida personal no existía para ellos, todo se resumía en un conjunto de actividades que cada cual desempeñaba con la misma naturalidad que se respira. Mis relaciones con los habitantes mejoraron, sin llegar jamás a la cordialidad. Comenzaron a saludarme al pasar, pero nunca me dejaron intimar con sus familias o entrar en sus casas: la organización de la isla, la vida interior de los bohíos y la historia de Ameland permanecían cerradas para mí.

Tras algunas mareas Mareika y yo quisimos un hijo. Decidimos que lo tendríamos en el continente y que había llegado el momento de partir, de dejar la isla en la que siempre habíamos sido extraños. Como guardafaros podía pedir que me trasladaran a una tierra menos abandonada, ¿no habría, en todas las costas del continente, ni una sóla torre que necesitara de mí? La escuela del mar jamás me negaría el cambio, los años pasados en Ameland contaban, por lo aislado, el doble que en el continente. Ni pescador ni campesino, no me imaginaba con otro oficio y menos aun buscando trabajo en tabernas, herrerías o campos: entonces creía que no otras posibilidades me ofrecía el continente. En cuanto al mar, cualquier pescador se reiría al verme mareado. Era funcionario de la escuela del mar, quería seguir siéndolo y debía esperar una respuesta antes de marcharme. Calculamos la fecha por el desgaste de las provisiones, previmos la marea e hicimos planes. Mareika debía embarcarse primero y llevar una carta con mi petición de traslado a la oficina. También escribí a mi madre; Mareika carecía de familia y se iría donde la mía.
Nos quedamos esperando. Cada vez con más frecuencia comencé a imaginar el arribo del bou en que partiría Mareika y, poco después, la llegada de mi sustituto para el faro. La idea de partir nos mantenía alegres, sobre todo a Mareika, quien se ponía más ansiosa y eufórica cada día. Me preguntaba por el continente y se quedó absorta cuando le expliqué la existencia de miles de ciudades y gentes, de casas de ladrillo y cemento, de tiendas y del dinero, que tanto le costó comprender. Pasaba el día distraía y absorta pensando en otra vida. ¡Adiós, adiós Ameland! ?nos decíamos ella y yo sin nostalgia alguna mientras hacíamos planes para nuestra vida futura. De Ameland no me llevaba nada, incluso Mareika era extraña a la isla. En el continente, en cambio, me esperaban meses de salario y un futuro que no pensaba promisorio, pero al menos sin los agobios de una tierra aislada.
Ameland tenía planes muy distintos para el niño y no tardaron en hacérnoslo saber. Querían que naciera allí y que el parto siguiera las costumbres del lugar. En la isla todo se solucionaba con paños, hierbas y embrujos. La mujer encinta era tomada a cargo por la comunidad y privaban al marido del derecho a verla. Después, durante días, encendían inciensos, hacían libaciones, sacrificios y exorcismos contra demonios terrestres y marinos. Se decían cristianos, pero nadie tenía una Biblia, aquellas regiones no habían visto un sacerdote durante siglos y la única religión que conocían era la inventada por ellos. Yo sabía leer, no creía en supersticiones y, en todo caso, confiaba más en los buenos oficios de mi madre o del médico del continente que en las improvisadas matronas de la isla.
Las mujeres comenzaron a agobiar a Mareika insistiendo en lo inútil de viajar a tierra. Mareika no sabía cómo defenderse:
- Que te dejen en paz, no es asunto de ellas ?-repetía yo.
Pero no se atrevía o no podía enfrentarlas y siguieron viniendo a casa. Mareika se ponía cada vez más nerviosa, pasando de la euforia al desgano. Comenzó a encerrarse y a no salir más que conmigo, se sentía insegura, amenazada, temiendo no poder embarcarse y que todo fracasara, siendo presa de episodios de angustia cada vez más intensos y frecuentes, como si por momentos estuviera fuera de sí, ante lo que yo nada podía hacer excepto sumar a las dificultades su propio desánimo.

Un día, sin embargo, apareció el bou continental. Venía con rumbo certero y con sus velas hinchadas, redondas y tensas por el viento. Era temprano, pero ya había amanecido. Mareika y yo nos acabábamos de levantar. Decidí preparar los caballos para arrastrar la carga desde el bou hasta la playa. En el establo me di cuenta de que los pescadores, adelantándose, habían preparado caballos y arrastre antes de que pudiera hacerlo yo. Me sentí confiado y alegre de verles colocando arneses a los animales. En casa, Mareika había preparado el desayuno y lo tomamos sin pérdida de tiempo. Al terminar le ayudé a cargar su equipaje y nos dirigimos al bou que la embarcaría. Desde allí vi a los isleños, mucho más adelante que nosotros, azotando a los caballos para hacerles avanzar. Me extrañó tanta agitación, tirar el arrastre se hacía siempre con calma, con cuidado de no cansar a los animales y con miedo ante las posibles fosas. Se acercaban al bou más de prisa de lo que nunca había visto. Continuaron, llegaron al bou y comenzaron a bajar barriles, mechas, tablas, sal, harina y legumbres, sin esperar a que fuera a ayudarles. Era una tarea que siempre había hecho yo, ¿por qué ahora, sin explicación alguna, la hacían ellos y con tanta prisa? Mareika y yo avanzábamos lentamente, cada vez con más dificultad a medida que nos hundíamos. Teníamos frío, pero apenas nos importaba sabiendo que delante teníamos la embarcación de nuestra libertad.
No estábamos lejos del bou cuando los isleños terminaron de bajar la carga. De inmediato el arrastre emprendió regreso hacia Ameland. Al mismo tiempo, el bou izó las velas cazándolas a barlovento, giró sobre su eje y dio media vuelta, alejándose de la isla.
Mi primera impresión fue de sorpresa, que de inmediato se transformó en estupor. A Mareika le cambió la cara de súbito y se puso a llorar. Tras un segundo comencé a gritar y a hacer señas con los brazos para que regresaran, pero el viento venía en mi contra y desde el barco no podían escucharme. Con la esperanza de alcanzarles me adentré después corriendo en el agua. Fue en vano. Apenas avanzaba, mis pies se hundían en la arena. En ese momento el arrastre que Ameland había enviado al bou pasó de vuelta hacia la costa, en sentido contrario al que iba yo. Me atravesé en su camino, lo detuve, desenganché un caballo y lo monté con la esperanza de avanzar más de prisa. Partí tan rápido como pudo el animal. Cansado, a pesar de sus relinchos, de sus ojos enrojecidos, de sus pupilas dilatadas, de su respiración acelerada, de sus narices abiertas y sus orejas echadas hacia atrás, todo fue inútil. El bou, con sus velas hinchadas y con sus jarcias tensas, se alejaba más de prisa de lo que el caballo podía avanzar.
Me sentí fracasado y volví a paso lento, destruido, lleno de odio por los habitantes de Ameland. Habían actuado tan rápido y sin consultarme, que se adelantaron a los preparativos que Mareika y yo habíamos hecho.
Algo había aprendido del idioma de la isla y les grité de lejos:
- ¡Imbéciles, Mareika debía embarcarse, por qué los han dejado irse!
- Si tu mujer quería subir, debió haber venido con nosotros. No sabíamos que se marchaba. Y cuida tus palabras si no quieres problemas ?-contestaron secamente.
Desde el agua, medio mojado, los vi continuar su camino y abandonar en desorden los barriles de aceite y provisiones junto al faro. En la costa desmonté del caballo, abracé a Mareika y regresamos al faro. Cuando llegamos a casa noté una ausencia: entre los materiales que cada año aportaba el bou, siempre había una tabla con las previsiones anuales de mareas. Esta vez no estaba. Sin la tabla no podía calcular el tiempo transcurrido midiendo el consumo de provisiones, tampoco los niveles del agua, la fecha ni la hora de la próxima visita. Todo lo que se podía hacer era estar atentos a que en algunos meses, o quizás en algunos años, los niveles subieran más allá de lo habitual.
Atribuí la partida del bou dejando en tierra a Mareika a la mala fortuna, a la imprudencia y a la estupidez de los isleños, incapaces de comprender que alguien quisiera embarcarse, que Mareika quisiera partir. Las diferencias entre Ameland y nosotros se hicieron irreductibles. Los isleños y yo dejamos de hablarnos. Bromas, risas y cortesías se convirtieron en miradas de odio que a veces me hacían temer por Mareika y por mí. Cesó cualquier intercambio de cosas o alimentos. Era difícil no cruzarse con mis vecinos ni dejar de verlos en esa isla sin árboles. No pasamos hambre, pero nuestra vida se volvió precaria y raramente nos alejábamos del faro. Por fortuna tenía una reserva de provisiones y desde la torre se podía lanzar una línea tan lejos como para pescar. Por primera vez cesó el intercambio de comida, lo que el continente no me había traído se lo arrancaba yo mismo al mar. A veces, el mal tiempo o las corrientes alejaban a los cardúmenes. Aprendimos a salar el pescado y a aprovechar todo lo que se podía comer, hasta los músculos de detrás de los ojos. Colgaba por la cola los peces a una cuerda, los sujetaba aprisionando su cabeza entre mi pulgar y mi índice a la altura de las agallas (de cualquier otra forma resbalaban), les hundía el cuchillo abriéndoles el vientre y, con la mano que me quedaba libre, les sacaba las vísceras. Después les cortaba la cola, la cabeza y las aletas, troceaba el resto en filetes y lo bañaba en salmuera. Me vi convertido en depredador. Ese contacto con la sangre y la carne casi viva en mis manos me hizo sentir mucho más cerca de las gaviotas que antes me parecían tan salvajes, tan crueles. Tuve la sensación, por primera vez, de que mataba para sobrevivir y recibí ese sentimiento con naturalidad, como si siempre hubiese estado en mí.


Poco a poco, al acercarse la marea alta, la posibilidad de un nuevo embarque fue borrando la tristeza. Cuando los niveles comenzaron a subir calculamos los días con mayor ansiedad. Desde el faro, como al llegar a Ameland, volví a pasar horas contemplando el paisaje desde arriba. Pero ya no miraba tanto los ritos de alimentación de las gaviotas, sino su vuelo, su ir y venir en total libertad o el resplandor de las velas que parecían desplazarse sin más límites que los de la superficie del mar ocultando los bajos fondos y, más allá, el cinturón de escollos rocosos. Las previsiones, sin almanaque, tenían un error de quince o veinte días. Desde el primero de ellos monté guardia con prismáticos en el faro y me abstraje de aves y pescadores. Escudriñaba el horizonte metro a metro, de la mañana al atardecer, e incluso me turnaba con Mareika para vigilar la costa por la noche.
Un día de fines de otoño la marea volvió a subir. Amaneció frío, con aguas calmas, brumas y silencios. Ni siquiera había gaviotas que hicieran ruidos al volar. De madrugada vi aparecer la silueta de un bou, lo reconocí por sus velas coloreadas y por el perfil estilizado de una nave continental. Avanzaba lentamente y preparé los caballos para recibirlo a fin de bajar y arrastrar la carga hasta la isla. Mareika quería venir y embarcarse de inmediato:
- Aguarda. Hace mucho frío, para qué esperar en el bou cuando puedes hacerlo aquí ?-respondí.
Me adentré en el mar sin importarme ni la temperatura ni la humedad. A medida que el bou se acercaba comenzó a parecerme sin gobierno; las velas golpeaban en desorden y las jarcias, sin tensión, daban en el mástil con el balanceo. Me adentré todavía más, la corriente y una escasa brisa lo traían hacia la isla. Por fin pude acercarme hasta su costado.
- ¡Hola! ?grité en voz alta, pero nadie respondió.
- ¡Hoooooolaaaa! -volví a gritar sin resultado.
Monté por la borda del Bergen, arrié las velas y lancé un cabo para sujetar el bou a los animales. Todo estaba allí: las provisiones, el aceite y las maderas que necesitaba la isla, pero ninguno de los tripulantes ni tampoco el nuevo almanaque de mareas. No encontré a nadie en cubierta ni en bodega, habían desaparecido sin señales violencia. Sentí escalofríos, bajé de un salto y fui corriendo hasta la costa.
- ¡Han desaparecido! -grité a los isleños.
Dos de ellos se acercaron con indolencia.
- No están, ninguno de los tripulantes está en el bou ?-dije excitado.
Poco a poco se formó un pequeño círculo en torno a mí. Uno de los isleños decidió venir a ver. Cuando llegamos comprobó que en el velero no había nadie.
- Se los habrá llevado el mar ?-dijo.
Fue imposible sacarle otra explicación.
- ¡Tenemos que hacer algo, tenemos que ir a buscarles! ?-grité.
- No hay nada que hacer ?-respondió.
Volví a tierra y traté de convencer a otros de ir a buscar a los desaparecidos. Su solidaridad de gentes de mar se restringía a Ameland y todos repetían lo mismo: "no hay nada que hacer".
Cuando me repuse volví al bou. Lo examiné buscando pistas, buscando señales, algo que dijera dónde estaban. Todo fue inútil. Bajé la carga con dificultad y la arrastré con los animales hasta la costa. Rogué después a cada uno de los pescadores, ya que no querían ir en rescate, que al menos pilotearan el bou hasta el continente. Desde allí iniciaríamos la búsqueda y Mareika se podría embarcar. Una vez más todo fue inútil; ninguno, absolutamente ninguno quiso partir al continente y conducir a Mareika.
Por segunda vez nuestros planes se postergaban, ninguna otra nave podría visitarnos hasta la próxima marea. El Bergen quedó en Ameland, varado en la arena, no lejos del faro, y Mareika y yo llenos de amargura. Nos hundimos en la depresión y culpamos, durante algunos meses, a un destino aciago que se volvía en nuestra contra. La isla continuó su vida como si nada hubiera sucedido, indiferente a nuestra amargura y desesperación. Ni siquiera buscaron a los desaparecidos al salir de pesca a la mañana siguiente, los olvidaron como si nunca hubiesen existido. Mi estado de ánimo era tan malo que más tarde comencé, no a creer en las supersticiones de Ameland, sino a inventar otras distintas. Me pareció que la isla tenía una vida y una voluntad que escapaban a todo lo que Mareika y yo pudiéramos desear. Esa sensación se fue haciendo cada vez más fuerte. Todo intento de partir me pareció un engaño. Desde lo alto del faro el agua era una superficie libre e ilimitada que invitaba a irse, pero en su seno los bajos fondos de arena y el cinturón de escollos contrariaban todo intento de fuga: por muy lejos que fuera ningún barco podía dejar la isla. Tuve la impresión de que Ameland, como si hubiera cobrado vida, no quería verme marchar. Ese pedazo de tierra me pareció animado y coherente. Cada brisa, cada ruido, cada nube, cada ola, cada ir y venir de los veleros y de los pescadores entraba, según mi imaginación, en un conjunto armónico que se oponía a mí. Pensé que detrás de todo había una mano superior, un ser a cuyos designios, Ameland y todos quienes vivíamos allí, respondíamos aun en contra de nuestra voluntad.
Imaginé la isla como un mundo dentro de otro mundo en un universo donde cada astro servía a otro. Me sentí viviendo en el último y en el más pequeño de ellos y creí que Mareika y yo, con todos nuestros proyectos, éramos el más ínfimo de los sirvientes, tan miserables que desconocíamos a nuestro señor. ¿Quién gobernaba Ameland? No los patriarcas, como había podido creer, sino un orden inexorable que actuaba bajo el aparente desorden de la geografía, de los escollos, bajos fondos, mareas, corrientes y brisas.
Mi opinión cambió cuando Mareika, durante una caminata por la playa, no lejos del establo, descubrió la página de un libro en la que sólo había números. Al finalizar su paseo me la trajo. Me di cuenta de que era un almanaque y de que correspondía, no a las mareas pasadas, sino a las del año próximo. Era las tablas de mareas que faltaban en el bou. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Por qué, si alguien las había visto, no me las habían entregado? ¿Olvido, accidente? Imposible, en Ameland sólo yo sabía leer y a nadie más podían interesar. Sólo había una explicación: alguien las había escondido, alguien había decidido que no supiéramos cuando venía el próximo bou. Por algún motivo querían impedir que Mareika y yo nos embarcáramos y habían hecho desaparecer a los tripulantes que nos llevarían al continente: alguien estaba decidido a que nunca regresáramos. Si ya habían matado podrían hacerlo de nuevo. Me acordé del padre de Mareika, él también había muerto cuando quiso regresar y, quizás, si aún no nos había matado, era porque la muerte de un segundo guardafaros levantaría sospechas sobre la del primero. Estábamos atrapados, cada uno de los isleños podía ser nuestro enemigo o el cómplice de nuestro enemigo.
Decidimos hacer como si no nos hubiéramos enterado de nada y nunca más manifestamos deseos de partir. Mi estado de ánimo también cambió. Mis miedos, que hasta entonces sólo producían angustia, supersticiones e inacción, se transformaron en un estado de alerta y lucidez. Estaba tenso, permanentemente en guardia, sensible al más pequeño movimiento, al más mínimo cambio de actitud en los isleños. Por nuestro enemigo adquiría un rostro, aunque fuera el de aquellos habitantes mustios e iguales.
Mi cabeza se convirtió en una máquina de inventos e ideas para fugarnos. Basándome en la hoja, en el consumo de provisiones y en los movimientos cíclicos del mar, calculé la fecha de la próxima marea y el tiempo que tardaríamos en arribar al continente. Nuestra ventaja era la audacia y el que ignoraran nuestros planes, pero en contrapartida los isleños sabían algo que nosotros ignorábamos: la navegación. Maldije a mi padre por prohibirme acompañarle en las faenas y no haberme enseñado a hacer nudos, a manipular velas, a capear las olas con el timón y, sobre todo, a orientarme cuando no se ve el horizonte. Todo lo que conocía de naves, compases, vientos, olas y sondas, lo conocía por libros, y los libros eran inútiles mientras no me subiera a un barco, jamás me había enfrentado al mar y menos todavía a una tempestad.
Observé a los pescadores desde el faro. Con los prismáticos estudié la orientación y el uso de las velas. Siguiendo su rumbo tracé la ruta que usaban para largar las redes y dibujé en la carta el canal por dónde nos convendría alejarnos. Memoricé los virajes y los ángulos, las distancias y corrientes, pero no apuntaba nada para no levantar sospechas. Cualquier nota perdida podía alertar a los isleños. No lograba imaginarme cómo actuar con mal tiempo o con hielo, sólo sabía que la cubierta se ponía resbalosa y que era fácil caerse. Hubo muchos días de temporal, pero entonces la lluvia mojaba los lentes y disminuía la visibilidad, transformando a los bous en una masa gris que ni siquiera se podía ver con prismáticos. No podía interrogar a los isleños, pero paseaba entre los barcos y me detenía a observar los nudos. Practicándolos en casa aprendí a hacer los más simples, el ballestrinque, el haz de guía y el medio nudo, y después me entrené a hacerlos de noche, con los ojos cerrados o con una sola mano. Observé, también, las formas de botar un barco con el arrastre y los caballos, estudiando cómo dirigir los animales Mareika y yo solos. A Mareika le explicaba todo y felizmente aprendía de prisa, si uno de ambos enfermaba o sufría un accidente, podríamos sustituirnos en cualquier tarea. Después tenía que elegir un barco, decisión difícil cuando jamás se ha navegado. Quería uno que hiciera fácil las maniobras y que pasara los bajos fondos donde otros encallaban, tenía que ser rápido pero sólido para resistir las olas y las corrientes de una travesía invernal. Elegí el Bergen, abandonado por los isleños desde que llegara sin tripulantes, por carecer de los lastres necesarios en los bous de pesca. Habiendo ya venido del continente, estaba seguro de que la embarcación podía hacer la travesía en sentido inverso. Pequeño y de escaso calado, sabía, también, que los pescadores lo admiraban por su velocidad y construcción. Sus aparejos, inexplicablemente, nunca habían sido sacados.
Muchas veces había visto, en invierno, a viejos marinos volver a tierra porque el frío congelaba sus miembros impidiéndoles maniobrar. No podíamos correr ese riesgo y decidimos embarcar un brasero, el viento mantendría encendido el carbón si no llovía. Obtener ropa adecuada sin que nadie se enterara parecía imposible: de nada servía la lana si no se mantenía seca. Los pescadores usaban chubasqueros de hule e hilos engrasados para hacer sus trajes impermeables. Sustraerles ropa los alertaría de inmediato. Buscamos en los establos donde se guardaba el arrastre. Allí se amontonaban restos de muchas cosas útiles. A partir de trozos, a partir de jirones, Mareika cosió y reconstruyó los chubasqueros, que enterramos no lejos del faro para que nadie pudiera verlos en nuestra casa. Una vela también se podía romper. Mareika y yo aprendimos a coserlas de tal forma que los hilos no produjeran nuevos desgarros bajo tensión. Lo más difícil fue las botas de caucho, ni siquiera encontramos un par de suelas viejas y no tuvimos más remedio que untar en grasa viejos zapatos hasta volverlos impermeables. Bastaba que, durante un día, resistieran la travesía y protegieran los pies del agua, del frío y de las innumerables astillas de la cubierta. Después seleccionamos sólo dos caballos, los más fuertes, que tirarían el Bergen hasta que pudiera flotar. Escogimos unos enormes percherones de miembros gruesos y crines largas, pero mansos para que no relincharan y para que Mareika pudiera controlarlos.
La marea más alta fue en la madrugada de un día de invierno. La noche antes de partir pusimos en un saco un arpón, pan y pescados salados, lo suficiente para tres o cuatro días en el mar, y después los envolvimos en pieles para que no se mojaran. Al final, cuando todo estaba listo, colocamos agua en una bota de cuero; los recipientes de arcilla podían romperse con el mal tiempo. No dormimos durante toda la noche. Varias horas antes del amanecer improvisé una carta y dibujé los virajes, los ángulos y la ruta de salida: en el bou estaríamos demasiado ocupados para pensar o hacer cálculos. Llené de aceite una lámpara, Mareika desenterró los chubasqueros y los sacudió para sacarles la arena. Del mismo hoyo sacó las botas y un compás, que habíamos robado a los pescadores la tarde anterior y que ellos, además, no sabían usar. Dejábamos casi todo en Ameland, nuestro equipaje se reducía a lo puesto, en su mayoría ropas de lana, y a los instrumentos de navegación. Salí sigilosamente hacia la playa para asegurarme de que el Bergen estuviera allí. Después fui al establo y preparé los arneses. Temblaba, no sé si de frío o de nervios, mientras me acercaba a los caballos, que me recibieron inquietos. Adentro hubo algunos relinchos cuando encendí la lámpara, que apagué nada más enganchar el arrastre a los caballos. Los dejé amarrados, saboteé los demás remolques cortando las cinchas y salí a buscar a Mareika, que había guardado el pescado, el agua y el pan.
En el exterior no había más luz que la del faro, cuyo destello, en el aire húmedo y brumoso, producía un resplandor difuminado y débil. Al parecer todos dormían y nadie nos había visto. En el horizonte se percibía los primeros indicios del alba y debíamos darnos prisa para dejar la playa antes del amanecer. Sacamos los caballos y no pudimos impedir que hicieran ruido, ya que no estaban acostumbrados a caminar a oscuras. Los llevamos hasta el Bergen, los enganchamos a los arneses y nos pusimos, Mareika y yo, uno a cada lado de los caballos, que tiraban la nave por la proa. Comenzaron a resoplar. Sobre la arena el velero se deslizaba con dificultad, tuvimos que gritar y dar con la fusta a los animales. Por desgracia apenas había viento y olas que ocultaran nuestras voces. El nivel de la marea, ya alto, acortó el trabajo, que se hizo más fácil en cuanto el Bergen comenzó a apoyarse en el agua. Amanecía. A pesar de la bruma ya era posible distinguir nuestra silueta. Contra la isla sin relieve y las playas sin término se destacaba una pareja que se hundía en el agua y que se esforzaba en avanzar con sigilo.
Mareika y yo abordamos el Bergen y en cuanto pudo flotar ella cogió el timón, lo puso contra el viento, tal cual le había explicado, e izé las velas tirando las drizas a los pies del mástil. Sólo había una brisa ligera que apenas hinchaba las telas. Comencé a preocuparme por nuestra travesía, con la salida del sol los isleños nos descubrirían y debíamos atravesar los escollos antes de que la marea comenzara a bajar. Cogí un remo y Mareika otro mientras el sol surgía desde el horizonte.
- ¡Calma! ?-le dije para que no agotara sus fuerzas tan de prisa.
Con los primeros rayos descubrimos que algo sucedía en la playa. En sol, todavía débil, disolvía la niebla y a lo lejos se podía ver a los hombres, como hormigas, corriendo de un lado a otro. El remar daba calor en el cuerpo, pero los palos helados transmitían el frío a nuestras manos, que no podían dejar de aferrarlos. Por fortuna se levantó una brisa y comenzamos a avanzar, pero al mismo tiempo vimos que Ameland botaba un velero. Sin arrastres, porque yo los había saboteado, decenas de isleños empujaban un bou por la arena. Lo hacían de prisa y con decisión. No tardamos en verlo izar las velas y seguir nuestra ruta. Dejé a Mareika en el timón y ajusté las velas para aprovechar el suave viento del amanecer.
- Agáchate -grité para que nada impidiese la llegada de la brisa a las telas.
Estaba nervioso. Mi voz sonó fuerte, no había en el aire otros ruidos que el dulce silbar de las velas y el chapoteo del casco en el agua. Encuclillados o acostados oponíamos poca resistencia y perturbábamos menos el flujo de aire, pero la distancia entre los bous seguía disminuyendo. Nuestra nave era rápida, quizás más que la de ellos, aunque la falta de experiencia no nos permitía sacarle partido. El Bergen obtenía los mejores resultados avanzando con la brisa de través. Me puse en esa dirección, pero fue inútil. Los isleños se acercaban y al cabo de unas cinco horas nos habían dado alcance. Ninguno de los bandos, el del Bergen o el de Ameland, se atrevía a moverse ni a atacar, ambos sabíamos que habría una matanza.
La confrontación se inició en silencio. Le sacábamos ventaja porque bastaba con defendernos, a ellos correspondía abordar. Precipitadamente un isleño trató de sujetarnos por el costado con sus propias manos. Su imprudencia jugaba a nuestro favor, actuaba por su cuenta, sin organizarse ni esperar apoyo de los demás perseguidores. Cogí el brasero encendido y le aplasté las manos con los fierros y carbones ardiendo. Dio un grito y trató del soltarnos, pero se lo impedí y se las aplasté todavía más fuerte. En pocos segundos se las quemé y dejé inutilizadas. En seguida vi a alguien saltar por la borda. No tuvo tiempo de atacar ni de defenderse. Cogí el arpón y, sin pensar, antes de que recuperara el equilibrio, se lo había hundido tan adentro en el pecho que la punta le salió por la espalda. Cayó al mar atravesado por el acero. Sólo oí un ruido sordo y desapareció en la estela del bou. Uno de los isleños buscó una lanza en su nave pero en su lugar encontró uno de los lastres que se colocan en las redes. Lo levantó y lo arrojó contra nuestras velas, rompiendo la mayor. Después cogió otro lastre y, mientras yo observaba el desperfecto, lo lanzó contra mí. Traté de evitarlo y me cayó en la pierna, a la altura de la rodilla. Sentí un dolor enorme en el hueso, que quedó descubierto bajo el chubasquero. Manaba un poco de sangre, aunque aún podía caminar con dificultad. Con las velas rotas, nuestra velocidad disminuyó de golpe, pero seguíamos avanzando y los isleños no se atrevían ni a volver a Ameland ni a abordarnos. La rapidez y la decisión de nuestras reacciones los habían paralizado, sin duda no esperaban tanta determinación. Nos mantuvimos navegando, uno al lado del otro, durante varios minutos, observándonos, pensando ellos cómo detenernos y nosotros cómo escapar. De pronto dieron con los roqueríos, su bou quedó paralizado bruscamente y el mástil se les vino abajo. Al ver la expresión de sus rostros me di cuenta de que habían encallado.
- ¡Socorro! ?-gritaron.
Los isleños hacían agua. Tuve un momento de duda, pero Mareika me contuvo.
- Déjalos, nos hubieran matado ?-dijo en tono seco y volvió la vista hacia adelante. Yo no pude impedir volverme cada cierto tiempo hasta que desaparecieron, inmóviles, sin duda paralizados por el agua fría mucho antes de haberse ahogado.
Arriamos la vela mayor para repararla. El viento seguía endureciéndose y cada vez costaba más mantener el equilibrio al caminar en cubierta. Nevegábamos sólo con el foque. Mareika comenzó a coser pinchándose los dedos con la aguja decenas de veces. Al final sus manos estaban bañadas en sangre y la vela llena de manchas, pero reparada. Para envergarla me acerqué al mástil mientras Mareika puso el Bergen contra el viento. El bou se sacudía en el agua como caballo arisco. Con el movimiento y la relajación que produjo el habernos deshecho de los perseguidores tuve mareos y un deseo enorme de vomitar, tan fuerte y tan inesperado que no pude contenerlo. No podía tenerme en pie, caí en la cubierta y vomité. Un frío terrible me atravesó el cuerpo, temblaba, me dolía la cabeza como nunca y olvidé hacia dónde marchábamos. Tantas eran las náuseas que perdí interés en vivir y me acercaba peligrosamente a la borda. Mareika, asustada de verme blanco, lívido y arrastrándome, soltó la barra y me sujetó con sus propios brazos.
- ¡Cuidado! ?-me gritó.
No comprendía lo que me decía, sólo oía voces y ruidos. Tuve miedo de caer.
- ¡Atame, átame! ?-le insistí haciendo un esfuerzo.
Repetí todavía dos o tres veces hasta que al final comprendió. Cogió un cabo, me lo pasó por la cintura y lo amarró a una cornamusa.

No sé cuánto tiempo debo haber estado mareado y deseando morir, sólo sé que cuando me repuse llovía y que el viento, ya duro, se había transformado en temporal. Quizás fue el miedo lo que me hizo volver en mí. Me di cuenta de que la naturaleza quería cobrarnos la vida que no habíamos dado a los isleños y que sólo una reacción enérgica podía salvarnos. Mareika estaba agotada y sus dedos casi sin circulación, enrojecidos por el frío y las heridas. La substituí y cogí el caño mientras ella, para desentumecerse, hundió sus manos entre mis piernas apegándose a mí. Llovía intensamente, pero no era la lluvia lo que nos mojaba más, sino la espuma de las olas al romper contra el casco. Su estallido violento y ruidoso transformaba el agua en millares de gotas que recogía el viento para lanzárnoslas azotándonos con furia a nosotros y el barco. Eran como bofetadas que se seguían sin fin, tan de prisa que faltaba tiempo para girar el rostro y evitarlas. Los chubasqueros, impermeables, dejaban pasar el agua por el cuello o las mangas, como las botas, que colaban el agua por los tobillos. La sal, el viento y los golpes me habían irritado los ojos, pero no podía cerrarlos, debíamos mirar hacia adelante para evitar las olas y saber en qué ángulo abordarlas. Había que hacer un esfuerzo enorme para mantener el rumbo. Mareika, que se encargaba de las escotas, reaccionaba de prisa y aflojaba o cazaba sin parar las velas. Estas, incluso reducidas a lo mínimo, se hinchaban y escoraban el bou a un costado y otro. Muchas veces, con la inclinación, una parte de la borda quedaba bajo el agua y debíamos sujetarnos con los brazos para no caer, pero el Bergen respondía a las olas con suavidad y firmeza.
El viento arreciaba. Cazar y aflojar las velas, orzar y arribar para no enfrentarnos a las olas o al viento de frente, diez, veinte veces por minuto, fue nuestra única actividad durante horas, sin descanso ni alivio, casi sin detenernos a respirar. La marea, que ya había bajado, impedía pararse o desviarnos entre los escollos. Por la noche el temporal habría aun de empeorar y de transformarse en tormenta. La escasez de nuestras fuerzas y la debilidad del Bergen limitaban la navegación a no oponernos al mar, haciendo imposible mantener una ruta. Cualquier resistencia a un viento tan duro era arriesgarse a un auténtico naufragio o a un suicidio, sólo podíamos dejarnos llevar sujetando el caño firme e impidiendo que el barco se atravesara a las ráfagas. Arriamos por completo la vela mayor y sólo dejamos un pequeñísimo foque para que el Bergen no hundiera la proa al bajar las olas. El mar, enarbolado, furioso, violento, parecía hervir. Al pasar entre cuerdas y palos el viento producía un ruido ensordecedor, Mareika y yo ya no podíamos escucharnos. Se hallaba a mi lado, pero el aire destruía las voces nada más salir de mi boca. Excepto por signos fue imposible toda comunicación. Jamás me había sentido tan débil, todo dependía de un azar, de la resistencia de un cabo o de un tarugo. Estábamos al límite de nuestras fuerzas y de las del bou. Queríamos vivir y hacíamos todo lo posible por lograrlo, pero al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que bastaba una ola mal abordada o un viento más duro para hacer estallar la embarcación. El único rumbo que nosotros, ya sin rumbo, podíamos mantener, consistía en la tarea, dura y repetitiva de volver el bou a su lecho cuando las olas o el viento lo escoraban miles de veces, sin ver nada al horizonte, sin prever las olas que, en la noche, atacaban como ladrones, sin saber si el siguiente embate nos destruiría haciendo vanos nuestros esfuerzos. Una ráfaga o una ola hizo jirones la última de nuestras velas y perdimos todo gobierno. No nos quedó más remedio que soltar el caño y librar nuestra suerte a la tormenta. Para no caernos o ser barridos por una ola, amarré a Mareika boca abajo en cubierta y después me amarré yo, dejándonos sacudir por el mar mientras nos entregábamos por completo a la fatalidad.
La tempestad, que nos pareció interminable, amainó al amanecer. El viento cambió de dirección empujándonos hacia la costa. Aunque no tuviéramos velas podíamos sacudir la pala del caño para obtener una mejor posición respecto a las olas y un derivar más suave. Los bajos fondos quedaban atrás, Ameland y el faro habían desaparecido a muchas leguas de viaje. ¿Cuánto habíamos avanzado? Aún no se veía el continente, pero no debíamos estar lejos de la tierra ni de la ruta de los grandes veleros. Nos habíamos desamarrado y Mareika dormía acurrucada contra mí. Con el cielo abierto, sin nubes, la temperatura había bajado todavía más. Las maderas me traspasaban el frío y la única forma de combatirlo consistía en moverse de un lado a otro cada cierto tiempo. No era fácil, aunque pudiera dejar la barra durante algunos segundos, la cubierta se hallaba congelada y había que caminar apoyándose en los bordes para no resbalar. Un chapuzón en esas aguas frías, por breve que fuera, era mortal. Durante algunas horas, sin darme cuenta, me quedé quieto, sin sentir tampoco el adormecimiento de la pierna herida. Después, un cosquilleo de infección me hizo sentirla. Quise moverla, pero la tenía paralizada y me era imposible doblar la rodilla. Me quedé fijo y con miedo de que la herida y el frío pudiera más de lo que había podido el mar. No quise despertar a Mareika, no quería doblar mi preocupación con la suya; le cerré bien la ropa y la apegué a mí tanto como pude.
Estaba arropándola cuando muy a lo lejos vi la cima de un velero. No pude distinguir el tipo de embarcación, sólo me di cuenta, después de un rato, de que tenía varios mástiles. Tal vez era un clíper o uno de los gigantes que navegaban más allá del faro y que nunca había podido ver. Poco a poco su silueta se fue agrandando, pero me costaba distinguirla. La irritación y el cansancio de los ojos me cerraban los párpados y comenzaba a adormecerme cabeceando al ritmo de las olas. Me apoyaba en la barra y me dormía durante algunos minutos hasta que una ola volvía a despertarme. Por último me dormí por completo o perdí el conocimiento, mi último recuerdo fue sentirme cayendo al lado de Mareika.
Cuando desperté, mucho más tarde, me hallaba acostado en una litera. Aunque nunca hubiese estado en un gran velero, me di cuenta de que me hallaba en uno de ellos. Mareika me miraba con dulzura, fijamente, y sonrió cuando abrí los ojos. A su alrededor había un grupo de marinos, uniformados y con botones brillantes. Eran oficiales de marina. Me habían cubierto con mantas y la habitación estaba cálida gracias a una chimenea. Me preguntaron cómo me sentía y si sabía en qué fecha estábamos.
- Debe ser Navidad ?-respondí apenas con fuerza.
- Ha dormido durante días. Es Año Nuevo. ¿Sabe en qué año estamos? ?-me preguntó un oficial.
- En el setenta y …
- No, en el ochenta y …
Me equivocaba en varios años, Mareika y yo éramos muchísimo más viejos de lo que pensábamos; la isla y sus mareas nos habían hecho perder la cuenta. Estaban sorprendidos de que hubiéramos podido soportar la tormenta y les costaba creer que hubiéramos logrado dejar Ameland en esas condiciones, más aun sin saber navegar. Ellos mismos, con sus cuatro mástiles y casco reforzado, habían tenido que refugiarse en un puerto. No pudieron medir la velocidad del viento, había soplado tan fuerte que una ráfaga les arrancó el anemómetro.
Mareika volvió a acercarse, su rostro estaba lleno de cicatrices y quemaduras causadas por el hielo. Traté de cogerle las manos, pero no pude, las tenía cubiertas de vendas. El reparar las velas con la aguja se les habían llenado de heridas. Miré asustado mis manos, pero estaban intactas. De pronto me pareció que Mareika quería decirme algo y que no se decidía. No entendí hasta que levanté la cabeza y miré hacia mis pies. Me dio una enorme tristeza y me sentí volver en el tiempo, diez, veinte, treinta años atrás. Me vi correr por la playa y jugar con mis hermanos, recordé el entierro de mi padre y, años después, la escuela y mi llegada a Ameland. En mi mente desapareció todo lo que me rodeaba, marinos, salón, chimenea, litera, menos Mareika, a quien abracé emocionado. Cerré los ojos y una imagen se hizo mucho más persistente. Ya no era niño y mis padres estaban junto al fogón. Entonces, como si nunca hubiese pasado el tiempo, como si todavía estuviese allí, escuché la voz severa y viva de mi padre:
- ¡Si te embarcas te corto una pierna!